La sentencia, las salvajadas, las protestas, Pedro Sánchez, ERC, el puigdemontismo y la negociación

18

10 2019

Los ejercicios de guerrilla urbana que se han vivido en Barcelona, así como en otras ciudades catalanas, en los días posteriores a la publicación de la sentencia del Tribunal Supremo, contra los líderes independentistas, no tiene directa relación con las pacíficas protestas separatistas por la condena impuesta a los jefes secesionistas. Gusten o no, estas últimas están bajo protección de la libertad de expresión. Lo otro no: esto de las barricadas e incendios no son protestas, son salvajadas que alteran el orden público y que de política sólo tienen la excusa, el débil disfraz con el que sus autores pretender disimular su naturaleza. 

Puede que haya gente, tanto en Cataluña como en el resto de España que se haya creído la tonta ñoñería de que en el Principado sólo hay gente de paz y el bla-bla-bla separatista habitual. Y por eso les extrañe tanto lo que ha ocurrido. Pero es que ni por asomo es así. De hecho Barcelona cuenta con una larguísima tradición de violencia de raíz política -o no tanto, a menudo – que se enraíza en el siglo XIX. Recuérdese el activismo violento anarquista a fines de esa centuria, la Semana Trágica de inicios del XX, el pistolerismo derechista anti sindical de la década de 1920, los violentos anarquistas catalanes en la Segunda República, los asesinatos ultraizquierdistas en los años de la Guerra Civil, los ídem ultraderechistas con la caída republicana, el renacer violento durante la transición – Terra Lluire, acciones de los GRAPO, de nuevo anarco terrorismo (Caso Scala, por ejemplo) -.. ¿Pacifismo? Para nada. Existe ese poso de violencia de disfraz político que viene de lejos y que en los últimos años se ha detectado de nuevo entre las movilizaciones contra la globalización, entre el movimiento Okupa… y ahora entre las protestas independentistas contra la sentencia. Entre ellas. No de ellas. La diferencia no es de matiz. Y cuando se pretende, con trazo grueso y grosero, hacer de todo uno lo que se intenta en verdad es igualar separatismo a violencia. No es lo mismo. Al menos no de momento. Para nada estamos, ni por remota aproximación, a algo semejante a lo vivido en el País Vasco. Lenguaraces como Cayetana Álvarez – que no se entiende qué hace en un partido democrático-, los de Vox y demás ralea fascista que busca esa sinonimia están practicando algo tan viejo como las tácticas de manipulación de masas de su admirado Joseph Goebbles: proyectar sobre el enemigo condiciones perversas para ir degradándolo a una situación en la que ya sea aceptable su eliminación, en el caso que nos ocupa su ilegalización. Vieja, asquerosa y repugnante táctica,pero efectiva.

Si uno intenta abstraerse de las protestas independentistas, de la violencia nocturna y de las propagandas varias de unos, otros y los de más allá, aparece nítida la sentencia del Tribunal Supremo como una puerta abierta que favorece la negociación política entre el Madrid socialista y la Barcelona separatista. No ahora. Habrá que dejar pasar algún tiempo. Pero el Supremo ha hecho un favor al Gobierno Sánchez. Si hubiera condenado por rebelión – siguiendo la disparatada teoría que Borbón fijó en el sentimiento ultra y derechista de rancio patrioterismo el 3 de octubre de 2017 y que, por cierto, el Supremo ha desmentido de plano– e impuesto – tal y como pedía la fiscalía del régimen- el blindaje de la pena de prisión al menos hasta el cumplimiento de la mitad, ERC y los sectores racionales del PDCAT no hubieran podido desmarcarse de ningún modo del puigdemontismo – que no quiere solución racional alguna – por mucho, mucho tiempo. Ahora, por el contrario, tienen la puerta abierta para hacerlo. Porque el Supremo permite una salida humana para los políticos presos: mediante decisiones de la administración penitenciara catalana podrán acceder a beneficios de forma muy rápida. A la vez que sitúa en la negociación política la posibilidad no de amnistía ni indulto -que no se barruntan como posibles – pero sí de una reforma a medio plazo del Código Penal que pudiera dejar sin efecto las condenas, rebajando las penas de sedición, por ejemplo. U otras opciones por el estilo, que las hay. 

Nada está escrito ni es seguro. Y desde luego cualquier salida de este bucle no será fácil ni rápida. Pero al menos la sentencia -a pesar de tanta sobreactuación separatista y ultraderechista, cada una en su dirección – deja la puerta abierta para la iniciativa política al Gobierno. Como debe ser. Porque es un conflicto político que no será resuelto por otra vía que la política. Es cierto que podría no ser solucionado– no son pocos los que así lo anhelan – porque al fin y al cabo ya está enquistado desde hace al menos un siglo – ya en 1919 el llamado Comité Nacional Catalán pidió formalmente a la recién creada Sociedad de Naciones que acogiera a Cataluña como país independiente -, pero si tiene que tener una solución sólo puede pasar por la negociación política que se concrete en una consulta a los catalanes sobre si quieren seguir siendo españoles o no.

Thomas Cook, el apocalipsis turístico, Sánchez y la operación partidista de Armengol

05

10 2019

La caída del mayorista de paquetes turísticos Thomas Cook ha dejado en la calle a sus trabajadores, unos 700 y pico en Baleares, y sin pagar las facturas debidas a los hoteles que se nutrían de él, aunque muy pocos son los que en exclusiva lo hacían: seis o siete sobre los casi 3.000 alojamientos turísticos que hay en la región. Luego están los proveedores de éstos que se da por hecho que no cobrarán, lo cual es una presunción como poco muy llamativa porque sólo si las empresas propietarias de esos hoteles se declararan en concurso de acreedores o cerrasen podría ser que implicara alguna quita que supusiera que en efecto dejaran de cobrar tal parte o, en su caso, esperar a la liquidación de la empresa quebrada. Si no, si un proveedor deja de cobrar puede y debe reclamar en los juzgados y cobrará, más pronto o más tarde. Y a todo esto dando por hecho, que es mucho dar, que puedan entrar en concurso o cerrar unas empresas que en los últimos 10 años han tenido unos beneficios estratosféricos. 

Osea: al margen de los perjuicios objetivos para la mano de obra isleña de Cook, todas o, al menos, la mayor parte del resto de las estimaciones del impacto económico en nuestra región de la quiebra no tienen fundamento documentado, son puras elucubraciones. 

Sin embargo nos encontramos con que el sector PSOE del Gobierno regional ha impulsado una interpretación catastrofista del cierre de Cook. Casi como si estuviéramos ante la llegada del Armagedón turístico para Baleares. Ni por asomo estamos ante algo así. De hecho, tanto algunos grandes hoteleros – mismamente, Fluxà, de Iberostar – como altos representantes de la patronal – Carmen Planas, la presidenta del CAEB– han matizado, en declaraciones públicas y privadas, las suposiciones de hecatombe con las que juega de forma implícita el Ejecutivo socialista. Con sentido común estas voces han situado la crisis en su justa medida: se trata de una sola empresa que por importante que sea no va a arrastrar a muchas otras, como máximo a un número anecdótico con consecuencias que sin duda serían graves para cada una de ellas y dramáticas para los trabajadores respectivos pero que no pasarían de ser un accidente aislado en el conjunto del sector turístico y de la economía balear, cuyas proyecciones negativas esta última va a absorber en poco tiempo. «Un año como mucho», me decía una alta representante de la gran patronal en conversación informal. 

Así, pues, ¿a qué viene la reacción desmesurada del Gobierno de Armengol? Es el resultado del cálculo político partidista. El inicio de legislatura ha resultado ser muy diferente a cómo imaginó el PSIB que sería. Tras las elecciones de mayo domesticó enseguida a Podemos, Més per Mallorca se le rindió y los dos pequeños díscolos de izquierdas – Més per Menorca y Gent per Formentera- son tan poca cosa que no inquietan en absoluto a los socialistas. Por otro lado, la oposición estaba deprimida en su parte democrática y lo que haga y diga la fascista da lo mismo al ser su activismo claramente antisistema. En resumen, a Armengol se le abría ante sí un plácido panorama. Se las prometía felices porque todo indicaba – y así todos lo suponíamos – que al menos en par de años no existiría nubarrón alguno en su horizonte. Pero Pedro Sánchez se lo estropeó todo. El madrileño desdeñó a los socios nacionales que aquí tiene Armengol – Podemos y los independentistas – y se empeñó en la aventura de la repetición electoral, algo que ha irritado sobremanera en el Consulado del Mar, donde ven al presidente pactando con Ciudanos tras el 10 de noviembre, lo que les aterroriza. Más grave todavía es queel Gobierno nacional no haya dicho ni pío del Régimen Especial – aprobado en febrero y del que no se tiene noticia pues no se ha puesto en valor práctico en nada-,que el trato que dispensa a los gobiernos regionales -incluidos los socialistas como el de Armengol – es extraño pues los fusila a recursos ante el Constitucional, que no se sabe nada de la reforma del sistema de financiación autonómica, que les chulea con los dineros a cuenta de la financiación regular… con el resultado doméstico de que en la práctica Sánchez se ha convertido en el principal problema para Armengol, lo que se traduce en que, por ejemplo, el presidente ha resucitado a Biel Company. En efecto, el líder conservador, que el 27 de mayo confesó su depresión a los más próximos y que tenía decidido retirarse de la política, ahora está, gracias a Sánchez, más vivo de lo que ha estado nunca, pletórico en su oposición descarnada a la presidenta, hasta el punto que incluso sus críticos internos están desolados porque ven que se aleja por momentos la opción de descabalgarlo de la presidencia del PP balear.

Ante este inicio tan malo de legislatura a Armengol se le ha aparecido Cook y a él se ha encomendado. Al impostar con tanta intensidad las consecuencias de la quiebra lo que hace es fijar en la retina ciudadana la posibilidad de una hecatombe turística que amenazaría la economía regional y, una vez instalada tal percepción, ella, nuestra dilecta y amada líder nos salva del horroroso infierno gracias a su brillante gestión sin parangón.

Hay que reconocerlo, ha sido una operación política inteligente y que, a juzgar por la atención recibida, le ha salido bien. Y le da igual que choque, contradiga y desdiga la teórica aspiración de su gobierno de alcanzar un nuevo modelo turístico. En realidad nunca se ha creído ni una palabra de las que al respecto dice. Por tanto, con el mismo desparpajo cínico que aprueba, por ejemplo, el Impuesto de Turismo Sostenible deja acto seguido sin sostener para los ciudadanos el dinero recaudado a ese efecto por los hoteles afectados por la caída de Cook y, para más escarnio, les regala el mismo importe extraído de la caja pública, en una operación que los ecologistas ya han calificado de “vergonzosa”, con toda la razón. Lo cual a ella le patina. Igual que pasa con las críticas de su socio de Ejecutivo, Més per Mallorca, porque bien sabe ella que de ninguna manera va a renunciar a sus cargos. Y respecto a Podemos más tranquila está todavía, porque los morados isleños ya son una mera sucursal del PSOE; por cierto: qué lejos quedan aquellos tiempos en que Alberto Jarabo decía que “se acabó que aquí manden los hoteleros”.

En fin, que Sánchez es el principal problema de Armengol pero Cook bien puede haber sidoel antídoto para ese mal que afecta a nuestra nunca suficientemente bien amada líder.

Las urnas, el fascinante Sánchez y su forma de hacer política que marcará época

20

09 2019

Otra vez a las urnas. Cuatro elecciones generales en cuatro años. Ya hemos superado a Italia en inestabilidad. No existe parangón en el mundo democrático. La prensa internacional se pregunta que cómo puede ser que sin existir alternativa posible a un Gobierno liderado por el PSOE, pudiendo los socialistas pactar a derecha – Ciudadanos- o a izquierda – Podemos y, en este caso también, con los nacionalistas -, con la desaceleración económica que puede intensificarse por la inestabilidad política, con el Brexit a punto de abrirnos a un camino ignoto pero a buen seguro que lleno de peligros, con Alemania renqueante, con la guerra comercial agravándose, con el precio del petroleo subiendo… el presidente español sea tan irresponsable de llevar el país a otras elecciones. Con la consecuencia posible de que tras el 10 de noviembre no tengamos Gobierno con plenas facultades hasta enero o febrero en el mejor de los casos, que no cabe dar por improbable que el suspense se alargue hasta el verano y que no es imposible que por las heridas producidas por esta convocatoria del todo absurda se pueda heredar una endiablada situación entre los principales partidos que no sólo mejore la actual sino que la empeore. 

El aventurismo político de Pedro Sánchez lo convierte en un personaje singular. Fascinante, sin la menor duda. Y no hay ironía en la catalogación. Es un político que desde que decidió presentarse a la secretaría general del PSOE ha ido apostando siempre al todo o nada y siempre gana, e incluso en la única ocasión en la que pareció perder – en la famosa rebelión interna del 1 de octubre de 2016: sólo hace tres años pero parece que son diez – al cabo le salió bien, de una forma que fue increíble y que aún hoy parece mentira que lo consiguiera. Algún día perderá, claro está, y los destrozos serán de siniestro total, pero él debe pensar que mientras tanto le llega ese momento lo mejor es arriesgar sin miedo y disfrutar de las victorias. Al fin y al cabo a todo líder político le llega el fin más pronto que tarde. Así que no hay que preocuparse por eso. Lo importante es gozar del camino. Y de momento ya va para quince meses disfrutando de La Moncloa y todo indica que, a menos que medie una hecatombe electoral socialista que nadie prevé, tiene asegurado unos años más, suficientes en conjunto como para colmar su ambición de ser presidente durante el tiempo necesario para satisfacer su gigantesca soberbia.

Nunca se había visto nada igual. Los presidentes habidos hasta ahora – Adolfo Suárez, Calvo Sotelo, Felipe González, José María Aznar, José Luis Rodríguez y Mariano Rajoy – por supuesto que también fueron soberbios, ambiciosos, no tuvieron escrúpulos, echaron mano de mentiras y asumieron grandes riesgos. Nadie llega a la jefatura del Consejo de Ministros diciendo verdades y honrando los usos sociales que damos por ejemplos de urbanidad: la política no va así. Siendo esto verdad, no obstante el elemento diferencial que singulariza a Sánchez es que él, al contrario ques us antecesores, no usa como táctica la mentira, el riesgo y la falta de escrúpulos sino que son parte intrínseca de su forma de hacer política. Le da igual hoy decir blanco y mañana negro y pasado gris para, acto seguido, volver a cambiar el orden cromático en los siguientes tres días y al cuarto decir que nunca ha dicho nada de colores. Y no le cambia ni un ápice el rostro. Es más, acusará a todos de ser los que mudan de opinión y se henchirá de (falso) orgullo por no hacerlo nunca él, verbigracia: cuando en la sesión de investidura de julio dijo que entre los principios y el poder elige los principios, y sin carcajearse. 

Mucha gente considerará esa forma de hacer política como algo malo. Puede que sí. Pero es fácil que Sánchez sea un pionero que marque senda. Fíjense si no en Albert Rivera, que cada día que pasa más se le parece. 

En fin, que algún día Sánchez desaparecerá del mapa político, como todos los demás presidentes, y sin duda lo hará más pronto de lo que hicieron otros en su lugar -como González y Aznar – pero él habrá conseguido algo que ninguno de los otros líderes ha logrado: implantar una nueva forma de hacer política gracias a su irresponsabilidad y desfachatez nunca vistos, que se convertiránen la nueva norma de conducta general para triunfar en política.

A ver si no es fascinante, el personaje.

La vida, las fes, el nacimiento de las naciones y, por supuesto, Cataluña.

08

09 2019

Los países no existen por designio divino, aunque en España haya mucha gente que esté convencida de lo contrario. Nacen y desaparecen igual que la vida misma, que es un producto de la bioquímica que se crea y perece sin que intervenga nada relacionado con lo que las supersticiones y los diferentes religionismos fantasean. Si la vida, pues, brota y se desvanece, con todo lo que es creación de la vida, de los humanos en fin, pasa lo mismo. Cómo iban a ser diferentes los países. 

Es bueno recordar a veces la evidencia científica sobre la vida – no es creencia, es ciencia, por mucho que los religionistas diversos pretendan lo contrario – cuando se debate sobre si Cataluña tiene derecho a ser independiente o si, todo lo contrario, es imposible que lo sea. 

En verdad ni lo uno ni lo otro se fundamenta en ningún conocimiento histórico político y, desde luego, no parte de base racional alguna. En efecto, los países aparecen y desaparecen fruto de circunstancias políticas y militares que no tienen nada que ver con derechos ni, muchos menos, con determinismos que los hagan nacer o se lo impidan. En realidad, más que determinismos son suposiciones, opiniones y fes diversas, que por supuesto cada persona es libre de tener las que quiera pero no sirven para el análisis lógico. 

Cataluña no tiene derecho a la autodeterminación porque no hay ningún texto internacional que así lo diga, por mucho que fantaseen al respecto los nacionalistas catalanistas. Pero tampoco existe ningún elemento objetivo – político, diplomático, económico… – que determine la imposibilidad de que sea independiente, por mucha imaginación que le pongan los antinacionalista buscando teorías que lo pretendan. 

Todos los casos de países autodeterminados y creados a la contra de otro u otros, es decir de forma unilateral, han nacido por el éxito de una voluntad política y militar. No hay excepción. No existe país alguno que haya sido creado de forma unilateral por derecho y sin guerra. Y otros muchos no han conseguido nacer. Cada caso es diferente y nada está escrito al respecto de cuando se produce la posibilidad. Pero lo que está fuera de duda es que cuando alguno ha brotado, el mero hecho de existir altera el statu quo de sus próximos, de sus contrarios y, de alguna forma, el internacional; y la diplomacia que antes le negaba el derecho a ser puede cambiar de un día para otro y acogerle. Recuérdese el caso de Israel, que se suponía una fantasía basada en la irracional fe – y lo era, bien verdad es- hasta que las circunstancias políticas le permitieron nacer y las militares consolidarse, se alteró el statuo quo y la invención no acogida a derecho alguno ni fruto de ningún determinismo fue una realidad. 

Al no existir ningún determinismo que impida la creación de otro país-estado a la vez que tampoco existe derecho que cobije la auto determinación unilateral, enfrentarse al análisis político de la cuestión catalana basándose en una u otra pretensión es lo mismo que pretender entender la vida a partir de teorías religionistas de cualquier naturaleza. Un sinsentido.

Franco, el valle de sus caídos, la dictadura, la República y Sánchez

27

08 2019

La exhumación de los restos del dictador Francisco Franco del monumental valle de sus caídos debía ser inmediata, nos dijo Pedro Sánchez tras llegar al poder mediante la moción de censura. La intención, sin embargo, chocó con multitud de trabas, pasaron los meses, ya más de un año y Franco sigue en el valle de sus caídos por su dios, por su España y sobre todo por él. Un día u otro, no obstante, la justicia acabará por dar el visto bueno y el Gobierno, sea el de Sánchez o el de otro presidente, acabará con esa ignominia. E igual pasará con los restos de los asesinados y mal enterrados en fosas comunes, que acabarán por ser entregados a los familiares; y de la misma manera un día en este país desaparecerán los símbolos de la dictadura y, así, al fin, podrá darse por cerrada la vieja herida. 

La pretensión de hacer lo mismo que en otros países que han padecido dictaduras y borrar todo vestigio ideológico del valle de los caídos por Franco, recuperar el cuerpo de los asesinados en las cuentas, eliminar símbolos glorificadores de aquella aberración política y demás aspectos siniestros de la dictadura que todavía colean levanta pasionales críticas entre la derecha por “revanchismo”, “revisionismo de la historia” y ganas de “reabrir heridas”, y a menudo se enraízan en la pretensión de que la Guerra Civil fue la consecuencia lógica del desastre de la Segunda República que generó un conflicto entre “hermanos”, entre iguales y que en los dos ambos hubo sufrimiento. Que, en fin, mejor dejar las cosas cómo están. 

Estas teorías críticas son mentira, sin excepción alguna. No hubo una República caótica cuya falta de ley y orden justificase el levantamiento armado. La española no era diferente a las repúblicas francesas, alemana, americanas o a las monarquías constitucionales europeas que a la sazón padecían profundas crisis económicas y políticas. Eran regímenes zarandeados por déficits de todo tipo, sometidos a violencia brutal en la mayor parte de los casos, con amplias capas de población sin trabajo o con remuneraciones que no superaban la mera supervivencia… pero eran democracias. Muy imperfectas a ojos de hoy en día, sin duda alguna, pero democracias al fin y al cabo. A las que pretendían eliminar sus enemigos, los hermanos fascista y comunista. 

Claro que cuando el fascismo provocó la Guerra Civil el comunismo luchó junto a los demócratas a pesar de que su objetivo era acabar con la democracia. Lo cual no da al otro bando ninguna legitimidad. El bando republicano era el demócrata aunque tuviera defensores antidemocráticos. El “nacional” era antidemocrático a pesar de que en su seno hubiera anticomunistas que hubiera podido aceptar la democracia. No hay por tanto igualdad entre los bandos. Uno era el ilegal y antidemocrático. El otro, legal y democrático. 

También es mentira que el conflicto entre “hermanos” produjera desastres por igual. No existe ninguna universidad del mundo – repito: ninguna- que dé pábulo a la tesis ultraderechista según la cual huboa semejante cantidad de violencia ilegal en los dos bandos y que son ambas comparables. En absoluto. Por mucho que se magnifiquen asesinatos, persecuciones y demás represalias extra judiciales en el sector republicano -que las hubo, sin duda alguna – ni por asomo se acercan a la organización de violencia política cuyo objetivo era la aniquilación del adversario ideológico que se estableció en el bando “nacional”. No hay parangón posible. 

Tampoco es verdad que ambos bandos tuvieron asesinados y desaparecidos por igual. El Gobierno de Franco ya en 1939 creó desde el ministerio de Justicia la Causa General contra el Dominio Rojo por la que se judicializó la persecución de los adversarios ideológicos y que tuvo en la restitución a los familiares de los restos de los “buenos” muertos una de sus claves, pues se convirtió en el martirologio del franquismo sobre el que se edificó la supuesta legitimidad de la aniquilación de los enemigos del régimen dictatorial. A la exhumación de los cuerpos de los asesinados por los republicanos se dedicaron ingentes cantidades de dinero público y se convirtió en el epígono de la “cruzada”, y se les dedicó un libro, lleno de fotos de los cadáveres recuperados, que pretendía dejar clara la perversa condición del «dominio rojo». Los otros muertos y desaparecidos -que fueron muchísimos más y víctimas de una decisión política de un Estado que los quiso aniquilados, lo cual no concurría al contrario- siguen en las cuentas. Así que para nada hay paralelismo entre la recuperación y reparación simbólica entre los asesinados por un bando y otro. 

Sí, es verdad que ahora Sánchez -sobre todo si convoca a urnas – volverá a cabalgar sobre el valle de la momia por interés partidista, pero que esto sea criticable no resta ni un ápice de realidad a la evidencia que la dictadura franquista fue, como todas las demás – sean de derechas como ella o de izquierdas como las comunistas – una infamia. Y al contrario que las otras, fue «nuestra» infamia cuyos coletazos todavía padecemos.

El turismo, los turismofóbicos, los turismofílicos y los aristócratas políticos

13

08 2019

Cuando llega el verano ya es tradición, desde hace un par o tres, que los jóvenes catalanistas de Arran ocupen las portadas de los diarios y aperturas de informativas de radio y televisión por sus acciones contra el turismo. Es la turismofobia, según acuñó un ministro turismofílico del PP para designar a los críticos con este negocio. Este año los radicales juveniles han ascendido en la escala cualitativa de sus acciones, haciéndolas imposibles de aceptar en un Estado de Derecho. En el que la propiedad privada no puede ser asaltada de esta forma, por muy crítico que se sea contra lo que se quiera. Ya se ocupará la policía y en su caso la justicia de esclarecer lo acontecido y dirimir responsabilidades, si las hubiere. Mucho más importante es la cuestión política que refleja el incidente turismofóbico. Y en la que cabe enmarcar también las numerosas manifestaciones – de empresarios y políticos- turismofílicas que atacan con saña a los turismofóbicos. 

Unos y otros, turismofóbicos y turismofílicos, consiguen desviar la atención pública, que de esta manera se focaliza sobre los aspectos marginales – que si Arran no sé qué, que si los cruceros no sé cuántos, que si… – de un problema muy serio, el turístico, que nuestros aristócratas políticos – PSOE, PP, Podemos, Ciudadanos, Més per Mallorca, PI, Vox, Més per Menorca y Gent per Formentera – no quieren afrontar. Harán lo que sea para evitarlo. De hecho ya lo hacen: niegan que exista. Y dado que en los últimos tiempos Arran y los representantes de la turismofilia – patronal de cruceros, hoteleros, patronales en general…- centran la atención y así les dan la excusa para seguir pasando un año, otro y otro y otro… sin ni siquiera reconocer lo obvio: que tenemos un grave problema turístico. 

Y sí, existe tal problema. El modelo actual de explotación turística balear no es que esté amortizado para el conjunto social, es que es nocivo. Ya no crea riqueza social por mucho trabajo -de dudosa calidad, por otro lado – estacional que genere. Es verdad que vivimos del turismo, cómo negarlo. El problema, grave, es que cada vez vivimos peor de él. Nos está empobreciendo. Nada mejor que la escala de PIB por cápita para entenderlo: hace 20 años disputábamos a Navarra y Madrid la condición de región con ese índice más alto. Hoy ocupamos el séptimo lugar. Otro dato que avala la afirmación: entre 2008 y 2018 el PIB balear se incrementó un 16%, lo que para los turismofílicos es la prueba que el turismo nos enriquece. Ya, pero ¿a quién? Porque resulta que el PIB por cabeza se quedó en un aumento del 4%. En términos absolutos no cabe duda de que algunos se han enriquecido muchísimos en los últimos diez u once años gracias al modelo actual de explotación turística. Pero en términos relativos el turismo actual nos está empobreciendo, entendida la primera persona del plural como la sociedad balear. 

Porque ese pírrico incremento del 4% ha supuesto para el total poblacional un incremento brutal del gasto público para hacer frente a la progresión demográfica fruto de la inmigración que viene a buscar trabajo atraída por esa supuesta gran riqueza que aquí eclosiona cada año gracias al turismo. En ese mismo período de tiempo el número de residentes en el archipiélago ha aumentado en un 20%. Mientras que la progresión del número de turistas entre 2009 y 2019 ha ido de los 11,5 millones a estar por encima de los 16, casi un 40% más. Uno y otro dato estadístico muestran una realidad salvaje. Es una barbaridad. No existe sociedad civilizada que no controle desde las instituciones públicas crecimientos como estos, porque el descontrol asegura la injusticia social. Aquí a nadie importa nada. 

En Baleares crece mucho el número de turistas, crece muchísimo la población y la riqueza relativa está cayendo. ¿Cómo se entiende? Fácil. La riqueza se concentra en unas pocas manos y los costes de generarla van a cargo del conjunto social. Privatizar los beneficios con ayudas públicas y socializar las pérdidas o, para el caso, los costes. Esta es la única política económica que de veras se practica en Baleares, tanto si gobierna la izquierda como la derecha. 

Y a todo esto, el modelo turístico no sólo nos empobrece de forma relativa sino que de manera absoluta nos obliga a vivir peor. O sea, perdemos calidad de vida a chorro. Tenemos sobre las carreteras unos 90.000 coches de alquiler, que es un sinsentido que junto al disparatado parque móvil residencial y comercial nos sitúa a la altura de Hong-Kong y otras zonas por el estilo en cuanto a vehículos por habitante. Todo un logro sin duda. Vivimos saturados por los vehículos: ¿esto es riqueza? No, es calidad de vida en descenso. Pero a todos los políticos -sin excepción alguna – les importa un bledo. Fíjense: en la capital española se discute por si el “Madrid Central” sí o no, pero la peatonización de buena parte del núcleo capitalino no se volverá atrás. ¿Alguien ha oído a algún dirigente socialista, podemita o mesista de Palma decir que quiere imponer en nuestra capital regional algo semejante a lo que acepta el PP para Madrid? No, claro, de ninguna manera. Aquí el que manda es el coche. ¿Esto es vivir mejor? Pues no. No existe ninguna voz -en el mundo – con un mínimo de credibilidad en el análisis urbano que así lo afirme. 

No es sólo esto, por supuesto. Hablemos del agua. Llevamos un déficit de lluvias enorme en los últimos meses. Pueden apostar a que dentro de nada nuestros maravillosos políticos nos dirán que la ahorremos. ¿Pero alguien obliga a los empresarios turísticos – hoteleros, pero no sólo, también los de todos los negocios que se llaman complementarios – a pagar muchísimo más por ella -un gravamen de castigo, sí, claro que sí- porque cada turista gasta -según un estudio hecho y publicado por la UIB- de media por persona y día la friolera de 500 litros mientras que un residente no pasa de 180? No, ni se imponen impuestos sociales a esa locura del gasto hídrico turístico sino que en la práctica se responsabiliza -a través de esas estúpidas campañas de ahorro individual – a los residentes. 

Y así podríamos seguir con otros ejemplos – contaminación, coste de mantenimiento de la red viaria, coste de desalinizadoras y potabilizadoras, erosión litoral, saturación humana… -, pero no es necesario, en realidad. Lo que emerge tras los datos fríos es que el turismo, que tradicionalment había sido en nuestra región un enorme negocio para unos pocos y un buen sistema económico para la inmensa mayoría, mudó, hace una docena de años, a lo que es hoy: un sistema de generación de fabulosas riquezas para unos pocos a cambio del empobrecimiento relativo de la mayoría de cada uno de nosotros y absoluto para el conjunto social. 

A la vista de estos datos se entiende muy bien que nuestra aristocracia política no quiera aceptar que tenemos un serio problema con el turismo. Si lo hiciera deberían plantearse qué hacer. Posibilidad que le aterroriza. Por eso seguiremos cómo estamos. Y mientras tanto nos seguirán entreteniendo, cada verano, con los turismofóbicos y los turismofílicos.

Sánchez, Iglesias, el socialismo, el comunismo y la investidura

26

07 2019

Con el estallido de la Primera Guerra Mundial se produjo el cisma en el movimiento socialista. Una parte, los partidos que actuaban en países democráticos, sobre todo, se mostraban partidarios de dar apoyo al esfuerzo bélico de la respectiva nación, mientras que los otros rechazaban el apoyo al gobierno de cualquier país en guerra. Las diferencias no eran nuevas, de hecho desde la creación de la Segunda Internacional, en 1889, las dos ramas del socialismo – reformista y moderada la una, radical y revolucionaria la otra- ya habían chocado. En síntesis se trataba de aceptar la democracia, de ahí lo de ‘socialdemocracia’, o de rechazarla por considerarla igual a cualquier otro régimen de los existentes en Europa, como los aristocráticos, tal y como defendían los comunistas. 

A partir de esa ruptura, el comunismo no cesó de degenerar hasta llegar al paroxismo perverso con Stalin en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y con Mao Tse Tung en la República Popular de China, los dos regímenes más abyectos de la historia de la humanidad, que vencen por méritos propios sangrientos y abominables al nazismo y el fascismo en cantidad de bestialidades, si bien en cualidad de ignominia humana y política son todos iguales, hermanos. El comunismo proyectó su degeneración hacia otros países, incluso hoy en día existen epígonos patéticos en Corea del Norte, Cuba, Venezuela… Y la misma China actual, culmen de lo peor del ser humano: un capitalismo sin control humanitario alguno multiplicado por la dictadura comunista, una brutal aberración como nunca conoció el mundo, se ha convertido en una potencial mundial y extiende su influencia por África y Latinoamérica.

En la Europa democrática de la década de 1970 se alumbró el eurocomunismo como opción política que pretendía acercarse al socialismo y que rechazaba el totalitarismo de la URSS y la China. En los años ochenta pareció que iba a imponerse al decrépito comunismo tradicional y con la implosión de la dictadura soviética todo indicaba que el comunismo ortodoxo moría. No fue así. Se rehizo bajo otras formulaciones y en muchos países democráticos fue pervirtiéndose de nuevo al abandonarse otra vez a la obsesión contra la democracia y por ende contra la socialdemocracia.

A partir de ahí, allí donde pudo el comunismo trató de destrozar a la socialdemocracia, a la que siempre ha despreciado, aceptando la democracia como mera táctica con la intención de liquidar el socialismo democrático y sobre sus ruinas asaltar el poder. Nunca lo ha logrado, afortunadamente. 

En España representó como nadie esa nuevo retorno al pasado Julio Anguita, secretario general del Partido Comunista y coordinador general de Izquierda Unida. El ídolo y referencia política de Pablo Iglesias, según él mismo ha dicho en numerosas ocasiones. 

Cuando los dirigentes de un partido político blanden a Anguita como referente, a la bandera roja con guadaña y martillo -sí, ya sé que no eso del todo, pero casi -, cantan con el puño en alto La Internacional, muestran carteles de Lenin y nunca han querido condenar el estalinismo o el maoismo, la probabilidad de que ese partido no sea comunista tiende a cero. Y el comunismo nunca jamás ha sido, ni es ni será democrático. Actuará bajo una democracia, dirá que la acepta pero en verdad siempre la combatirá. Y en ese combate el primer objetivo táctico es la destrucción del enemigo, o sea del más cercano: la socialdemocracia. 

Así las cosas, a nadie puede extrañar que a Podemos, como partido neocomunista que es -por mucho que, es verdad también, en él haya gentes que puedan ser demócratas, igual que en Vox los habrá, supongo, a pesar de que su cúpula es neofascista-, y a Pablo Iglesias, como líder del neocomunismo español que es, les cueste horrores pactar con el odiado PSOE, que para ellos no es más que esa socialdemocracia a la que hay que combatir, a la que hay que dar “sorpasso” para sobre sus ruinas “asaltar el cielo”. 

Puede ser, todavía, que el vértigo que sienten ambos partidos ante la posibilidad de elecciones anticipadas les lleve a un pacto de no agresión, como los ha habido muchos y variados entre enemigos irreconciliables a lo largo de la historia, mismamente entre el nazismo y el comunismo o, en la España de los novanta entre el comunista Anguita y el ex falangista José María Aznar. Sí, tal vez aún vayan a coaligarse para gobernar el PSOE y Podemos, pero como demuestran todos los ejemplos de acérrimos rivales que han pactado, el acuerdo duraría poco. 

Sánchez, Iglesias, Rivera y la investidura

05

07 2019

España es un sistema parlamentario y por tanto lo lógico sería que los gobiernos reflejaran la mayoría política que a cada legislatura existe en el Congreso. Y que para tener estabilidad gubernamental el grupo parlamentario mayoritario se apoyara sobre otro, o más, con el que compartiese el Ejecutivo. Así funcionan por normal general el resto de sistemas parlamentarios. Y es lo lógico porque el gobierno en este tipo de sistemas emana no de forma directa del voto de los ciudadanos sino del Parlamento, por ende el poder ejecutivo refleja la composición existente en la mayoría del poder legislativo. Pero en nuestro país nunca se ha puesto en práctica este sentido común político y los sucesivos presidentes del Gobierno -Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo Sotelo, Felipe González, José María Aznar, José Luis Rodríguez, Mariano Rajoy y, ahora, Pedro Sánchez – han huido de hacer coaliciones gubernamentales cuando no han tenido mayoría absoluta. No se sabe muy bien por qué. Parece como si lo entendieran como una especie de deshonor o humillación, o vayan ustedes a saber qué exactamente. Y así estamos, otra vez. Con un aspirante a ser investido que se niega en redondo a coaligarse con el más próximo ideológicamente, Podemos, aduciendo tonterías sin fin, sin razón alguna. 

Desde el PSOE se exige que invistan a su líder sin dar nada a cambio. Hay que ser jeta. Sería de risa si no fuera tan importante. Estamos sin Gobierno en plenas facultades y corremos el serio riesgo de seguir así al menos hasta septiembre, si es que, incluso, la sinrazón no nos lleva de nuevo a elecciones anticipadas en noviembre. Más o menos se repite la situación de 2015, tras aquellas elecciones que generaron el “no es no” de Sánchez que ahora exige que no le escupan talmente como él hizo entonces contra Rajoy. 

La situación absurda se supera cuando desde el mismo Gobierno y el PSOE, así como desde medios de comunicación cercanos, se llega a exigir al mismo tiempo a Albert Rivera – como alternativa al apoyo de Podemos, como si fueran intercambiables y por tanto semejantes ideológicamente- que pacte con ellos o les regale la investidura, a la vez que Sánchez no tiene problema en buscar alianzas fácticas con aquellos que Ciudadanos no sólo detesta, es que considera sus enemigos. La caradura de la cúpula socialista es pétrea. 

Lo normal, lo lógico, sería que el PSOE pactase un Gobierno de coalición con Podemos que obtuviera el apoyo de los nacionalistas. Entestarse en que los morados no tengan ministros huele que apesta a presiones extra parlamentarias que en una democracia no sólo hieden sino que son aberrantes. Y si Sánchez no quiere aliarse con ellos, pues que sea consecuente, se deje de pactos regionales con Podemos y ofrezca a Ciudadanos un pacto de centro-izquierda con todas las consecuencias: acuerdo programático, ministros… 

El problema es que Sánchez no quiere a Podemos ni tampoco a Ciudadanos. Sólo se quiere a él y por eso exige que le invistan por la cara. Por su cara. 

Puede que así ocurra. O no. En cualquiera caso, sería bueno para todos que a pesar del cesarismo que padece, incluso Sánchez gozara todavía del mínimo resquicio de cordura política que le permitiera entender que vivimos en una democracia parlamentaria y que aunque es – desgraciadamente- una monarquía, el coronado es otro.

La presión de Sánchez a Rivera, la investidura y el no naranja

25

06 2019

Desde muchos flancos se está presionando a Albert Rivera para que no cumpla la promesa de no pactar con el PSOE. Y que permita la investidura de Pedro Sánchez. Estamos ante un episodio llamativo. Porque no es nada habitual esta intensidad generalizada en el interés en que un partido incumpla la palabra dada. Lo cual es curioso de narices porque se pretende que Ciudadanos sea incoherente. Hasta ahora se suponía que lo bueno en política era lo contrario, ser coherente. No es verdad porque no siempre es lo mejor y a veces incluso es terrible: no en vano los grandes dictadores de la historia – Hitler, Stalin, Franco, Castro…- han sido personajes muy coherentes, tanto que han dado, literalmente, miedo. Esto no obstante, resulta en extremo llamativa la crítica que se le hace por este motivo a Ciudadanos. Pero esto no es lo más relevante.

Lo es mucho más, relevante, que estemos ante una operación de tal magnitud y tanta desfachatez que incluso implica al presidente de la República francesa. Increíble. Qué diría el mesié si ocurriera algo semejante al contrario, con un presidente de Gobierno español metiéndose en qué estrategia de pactos deberían seguir los partidos franceses para formar su ejecutivo. La grandeur se revolvería en su tumba llamando a los enfants de su patrí a coger las armas y pasar al sur de los Pirineos otra vez. En fin.

A ver: Rivera es un político desastroso que ya hace tiempo que ha superado con creces el límite de su capacidad. Lo ha demostrado muchas veces. Su ignorancia es ya legendaria – lástima que haya terminado con la cantinela, que duró muchos meses, de exigir la reforma de la ley Electoral para cambiar las circunscripciones de los comicios a Cortes, sin saber que la cosa está fijada en la Constitución – lo cual multiplicado por su infinita soberbia – jefe de la oposición, se ha investido la criaturita: de alucine – e inconsistencia – de pactar con el PSOE a hacerlo con la ultraderecha en tres años – da como resultado un nefasto personaje. No obstante esta vez tiene razón. No tiene motivo alguno para investir a Sánchez. Y bien lo sabe él porque es como el socialista. Tan ignorantes como soberbios son los dos. Vale, el naranja no copia tesis doctoral alguna e incluso le recrimina esto al otro cada vez que puede, pero es que lo hace justamente porque al ser los dos iguales sabe lo mucho que al socialista incomoda, enrabieta y revuelve las entrañas que lo haga. Y por este mismo motivo dado qué haría él si estuviera en el lugar del Sánchez – recibir los votos del PSOE y luego traicionarle – sabe qué es exactamente lo que llegado el caso resolvería hacer el aspirante a ser investido.

Además, es ridícula la pretensión de los críticos de Ciudadanos que son favorables a votar a Sánchez. Es de una ingenuidad impropia de políticos de primera línea. Porque no serviría de nada. Lo único que interesa al líder del PSOE es la investidura y una vez conseguida estará libre de ataduras, por mucho pacto que haya mediante. Lo único que podría condicionarle de forma seria sería contar con ministros díscolos y por eso no quiere, por cierto, a los de Podemos. Por esta misma razón si Ciudadanos le diera el voto a su investidura lo único que conseguiría -dado que no tendría ministros- sería que no se apoyara en nacionalistas y Podemos para ese paso en concreto pero nada le impediría hacerlo más adelante, esto o cualquier otra cosa que le conviniera luego.

Por tanto, por una vez, que Rivera quiera cumplir su palabra es del todo lógico. Aunque también es verdad que de poco le va a servir, porque su pretensión de disputar el liderazgo de la derecha al PP – que es la única razón que le guía, nada en absoluto le interesan otras cuestiones – es tan pueril como casi todos los excesos escenográficos que definen al vacuo personaje, cada día que pasa más émulo de Pedro Sánchez.

Borbón y la decrépita monarquía española sin parangón europeo

11

06 2019

La representante de Junts per Catalunya, Laura Borràs, fue a La Zarzuela a rendir visita protocolaria al Jefe del Estado a cuenta de la reglamentaria designación del aspirante a ser investido presidente del Gobierno. Que la reunión fuera debida al protocolo establecido no obsta para que también tuviera profundidad política. La separatista explicó luego del encuentro que comunicó al no electo que “en Cataluña no tenemos rey” y otras lindezas por el estilo que sirvieron de munición a la prensa cortesana para atacarla, como es casi por protocolo obligado. El encuentro, o quizás más preciso sería decir la topada -al menos verbal-, pues el Borbón entró al trapo, haciendo gala de su archiconocida inteligencia y perspicacia, propia del “más preparado” de los jefes de Estado patrios habidos – ahí es nada lo que han filtrado que le dijo a la ‘indepe’, como si de un magno estadista se tratase: “prefería al Puigdemont alcalde…”: para desternillarse- no fue una mera anécdota protocolaria.

Y no lo fue porque es cierto, como dijo Borràs, que la decrépita institución que representa Borbón está en la práctica desaparecida en Cataluña y va desvaneciéndose en el resto de España también, afortunadamente. El pasado abril se publicaba la encuesta del Centro de Estudios de Opinión (CEO) que aseguraba que el 75,9% de los entrevistados en el Principado preferirían la república a la monarquía como forma de Estado -casi siempre se le denomina “forma de Gobierno”, pero por obvias razones es más precisa la otra formulación- y sólo el 12,3% se manifestaba a favor de ese anacronismo institucional. Podría suponerse, acaso, que al ser el CEO un organismo de la pérfida Generalidad, el sondeo, como suele hacer el CIS en relación al Gobierno nacional, pretendía favorecer las tesis independentistas del Govern de Quim Torra. Y podría ser así, sin embargo existen otros datos que van en la misma dirección. Y no sólo en Cataluña. Por ejemplo, el servil CIS no pregunta desde 2015 en sus estudios demoscópicos por esa cuestión a los ciudadanos a los que interroga, no sea que le digan lo que el Estado considera inconveniente y ponga en situación incómoda al “más preparado”. Otrosí: un diario nacional digital publicó en enero pasado una encuesta que se resumía en que el 43% de los españoles apoya la monarquía por el 42% que la rechaza. Y una web de análisis políticos y demoscópicos, electomania.es, lanzó en julio del año pasado que el monarquismo en España lo padece todavía un 49,9% de los ciudadanos, mientras que de él se ha curado ya el 47,4%.

Cada cual puede tomarse estos datos cómo quiera, por supuesto, y hay que respetar el derecho de cada persona a opinar lo que le apetezca, sin duda, sin embargo a la vista de estos datos demoscópicos cabe preguntarse qué grado de salud democrática tiene un país que hurta tal debate político sustancial y quiere evitar cómo sea su contraste en las urnas a partir de la presunción – del todo errónea o perversa, según los datos dichos- de que no hay por qué pues en general está aceptada.

No existe parangón en la Europa coronada de trato semejante. Y es que por mucho que la propaganda hispano monarquista lo pretenda, la corona española no es comparable a las monarquías constitucionales europeas. Es diferente a ellas por origen, actitud e ideología. Y por eso mismo se la esconde bajo montañas de silencio, se le intenta evitar la crítica, se hurta el debate sobre ella, se fantasea con que es homologables a las demás europeas y se la pretende, en fin, sagrada.

En efecto, en cuanto al origen, todas las de los otros países de la Unión proceden de tiempos inmemoriales y en la contemporaneidad jamás se alinearon con los fascismos -y menos, claro, con sus primos hermanos, los comunismos-; de hecho las que lo hicieron – como la italiana- desaparecieron, mientras que la hispana fue creada por el fascista régimen de Franco y aceptada por Borbón – padre del actual – en 1969, tal y como Borbón abuelo – padre del padre- dejó claro con el rotundo rechazo público a la invención de esa corona por parte del dictador y a la aceptación que de ella hizo su hijo; y en nada desdice esta realidad histórica que el viejo Borbón acabara – a la fuerza ahorcan, como suele decirse- por renunciar a sus derechos a la corona – en 1977, tras 9 años de la invención de la franquista que se puso su hijo- que le confería la dinastía legítima. Se vio forzado a ello pues la de Franco y Borbón hijo era la vigente, la oficial, la legal, la políticamente tangible y la que al fin y al cabo ya se había impuesto. La misma que a pesar de que al año siguiente fuera pretendidamente blanqueada – a través de la supuesta fusión de ambas- por la Constitución, en realidad, por debajo del blanqueo, sigue supurándole su originaria negrura.

Tampoco la actitud del titular hispano – del actual y de su predecesor- se puede homologar a la de sus compañeros de profesión hereditaria de la Unión. En Gran Bretaña, Suecia, Dinamarca, Holanda, Bélgica y Noruega – dejaré de lado las peculiares empresas familiares que están coronadas: Mónaco, Luxemburgo y Liechtenstein- si quien personaliza la respectiva monarquía no informara – sólo por poner un único ejemplo- de dónde pasa las vacaciones y qué cuestan al contribuyente -no hablemos ya sobre cuánto dinero recibe y en qué exactamente lo gasta- durarían apenas días en el cargo. Aquí se pretende que la opacidad es lo normal. No lo es. Es lo contrario. La excepción en Europa. A no ser, claro está, que se compare la corona borbónica con las de las tres empresas coronadas. ¿O es que son éstas el verdadero espejo de la española?

Y, por si algo faltaba, está lo del alineamiento político e ideológico de Borbón hijo, insólito en Europa, quizás con la excepción puntual de aquel colega suyo belga que no quería firmar una ley que no le gustaba – la del aborto – y que por eso dimitió unas horitas, en 1990, para no rubricar la norma aprobada. Cruel para Borbón es el contraste con el caso británico. La reina de Albión es muy probable que no sea laborista, pero nunca ha ofendido a los millones de sus ciudadanos que confían en esa opción política optando por la contraria. Y se me dirá: pues igual que Borbón, que no opta por un partido u otro. No estoy tan seguro. Sigamos con la comparación británica. El Partido Nacional Escocés ha anunciado que intentará aprobar una ley en el Parlamento regional para otra vez convocar un referéndum de independencia. Ni un gesto ni una palabra de la coronada. Ya pasó igual en 2014. Y a la sazón, a pesar de que la ley que unifica el reino -el Acta de Unión de 1707: “por siempre” – prohibe la posibilidad de la separación y por tanto pudiera haber sido impedido el referéndum por el gobierno de Londres, el primer ministro de entonces, David Cameron, dijo ante la Cámara de los Comunes que “la ley me faculta (para prohibir el referéndum) pero la democracia” le aconsejaba “aceptarlo”. Una actitud que en Madrid, claro está, consideran una locura: la democracia y la libertad por encima de una ley: ¡intolerable!. Y la reina, por cierto, nunca dijo ni una palabra ni mostró si siquiera un mohín de disgusto, ni por ser ilegal la convocatoria primero ni por naturalizarla el gobierno, después, a pesar de ser la Jefa del Estado del Reino al que se le supone que desea mantener ‘Unido’. Porque la potencial independencia de Escocia no es asunto suyo. Tendrá su opinión personal, pero como institución no debe expresarla porque -como en el resto de monarquías de la Unión que no son empresas – nada, ni siquiera la posible separación de un trozo del territorio del país, es motivo de intervención política de la corona. En España el “más preparado” sí que ha intervenido, y de qué manera, alejándose de la debida neutralidad política.

La monarquía hispana, en fin, no es comparable a ninguna otra de las seis que funcionan como verdaderas coronas constitucionales. Al contrario de la que todavía padecemos las otras están inmaculadas en su relación con la democracia, son transparentes en su funcionamiento -sobre todo en lo relacionado con los dineros- y son neutras políticamente. Por eso mismo la decrepitud de la que nos aqueja va emergiendo cada vez a ojos de más y más ciudadanos, como nos muestra la demoscopia, a despecho de la voluntad de sacralizarla, que es, por cierto, la forma más efectiva de condenarla.