La reforma del Código Penal, los presos y el futuro

24

01 2020

La posibilidad que el Gobierno de Pedro Sánchez busque, sea de forma directa –a través de un proyecto de ley– o indirecta -como proposición de ley presentada por el PSOE u otro grupo parlamentario, como el de Podemos-, una reforma del Código Penal ha suscitado una enorme polémica -y van… – por la intención, obvia, de reducir las penas a las que han sido condenados los dirigentes independentistas catalanes. Así, aplicando, como es de ley, la pena más favorable al reo, alcanzarían la plena libertad –contando que antes habrán tenido beneficios penitenciarios, como permisos u otros- mucho más pronto de lo que el horizonte de cada pena impuesta prevé ahora mismo. 

Es comprensible que el interés del Gobierno sea chocante para muchos españoles e incluso que otros consideren que es vergonzoso, pero no existe otro camino para intentar alcanzar una salida a lo que se vive en Cataluña. Cuando se trata de buscar obtener alternativa a un conflicto político, haya o no violencia de por medio, la negociación política es la única posibilidad, diga lo que diga la ley. Hay que tener un poco de perspectiva. La paz en el País Vasco sólo fue posible a cambio de la generosidad democrática de aceptar ir viendo a los terroristas por la calle. Sí, es duro para las víctimas y para cualquier demócrata. Pero es que no existe alternativa. Ocurrió igual en otros países. En Italia los líderes de las Brigadas Rojas cumplieron cárcel pero salieron más pronto de lo previsto por la generosidad democrática, lo mismo ocurrió en Alemania con terroristas de la Fracción del Ejército Rojo -si bien es cierto que sus tres principales líderes murieron en la cárcel en extrañas circunstancias– y por supuesto igual acontece en Gran Bretaña con los asesinos del IRA. Y remontémonos un poco antes: tras la Segunda Guerra Mundial la inmensa mayor parte de los homicidas nazis no fueron perseguidos y vivieron cómodamente en libertad hasta el fin de sus días en Alemania y Austria, igual que los fascistas en Italia y los criminales comunistas -tras la caída de las respectivas dictaduras- en Rusia, Lituania, Estonia, Serbia, Hungría, Polonia… No existe, no puede existir, futuro sin cerrar el pasado. Duro, sí, pero inevitable. 

Si en todos los países que padecieron estos movimientos políticos sanguinarios se ha ganado el futuro en paz y libertad a base de la extrema generosidad democrática, ¿cómo no iba España a perseguir el mismo objetivo en Cataluña a partir de igual generosidad si los separatistas no han usado la violencia? Por esto mismo con más razón, por supuesto. 

El “a por ellos” y los discursos ultra impostados tipo el de Borbón en octubre de 2017 pueden ser buenos para la digestión estomacal primaria, pero de ellos nunca en ningún país se ha obtenido nada en clave de futuro en libertad, democracia y en paz. 

En la España mesetaria existe una querencia evidente, que viene de antaño , a explicar la realidad que no se quiere asumir por la conjuración extranjera o quintacolumnista -y a menudo de ambas a la vez – que pretende sojuzgar la sagrada soberanía nacional que para muchos, y como dijo en celebrada ocasión la ultra nacionalista Esperanza Aguirre, “tiene 3.000 años de historia”. Todavía resuenan ecos de delirios imperiales. Una parte de los políticos que hacen carrera en la Villa y Corte nunca han asumido -todavía hoy- la que fue dramática pérdida del imperio y, mucho menos, de las últimas colonias en 1898: ahí está como prueba el éxito editorial de la fantasiosa novela de María Elvira Roca “Imperiofobia y leyenda negra”-

Déjense al margen las quimeras nacionalistas de un lado y otro – “Cataluña tiene mil años” es la tontería hermanada con la de Aguirre –, las ansias de sometimiento del nacionalismo catalán y céntrese el interés nacional en aceptar la realidad: que hay que resolver la cuestión del encaje del País Vasco y Cataluña en el conjunto del Estado. Son diferentes políticamente y como tales hay que tratarlos. Y lo son no por razón lingüística, no por razón cultural, no por razón histórica, no por otra razón que la democrática de comprobar que en ambas regiones se vota diferente al resto del país desde siempre: ¿acaso no basta? Es así de sencillo. Acéptese la evidencia y actúese en consecuencia. Es lo más sencillo, justo y, sobre todo, necesario. 

Si se así se asume, la reforma del Código Penal es el primer paso para la consecución de una posible salida del bucle catalán que permita que luego, con tranquilidad y con el tiempo que sea necesario, ir a la búsqueda de una estructura de Estado razonablemente buena o, al menos, aceptable para todos. 

Sánchez, su investidura, el pacto con ERC y PNV y la (posible) nueva España

11

01 2020

Los mismos que se reían de Pedro Sánchez porque “nunca” conseguiría pactar con ERC, pues era “imposible” tal acuerdo, ahora se suman a los que entonces clamaban contra la que veían segura ruptura de España, que son los que en tan pretéritos tiempos como 2004 ya se echaban a las calles contra igual apocalipsis nacional provocado, decían, por los impíos rojos y sus demoníacos socios de ERC y PSC. Hay cosas, como se ve, que se mantienen incólumes a través de las décadas en la tan peculiar política española. 

Sánchez es un personaje único. Al no estar lastrado -como servidor ha analizado muchas veces, aquí mismo también en más de una ocasión– por escrúpulos, principios ni ideología -ni, debe añadirse,vasallaje alguno a su partido, sea al resto de dirigentes o, mucho menos, a los afiliados – tiene plena libertad para hacer la política que más le convenga a él, sólo a él y a nadie más que a él. Que es lo que hace. Como me dijo una persona, compañera suya, que lo conoce muy bien, “Pedro sería capaz de acabar con el partido si así cree que conseguirá (convertir en realidad) su ambición personal”. Fue cuando después de la guerra interna desatada en el PSOE (septiembre y octubre de 2016) se habían convocado las mal llamadas “primarias” para elegir el secretario general (mayo 2017) del partido. No creo que haya cambiado de opinión, aunque ahora, a la fuerza ahorcan, intenta llevarse bien con él. Valga la referencia para abundar en la explicación: Sánchez es un tipo que piensa en él y todo lo demás para él es entre secundario y marginal. O inexistente. 

Su forma de ser se refleja en la insólita personalidad política disociada de la que hace gala. O sea: no es el mismo en función de las circunstancias. Lo dijo Carmen Calvo en celebrada y recordada ocasión: lo que había prometido cuando era secretario general no valía para nada cuando ya era presidente. Por la misma razón es perfectamente capaz de decirles a ERC, PNV, Bildu y demás que lo que acordó con ellos fue en su naturaleza de aspirante a la investidura y que, según la doctrina Calvo, no tiene por qué ser lo que haga o diga ahora al ser ya presidente efectivo y por tanto no hay razón para cumplirlo. No faltan -y aunque parezca mentira, no es broma– los socialistas que así explican los pactos con los “indepes”, aseguran que no los cumplirá. Es posible. Ya se verá. 

En cualquier caso, si se analiza la negociación e investidura por ellas mismas y al margen de las concreciones futuras que puedan lograrse en la famosa “mesa de negociación”– si es que alguna se alcanza– , el avance de las posiciones políticas separatistas es meridiano. No, España no va a romperse. Por ahora. Lo que entra dentro de lo posible es que Sánchez, al estar libre de las cargas de todo tipo – ideológicas, políticas, éticas, orgánicas… – con las que todos los demás presidentes del Gobierno han tenido que apechugar pueda culminar algún tipo de acuerdo con ERC y el PNV que, al ir desarrollándose en los próximos cuatro años, vaya cambiando la relación entre el Gobierno y los ejecutivos autonómicos de Cataluña y País Vasco. En el sentido que los respectivos autogobiernos se incrementen mucho -mediante transferencias de poder político, económico y sentimental (selecciones deportivas, por ejemplo)– a través no de la reforma de la Constitución -que requeriría del voto del PP, que no parece probable que lo ceda – pero sí de nuevas leyes y de la muda de otras existentes, amén de la práctica política desde el Ejecutivo -verbigracia: no recurriendo ciertas leyes vascas y catalanas al Constitucional, no poniendo trabas al incumplimiento de sentencias del Supremo y del Constitucional al respecto del idioma en ambas comunidades… -. Esto sí que es posible, incluso probable, que se consiga. Si es que el acuerdo base con ERC no salta por los aires fruto de la presión contraria combinada del puigdemontismo y de la derecha política, jurídica, empresarial e institucional, lo cual no puede descartarse de ningún modo, tal es la ofensiva que han desatado. 

Pase lo que pase en el futuro inmediato y a medio plazo es indudable que, como poco, desde la negociación post-electoral PSOE-ERC-PNV y con la investidura el separatismo ya ha alcanzado unos éxitos que nadie pensaba que iban a ser posibles. Son de orden propagandístico -y éste es política, sin duda-, si se quiere, pero existen. No sólo es -que también y no es poca cosa– que el PSOE y Sánchez hayan asumido el lenguaje soberanista. Es que hace siete u ocho años nadie en Europa sabía quiénes eran los “indepes” catalanes y hoy son estrellas mediáticas y políticas. Han alterado en este tiempo la jurisprudencia sobre la inmunidad de los europarlamentarios. Los altos estamentos judiciales de los principales países europeos se plantean qué podrían resolver en caso de llegarles algún conflicto relacionado con la cuestión. El conflicto catalán sonaba a la sazón a marcianada y hoy está en la agenda -de forma sorda, sin duda, pero en ella – de los gobiernos y de la propia Unión Europea. Todos estos estamentos europeos están estupefactos ante el hecho de que parte de los que hace dos años eran perseguidos por la justicia española -y hoy encarcelados- ahora han negociado la investidura del Gobierno del país del que quieren desgajar su territorio: si esto por sí solo no es ya una gran victoria…

Pero por encima de todas estas constataciones aún mucho más relevante es que la intentona secesionista de 2017 -por muy burda, impostada y fantasiosa que fuera – que mereció la persecución judicial, lejos de tener por respuesta del Gobierno del Estado la proscripción política de sus protagonistas éste va darles un premio en forma de más poder institucional autonómico. Algo que sorprende y a la vez fascina por ahí afuera porque desvanece el discurso que criminaliza el independentismo. 

No puede dudarse, en fin, que el separatismo ha conseguido una gran victoria. Cuyo alcance exacto no se puede conocer ahora mismo. Nadie sabe lo que ocurrirá en el futuro, pero no cabe duda de que en relación a la reivindicación catalana –y vasca– de independencia nada es igual a hace unos pocos, muy pocos años antes.

Junqueras, nuestra justicia , la verdadera justicia democrática (europea) y el español silencio de los corderos

22

12 2019

Lo peor, con diferencia, de este último episodio -que no será el que cerrará la serie, vendrán más, no lo duden – de avergonzamiento público de la justicia española por parte de la europea, a cuenta de la inmunidad de Oriol Junqueras, no es la cuestión en sí, ni siquiera lo es lo que supone para el personaje más odiado en la España profunda, Carles Puigdemont, ni, mucho menos, lo es el embrollo judicial que plantea. No, lo grave, terrible, es el silencio de los corderos en el Madrid oficial. Que dura desde hace demasiado tiempo. 

¿Es que nadie en la Villa y Corte va a reaccionar, nadie tiene la mínima valentía como para reconocer no vamos bien, que así no, que hay que derogar los delitos de excepción y algunas sospechosas aplicaciones de ciertas leyes? Esto es lo que nos está diciendo la justicia en Europa en el último año y medio, o poco más. ¿O es que alguien es tan simple de creerse que cinco, ¡cinco!, decisiones judiciales europeas que enmiendan principios represores básicos de la ley hispánica en tan breve lapso de tiempo son una encadenación de hechos puntuales sin relación entre sí o, más alucinante todavía, resultado de una especie de conspiración contra España? Ni por remota casualidad. De lo que se trata es de serias advertencias en el sentido que un país básico para la Unión no puede estar aplicando ciertas normas excepcionales que no casan con la democracia e interpretando otras ordinarias de forma que en la práctica suponen un forzamiento brutal del Estado de Derecho. En España no hay presos políticos. Pero sí que se ha forzado la ley por razón política para que los presos independentistas paguen sus acciones porque de otro modo no podrían haber sido castigados preventivamente y luego en firme con tamaña desproporción. Esto es lo que le dice Europa a España, en el fondo. Y en Madrid nadie quiere darse por enterado. 

En marzo de 2018 el Tribunal Europeo de Derechos Humanos sentenció que la condena a un año y medio de cárcel -con posibilidad de sustitución por multa económica – a dos separatistas catalanes que habían quemado fotos del Borbón que ocupaba en el momento de los hechos, 2007, la Jefatura del Estado, no era punible sino un ejercicio “de libertad de expresión política”. No era un bofetón, ni un varapalo, ni un golpe… No, era una enmienda a la totalidad de la existencia de la especial protección legal del Jefe del Estado. O de otra manera dicho: no hay democracia en la que exista esa excepcionalidad legal. La cual se pudo entender en su momento por la necesidad de dar estabilidad, cuando el país salía de la dictadura, al menos en la institución representativa, aislándola del debate político y de la crítica. Bien, pero eso ya es historia. No puede mantenerse la excepcionalidad por siempre, porque acaba por ser lo que Europa nos está diciendo que es: una aberración incompatible con la democracia. Sin embargo, nadie, nadie, ni una sola representación de ese Estado que tanto se llena sus bocas de decir que es de Derecho ha tomado en serio la decisión judicial referida. Nadie quiere ver lo que debe hacerse. Derogar esas antidemocráticas protecciones legales especiales de la Jefatura del Estado. Si no me creen, hagan el siguiente ejercicio: proyecten sobre la Jefatura del Estado de la República de los Estados Unidos de Norteamérica o sobre la del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte la misma protección legal excepcional que tiene la española y añádanle las críticas, burlas, escarnios, ofensas y ataques que reciben de forma habitual por parte de políticos, prensa y ciudadanos. Medio país respectivo estaría en la cárcel con los criterios de la Audiencia Nacional, Tribunal Supremo y Tribunal Constitucional españoles. 

Pero es que no se queda aquí la cosa. Tras esa sentencia del Tribunal Europeo de los Derechos Humanos citada se han producido otras cuatro decisiones de las justicias de Bélgica, Alemania, Escocia -en relación a las extradiciones – y la Unión Europea -la inmunidad de Oriol Junqueras – que han rectificado de forma brutal las pretensiones represoras de las más altas instancias judiciales españolas al respecto de la persecución de los independentistas catalanes. Y en el Madrid oficial siguen silbando y mirando hacia todos los lados menos a Europa. 

Es normal que los fascistas aprovechen todas esas lecciones de democracia y Estado de Derecho para intentar vender su antieuropeismo hasta ahora larvado,pues su aspiración es cargarse la libertad y nada mejor para conseguirlo que insistir en el “Spain is different” de siempre, en el discurso de “Santiago y cierra España” y los etcéteras típicos y tópicos que ayudan a carcomer el régimen de libertades. Lo preocupante no es eso sino esa costra de caspa solidificada en forma de perversión democrática que va notándose en muchos ámbitos del Estado y que da por “normal” todo lo que está pasando y que a la vez, de hecho, pretende que “no nos entienden” por ahí afuera para así justificar el mantenimiento de las excepcionalidades legales – a las que habría que añadir el bestial “enaltecimiento del terrorismo”, una absoluta vergüenza que convierte en delitos meras opiniones- , sin que al parecer haya la más mínima necesidad de preguntarse si no será que en lugar de ir mal todas las justicias europeas la que no va del todo bien es la nuestra.

El alcalde Oliver, el tenista y hotelero Nadal, la famosa carta y el «tenir bo» como esencia de la mallorquinidad

08

12 2019

El rico empresario hotelero, amén de tenista, Rafael Nadal, ha hecho escribir una carta pública que él firma dirigida al alcalde de la localidad que le vio nacer, Manacor, Miquel Oliver, en la que confirma que ha obtenido trato de favor del Parlamento balear y, a la vez, argumenta que tal deferencia hacia su augusta persona por parte de los políticos regionales es del todo legal y democrática. De lo que sea legal nadie, que se conozca, ha dudado jamás. De hecho fue el trato de favor el que convirtió en legal el objeto de polémica. Y respecto a lo democrático, bueno: ni Nadal ni sus escribidores son doctores en Politología así que no cabe ser crueles con su ignorancia al respecto de lo que es la democracia. 

Yendo a la cuestión básica, si se arguye – tal y como hacía Oliver- que el Parlamento regional dio trato de favor al susodicho empresario es porque se le concedió lo que a un ciudadano cualquiera de ningún modo se le daría. ¿O acaso conoce alguien un caso igual o semejante tratándose de un ciudadano cualquiera? Claro que hubo trato de favor. Y de hecho fueron dos, pues la Cámara en dos ocasiones ha favorecido sus intereses particulares. Todo lo demás que se dice en la famosa carta pública son las vacuidades típicas de quien necesita justificar no se sabe qué, pues que su empresa de referencia dé trabajo a equis personas no tiene la menor relación con el trato de favor que se le ha otorgado, que él lleve su “manacoridad” -sea lo que sea tal cosa – por el mundo pegando a una pelota con una raqueta no supone ningún misterioso vínculo con el fondo de la cuestión, que sus intereses particulares hayan sido favorecidos está al margen de que haya erigido su hotel y resto de negocio en Manacor y no “en cualquier otra parte del mundo” o, en fin, que su filantropía esté por encima de la del resto de hoteleros tampoco atañe a nada a la cuestión esencial.

Pocas veces una carta pública desdice el objetivo que aparenta perseguir. La firmada por Nadal lo consigue con meridiana y absoluta rotundidad. En efecto, los escribientes de la cosa debieron recibir el encargo por parte del empresario de “demostrar” que no ha habido trato de favor y ellos, unos linces de la redacción, confirman que lo dicho por el alcalde Miquel Oliver es exactamente cierto: que hubo trato de favor del Parlamento que convirtió en posible lo que de otro modo hubiera sido ilegal e imposible de llevar a cabo y que a efectos del pago de tasas – la parte enternecedoramente ridícula de la historia – se evidencia que se han satisfecho tal y como dijo el regidor -que sí, pero luego de habérsele pedido que lo hiciera – con todo lo cual confirman que Oliver tenía razón, sobre todo al poner de relieve lo que, por otro lado, todos sabemos. Que los que se dedican a la hostelería, como Nadal, tienen en esta tierra un trato de favor permanente por parte de los políticos -incluido el partido al que pertenece Oliver, por cierto – y que él lo ha tenido amén de por su condición empresarial por los contactos derivados de su éxito tenístico. 

Bien, todo esto ya lo sabíamos todos. Entonces ¿qué nos quería decir Nadal con su carta pública si lo del trato de favor es una perogrullada, lo de los tasas es tan ridículo que da vergüenza ajena y lo de su“manacoridad” parece como cosa propia de los territorios de la religión y en cualquiera caso es algo ajeno a los no manacorenses? Pues no hay respuesta. No se sabe cuál es el objetivo de la misiva. ¿Tal vez es una manera de dejar claro a todos que al ser rico y hotelero – con perdón por la redundancia – amén de dedicarse a la raqueta tiene contactos de altísimo nivel que nos son negados por razón de clase al resto de mortales, tanto que el Parlamento balear legisla como él quiere? Pues quizás podría ser éste el sentido último de la carta.Al menos no cabe duda de que es la única información relevanbte que da la misiva.

Eso de lo que tanto se enorgullece el hotelero Nadal se llama, en sociología indígena mallorquina, “tenir bo”. Que podríamos traducir por “tener contactos” aunque en castellano no se acaba de captar del todo la sibilina profunda penetración en el poder que define la expresión indígena. Pero en fin, casi todos entendemos de qué se trata y, a la vista de las respuestas en redes sociales y resto de comentarios al respecto de la polémica, es una obviedad que todos lo aceptamos como algo intrínseco a ser rico y poderoso, no nos parece en absoluto pernicioso para el conjunto social sino más bien parte de la idiosincracia común de la que hay que sentir orgullo: esencia de la mallorquinidad, en fin.Y no, aunque pensemos que por todo es igual no es así. De hecho muchas gentes de otros lares patrios cuando aterrizan aquí se sorprenden de esta interiorizada sumisión al escalonamiento social, con todo lo que conlleva – sobre todo ese antidiluviano y antidemocrático “tenir bo” -, como si hubiera sido éste forjado por designio divino. Pero es que así somos: el empresario Nadal,sus colegas hoteleros, los demás ricos y el resto de nosotros, qué le vamos a hacer.

Madrid, Barcelona, la negociación y nuestra democracia

24

11 2019

Ante la posible negociación entre el Gobierno de Pedro Sánchez y los independentistas catalanes se han activado todos los resortes de la España eterna mediática para impedirla a base de mentiras, exageraciones y medias verdades sobre el apocalipsis que se nos advendría. En el fondo es el mismo rostro de la España de vocación imperial que sin imperio alguno languidece entre océanos de caspa, pensándose todavía que lo que ve a través del escaso ángulo de visión que le permiten sus estrechas anteojeras es el mundo entero.No se le queda muy atrás el universo separatista del puigdemonstismo, aquejado de una visión mesiánica convertida en religión más que defensora de una opción política. 

Como a menudo ocurre en este mar de hipérboles e imposturas, ha sido el líder del PSC, Miquel Iceta, el único que ha clavado la cuestión: “si hay voluntad de diálogo, el instrumento no debería ser un problema”, ha afirmado. Así es. Tan simple como esto. De lo que se trata, pues, es de si hay que negociar o si no. Todo lo demás son excusas. 

Las usan, las excusas, de una manera u otra, las dos partes. Tanto el independentismo en Barcelona como el unionismo en Madrid. En ambas orillas existe gente con una clara voluntad de reventar cualquier posibilidad de negociación. En la parte catalana el puigdemontismo apuesta al ‘cuanto peor mejor’, para él. No quiere un verdadero diálogo. Por eso aunque siempre a él apela huye de concretar sobre qué podría erigirse, sobre qué aspectos lógicos quisiera negociar. Para él y sus acólitos todo se reduce a “negociar” cómo se aceptan sus imposiciones. Sin margen para nada más. No es el caso de ERC que parece estar dispuesta al menos a intentar hablar con la otra parte. Una diferencia abismal entre los dos tipos de separatismo. Ahora bien, que ERC tenga esa voluntad de negociar no significa que vaya a poder concretarla porque la capacidad de presión que tiene el puigdemontismo es muy alta y habrá que ver si puede soslayarla y en su caso cómo. En el otro lado también tienen a sus acérrimos defensores de cercenar cualquier atisbo de negociación racional -esto es: política – y a ello dedican sus manipulaciones unos -los medios – y encendidas peroratas los otros – los políticos derechistas – a ver si consiguen así su objetivo. 

Entre unos y otros radicales de ambos ambos situados en las dos orillas hay un flujo en medio, tanto mediático como político que al menos aspira a poder explorar la posibilidad de dialogar, ver si se puede luego negociar y al fin valorar cómo podría llegarse a un acuerdo futuro que supusiera una salida de mínimos para las dos partes. 

Algo tan simple como esto, tan de sentido común, tan habitual en cualquier otra democracia, en este país se ha convertido para muchos de ambas orillas en algo aborrecible. 

No es un buen camino para nuestra democracia. 

Las elecciones, el nuevo Gobierno, la nueva España y la salida para Cataluña

12

11 2019

Que Pedro Sánchez es un político fascinante está fuera de duda y, tras las elecciones generales, ha vuelto otra vez a demostrarlo. El Gobierno de coalición que tanto él mismo, según dijo hace escasas semanas, como “el 95% de los españoles” rechazaba de plano porque le impediría “dormir tranquilo” ahora vale. No me dirán que no sea fascinante un tipo que miente con ese arrojo y desparpajo y que sin embargo lidera el PSOE y el Gobierno nacional a pesar de no tener ideología, principios ni escrúpulos. Merecerá sesudas tesis doctorales en tiempos venideros. 

El personaje es también, por esa ausencia de valores tan suya, el único que puede encarrilar un proceso de potencial salida al bucle catalán. Servidor ya lo he analizado otras veces. Cuando todo era potencial. Ahora ya hay algunos aspectos en acto que conducen hacia la misma conclusión. En primer lugar, la propia existencia de una coalición PSOE-Podemos y demás. En segundo, los movimientos de ERC desmarcándose -por nebulosamente que algunos pretendan que sea – del ultranacionalismo puigdemontista -. Y tres, el activo PSC en el pacto Sánchez – Pablo Iglesias. Y como consecuencia de todo ella, se abre la posibilidad de una negociación seria, o sea sobre posibles objetivos y no ensoñaciones.

En efecto, que exista un acuerdo entre PSOE y Podemos era el paso sin el cual nada hubiera sido posible y todo se hubiera atrasado al menos muchos más años. Al vislumbrarse un Gobierno mixto entre socialistas y morados la reivindicación de la plurinacionalidad de España entra en el poder ejecutivo. Claro que Iglesias no volverá a reclamarla en público ni hará ostentación de esa reivindicación. Pero es suya y seguirá vigente. No es baladí: por primera vez en la historia del Estado Español – o sea, desde la unión dinástica de 1469 y dejando de lado ahora disquisiciones historifílicas sobre si aquello fue tal que la fundación de un nuevo Estado o si no-, entrará en su Gobierno una parte que aspira a repartir la soberanía nacional. De ahí la relevancia del paso dado. Que no implica nada por fuerza para el futuro inmediato pero sin darlo sería imposible avanzar. 

En segundo lugar, ERC ha invertido riesgos importantes para situarse en una posición en la que cuando se diera el primer paso ella estuviera preparada para actuar en correspondencia. Es la parte más peliaguda de todo. Ni puede decir lo que quiere, ni puede dejar sospechar lo que ha negociado con Sánchez a través de Iglesias, ni puede moverse demasiado contra el puigdemontismo todavía ni puede dar ninguna seguridad sobre nada. Así que todo está en el aire, por su lado. Pero se ha movido lo suficiente como para que Podemos y el PSOE vean que lo ha hecho, aunque a vista popular no se perciba y a vista mediática madrileña no quiera verse. Al respecto puede llegar a ser muy importante si Junqueras fuera confirmado judicialmente como eurodiputado. En cualquier caso, ERC se ha movido y en el complicado tablero de juego las piezas ya están dispuestas para encajar con las del nuevo Gobierno nacional, a la espera de las elecciones autonómicas catalanas que deberían -según confían, desean e incluso desesperan porque así sea los actores en juego- confirmar la primacía en urnas de ERC para así alumbrar una nueva fase en Cataluña, alineándose por tanto Barcelona con Madrid por primera vez desde hace una década. Hay que insistir: nada está asegurado, todo depende muchas circunstancias, pero por primera vez en mucho tiempo se dan las condiciones para la negociación. 

Y en tercer lugar, el papel del PSC, que ha sido esencial en los movimientos discretos habidos tanto en Madrid – con Podemos y con el PSOE – como en Barcelona – con ERC -, está preparado también para aprovechar las consecuencias de la existencia del nuevo Gobierno nacional y espera que se concrete que haya otro también nuevo en Barcelona, en el que aspira a participar, que abra la lata de la negociación que hasta ahora se ha mostrado imposible de atacar. 

¿Qué se negociará? Un nuevo estatus político para Cataluña, un premio para el independentismo si se quiere ver así, pero al fin y al cabo una salida. No una solución. Porque ésta no existe. Sólo una salida para que España – ya se verá qué España – siga existiendo medio siglo más. ¿Que esto será muy poco? Bueno, depende de cómo se mire. Dado el panorama existente ahora mismo -con la justicia más importante del país a punto de ser enmendada, una vez más, por Europa; con el creciente desafecto internacional hacia la calidad de la democracia española; con la debilidad extrema del Estado que sólo forzando leyes que en otras democracias no existen es medio capaz de aguantarse; con la amenaza fascista creciendo en las urnas…. – no parece en absoluto poca cosa. De la potencial solución van a excluirse por un lado la extrema derecha que ancla el PP es la imposible aceptación -con Borbón incluido, pero sin capacidad de veto – y, por otra parte, el puigdemontismo. Se da por hecho y no impedirán nada.

Nada está escrito. Pero las elecciones del 10 de noviembre han entreabierto la puerta a una salida para Cataluña y para la existencia de la nueva España. 

La sentencia, las salvajadas, las protestas, Pedro Sánchez, ERC, el puigdemontismo y la negociación

18

10 2019

Los ejercicios de guerrilla urbana que se han vivido en Barcelona, así como en otras ciudades catalanas, en los días posteriores a la publicación de la sentencia del Tribunal Supremo, contra los líderes independentistas, no tiene directa relación con las pacíficas protestas separatistas por la condena impuesta a los jefes secesionistas. Gusten o no, estas últimas están bajo protección de la libertad de expresión. Lo otro no: esto de las barricadas e incendios no son protestas, son salvajadas que alteran el orden público y que de política sólo tienen la excusa, el débil disfraz con el que sus autores pretender disimular su naturaleza. 

Puede que haya gente, tanto en Cataluña como en el resto de España que se haya creído la tonta ñoñería de que en el Principado sólo hay gente de paz y el bla-bla-bla separatista habitual. Y por eso les extrañe tanto lo que ha ocurrido. Pero es que ni por asomo es así. De hecho Barcelona cuenta con una larguísima tradición de violencia de raíz política -o no tanto, a menudo – que se enraíza en el siglo XIX. Recuérdese el activismo violento anarquista a fines de esa centuria, la Semana Trágica de inicios del XX, el pistolerismo derechista anti sindical de la década de 1920, los violentos anarquistas catalanes en la Segunda República, los asesinatos ultraizquierdistas en los años de la Guerra Civil, los ídem ultraderechistas con la caída republicana, el renacer violento durante la transición – Terra Lluire, acciones de los GRAPO, de nuevo anarco terrorismo (Caso Scala, por ejemplo) -.. ¿Pacifismo? Para nada. Existe ese poso de violencia de disfraz político que viene de lejos y que en los últimos años se ha detectado de nuevo entre las movilizaciones contra la globalización, entre el movimiento Okupa… y ahora entre las protestas independentistas contra la sentencia. Entre ellas. No de ellas. La diferencia no es de matiz. Y cuando se pretende, con trazo grueso y grosero, hacer de todo uno lo que se intenta en verdad es igualar separatismo a violencia. No es lo mismo. Al menos no de momento. Para nada estamos, ni por remota aproximación, a algo semejante a lo vivido en el País Vasco. Lenguaraces como Cayetana Álvarez – que no se entiende qué hace en un partido democrático-, los de Vox y demás ralea fascista que busca esa sinonimia están practicando algo tan viejo como las tácticas de manipulación de masas de su admirado Joseph Goebbles: proyectar sobre el enemigo condiciones perversas para ir degradándolo a una situación en la que ya sea aceptable su eliminación, en el caso que nos ocupa su ilegalización. Vieja, asquerosa y repugnante táctica,pero efectiva.

Si uno intenta abstraerse de las protestas independentistas, de la violencia nocturna y de las propagandas varias de unos, otros y los de más allá, aparece nítida la sentencia del Tribunal Supremo como una puerta abierta que favorece la negociación política entre el Madrid socialista y la Barcelona separatista. No ahora. Habrá que dejar pasar algún tiempo. Pero el Supremo ha hecho un favor al Gobierno Sánchez. Si hubiera condenado por rebelión – siguiendo la disparatada teoría que Borbón fijó en el sentimiento ultra y derechista de rancio patrioterismo el 3 de octubre de 2017 y que, por cierto, el Supremo ha desmentido de plano– e impuesto – tal y como pedía la fiscalía del régimen- el blindaje de la pena de prisión al menos hasta el cumplimiento de la mitad, ERC y los sectores racionales del PDCAT no hubieran podido desmarcarse de ningún modo del puigdemontismo – que no quiere solución racional alguna – por mucho, mucho tiempo. Ahora, por el contrario, tienen la puerta abierta para hacerlo. Porque el Supremo permite una salida humana para los políticos presos: mediante decisiones de la administración penitenciara catalana podrán acceder a beneficios de forma muy rápida. A la vez que sitúa en la negociación política la posibilidad no de amnistía ni indulto -que no se barruntan como posibles – pero sí de una reforma a medio plazo del Código Penal que pudiera dejar sin efecto las condenas, rebajando las penas de sedición, por ejemplo. U otras opciones por el estilo, que las hay. 

Nada está escrito ni es seguro. Y desde luego cualquier salida de este bucle no será fácil ni rápida. Pero al menos la sentencia -a pesar de tanta sobreactuación separatista y ultraderechista, cada una en su dirección – deja la puerta abierta para la iniciativa política al Gobierno. Como debe ser. Porque es un conflicto político que no será resuelto por otra vía que la política. Es cierto que podría no ser solucionado– no son pocos los que así lo anhelan – porque al fin y al cabo ya está enquistado desde hace al menos un siglo – ya en 1919 el llamado Comité Nacional Catalán pidió formalmente a la recién creada Sociedad de Naciones que acogiera a Cataluña como país independiente -, pero si tiene que tener una solución sólo puede pasar por la negociación política que se concrete en una consulta a los catalanes sobre si quieren seguir siendo españoles o no.

Thomas Cook, el apocalipsis turístico, Sánchez y la operación partidista de Armengol

05

10 2019

La caída del mayorista de paquetes turísticos Thomas Cook ha dejado en la calle a sus trabajadores, unos 700 y pico en Baleares, y sin pagar las facturas debidas a los hoteles que se nutrían de él, aunque muy pocos son los que en exclusiva lo hacían: seis o siete sobre los casi 3.000 alojamientos turísticos que hay en la región. Luego están los proveedores de éstos que se da por hecho que no cobrarán, lo cual es una presunción como poco muy llamativa porque sólo si las empresas propietarias de esos hoteles se declararan en concurso de acreedores o cerrasen podría ser que implicara alguna quita que supusiera que en efecto dejaran de cobrar tal parte o, en su caso, esperar a la liquidación de la empresa quebrada. Si no, si un proveedor deja de cobrar puede y debe reclamar en los juzgados y cobrará, más pronto o más tarde. Y a todo esto dando por hecho, que es mucho dar, que puedan entrar en concurso o cerrar unas empresas que en los últimos 10 años han tenido unos beneficios estratosféricos. 

Osea: al margen de los perjuicios objetivos para la mano de obra isleña de Cook, todas o, al menos, la mayor parte del resto de las estimaciones del impacto económico en nuestra región de la quiebra no tienen fundamento documentado, son puras elucubraciones. 

Sin embargo nos encontramos con que el sector PSOE del Gobierno regional ha impulsado una interpretación catastrofista del cierre de Cook. Casi como si estuviéramos ante la llegada del Armagedón turístico para Baleares. Ni por asomo estamos ante algo así. De hecho, tanto algunos grandes hoteleros – mismamente, Fluxà, de Iberostar – como altos representantes de la patronal – Carmen Planas, la presidenta del CAEB– han matizado, en declaraciones públicas y privadas, las suposiciones de hecatombe con las que juega de forma implícita el Ejecutivo socialista. Con sentido común estas voces han situado la crisis en su justa medida: se trata de una sola empresa que por importante que sea no va a arrastrar a muchas otras, como máximo a un número anecdótico con consecuencias que sin duda serían graves para cada una de ellas y dramáticas para los trabajadores respectivos pero que no pasarían de ser un accidente aislado en el conjunto del sector turístico y de la economía balear, cuyas proyecciones negativas esta última va a absorber en poco tiempo. «Un año como mucho», me decía una alta representante de la gran patronal en conversación informal. 

Así, pues, ¿a qué viene la reacción desmesurada del Gobierno de Armengol? Es el resultado del cálculo político partidista. El inicio de legislatura ha resultado ser muy diferente a cómo imaginó el PSIB que sería. Tras las elecciones de mayo domesticó enseguida a Podemos, Més per Mallorca se le rindió y los dos pequeños díscolos de izquierdas – Més per Menorca y Gent per Formentera- son tan poca cosa que no inquietan en absoluto a los socialistas. Por otro lado, la oposición estaba deprimida en su parte democrática y lo que haga y diga la fascista da lo mismo al ser su activismo claramente antisistema. En resumen, a Armengol se le abría ante sí un plácido panorama. Se las prometía felices porque todo indicaba – y así todos lo suponíamos – que al menos en par de años no existiría nubarrón alguno en su horizonte. Pero Pedro Sánchez se lo estropeó todo. El madrileño desdeñó a los socios nacionales que aquí tiene Armengol – Podemos y los independentistas – y se empeñó en la aventura de la repetición electoral, algo que ha irritado sobremanera en el Consulado del Mar, donde ven al presidente pactando con Ciudanos tras el 10 de noviembre, lo que les aterroriza. Más grave todavía es queel Gobierno nacional no haya dicho ni pío del Régimen Especial – aprobado en febrero y del que no se tiene noticia pues no se ha puesto en valor práctico en nada-,que el trato que dispensa a los gobiernos regionales -incluidos los socialistas como el de Armengol – es extraño pues los fusila a recursos ante el Constitucional, que no se sabe nada de la reforma del sistema de financiación autonómica, que les chulea con los dineros a cuenta de la financiación regular… con el resultado doméstico de que en la práctica Sánchez se ha convertido en el principal problema para Armengol, lo que se traduce en que, por ejemplo, el presidente ha resucitado a Biel Company. En efecto, el líder conservador, que el 27 de mayo confesó su depresión a los más próximos y que tenía decidido retirarse de la política, ahora está, gracias a Sánchez, más vivo de lo que ha estado nunca, pletórico en su oposición descarnada a la presidenta, hasta el punto que incluso sus críticos internos están desolados porque ven que se aleja por momentos la opción de descabalgarlo de la presidencia del PP balear.

Ante este inicio tan malo de legislatura a Armengol se le ha aparecido Cook y a él se ha encomendado. Al impostar con tanta intensidad las consecuencias de la quiebra lo que hace es fijar en la retina ciudadana la posibilidad de una hecatombe turística que amenazaría la economía regional y, una vez instalada tal percepción, ella, nuestra dilecta y amada líder nos salva del horroroso infierno gracias a su brillante gestión sin parangón.

Hay que reconocerlo, ha sido una operación política inteligente y que, a juzgar por la atención recibida, le ha salido bien. Y le da igual que choque, contradiga y desdiga la teórica aspiración de su gobierno de alcanzar un nuevo modelo turístico. En realidad nunca se ha creído ni una palabra de las que al respecto dice. Por tanto, con el mismo desparpajo cínico que aprueba, por ejemplo, el Impuesto de Turismo Sostenible deja acto seguido sin sostener para los ciudadanos el dinero recaudado a ese efecto por los hoteles afectados por la caída de Cook y, para más escarnio, les regala el mismo importe extraído de la caja pública, en una operación que los ecologistas ya han calificado de “vergonzosa”, con toda la razón. Lo cual a ella le patina. Igual que pasa con las críticas de su socio de Ejecutivo, Més per Mallorca, porque bien sabe ella que de ninguna manera va a renunciar a sus cargos. Y respecto a Podemos más tranquila está todavía, porque los morados isleños ya son una mera sucursal del PSOE; por cierto: qué lejos quedan aquellos tiempos en que Alberto Jarabo decía que “se acabó que aquí manden los hoteleros”.

En fin, que Sánchez es el principal problema de Armengol pero Cook bien puede haber sidoel antídoto para ese mal que afecta a nuestra nunca suficientemente bien amada líder.

Las urnas, el fascinante Sánchez y su forma de hacer política que marcará época

20

09 2019

Otra vez a las urnas. Cuatro elecciones generales en cuatro años. Ya hemos superado a Italia en inestabilidad. No existe parangón en el mundo democrático. La prensa internacional se pregunta que cómo puede ser que sin existir alternativa posible a un Gobierno liderado por el PSOE, pudiendo los socialistas pactar a derecha – Ciudadanos- o a izquierda – Podemos y, en este caso también, con los nacionalistas -, con la desaceleración económica que puede intensificarse por la inestabilidad política, con el Brexit a punto de abrirnos a un camino ignoto pero a buen seguro que lleno de peligros, con Alemania renqueante, con la guerra comercial agravándose, con el precio del petroleo subiendo… el presidente español sea tan irresponsable de llevar el país a otras elecciones. Con la consecuencia posible de que tras el 10 de noviembre no tengamos Gobierno con plenas facultades hasta enero o febrero en el mejor de los casos, que no cabe dar por improbable que el suspense se alargue hasta el verano y que no es imposible que por las heridas producidas por esta convocatoria del todo absurda se pueda heredar una endiablada situación entre los principales partidos que no sólo mejore la actual sino que la empeore. 

El aventurismo político de Pedro Sánchez lo convierte en un personaje singular. Fascinante, sin la menor duda. Y no hay ironía en la catalogación. Es un político que desde que decidió presentarse a la secretaría general del PSOE ha ido apostando siempre al todo o nada y siempre gana, e incluso en la única ocasión en la que pareció perder – en la famosa rebelión interna del 1 de octubre de 2016: sólo hace tres años pero parece que son diez – al cabo le salió bien, de una forma que fue increíble y que aún hoy parece mentira que lo consiguiera. Algún día perderá, claro está, y los destrozos serán de siniestro total, pero él debe pensar que mientras tanto le llega ese momento lo mejor es arriesgar sin miedo y disfrutar de las victorias. Al fin y al cabo a todo líder político le llega el fin más pronto que tarde. Así que no hay que preocuparse por eso. Lo importante es gozar del camino. Y de momento ya va para quince meses disfrutando de La Moncloa y todo indica que, a menos que medie una hecatombe electoral socialista que nadie prevé, tiene asegurado unos años más, suficientes en conjunto como para colmar su ambición de ser presidente durante el tiempo necesario para satisfacer su gigantesca soberbia.

Nunca se había visto nada igual. Los presidentes habidos hasta ahora – Adolfo Suárez, Calvo Sotelo, Felipe González, José María Aznar, José Luis Rodríguez y Mariano Rajoy – por supuesto que también fueron soberbios, ambiciosos, no tuvieron escrúpulos, echaron mano de mentiras y asumieron grandes riesgos. Nadie llega a la jefatura del Consejo de Ministros diciendo verdades y honrando los usos sociales que damos por ejemplos de urbanidad: la política no va así. Siendo esto verdad, no obstante el elemento diferencial que singulariza a Sánchez es que él, al contrario ques us antecesores, no usa como táctica la mentira, el riesgo y la falta de escrúpulos sino que son parte intrínseca de su forma de hacer política. Le da igual hoy decir blanco y mañana negro y pasado gris para, acto seguido, volver a cambiar el orden cromático en los siguientes tres días y al cuarto decir que nunca ha dicho nada de colores. Y no le cambia ni un ápice el rostro. Es más, acusará a todos de ser los que mudan de opinión y se henchirá de (falso) orgullo por no hacerlo nunca él, verbigracia: cuando en la sesión de investidura de julio dijo que entre los principios y el poder elige los principios, y sin carcajearse. 

Mucha gente considerará esa forma de hacer política como algo malo. Puede que sí. Pero es fácil que Sánchez sea un pionero que marque senda. Fíjense si no en Albert Rivera, que cada día que pasa más se le parece. 

En fin, que algún día Sánchez desaparecerá del mapa político, como todos los demás presidentes, y sin duda lo hará más pronto de lo que hicieron otros en su lugar -como González y Aznar – pero él habrá conseguido algo que ninguno de los otros líderes ha logrado: implantar una nueva forma de hacer política gracias a su irresponsabilidad y desfachatez nunca vistos, que se convertiránen la nueva norma de conducta general para triunfar en política.

A ver si no es fascinante, el personaje.

La vida, las fes, el nacimiento de las naciones y, por supuesto, Cataluña.

08

09 2019

Los países no existen por designio divino, aunque en España haya mucha gente que esté convencida de lo contrario. Nacen y desaparecen igual que la vida misma, que es un producto de la bioquímica que se crea y perece sin que intervenga nada relacionado con lo que las supersticiones y los diferentes religionismos fantasean. Si la vida, pues, brota y se desvanece, con todo lo que es creación de la vida, de los humanos en fin, pasa lo mismo. Cómo iban a ser diferentes los países. 

Es bueno recordar a veces la evidencia científica sobre la vida – no es creencia, es ciencia, por mucho que los religionistas diversos pretendan lo contrario – cuando se debate sobre si Cataluña tiene derecho a ser independiente o si, todo lo contrario, es imposible que lo sea. 

En verdad ni lo uno ni lo otro se fundamenta en ningún conocimiento histórico político y, desde luego, no parte de base racional alguna. En efecto, los países aparecen y desaparecen fruto de circunstancias políticas y militares que no tienen nada que ver con derechos ni, muchos menos, con determinismos que los hagan nacer o se lo impidan. En realidad, más que determinismos son suposiciones, opiniones y fes diversas, que por supuesto cada persona es libre de tener las que quiera pero no sirven para el análisis lógico. 

Cataluña no tiene derecho a la autodeterminación porque no hay ningún texto internacional que así lo diga, por mucho que fantaseen al respecto los nacionalistas catalanistas. Pero tampoco existe ningún elemento objetivo – político, diplomático, económico… – que determine la imposibilidad de que sea independiente, por mucha imaginación que le pongan los antinacionalista buscando teorías que lo pretendan. 

Todos los casos de países autodeterminados y creados a la contra de otro u otros, es decir de forma unilateral, han nacido por el éxito de una voluntad política y militar. No hay excepción. No existe país alguno que haya sido creado de forma unilateral por derecho y sin guerra. Y otros muchos no han conseguido nacer. Cada caso es diferente y nada está escrito al respecto de cuando se produce la posibilidad. Pero lo que está fuera de duda es que cuando alguno ha brotado, el mero hecho de existir altera el statu quo de sus próximos, de sus contrarios y, de alguna forma, el internacional; y la diplomacia que antes le negaba el derecho a ser puede cambiar de un día para otro y acogerle. Recuérdese el caso de Israel, que se suponía una fantasía basada en la irracional fe – y lo era, bien verdad es- hasta que las circunstancias políticas le permitieron nacer y las militares consolidarse, se alteró el statuo quo y la invención no acogida a derecho alguno ni fruto de ningún determinismo fue una realidad. 

Al no existir ningún determinismo que impida la creación de otro país-estado a la vez que tampoco existe derecho que cobije la auto determinación unilateral, enfrentarse al análisis político de la cuestión catalana basándose en una u otra pretensión es lo mismo que pretender entender la vida a partir de teorías religionistas de cualquier naturaleza. Un sinsentido.