Las elecciones en Cataluña, el éxito de Pedro Sánchez, ERC y la salida del bucle catalán

20

02 2021

Han pasado las elecciones catalanas y en Madrid la clase política sigue en su mayoría instalada en su tan apreciada táctica de no mirar para así no ver nada de lo que ocurre en Cataluña. No es una forma de conducirse nueva. Ya en 1895, tras la eclosión de la última revuelta independentista en Cuba, la actitud de la élite española en la villa cortesana fue calcada e incluso casi con las mismas palabras que ahora excusaba su ceguera política: que la “perla antillana” no era una colonia, que era “una provincia española” como cualquiera de las peninsulares, que “la razón y la ley están de nuestro lado” (1896, presidente del Consejo de Ministros, Antonio Cánovas del Castillo) y toda la retahíla, exacta, que podemos escuchar y leer ahora respecto al Principado catalán desde que en él explotó, ya hace 9 años, el movimiento separatista actual. 

Fuera de nuestras fronteras se ve con más claridad. Los grandes medios europeos -Euronews, Le Monde, Der Spiegel, Corriere della Sera, BBC, Frankfurter Allgemeine Zeitung, Público (de Portugal), The Times… -y norteamericanos -The New York Times, Washington Post, Los Angeles Times, CNN… – han destacado la victoria separatista en votos y escaños, dejando entrever que seguir negándose a ver esto es no querer encontrar solución -salida, en verdad – a la situación. Pero en Madrid las cabeceras de referencia nacional y los líderes políticos de partidos del mismo ámbito han interpretado los resultados -con la relativa excepción de la extrema izquierda mediática y política – al mejor estilo de “Santiago y cierra España”, tomándose como una afrenta la democrática expresión política de los catalanes o, incluso, como muestra de alguna patológica desviación: “sociedad enferma”, “no tienen remedio”, “Cataluña es España, no hay más”, “hay que ser más contundentes”, “hay que ilegalizarlos”, “no habrá referéndum, no importa el porcentaje de votos independentistas” (Carmen Calvo, vicepresidenta del Gobierno, en una sublime demostración del concepto mesetario de democracia, aunque en este caso la palabra dada vale tanto como si hubiera asegurado todo lo contrario)…

El paralelismo, en fin, entre lo que decía el todo Madrid político y mediático a fines del XIX en relación a Cuba (por cierto, al cabo de 3 años de tanta fiebre nacionalista imperial, España la perdió) y lo que dice ahora respecto a Cataluña hace dudar de aquello de que no es verdad que la historia se repita. Puede que no, pero a veces, como es el caso, dos situaciones diferentes y tan lejanas en el tiempo parecen calcos. 

Siendo cierto que la ofuscación de la élite en Madrid sigue la acendrada tradición imperiofílica y patológica que es marca de la casa desde hace siglos, existe un elemento nuevo: el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que al menos ha conseguido crearun camino para la negociación política con el independentismo. En efecto, tal y como se ha analizado por parte de servidor en numerosas ocasiones, Sánchez tiene a su favor que no se siente lastrado por ningún principio ético ni ideológico y como además es un tipo de carácter temerario puede, por tanto, buscar salidas al bucle catalán que ningún otro presidente ni siquiera se hubiera atrevido a imaginar. 

En el diseño del líder socialista para superar a Felipe González en años de estar instalado en La Moncloa -el primero estuvo 14 años, él va para los 3 – existe un elemento de apoyo externo al que sólo puede alentar, Vox, cuya misión ha de ser debilitar al PP vía la fragmentación del centroderecha. De momento le va muy bien, pues los ultras son hoy por hoy el mejor seguro de que él seguirá en la presidencia en los próximos años al imposibilitar que lo haga Pablo Casado y, es probable, su sucesor. Pero no le basta con esto. Para tener la esperanza racional de conseguir mantenerse en el poder unos 12 años más requiere del debilitamiento de su izquierda, que la está consiguiendo, -en eso Podemos se basta solo pero al darle ministerios vacíos Sánchez les está dejando en evidencia, lo que se traduce en una pérdida de intención de voto morada que es lo que quería el socialista – y, además, de la reedición adaptada de lo que fue el Pacto de San Sebastián de 1930 entre el PSOE y los nacionalistas, a la sazón para derribar a la monarquía e instaurar la república, hoy para acotar la inútil corona y avanzar en libertades republicanas aun sin cambiar el sistema. Para esto último, obvio es, necesitaba atraerse a los nacionalistas vascos -lo que se da por descontado, pues siempre están en venta – y a la vez conseguir canalizar la negociación política con los catalanes. 

Esto último era lo muy peliagudo, porque el liderazgo electoral y por ende político correspondía al movimiento de Carles Puigdemont que se basa en el cuanto peor, mejor. Con él no había posibilidad de nada y pronto Sánchez lo entendió. Ahí empezó a tejer su operación. Que en síntesis se trataba de, primero, converger con los intereses de ERC y, segundo, evitar que el puigdemontismo se hiciera otra vez con la presidencia de la Generalidad. Y justo esto es lo que consiguió en las elecciones catalanas. Por muy poco y sobre todo gracias al inútil de Artur Mas, que con sus celos consiguió situar al PSOE y a ERC por encima del puigdemontismo. 

A ver, Sánchez no ha logrado todavía nada concreto respecto a la salida del bucle catalán. Sin embargo ha alcanzado una posición que hasta ahora había sido imposible. Tener un presidente de la Generalidad de su aliado ERC y así poder comenzar a negociar a ver si se pueden tejer suficientes complicidades como para pactar, luego de los indultos, un referéndum. Muy difícil, cierto. Pero ahora el camino tiene la puerta abierta para recorrerlo. Que es mucho más de lo que existía. Y no cabe olvidar que un referéndum puede ser convocado por el Gobierno nacional sobre, pongamos por caso, un nuevo Estatuto catalán que no se diga de autonomía -aún siéndolo- sino de autogobierno, que no haga expresa referencia a la autodeterminación aunque los nacionalistas tal lo consideren de forma fáctica…Vías hay muchas. La cuestión fundamental es que existan canal de negociación y voluntad de acuerdo. El primero lo ha abierto Sánchez a través de las elecciones catalanas. Veremos qué pasa con la segunda.

Pablo Iglesias, el ruso y cómo se va viendo en Europa la escasa calidad democrática de España

12

02 2021

España es un país peculiar. Tanto como que es el único que tiene un Gobierno con dos políticas exteriores, que además son contrapuestas. Originales que somos. Por un lado está el sector neocomunista con su agenda internacional extra oficial -y cuyo fondo exacto se desconoce pero que se relaciona con la dictadura comunista cubana y con los regímenes populistas de pseudo izquierda latinoamericana – , bajo la batuta del vicepresidente Pablo Iglesias.Por el otro está la diplomacia oficial, controlada por el PSOE. 

Esta extraña coexistencia se ha visto reflejada en la polémica causada por las declaraciones de Iglesias, rectificando a la ministra de Exteriores, Arancha González, cuando ésta recriminó la comparación hecha por su homólogo ruso, Serguéi Lavrov, entre la represión que impone el Kremlin a los activistas demócratas y los presos independentistas catalanes. La ministra negó la existencia de presos políticos, loando la democracia patria, a lo que Iglesias contestó que en España “no hay plena normalidad política y democrática”, tal y como a su entender prueba que los líderes de los dos principales partidos separatistas catalanes estén “en la cárcel y en el exilio”. Lo cual mereció, a su vez, la invectiva de la vicepresidenta primera, Carmen Calvo, que aseguró estar “absolutamente” en contra de lo dicho por su compañero de gobierno, amén de asegurar que España goza de la “normalidad propia de un Estado de Derecho”. Más tarde la portavoz del Gobierno, también sector PSOE, María José Montero, se sumó al espectáculo asegurando que “España es una democracia plena” en la que “hay plena normalidad democrática” y no redundó más porque se contuvo. Y acto seguido tanto Iglesias como sus clones internáuticos coligieron que tanta crítica socialista y de derechas “prueban que es verdad” lo dicho por el vicepresidente.

Bien, hasta aquí el edificante festival. Uno más, cabría añadir. Marca de la casa. Pero hay más. Mucho más. Aunque Iglesias sea un tipo clásico de los que les gusta más una buena pelea – ideológica y política – que una comida, esta vez al menos hay que reconocerle que con su opinión discrepante de la línea oficial de Exteriores se alinea con la creciente opinión europea que ve en nuestro país a un estado escasamente democrático o, al menos, con fallas muy hondas en su Estado de Derecho.

No es baladí que la justicia belga diera -el ya comentado por servidor – brutal varapalo nada menos que al Tribunal Supremo español, al no aceptar la extradición del ex conseller de la Generalitat Lluís Puig, uno de los huidos a aquel país, con el argumento que no era el ámbito competente para juzgar aquellos hechos. Lo que augura una autopista de vergüenzas para nuestro país en los próximos meses y años en los diferentes ámbitos judiciales europeos, en especial en el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH). Pero todavía es mucho peor que en los últimos meses las críticas a España por su escaso respeto a los derechos humanos -y ahora abstraigámonos de si es así o no –, que la justicia en Europa va dando por hecho, han empezado a trascender el espacio de los medios de comunicación y los tribunales para entrar en el político sin disimulos. Ya son: medio centenar de senadores franceses, un ministro belga, el ministro de Exteriores ruso, el primer ministro de Esvolenia, un grupo de parlamentarios estonios que han creado una comisión de estudio de la situación en Cataluña… Todos ellos, amén de diputados aislados de otros varios países, ya hablan sin tapujos de que la situación en España es de “escasa calidad” democrática, que hay“presos políticos”, que“no están asegurados los derechos fundamentales”… No, no son el primer ministro británico, ni la de Alemania, ni el presidente de los Estados Unidos o de Francia… Cierto. Pero el desprecio nacionalista español hacia la escasa relevancia de estas voces es engañosa. Algo se ha movido ahí afuera en contra de nuestro país. Algo que hace cuatro años era impensable, imposible. Es que ni siquiera en los más febriles delirios separatistas se llegaba a soñar con algo así. Ahora cada dos por tres se pueden leer – no en la democrática e independiente prensa de Madrid, por supuesto – declaraciones política de ese cariz. 

Habrá que ir aceptándolo. No es sólo Iglesias ni tampoco el pérfido ministro ruso. Quiérase asumir o no, si cada vez son más lo que nos ven así, el problema lo tenemos nosotros. Más claro resulta todavía si se mira, además de verlo, lo que dijo el TEDH sobre las que aquí se dieron por probadas injurias al monarca al quemar su fotografía dos independentistas catalanes, a los que se quiso encerrar por más de dos años: anulada la condena por atentar contra la libertad de expresión. El mismo camino siguen otros delitos imposibles en una democracia, como enaltecimiento del terrorismo y otros análogos que no pueden existir en una democracia plena. O lo de las amenazas en una canción -por bodrio que ésta sea – que sólo pueden creérselas personas que necesitan ayuda médica o bien sean jueces que se aferran a la literalidad de la ley por encima del mínimo sentido común.

Por muy cierto que sea que Iglesias no es precisamente un demócrata, no deja de tener razón cuando dice eso de que en España no hay “plenitud democrática”. Sí, es verdad que él lo asevera porque le interesa carcomer la democracia de nuestro país, como es de esperar que haga todo neocomunista que se precie, como lo mismo se le supone a sus hermanos neofascistas. No obstante, el hecho esencial es que en eso Iglesias tiene razón y que se hace flaco favor a la democracia impidiendo ver, a través de la fáctica censura de los medios arraigados en el sistema, esa carencia. Lo mejor sería suplirla de una vez. No esconderla. Que es lo que hacemos desde 1978. Va siendo hora de rectificar, si queremos recuperar el respeto y el prestigio ahí afuera.

De Pablo Iglesias al Tribunal Supremo pasando por Carles Puigdemont y la justicia belga

20

01 2021

La comparación de Pablo Iglesias de la huída de Carles Puigdemont con el exilio republicano tras la victoria franquista en la Guerra Civil ha levantado muchas críticas. Cada cual tendrá su opinión al respecto. Y todas valen por igual. Unas serán más ajustadas a la historia y otras no tanto, algunas en absoluto y no faltarán las que sean fantasía pura. En el fondo da igual. Es verdad que el líder neocomunista no estuvo muy fino, pero sí que es cierto que hay un elemento igualmente político en el fondo de los dos hechos, aun siendo tan diferentes. El exilio republicano se debió al evidente triunfo militar de la opción política fascista y la persecución legal de los líderes independentistas tiene un trasfondo extraño que si no es político no se entiende y que resulta inquietante.Y esto último es lo que la justicia belga ha dejado claro y que amenaza toda la persecución legal de los hechos ilegales perpetrados por los líderes separatistas catalanes. 

Conviene ser precisos. En España no hay presos políticos. No lo son los referidos líderes separatistas. En absoluto. Fueron imputados, investigados, juzgados y condenados por hechos delictivos. No por sus ideas. Como prueba -obvio debería ser, aunque no lo sea para tantos – que los que comparten éstas con ellos sigan al frente de sus responsabilidades institucionales y políticas sin atisbo de molestia legal. Como no puede ser de otra manera en una democracia. 

Ahora bien, lo que ha dejado cristalino la justicia belga -al rechazar, ya de forma definitiva, la extradición del ex consejero catalán, también huido, Lluís Puig – es que el procedimiento legal que se puso en marcha para juzgar aquellos hechos -que en síntesis mediática se suele llamar, de forma impropia, el “referéndum” del 1 de octubre de 2017 y la declaración de independencia posterior, entre otros – no fue correcto. Que no concernía hacerlo al Tribunal Supremo. Que debió ser otra instancia la que instruyera y juzgara aquellos acontecimientos, de acuerdo con el sistema de distribución de los casos que se sigue en España, que para la ocasión habría correspondido a un juzgado barcelonés y, para los imputados que gozaban de aforamiento por sus cargos políticos, al Tribunal Superior de Justicia de Cataluña. Y añade la instancia judicial belga -el Tribunal de Apelación -, para justificar su fallo, que el hecho de que no se hiciera como debió hacerse, en caso de que Puig fuera extraditado supondría que no se le aseguraría la presunción de inocencia que todo ciudadano de la Unión tiene. 

El fallo es brutal para la justicia española. Ergo los medios patrios han pasado de puntillas sobre él. Significa que deja en evidencia no que haya en España -como fantasean los independentistas – “presos políticos” pero sin duda sí que avergüenza a la justicia de este país porque, al menos en este caso -aunque, seamos sinceros, no es el único -, existen indicios de presiones políticas para sustraer el caso de su ámbito judicial correcto para llevarlo a otro. Y cabe añadir que el motivo de la sustracción de competencia se deduce de forma inexorable: favorecer la máxima acusación posible para imponer medidas cautelares y/o impulsar las más severas penas. 

El fallo del Tribunal de Apelación belga supone la casi certeza de que Puigdemont no será extraditado. Y a la vez permite creer que al final el Tribunal Europeo de Derechos Humanos va a infligir al Tribunal Supremo un varapalo histórico, en probable forma de anulación de condena. Grave sería poco. 

De lo del Capitolio de EE.UU y Trump hasta nuestros neofascistas y neocomunistas

10

01 2021

El asalto de grupos de ultraderechistas al Capitolio estadounidense ha sido comparado por la derecha y ultraderecha española con el asedio al Congreso de los Diputados de 2012, organizado por la ultraizquierda. Se trata de una comparación en la que, como tantas otras veces, se fuerza el paralelismo acentuando lo que parece semejante y escondiendo lo que separa ambos hechos. 

Para la ocasión se olvida que los sujetos instigadores de las dos acciones no tienen nada que ver. En Estados Unidos ha sido el presidente del país el que durante cuatro años, además de estar poniendo en duda el sistema democrático y despreciando el mínimo decoro institucional, el que ha azuzado sin descanso a las bestias antidemocráticas de ultraderecha para su solaz personal y al final las instó a la protesta contra el Congreso -la unión de la Cámara de Representantes y el Senado – en el momento en el que debía confirmar la victoria de Joe Biden. Fue un ataque directo a la soberanía popular. Sólo reculó cuando se dio cuenta que le huían sus propios colaboradores, temerosos de una acción judicial por sedición, y entonces él debió entender hasta qué punto se había pasado. En el caso español no fue el jefe del Estado ni del Gobierno el que instó a la actuación susodicha, sino un grupúsculo animado por un partido neocomunista que entonces decía ser antisistema. Si alguien no ve en el contraste la inmensa diferencia política es que sencillamente no quiere verla. 

Otra cosa es que sea verdad, que lo es, que tanto la ultraderecha como la ultraizquierda se hermanan en su desprecio ideológico a la democracia. Claro, es que son ideologías totalitarias, aunque hoy, a diferencia de lo que sus antecesores respectivos hacían a las claras hace ya casi un siglo, intentan disimular bajo ropajes de disfraz demócrata, amén de barnizarse con lo que se llama el populismo. 

Sin duda existe un sustrato ideológico idéntico entre aquel lema español de “lo llaman democracia pero no lo es” que animaba el asedio al Congreso y la justificación que daba a los periodistas uno de los asaltantes del Capitolio norteamericano: “es nuestro Congreso y tenemos derecho a estar aquí”. Para los totalitarios las cámaras de representación democrática no albergan la legitimidad ciudadana. Son suyas y son ellos los que imbuidos de la razón absoluta deciden lo que es legítimo -lo suyo respectivo, siempre – para todo el mundo. Sólo vale su verdad. Cierto, es así. Pero cuidado: lo de Madrid de hace nueve años fue una manifestación, no un asalto. De nuevo: si alguien no ve la diferencia, es que no quiere verla. 

Otrosí: la concentración española estuvo permitida por la autoridad gubernativa y se acotaron las zonas de manifestación para asegurar el debido respeto a la institución esencial de nuestra democracia. En Washington la policía se vio desbordada, la horda entró a la fuerza y ejerció violencia ilegal contra la institución que representa la libertad en Estados Unidos. Cierto es que en Madrid los habituales extremistas violentos provocaron disturbios pero fueron una ínfima minoría, no asaltaron la institución ni representaban a los organizadores ni, mucho menos, fue la tónica general de comportamiento de los manifestantes. En cambio el objetivo único del otro día en el Capitolio americano fue la violación institucional. Otra vez: si alguien no ve diferencias de comportamiento, es que no quiere verlas. 

Es verdad asimismo que los líderes ultra españoles, Santiago Abascal y Pablo Iglesias, se hermanan -como es lógico – en su populismo esencial al intentar confundir la parte con el todo para horadar la democracia. Así, el líder neocomunista critica los hechos de Estados Unidos y aprovecha para asegurar que es “el modus operandi de la ultraderecha” en todas partes, se sobreentiende que también en España. ¿Y qué es para él esa ultraderecha? Pues Vox, por supuesto, pero bien se asegura de repetir una vez y otra -como hacen los demás directivos de la corporación morada- que el PP también cojea del mismo extremo. Así, de un grosero brochazo, subsume la parte democrática de la derecha en un todo neofascista. Lo cual es puro comunismo de libro, con la intención de debilitar al máximo posible la democracia, confundiendo a los ciudadanos de buena fe que puedan creerle y unifiquen en su cerebro la ultraderecha con la derecha democrática. Exactamente igual hace Abascal cuando lamenta lo ocurrido en Estados Unidos pero, acto seguido, escribe que “quizá lo que les molesta a los comunistas y socialistas es que en otros países las izquierdas hayan perdido el monopolio de la violencia”y que son estas “izquierdas” las que llevan mucho tiempo «dinamitando instituciones, controlando medios y amparando la violencia en todo occidente». O sea: la izquierda es la culpable de la violencia ultraderechista que, si acaso, es reactiva.Y sin distingos entre la socialdemocracia  y el extremo izquierdista en el que anida una pequeña parte violenta. Cómo iba a distinguir si lo que quiere, como Iglesias, es difuminar la parte socialdemócrata en un todo ultraizquierdista violento para confundir a la gente y así atacar la esencia del sistema democrático que requiere de matices. Sin éstos no hay democracia. Bien lo saben Iglesias y Abascal. Por eso nunca los atienden e intentan hacer ver que no existen. 

Sí, es pertinente esa homologación de fondo ideológico liberticida entre ambos. Ahora bien, no puede olvidarse que la diferencia política entre los proyectos que lideran es enorme. El neocomunismo de Podemos no asusta a nadie. Porque no tiene – afortunadamente -ninguna posibilidad de alcanzar el poder para cambiar el sistema –es imposible por mucha fantasía propagandística que le pongan los ultras de derecha -, no tiene en éste cómplices para conseguir sus objetivos, no tiene apoyos sociales de relevancia ni mucho menos cuenta con poderosas falanges en el mundo empresarial, judicial, militar… No inspira temor a nadie -más allá de que no guste lo que dice y hace –, además, porque no hemos padecido una dictadura comunista, bien es verdad que no por falta de ganas del PCE de los años treinta del siglo XX. Mientras, por su lado, Vox es puro neofranquismo y todos tenemos plena conciencia -por experiencia directa, familiar o por proximidad histórica – de lo que fue para el país ese régimen totalitario que todavía tiene epígonos relevantes en importrantes ámbitos de la administración y en el mundo empresarial. Por eso, al contrario de los neocomunistas, los neofascistas sí que levantan temor. Esta diferencia entre ambos proyectos políticos es abismal y sólo puede no verla quien no la quiera ver. Otra vez. 

Sánchez, la ruptura del independentismo y el aplazamiento de la separación de Cataluña

25

12 2020

En los últimos ocho años, desde que se inició el actual proceso separatista catalán, España ha demostrado que no es capaz de abortar la potencial secesión. De ninguna forma. La élite política de la capital -y también por extensión la económica, mediática… – no comprende el fenómeno soberanista y no sabe cómo enfrentarse a él. No sale de “la ley es la ley”, como si hubiera habido algún proceso de segregación a partir de la ley del país roto. La ley nunca sirve para estos procesos. En ningún sitio ni en ningún momento de la historia. Pero en Madrid se mantienen impertérritos en su delirante ficción. Igual que en 1896 cuando el entonces presidente del Consejo de Ministros, Antonio Cánovas, escribía que la “provincia española” de Cuba “nunca” se segregará porque a España correspondía la “la ley y la razón” como, a su parecer, comprendían “las naciones civilizadas”. Así le fue. Talmente lo que dicen ahora los representantes del mismo Estado que no parecen haber aprendido nada de su propia historia. 

Esta incapacidad queda en evidencia viendo lo acontecido a lo largo de las últimas décadas. Nunca ese mismo Estado ha sabido contrarrestar el avance nacionalista. Su ceguera política ha sido absoluta. Por eso alimentó sin querer, pretendiendo hacer lo contrario, el movimiento rupturista. El cual fue desarrollándose durante decenios. Mucho más bajo la superficie que sobre ella. De manera que al mutar en separatismo a las claras, emergió de golpe todo su potencial que hasta la sazón era subterráneo. Y en Madrid se estremecieron ante la eclosión, sin entender nada, incluso fantaseando con la estupidez de que eran las élites catalanas nacionalistas las que se lo inventaban todo, talmente una impostura circunstancial – recuérdese el “suflé” de Mariano Rajoy – sin base social que buscase mejoras en esencia económicas para la Generalidad. Resulta difícil creer que en efecto fueran tan torpes. Pero sí, lo fueron. Me le confesó un ex muy alto cargo del PP balear. En cierta ocasión lo convocaron a una reunión con la mano derecha de la entonces todopoderosa vicepresidenta Soraya Sáenz. Estaba él y un puñado más de personas conservadoras que en el Madrid conservador eran tenidas por conocedoras del fenómeno nacionalista. El objetivo era analizar las posibles estrategias de respuesta al desafío soberanista. No me dio muchos detalles pero me resumió así la cosa: “no entienden nada y lo que es peor: creen entenderlo todo; no puede salir bien”. Era antes de 2017. Los hechos posteriores le dieron la razón. 

Las cosas no mejoraron luego. Al contrario. Salieron más que mal. Lo del fantasmagórico “referéndum” fue una brillante puesta en escena para probar la respuesta española. Los ‘indepes’ pueden ser lo que se quiera, pero tontos no son. Y sabían que aquello no era ninguna consulta ni valdría como tal. De lo que se trataba era de montar una enorme provocación para forzar la respuesta policial violenta para así ganar enteros ante el mundo. Lo consiguieron. Desde entonces despiertan simpatía en medios de comunicación, políticos, empresarios… No en gobiernos, claro: ninguno jamás alentará a las claras nada para romper un país aliado. Otra cosa es si se rompiera, que a la sazón no serían pocos los que reconocerían al nuevo estado, aunque en Madrid fantaseen con que eso no puede pasar porque existe una especie de designio divino que lo impediría. El mismo delirio, exacto, que el de Cánovas con Cuba .Pero dejemos ahora esto y volvamos a la cuestión. El 1 de octubre de 2017 los secesionistas probaron que ante un gobierno español de mayoría absoluta del PP podían romper la legalidad, que vencían a sus servicios de inteligencia -antológico ridículo, el del CNI y demás organizaciones de espionaje-al no saber detectar la especie de urnas – y, más importante, comprobaron que Madrid se acobardaba cuando a mediodía ordenaba el repliegue de la policía y Guardia Civil. 

Desde entonces el movimiento no hace más que ganar enteros ante el mundo. La vergonzosa actitud del Tribunal Supremo en la instrucción y juicio a los líderes secesionistas ha hecho más daño a España por ahí afuera que cualquier campaña de propaganda antiespañola de los ‘indepes’. Y no hablemos ya de la familia Borbón, padre e hijo, que hacen todo lo posible por ayudar a los separatistas. No sólo el sinvergüenza del viejo -catalogación confesada al dejar claro que no pagó lo debido a Hacienda – sino por la incapacidad del más joven: véase lo que dice el París Match a mediados de este diciembre 2020 del “preparao” que está resultando un desastre sin paliativos, que por supuesto los medios patrios hacen cómo si no lo vieran.

El poderío separatista y la debilidad española es tal que en estos momentos ya no existe ni la más remota posibilidad de que Madrid aborte con la ley ni, mucho menos, con violencia legal otro desafío ilegal que tenga, al contrario del anterior, de veras la intención de romper España. Si hubiera fuerza legal hasta donde fuera necesaria para doblegar la voluntad segregacionista, la intervención de la Unión Europea estaría garantizada. Ya no sería, como en 2017, un “asunto interno”. Mientras, la fantasía de la élite de la meseta central se cree alimentada por la cárcel y huida de los dirigentes separatistas, como si esto no fuera un resorte propagandístico fabuloso para los separatistas. 

Así las cosas, si todo les va de cara, ¿qué es lo que está parando a los secesionistas? Pues sólo hay un razón que actúa a modo de lastre que está evitando la la culminación de la independencia. Ellos mismos. Debido a Pedro Sánchez. Así es: el fascinante personaje que habita en La Moncloa, gracias a su falta de principios e ideología ha imantado a ERC hasta el punto de ponerla en situación de evidente ruptura con Junts per Catalunya. En efecto, la única razón que puede aplazar -nunca solucionar, pues no existe solución– la ruptura española es la divergencia estratégica entre los tres grupos ‘indepes’. Mientras que ERC siga con su colaboración con Sánchez, tanto Junts como la CUP no tendrán fuerza suficiente para nada. Para propaganda, a lo sumo.

Si luego de las futuras elecciones catalanas, que deberían celebrarse el 14 de febrero de 2021, ERC pacta con el PSOE y Podemos la formación del tan comentado potencial nuevo tripartito catalán, a través del PSC y los “colaus”, respectivamente, la independencia recibirá un golpe duro, vía su aplazamiento sin día. Cierto es que no quedaría desvanecida pues el gobierno catalán estaría presidido por una ERC que incrementaría como nunca la inversión del dinero público en el proceso de erradicación de todo lo español en Cataluña, con el objetivo último de ampliar la base social -tal y como dicen en público sus líderes – para que cuando se plantee la ruptura ésta sea avalada por una fuerte mayoría ciudadana que haga imposible evitarla, excepto por la fuerza que no se dará. No obstante, la segregación a corto plazo -2, 5 años… – se olvidaría y se fiaría más o menos a un decenio vista.

Ahora bien, entra dentro de lo posible también que ERC se acobarde -en este diciembre ya da síntomas de tal cosa, el último: que sus máximos dirigentes digan que el susodicho tripartito “es imposible” – y que al final, tras dos años de preparar el terreno para el pacto con el PSOE, de nuevo opte por el acuerdo con su odiado Carles Puigdemont y de una forma u otra comparta con él otra vez el gobierno catalán. Una cantidad de votos separatistas por encima del 50% de los válidos emitidos casi obligaría a esa opción. En ese caso el calendario se acortaría. Si presidiera el gobierno Junts la ruptura estaría cercana. Si fuera ERC, más lejana pero no tanto como si se coaligara con los “colaus” y los de Miquel Iceta.

Esperemos acontecimientos. De momento, diciembre de 2020, tras dos años de estrecha colaboración de Sánchez con ERC, se puede constatar que se ha llegado al punto en el que España está más cerca que nunca -que nunca en estos últimos ocho años, claro – no de una imposible solución del conflicto catalán pero sí de una salida que al menos permita adormecer durante unos pocos años el morrocotudo problema. Con la obvia idea del presidente que cuando rebrote la cosa, él ya no esté en La Moncloa y que su sucesor se las apañe cómo quiera, pueda o le dejen.

El futuro de la monarquía española y el PSOE, su principal apoyo

12

12 2020

El PSOE ha emprendido una operación de limpieza de la corona con la intención de apuntalarla para que dure algunos años más. Al contrario de lo que aseguran los medios y contertulios de derecha y ultraderecha, los socialistas no es que estén intentado derribarla sino que son su más fiable seguro. Como siempre han sido. 

El Partido Socialista ha actuado desde la transición como garante del reino. Sin él ya no existiría la corona. Con el apoyo exclusivo de la derecha no hubiera podido sobrevivir. Por eso fue una torpeza astronómica que Felipe de Borbón aceptara leer aquel discurso ultraderechista de caspa pseudo imperiofílica del 3 de octubre de 2017. En ninguna otra monarquía parlamentaria europea su titular ha demostrado tan poca capacidad. Bien saben todos que su cargo pende de un solo hilo político: mantener la neutralidad a toda costa, incluso ante quienes quieren acabar con la monarquía, el propio país o, simplemente, defienden valores que el monarca considera incompatibles con la corona. Verbigracia: la reina Isabel II del Reino Unido nunca ha dicho ni una palabra pública contra la secesión potencial de Escocia -siendo, por cierto, ilegal a tenor de la ley de Unión, sin embargo allí, como en todo el mundo libre, la ley no esta por encima de la democracia – , de la pérdida de sus colonias, de la presión política ilegal del Sinn Féin basada en la violencia en Irlanda del Norte… Otrosí: cuando en 1990 el poder legislativo belga aprobó la ley del aborto, el monarca, Balduino, un integrista católico, se vio incapaz de firmar aquella norma y para no incumplir su deber de absoluta neutralidad aun queriendo manifestar su pesar, dimitió durante 36 horas para no estampar su rúbrica en ella. Hay más ejemplos de como se comportan las monarquías parlamentarias de conducta democrática impecable. Lo que aleja de ellas a la española, que siendo una institución encajada en el Estado de Derecho no sólo no es una institución democrática -como tampoco lo son las demás, como es obvio – sino que, además y ahí su originalidad, se comporta de una forma muy lejana a los usos democráticos del resto de coronas. A más abundar: es la única cuyo origen está en una dictadura fascista, su blindaje legal anti libertad de expresión no tiene parangón y la opacidad de la que hace gala es inédita en el panorama monárquico europeo. 

Así las cosas hubiera sido imposible que esa corona aguantara en España los embates políticos sin el blindaje que le ha servido el PSOE. Los gobierno de la Unión del Centro Democrático (1976-1982) nunca tuvieron capacidad de hacer nada al respecto. Fue el socialista Felipe González (1982-1996) quien consolidó el blindaje real y desde entonces ningún Gobierno, de derecha o izquierda, lo ha puesto en duda. Si González no hubiera querido mantener la inviolabilidad indigna del monarca, éste no habría gozado de ella en su parte oscura, sólo hubiera sido factible, como la lógica y la ética de todo cargo público indican, por la parte notoria debida al cargo. Con la mayoría absoluta durante once años tiempo de sobra tuvo el socialista para deshacer cualquier interpretación legal y constitucional en clave de impunidad. No lo hizo. La razón se desconoce aunque se intuye que existió algún tipo de pacto para blindar la monarquía y ahorrarle así la decencia democrática que obliga al resto de jefes de Estado del mundo libre.

Con posterioridad el PSOE siempre ha sido vasallo de ese pacto que no se conoce pero que se nota. Vaya si se nota. Es verdad que con el rupturista Pedro Sánchez parecía que el Gobierno actual iba a atreverse a democratizar los usos y costumbres de la corona. Más todavía desde que pactó su investidura con el partido republicano Unidas Podemos. Y aún más lo pudo parecer al forjar su estabilidad parlamentaria sobre los independentistas vascos y catalanes que, por la razón antes expuesta, son desde 2017 furibundos anti monárquicos. 

Sin embargo Sánchez no ha prolongado su amago. Todo lo contrario. Que es lo mismo que confirmar, en fin, la tradición del PSOE de ser el garante de la continuidad de la monarquía. Nunca caerá ésta con ese apoyo. Si algún día lo pierde no durará nada porque con el soporte del PP -por incómodo que sea para este partido, que lo es mucho como se ve estos días – y el abrazo entusiasta de los de Vox, que tan bien casan con la actitud del monarca, no basta para seguir manteniendo una institución de comportamientos tan antidemocráticos como es la corona española. 

El PSOE se preocupa tanto por la salud de la monarquía que incluso está negociando -de presidente a rey, de La Moncloa a La Zarzuela – una futura ley que la regule -que ya era hora -, en la que tal vez haya reformas de funcionamiento. Más les vale si de veras quieren mantener ese anacronismo institucional cuyas características de uso por parte de sus titulares lo hace único en el mundo democrático.

Las razones de la aguda depresión política y electoral del PP y por qué tenemos Sánchez para rato

26

11 2020

En política se suele funcionar por ciclos. Sobre todo electorales. Cuando un partido está inmerso en uno depresivo es casi imposible que pueda revertirlo. Lo único que cabe hacer es esperar. A que el adversario meta la pata hasta el fondo, cosa que no ocurre casi nunca, o que, como norma general, vayan mutando las circunstancias hasta que la fase adversa acabe. Grosso modo es así y aunque cueste de aceptar, así funciona la cosa. Los dirigentes de los grandes partidos lo saben.Por eso cuando las cosas les vienen mal dadas raro es el que apueste por algo más que aguantar. 

A mediados de los años noventa los altos cargos del PSOE balear y del nacional intentaban convencer a los periodistas con los que departían que la abstención que les había perjudicado tanto a partir de 1993 y que generó la victoria en Baleares por mayoría absoluta -la primera vez en solitario– del PP en 1995 y en en el cojunto nacional en 1996 la de José María Aznar por minoría -aunque alcanzó el Gobierno mediante pactos – podía revertirse a corto plazo y que, de hecho, sabían como conseguir que “vuelvan nuestros votos” porque, en el fondo, se habían “explicado mal” y que habían “aprendido la lección”. Estas excusas son clásicas en política. Las usan todos los partidos. Por supuesto los periodistas que tenían un poquito de experiencia se mondaban de la risa -no ante sus caras, claro – porque sabían que era una fantasía que ni ellos mismos se la creían. Nunca más se supo de aquellos votantes que huyeron del PSOE. Pasaron muchos años, 9, hasta que el ciclo depresivo socialista finalizó. 

Ahora el PP se encuentra en su particular período negativo. Haga lo que haga le saldrá mal y sus dirigentes saben que tienen entre escasas y nulas opciones de alcanzar el poder en las próximas elecciones generales. Por eso se agarraron con tanta fuerza a la disparatada posibilidad de que Pedro Sánchez pudiera caer por la pandemia. Nunca ha existido tal opción, por mucho que haya acreditado su absoluta incompetencia. De hecho, ahora, cuando va a aprobar los Presupuestos Generales del Estado, Pablo Casado y compañía han entendido que el socialista se mantendrá en La Moncloa toda la legislatura -ya ha invertido un año, casi, de ella – a no ser que avance las elecciones, lo cual lo hará en el momento en el que crea que más le beneficia, si bien es cierto que dado el fracaso de igual operación en noviembre de 2019 se lo va a pensar muy mucho antes de repetirla. Las anticipe o no, de lo que no hay duda es de que ha domado la legislatura y que la tiene a sus pies. Más aún, nada permite pensar -y éste es el quid del asunto de la fase depresiva del PP – que no vaya a renovar la mayoría que le da apoyo desde la moción de censura de hace ya casi dos años y medio. 

En efecto, para el PP todo son malas noticias. Igual que les pasaba a los socialistas de hace 25 años hay ahora dirigentes conservadores que hablan de la “recuperación” de los votos que tuvieron hasta 2011. No lo dicen en serio, porque no son tan tontos. Bien saben que no volverán en número significativo. Su temor es que como siempre le pasa al principal partido de la derecha, su fase depresiva sea bastante más larga de lo que lo son las socialistas. En cualquier caso saben que para volver a La Moncloa tienen que generar otros votos, nuevos, que les aúpen al poder en el futuro. Como hicieron en su día los socialistas. Pero eso, y también de ello son conscientes, no se hace en un año ni en una legislatura. Teniendo en cuenta que es el primer cuatrienio legislativo de Casado, el futuro inmediato apunta a una buena temporada en la oposición. 

Hoy por hoy el panorama que se abre ante el PP es el de una fragmentación como nunca del derechismo, contrastado por un creciente fortalecimiento de la posición socialista tanto por sus apoyos populares directos como por sus soportes parlamentarios, que los tiene cautivos, pues ninguno de ellos preferirá jamás -con la única potencial excepción del PNV que, por cierto, va viendo con pavor que pierde su preciada condición de as parlamentario para el PSOE, aunque esto no se completará por ahora – a Casado antes que a Sánchez. 

Los dirigentes del PP, en fin, saben que esta situación les deja sin opciones de ganar el poder tras las próximas elecciones generales, sean cuando sean, y esto es así no por lo que uno quiera creer,pensar u opinar sobre el Gobierno y/o la oposición sino por una cuestión de aritmética parlamentaria posible y, luego, por la aplicación de la geometría política. Una y otra favorecen al PSOE.Dicho de otra manera: el PP está inmerso en una fase depresiva muy aguda de la que saldrá en algún momento pero de la que por ahora no se ve el final. Por eso tanto la cúpula conservadora como todos los medios de comunicación derechistas de Madrid, la inmensa mayoría, han reorientado las invectivas hacia el Gobierno incidiendo en éstas a modo de ariete contra “el antiguo PSOE”, al que instan a rebelarse contra Sánchez so pena de lesa traición. Con el resultado, patético, de que no llega nia media docena de viejas glorias de los ochenta y principios de los noventa las que así se han manifestado. Como si Felipe González y Alfonso Guerra pintaran algo todavía en el PSOE. Este “antiguo” PSOE ya conspiró contra Sánchez y se lo cargó en 2016 para ser aplastado por la reacción contraria de las bases en 2107. Es éste el PSOE que cuenta hoy. No el otro, que ya dejó de existir hace tiempo. 

En resumen: el PP está en plena depresión y a menos que ocurra algo explosivo o que Sánchez se suicide -que no es descartable dado que le gusta apostar siempre al límite y es obvio que eso tiene altos riesgos – lo lógico en los próximos años es que el Gobierno mejore sus expectativas a partir de la vacuna y la normalización de la vida ciudadana a lo largo de 2021 y, sobre todo, en 2022, que la recuperación económica a base de enormes cantidades de dinero público permita un respiro general y que el PSOE sea el partido que más réditos obtenga, entre otras cosas por el nada desdeñable voto cautivo de cientos de miles de ciudadanos de muy poco poder adquisitivo con la vida subvencionada -al estilo socialista andaluz-, con el resultado global que, al tener como vasallos a todo el resto de la izquierda y el nacionalismo, sea imposible para la derecha desalojarlo del poder tras las próximas elecciones. Así que o cambian mucho las cosas a peor -que no parece posible, dado lo mal que ya estamos – o tenemos Sánchez para rato. Un rato de unos siete años, al menos. 

De Trump a Vox pasando por el neofascismo internacional y acabando, por supuesto, en Pedro Sánchez

15

11 2020

Mucha gente en Europa celebra la derrota de Donald Trump creyendo que al dejar la Casa Blanca el movimiento que le puso ahí quedará desarticulado. No será así. Porque el todavía presidente estadounidense no ha creado ese movimiento. El “trumpismo” no ha existido ni existe. Los fans del idiota -en segunda acepción – de cabello naranja son del mismo tipo que los “supporters” de cualquier personaje generado en los platós de televisión. También Belén Esteban los tiene. Son fenómenos que duran más o menos, que tienen mayor o menor intensidad pero que se que agotan siempre en sí mismos. No tienen trascendencia. 

Trump puede degenerar mucho más todavía. Desde su humillante derrota en las urnas está caricaturizando la caricatura que ya era y es probable que su carrera política acabe con alguna grotesca puesta en escena que le retrate con más fidelidad, si cabe. Qué más da. Como si quiere volver a presentarse a la carrera presidencial, en 2024, como ya los hay que lo aseguran. O como si se hace, como parece haber dicho que quiere hacer, su propia televisión por internet para escucharse, verse y aplaudirse a rabiar. No cambiará nada por muchas patochadas que protagonice. Sus “supporters” le reirán las gracias, seguirán creyéndose -algunos – la imbecilidad de la conspiración demócrata para robarle la presidencia pero ya carecerá de importancia. Está amortizado para el movimiento que lo usó mientras le fue útil.

Eso es lo relevante: Trump nunca pasó de ser un alfil del creciente movimiento ultraderechista de Estados Unidos. Que es anterior a él -de hecho se empezó a forjar en serio cuando el hombre de cabello naranja decía simpatizar con el Partido Demócrata, al que ayudaba a financiar – y que le trascenderá. Ese neofascismo, travestido de defensor de las “libertades” frente a las “dictaduras progresistas”, no necesita ya de Trump. Ahora mutará -por ejemplo, ya lo ha hecho Fox, la televisión ultra que ha roto con el todavía presidente – en algo nuevo que será lo de siempre, buscando los caminos más eficientes para seguir horadando las libertades y los derechos humanos. 

Este fenómeno se extiende más allá de las fronteras estadounidenses y está progresando, mucho, en Europa. Es verdad que la versión de un país no es exacta a la de otro. El Frente Nacional francés incluso abomina del idiota de la Casa Blanca, pero eso no quita que se trate en esencia del mismo ultraderechismo de libro, por muy a la francesa que sea. Alternativa por Alemania es neonazismo en una versión que nada parece tener que ver con los de Marine Le Pen y no obstante son como dos gotas de agua. Y el Tea Party y las ligas supremacistas regionales -o estatales, allí – de los Estados Unidos no concuerdan con ninguno de los europeos citados, pero son iguales. Lo mismo ocurre con nuestros neofranquistas de Vox. Como tampoco ninguno de ellos se diferencia de sus victoriosos colegas de Hungría y Polonia, amén de los otros por el estilo que hay en numerosos países. Todos forman parte de ese movimiento neofascista que por muy disimulado que esté en cada caso bajo ropajes de pretensión ideológica diferente -que en verdad son apenas de matiz -, está hermanado en su odio a las libertades -a las que cita de forma bastarda como objeto de defensa y reivindicación- y por su objetivo de ir acabando con los derechos humanos -con especial predilección para con los de los inmigrados – y las democracias occidentales. 

Ese movimiento usa con fruición las redes sociales a través de las que propaga su bazofia. La cual converge con la basura que generan los centros a posta de Rusia y China. El objetivo común es aumentar aún más -de lo que sus gobernantes del estilo del ínclito Pedro Sánchez consiguen solitos – el descrédito de las democracias entre las respectivas ciudadanías. No, no es ninguna teoría de la conspiración. El mismo Parlamento Europeo así lo confirmó al respecto de Rusia el pasado marzo. Pero no hace falta que lo diga la Eurocámara. La semana pasada la agencia de noticias y televisión rusa oficial, Russia Today (RT), donde puede verse a diario y a las claras propaganda putinesca, bolivariana, castrista, justicialista y sobre todo, más tamizada, anti liberal, anti norteamericana y anti democrática, emitía un deleznable reportaje con el objetivo de denigrar a Joe Biden presentándolo poco menos que como un demente senil. 

Todos estos emisores son los que, en grado diferente y con disimulo variado según el caso, difunden las teorías conspiranoicas como, entre otras, el fantasioso “robo” electoral a Trump. Que se generó en el seno del movimiento QAnon -una de cuyas cabezas visibles ha conseguido escaño por el Partido Republicano en la Cámara de Representantes -, nucleado en una página web en la que se vierten todo tipo de disparates y que alimentan todas las redes sociales internacionales ultraderechistas, amén de las televisiones de ese ámbito ideológico. Verbigracia: en España la televisión de Vox, Toro TV.

A esta red de intereses internacionales de ultraderecha amén de anti occidentales se refiere el Gobierno español cuando dice que va a perseguir los bulos que atentan contra la democracia. Sin embargo, eso es tanto como pegarse un tiro en el pie. O mejor dicho, pegárselo a la democracia. Si se la quiere defender de veras no se hace a través de una iniciativa que la horada, como la de Sánchez. Quienes tienen que perseguir a los creadores de bulos y mentiras organizadas -separándolas de lo que es ejercicio de la libertad de expresión – son los fiscales y los jueces. Y los legisladores deben aprobar leyes modernas que canalice ese trabajo judicial. Pedro Sánchez no lo hace así. Si nos salva a centenares de miles del virus, según dice, gracias a su maravillosa gestión de la pandemia -reconocida por todo el mundo, tal y como queda claro cuando se consulta la prensa internacional, que alucina con su incompetencia – cómo no va a salvarnos del neofascismo internáutico. Lo hará a su manera, que, como en tantas otras cosas, supone una torpeza de tal magnitud que en realidad lo que está haciendo es lo contrario de lo que dice pretender. Así lo único que hace es alimentar el victimismo ultra. Y nada hay en política más efectivo que el victimismo para convertir una opción minoritaria en un brioso movimiento a la contra del poder establecido.

La moción de censura de Vox, Pablo Casado y su centrismo entre el neofascismo y el sanchismo

24

10 2020

La moción de censura que se suponía contra Pedro Sánchez fue diseñada por el partido ultraderechista Vox con la clara intención de segar la hierba bajo los pies de Pablo Casado. El objetivo relucía sin posibilidad de que nadie se engañara a ese respecto. Se trataba de una operación propagandística para otorgar a Santiago Abascal el aura de líder opositor ante el felón presidente Sánchez -y demás epítetos que por el estilo le dedican los de ese movimiento nacional–, dado que la “derechita cobarde” que a su juicio es el PP no cumplía con el cometido por miedo a molestar la “dictadura progre”. 

El guión resultaba nítido para cualquiera que estuviera lo mínimo avezado, por poco que fuera, en ese tipo de ritos políticos. Y cierto es que en los meses anteriores Casado parecía atado de pies y manos ante los ultras. Entre José María Aznar, Cayetana Álvarez y demás personajes por el estilo, no era capaz de marcar su territorio. En esas circunstancias la presentación de la moción de censura adoptaba la clara forma de un torpedo contra la línea de flotación del liderazgo de Casado. Cualquiera de las opciones de éste ante la moción que, previamente al debate, pudieran imaginar los de Vox -y todos los periodistas y analistas, sin excepción – pasaban porque Abascal obtuviera un importante rédito -aun cuando sólo fuera el de las portadas y oberturas de informativos de radio y televisión – mientras que Casado sólo podría aspirar a salir “vivo” en el mejor de los casos, contando con muchas probabilidades de que fuera al revés. 

Sin embargo, sin que nadie -y menos que nadie Abascal y el resto de la dirigencia neofascista – lo sospechara, Casado optó por un camino insólito: cortar abruptamente con los ultras y reivindicarse como líder del partido centrista que quiere situado con claridad entre el sanchismo y el neofascismo. Nadie había previsto esa jugada. Nadie imaginó que tuviera esas agallas. Hay que reconocérselo. El golpe ha sido audaz, hábil y a efectos de imagen y propaganda ha resultado un diez con matrícula de honor. Nunca en la historia democrática española un líder político había realizado una operación tan delicada con tanto desparpajo. Fue una apuesta de mucho riesgo y la ganó. 

Esto no quiere decir que el PP tenga solucionado nada para su inminente futuro. Los análisis que se han podido leer -en prensa impresa y digital – que dan por hecho que esa intervención parlamentaria es el trampolín que lanza a Casado hacia La Moncloa son un exceso impropio de la mayoría de tales firmas. Nadie gana unas elecciones por un discurso. Si acaso, luego de ganarlas, un discurso suyo previo puede ser señalado -casi siempre con mucha fantasía mediante– como elemento seminal de su éxito y pasar a convertirse en el mítico -y como tal, falso o, como poco, exagerado- paso que le llevó a la victoria. Esto pasa a veces. Pero no hay discurso maravilloso que valga si el que lo lee luego pierde en las urnas. Aun siendo así no cabe duda de que la intervención de Casado en el Parlamento hace añicos la foto famosa de Colón -la derecha junta y revuelta, desde el neofascimo al centro derecha pasando por el riverismo – y que por primera vez desde que asumió la presidencia del PP en 2018 marca con rotundidad su territorio, tanto el ideológico como el político. Que no puede ser otro que el del centroderecha meridiano. Lo cual no contradice que tras unas futuras elecciones generales pueda catapultarse sobre Vox para conseguir el poder, como ya ha hecho en tres regiones. Lo que era absurdo es lo que ha hecho Casado estos dos últimos años, desde que alcanzó la cúspide del PP, como ha sido intentar competir en radicalismo con la ultraderecha. 

Esto, en realidad, más que una torpeza era un suicidio político. Es imposible que un partido de centroderecha con aspiraciones de gobierno pueda rivalizar con otro ultraderechista que todo en él es demagogia,mentiras sin fin, burradas de todo tipo, teorías conspiranoicas, sordidez, caspa ideológica y disimulo para esconder su fascismo reivindicador del franquismo. Si seguía por ese camino estaba abocado al desastre. No quiere decir esto que con su ya famoso discurso Casado haya exorcizado la posibilidad de que Vox le coma espacio y votos. Sin embargo, a veces este tipo de reacción brusca, fuerte, inesperada, desestabilizadora de vicios adquiridos, valiente, desacomplejada y con convicción a despecho de las circunstancias  permite romper la inercia previa que conducía a la hecatombe. Así ha sido. Al menos Casado se ha abierto ante sí un camino que por lleno de peligros e incertidumbres que esté es el que él desea seguir porque cree que es el correcto y no el que otros le imponían antes con la certeza de que así se precipitaría al abismo.

Lo de Madrid y el monstruo Sánchez&Ayuso como forma de actuar de la nueva política que se nos va cayendo encima.

10

10 2020

El brutal enfrentamiento político entre el gobierno nacional y el regional de Madrid nos alumbra la esencia verdadera de la nueva política. Tanto Pedro Sánchez como Isabel Díaz Ayuso la personalizan en este caso, aunque, por supuesto, no son sus únicos representantes. De hecho la norma de actuación entre las más recientes hornadas de dirigentes de partidos es exactamente la misma. Pronto no habrá ninguno que siga otra forma de conducta.

Sánchez, junto a su aliado Pablo Iglesias, tiene fijado su objetivo sobre el gobierno de Madrid. Para ellos es una ofensa que la región y la capital no estén gobernadas por la izquierda. De la misma manera, Ayuso y Pablo Casado consideran a su poder mesetario como una especie de ariete contra la izquierda gubernamental. Esta consideración de lo madrileño como esencia de lo español ha renacido de entre la caspa pretérita. Vuelve a ser lo habitual. La mayor parte de clase política española tiene estos renovados tics mesetarios centralistas que entroncan de forma directa con la más rancia tradición. Para ella Madrid y su comunidad forman el territorio político más importante del país. Cuarenta años de autonomías no ha cambiado esta psico patología centralista. Que es jaleada por todos los medios de comunicación mesetarios de derechas. Se pudo ver durante la eclosión de la pandemia, en marzo. A la sazón debió cerrarse la capital y su región para contener el virus. No se hizo porque la clase política madrileña no puede concebir que el “corazón” de España sea confinado y el resto no. Ningún medio ni partido político nacional se atrevió siquiera a sugerirlo, ni de izquierdas ni de derechas. 

Con la segunda oleada de la pandemia en agosto y, sobre todo, a partir de septiembre, de nuevo la comunidad madrileña quedó afectada por una intensa nueva fase de contagios y muertes. A partir de ahí los medios derechistas empezaron a advertir del “ataque” que recibía Madrid de medios y políticos periféricos. Se ofendían. A la vez, empezó la guerra política de datos falsos o, más, forzados por interés de parte: desde el gobierno nacional se señalaba la gestión de la inútil Díaz Ayuso y el de ésta apuntaba al otro incompetente.  

El espectáculo no ha hecho más que intensificarse durante las siguientes semanas. Medias verdades y mentiras han usado ambas partes intentando justificar sus propias opiniones y/o medidas al mismo tiempo que las usaban contra la otra. Eso sí, las dos invocaban los sempiternos “expertos”, cada uno los suyos, que a su juicio les daban la razón. Estos expertos en ciencia que sirven a los políticos son igual que los abogados respecto a sus clientes. Los informes de unos y otros nunca contradicen la voluntad de quienes se los encargan. 

A lo largo de este tiempo Sánchez y Ayuso han ido desdibujando sus respectivos perfiles políticos para ya confundirse en una sola monstruosidad compartida. Ya son lo mismo. Sin atisbo de vergüenza ni de decencia. Hasta ahora habíamos podido conocer a políticos cínicos, incluso a alguno que lo eran mucho, pero nunca habíamos podido observar nada igual a esto. Sánchez y Ayuso no viven más que para sí, no atienden más que a sí mismos y todo lo demás les importa un bledo, aunque se trate, como se trata, de la salud pública. Su indignidad es de tal calibre que mienten sobre montañas de contaminados por el virus y montones de muertos. Para este monstruo bicéfalo esto carece de importancia. Su objetivo es la aniquilación política de su media parte contraria y no atiende a nada más. La gestión ha sido sustituida por la propaganda. Las ideas por las consignas. La ciencia por la militancia. El bien común por el particular. 

Todavía, es verdad, existen ejemplos de la vieja política. Como vemos en Baleares, donde el presidente derechista del Consejo Insular de Ibiza, Vicent Marí, ha tenido y tiene una actitud ejemplar en esta pandemia, colaborando en todo momento con el gobierno izquierdista de Francina Armengol, a la vez que éste ha demostrado que su gestión -en cuanto al virus- carece de sesgo ideológico. Dicho de otra manera: Marí, del PP, y Armengol, del PSOE, ponen por delante de sus intereses de partido el interés general, el bien común, la colaboración mutua en beneficio de los ciudadanos. 

No nos engañemos. Lo de Armengol&Marí es una actitud propia de la vieja política que va periclitando por todo. El futuro nos lo alumbra el monstruo Sánchez&Ayuso. Es lo que viene. Es lo que hay.