Madrid: Ayuso y Casado, amén de Sánchez en La Moncloa por mucho, mucho tiempo.

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04 2021

El presidente del PP, Pablo Casado, espera las elecciones de Madrid con esperanza. Confía en Díaz Ayuso para que, manteniéndose en la presidencia regional, le apuntale en su débil liderazgo. Lo único que le interesa es la imagen que el 5 de mayo multiplicarán todos los medios de comunicación. Si ella sigue siendo presidenta él cree que así se consolidará. Aunque la verdad es que sería lo peor que le podría pasar, porque está claro que a Diaz Ayuso la preparan para ser su sustituta al frente del partido cuando pierda otra vez ante Pedro Sánchez. Le da igual. Su objetivo es aguantar a corto plazo y en el medio y largo ya se verá, debe pensar que ya cruzará ese puente cuando a él llegue. 

Esa cortedad de miras le rinde ante Sánchez. El presidente le supera de mucho en visión estratégica. Ha demostrado ser un gran incompetente en muchos ámbitos de gestión. Pero a la vez se ha revelado como un fascinante personaje político que no está lastrado de ningún modo por atisbo de ideología, palabra, principios, compromisos ni ningún otro condicionante que en otros líderes resultan ser determinantes. Esta condición la aplica a un único objetivo: mantenerse en la presidencia. En este empeño pone, además, su instinto natural de liquidar a cualquier oposición. No de ganarle. De liquidarla. Lo ha hecho con la interna y está en ello con la externa. Esta claridad mental sumada a la falta de escrúpulos dejan sin opciones al débil Casado. 

De esta condición natural de Sánchez, que podría decirse que tiene cierto parangón con lo que en deporte profesional se llama el “instinto asesino”, nunca g zaron antecesores suyos como Mariano Rajoy, Rodríguez Zapatero, Adolfo Suárez… que fueron presidentes que siempre se dejaron arrastrar por las circunstancias. Tuvieron, sin duda, la habilidad de aprovecharlas cuando les beneficiaron, para así colmar su ambición política, pero nunca de veras fueron capaces -lo quisieran o no, que eso no consta y de hecho es irrelevante- de forzarlas sin ningún tipo de escrúpulos para intentar aguantar en la presidencia cómo fuera. En cambio sí que demostraron tener ese instinto feroz Felipe González y José María Aznar, aunque este último, al contrario que el socialista, siempre cojeó de una aparato de propaganda muy deficiente que no hizo brillar su presidencia cuando pudo -en el primer mandato – y que, combinado con el mesiánico “sólo ocho años”, se condenó a pasar a la posteridad más por su salida de la presidencia -patética por el burdo intento de apuntar a ETA como responsable de los atentados que hundieron al PP y elevaron al PSOE en las elecciones de 2004- que por sus acciones en ella. Pero ni Aznar ni siquiera González llegaron al brutal instinto asesino que despliega Sánchez. 

Bien conoce el actual presidente las circunstancias de cada uno de sus antecesores. Y su objetivo está claro. Superar en tiempo en La Moncloa a Felipe González, su odiado compañero de militancia: una mera formalidad pues no coinciden en ninguna idea, en la concepción de país ni en principio político alguno, dando por hecho, que es mucho suponer, que el actual presidente tenga algo de todo esto. Es ésa no su ambición sino, más bien, su obsesión vital. Gris profesor de economía, académico doctor copión y de imposible retorno profesional, su vida está consagrada a ese objetivo. Esa forma de ser descrita le permite ver con claridad estratégica lo que necesita para cumplir su misión auto impuesta. 

Una vez liquidada la oposición interna en el PSOE, está creando las condiciones para seguir gozando del despacho presidencial al margen de que sea un inútil en tareas de gobierno. Consciente de su incapacidad -y esto es un gran valor en política – él no busca presentar al votante un cuaderno de grandes realizaciones para ganar las elecciones. Sabe que no puede presentarlo. Es imposible. Así que su diseño estratégico es diferente, se encuentra al margen de la gestión -que en su caso es sobre todo propaganda –, se trata más bien y sobre todo de ejercer un dominio brillante del comportamiento electoral. 

Está copiando -como si de su tesis doctoral se tratara – la estrategia electoral del régimen socialista que existió durante 40 años en Andalucía. La que a base del subsidio público -peonadas en el campo, trabajo comunitario, certificaciones para ayudas oficiales diversas, contrataciones de un número absurdo de trabajadores para la misma tarea (tal y como dejó en evidencia un famoso videoen Youtube) en obras públicas… – creó una bolsa de votantes siervos que junto a los votos religiosos del propio partido -los de fe irracional en las siglas – más los sufragios reactivos contra el empuje derechista multiplicado por los electores cautivos -empresas contratadas, lazos familiares, red de favores… -creó las condiciones para, al margen de fases electorales, mantener el poder durante cuatro décadas. Ahora lo replica Sánchez en el conjunto nacional, con gran habilidad. Los ERTE -indefinidos, ya dijo la ministra -, subsidio de paro, ayudas directas a empresas, fondos europeos… todo ello debidamente propagado como generosidad de s Gobierno, como casi que lo pusiera de su propio bolsillo, se dirige a un volumen de electores una parte del cual en efecto se convertirá en voto siervo socialista. Al que hay que sumarle el habitual sufragio religioso, que pase lo que pase será para el PSOE porque es eso: suyo por fe. Al resultante debe adicionársele también el elector cautivo -viejos que votan al poder, sea cuál sea éste; el beneficiado con cargos y trabajos en empresas públicas en el ámbito nacional, regional, provincial y local; contratas oficiales … – más el efecto multiplicador de la familia de cada agraciado. Y aún hay que sumar asimismo la técnica de agitación y propaganda más apreciada por los estrategas socialistas: eso de que viene la ultraderecha. Táctica que no es sobrevenida, como podía tal vez suponerse, por Vox: recuérdese el doberman de 1996 contra el PP que usó el PSOE de González -si entre los lectores hay menores de 45, que lo busquen en Google, verán que esta técnica socialista es antigua -, lo de los siniestros obispos y resto de ultraderecha que usó el PSOE de Zapatero, lo de la ídem que no quería derechos sociales según el PSOE de Rubalcaba… Es la misma propaganda base desde hace 25 años, aunque cada vez se adapta, por supuesto. Y es muy efectiva. Lo ha sido hasta ahora, al menos. 

En resumen: con esa estrategia electoral Sánchez se asegura un suficiente nivel de voto como para que su plataforma sea el primer partido del país en las próximas elecciones y tenerla en buena posición para serlo aún más allá. Y a diferencia de 2019, lo será con más distancia sobre el segundo partido de la izquierda, Podemos, con lo que reforzará muy mucho su posición negociadora para formar Gobierno. De hecho no tendrá alternativa posible: los nacionalistas siempre querrán un PSOE de Sánchez, que les regala los oídos, antes que a su única posible sustituta, la derecha. Es verdad que el PNV podría pactar sin despeinarse con el PP por muy apoyado por Vox que estuviera, si le pudiera sacar los cuartos. Pero con un PSOE al alza la capacidad de los vascos de formas moderadas de someter a Sánchez disminuye mucho, más aún porque el socialista alzaprima todo lo que puede a Bildu para limitar la fuerza peneuvista. Y con el voto creciente al PSOE y la imposibilidad práctica del resto de izquierda y nacionalismo de buscar alternativas, el panorama global resultante es que la opción de Sánchez de mantenerse en La Moncloa es muy alta, altísima de hecho. Sólo si Podemos actuara a lo Julio Anguita -un comunista delirante que, como todos, odiaba al PSOE y pactaba con el PP de Aznar contra el Gobierno de González – estaría en riesgo en verdad su posición presidencial, pero la extrema debilidad a la que ha condenado Pablo Iglesias a su partido hace difícil hoy por hoy -a medio plazo ya se verá – algo así. Por tanto todo sonríe a Sánchez. 

Por su lado, el líder del PP se agarra a espejismos regionales como el andaluz, murciano -aún a costa, en este caso, de la decencia – y, tal vez, madrileño para mantener viva la esperanza de que puede batir al socialista. Pero son pactos de gobierno de difícil equilibrio que si bien le han dado las presidencias respectivas no son consecuencia de una potencia electoral que bata con claridad al PSOE, como sí hace Nuñez Feijóo en Galicia, el único territorio donde de veras el PP tiene músculo orgánico ganador, a la espera de qué pase en Madrid. 

Así las cosas, las opciones reales de Casado de ganar La Moncloa son entre muy escasas e inexistentes. Pase lo que pase en Madrid. Ahora mismo su mejor opción de futuro es, como mucho, conseguir mantenerse al frente del PP. Y eso pasa porque Díaz Ayuso pierda la presidencia regional. Y que Sánchez avance las elecciones. Así él perdería otra vez, sin duda, pero al menos el PP no tendría una alternativa a su liderazgo durante otros cuatro años. Pero se agarra a la opción contraria, a que Ayuso gane. En cuyo caso tendrá en ella a la enterradora de su carrera política. Después de que, por las razones analizadas, Sánchez consiga el pasaporte electoral para otro mandato y de esta forma le dé la estocada final.

De Sánchez a Ayuso con las vacunas y la pandemia hasta llegar a Armengol con la AstraZeneca y el turismo

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04 2021

Lo que está pasando con la vacuna AstraZeneca quizás se nos sea explicado algún día. O no. Pero seguro que lo que se dice en público es mucho menos de lo que hay en verdad. ¿Intereses políticos en desprestigiar a esa inoculación y no a otras que también tienen efectos secundarios -tan probados o tan poco, según se mire, como los de la susodicha – para castigar así la salida del Reino Unido de la Unión? Pues bien podría ser. Otrosí: nadie explicará por qué las vacunas van teniendo esos riesgos. ¿No será, como suele decirse, que nunca las prisas son buenas consejeras? Es verdad que es mejor que se mueran unas docenas e incluso cientos de europeos por la vacunación que muchísimos miles por el virus -unos 580.000 hasta ahora, en la Unión – por la ausencia de inoculación. Así que si han servido para eso las vacunas, bienvenidas sean. Sin embargo, todos los expertos -los de verdad, no los de Sánchez & Simón – coinciden en que en una situación como la actual es imprescindible, para asegurar el bien común, que la autoridad se conduzca con suficiente transparencia para que el ciudadano tenga confianza en ella y el efecto beneficioso de la campaña de vacunación sea un éxito. ¿Confianza en las autoridades de vacunación europea? ¿ Confianza en Sánchez?… Es que cualquier atisbo de ella en una u otro o es broma o es fruto de la alienación mental, pues tanto la referencia continental como la nacional mienten sin cesar con esto de las vacunas -y dejemos ahora el resto, que no viene al caso – sin que nadie entienda por qué. Se puede comprender que un gobierno no diga toda la verdad, pero que se le pille cada dos por tres -como pasa con la inyección británica– mentira tras mentira y él siga impertérrito carcome la confianza popular. Es una actitud muy nociva para el bien social. Si se analiza desde el punto de vista del interés común, la postura de las autoridades en relación a la vacuna del Reino Unido es un desastre, como lo prueban los lógicos niveles de rechazo, altísimos, a recibir esa dosis. 

Por su lado, la émula de Sánchez en Madrid, Isabel Díaz, la Ayuso, actual presidenta regional, no se queda lejos de su idolatrado ejemplo a seguir. La comunidad lidera todos los indicadores oficiales de contagios y muertos por la pandemia en España. Muy por encima de la siempre malquerida Cataluña que con un millón más de habitantes deja muy atrás a Madrid en esas referencias. Pero por supuesto ni a Ayuso ni a Pablo Casado les preocupa en lo más mínimo. Ellos están en lo que están: en seguir mientiendo asegurando que las restricciones no dan seguridad y que sin ellas estamos todos -los madrileños, para el caso – mejor. Lo cual es amplificado por sus medios de propaganda con sin igual desfachatez, porque es mentira y, peor, porque el engaño cuesta muchas vidas. Como si esos nimios detalles fueran a molestar, por poco que fuera, a la estrategia electoral del PP en la región. 

Y para seguir mostrando ejemplos de lo bien que nos gestionan nuestros dilectos políticos gubernamentales, en relación al menos a la vacuna y la pandemia, ahora toca descender a una región que fuera de ella no importa a nadie. La nuestra. Les supongo informados que desde hace muchos meses nuestro gobierno, presidido por la nunca bien ponderada lideresa con aspiraciones supra partidista Francina Armengol, dice que quiere vacunas a toneladas para inyectarnos dos a cada uno a velocidad de cohete y que así podamos tener negocio turístico a tope el próximo verano. Lo de “lo primero es salvar vidas”, que tanto decía Armengol el año pasado, hoy ya ha pasado al olvido porque todo es, sin disimulo alguno, necesidad de recuperar la economía turística. Cuantos más visitantes vengan, mejor. De lo del “otro modelo turístico” ya ha quedado para el museo de la propaganda armengoliana, nada más. En esa desesperación para alcanzar la recuperación turística, la vacunación masiva es elemento esencial. Sólo con ella se puede mantener viva la esperanza en tener temporada alta medio normal. Y fiel a esa importancia, nuestro gobierno regional da mensajes tan nítidos como éstos: el miércoles 9 de abril por la mañana la presidenta decía que la famosa AstraZeneca es una vacuna super fiable, “segura” y que seguiría inoculándose tal y como hasta ese momento se hacía. Por la tarde su gobierno aceptaba que no era segura para menores de 60 ni para mayores de 65, así que anunció que la circunscribía a esos 6 años. Consecuente como es, al día siguiente por la mañana accedió a inyectarla a ciudadanos de hasta los 69 años. No contenta todavía con el festival de incoherencias, a la tarde de la misma jornada hizo salir en rueda de prensa a la titular de Salud, Patricia Gómez, para decir formalmente que la famosa AstraZeneca “es segura al 95%”, lo quedeja un 5% de riesgo que, la verdad, cuando se trata de uno mismo no parece poco. 

Decía el otro día una eminencia científica, el infectólogo doctor Oriol Mitjà, tras haber aconsejado -inútilmente – a gobiernos de diferente signo ideológico, que“a los políticos les da igual todo” excepto los respectivos intereses de partido. Tan sencillo como eso.

Del Madrid de Díaz Ayuso al liderazgo en duda de Pablo Casado, pasando por la ciénaga murciana y llegando a Pablo Iglesias

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03 2021

Las elecciones autonómicas en la Comunidad de Madrid tienen varios focos de interés. La primera consideración sobre la convocatoria avanzada es su estricto carácter utilitario de parte. No se hace por nada que tenga que ver con la vida de los madrileños. Se trata de interés exclusivo personal y político de la presidenta regional, Isabel Díaz Ayuso. No hay más. Lo cual da el tono del nivelazo que tiene la ex contertulia de debates televisivos. 

Otrosí: no es tampoco baladí, en esta historia, que Pablo Casado se haya atrevido a mostrar su orgullo en público por haber comprado unos venales tránsfugas murcianos. Es la primera vez que pasa en la historia política democrática española. Hasta ahora a esa gentuza se la compraba, dado que siempre se ponen sí mismos a la venta a precios muy módicos – lo habitual es seguir cobrando del chollo público unos pocos años -, servían para lo previsto pero ningún dirigente comprador que se hubiera aprovechado de ellos, mucho menos si era un líder nacional, se mancillaba mostrándose orgulloso en público por haberlos adquirido. Nunca. Hasta ahora. Ver a Casado en Murcia henchido de alegría rebozándose en la inmundicia tránsfuga resulta inquietante porque demuestra que este hombre tiene menos escrúpulos políticos y éticos que Pedro Sánchez, que ya es decir. 

Volviendo a Madrid, el resultado electoral del 4 de mayo -si es que, cabe precisar, se pueden celebrar los comicios y no pasa que la pandemia obligue a aplazarlos– afectará de lleno a Casado. No es ningún secreto que a una parte de la derecha no le gusta como líder del PP. En principio era a la más moderada, que vio con horror cuando nombró portavoz parlamentaria a la hiper ventilada Cayetana Álvarez. Pero luego también irritó a la más radical cuando se la quitó de encima. Y no digamos cuánto molestó a esta última porción ideológica del PP que atacara con saña al líder ultraderechista Santiago Abascal, durante la fantochada de la moción de censura, que iba dirigida contra Casado. En fin, el pobre hombre hace lo que puede pero en los escasos tres años que lleva al frente del PP -fue elegido en julio de 2018 – ha generado más desconfianzas internas que cualquier otro en su lugar. Por eso desde hace meses muchas columnas de medios derechistas de Madrid especulan con su sustitución. No ahora mismo, por supuesto, ya que de momento parece que le dejarán presentarse a otras elecciones, pero si para el futuro tras los próximos comicios generales que en estos momentos nadie ve posible que los gane, o sea consiga ser presidente. Ahora bin, la política es muy voluble y un golpe de suerte podrían convertirle en un héroe para las bases derechistas que ahora recelan de él. Eso está fuera de duda. Pero ahora mismo no genera mucha confianza, más bien todo lo contrario. 

Este escepticismo sobre su capacidad de llevar a la victoria al PP es lo que va carcomiendo su posición. Y él lo sabe. Porque a pesar de sus numerosos títulos académicos de adorno, que podrían sugerir lo contrario, tonto no es. Tampoco es secreto para nadie a quién desearían ver en su lugar cada vez más derechistas con opinión publicada -se ignora, al respecto, qué pensarán las bases del partido – en los medios: Isabel Díaz, la actual presidenta madrileña.

Y es en este contexto en el que las elecciones madrileñas se entienden mejor. Se trata de la ventana de oportunidad para Díaz. Por eso las convocó. Su estratega, Miguel Ángel Rodríguez, – portavoz del Gobierno en tiempos de la presidencia de José María Aznar, del sector más derechista del PP, el de Esperanza Aguirre, del mismo Aznar y compañía – vio la gran oportunidad tras el anuncio de la moción de censura en Murcia. Le daba la excusa perfecta. Casado, entrado en pánico, no se atrevería a negarse. Y así Rodríguez construía para Díaz Ayuso un fabuloso trampolín del que salir eyectada hacia la presidencia del PP. Siempre y cuando, claro está, la operación electoral le salga bien: mayoría absoluta o, en su defecto, quedar a muy poco de ella para poder gobernar en solitario aun cuando necesitase el apoyo de Vox para la investidura. Y por supuesto también si Casado, como ahora todo indica que pasará, fracasa en las próximas generales. 

Respecto a Pablo Iglesias, el otro protagonista del mayo electoral madrileño, su operación es mucho más caótica. Al contrario de lo que sus exégetas periodistas aseguran, no se trata de un sacrificio político, ni mucho menos económico ni de ninguna compleja operación ultra inteligente del Conductor. Es el resultado de la pura desesperación. En su mente Madrid es esencial para el proyecto común español morado, aun cuando – o justo por ello – su actual estructuración de poder territorial indique el desplome que está padeciendo en muchas regiones. Así que tras intentar convencer a otros pesos pesados para que asumieran el alto riesgo y que le dijeran que no, se tuvo que poner él al frente. Para evitar la desaparición de podemos de la Asamblea que él considera que sería la antesala del fin para toda la organización. No hay más. Y éste es el objetivo. Todo lo demás que se dice -lucha Ayuso/Iglesias, «parar al fascismo», genial jugada… – es propaganda -ridícula en no pocas ocasiones – al mejor estilo de la que ha caracterizado a este personaje desde su irrupción en 2014. Su problema es que siete años más tarde parece como si a su imagen política le hubieran pasado por encima setenta. 

Por otro lado y al contrario de lo que suele comentarse, en nada afectará el resultado de Madrid a la relación entre Podemos y el PSOE. El fracaso morado en el Gobierno tiene el sello de Iglesias, de Irene Montero y de Alberto Garzón. Los tres se han revelado como inútiles a la hora de gestionar el poder institucional. Les da igual. En su cosmovisión eso no tiene importancia alguna. Su misión no consistía en mejorar en nada la vida de “la gente”, como suelen decir, sino en carcomer a su socio compartiendo con él el Gobierno, como nuevo experimento tras fracasar el anterior, aquel de aquellos tiempos cercanos que parecen tan lejanos cuando los morados soñaron con hacerle el sorpasso. Tras ese objetivo malogrado vino el acuerdo de coalición que enseguida se reveló también como un imposible. Las encuestas, con Podemos en caída libre en estos catorce meses, lo han condenado.Ya está en tiempo de descuento. Durará más o menos, pero está fuera de cualquier posibilidad de duda que la relación entre ambos no ha sido alterada por el hecho de compartir el poder (vale, es un decir, porque en realidad Sánchez no lo ha compartido, pero esto es otra historia), siguen talmente donde han estado siempre: en trincheras entrentadas. Porque el comunismo y la socialdemocracia se odian, son como agua y aceite: pensar en que puedan mezclarse bien para mejorar ambos a la vez y dar brillantez a un gobierno común es desconocer la historia política y la respectiva naturaleza ideológica, totalitaria y democrática, respectivamente.

Puigdemont consigue internacionalizar por primera vez el conflicto catalán

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03 2021

El Parlamento Europeo levantó recietementela inmunidad de Carles Puigdemont y de otros dos miembros de su antiguo gobierno regional, también fugados de la justicia española. La Cámara continental, sin embargo, lo aprobó con una cantidad de votos en contra sensiblemente superior a los que suele haber en estas ocasiones, verbigracia las dos últimas peticiones iguales se resolvieron con el voto a favor del levantamiento de más de 600 miembros de los 705 electos que forman la institución. 

El camino judicial de la cuestión no se verá afectado por esta decisión que es política, más allá, por supuesto, de que ahora puede seguir dilucidándose en ámbitos jurídicos diferentes si hay que extraditar o no a los tres fugados. Algo que está muy lejor de ocurrir, si es que al final llega a pasar algún día. Lo relevante es el contraste enminentemente político del asunto. Que no es manco. Estamos ante la primera vez que todas las fuerzas políticas con representación en el Parlamento continental han tenido la opción de expresarse de manera formal en la sede legislativa paneuropea sobre la relación entre la Unión y un miembro de ella, como es España, debido a cómo éste trata a disidentes que aspiran a romper su integridad territorial de forma unilateral. No es baladí, la cuestión. 

La interpretación de ambos nacionalismos, el españolista y el catalanista, ha sido la propia del que se pone anteojeras para no ver nada que no esté mirando, así poder no mirar lo que no quiere ver y pretender que no existe. Lo de siempre. Por aquí no hay resquicio para la sorpresa. Nunca. El primero celebra todo ufano el levantamiento de la inmunidad, «lo único que de veras importa», y el segundo el triunfo moral por el resultado de la votación «que deja en evidencia a España». Si se deja al margen las dos hermanadas celebraciones, se puede analizar desde el estricto prisma político el tema en toda su novedad. 

En efecto, hasta ahora el conflicto catalán no había tenido ninguna opción de ser votado en una institución política internacional. Porque eso es lo que ha pasado en el Parlamento Europeo. Se pueden arguïr muchas excusas a modo de pantallas que intenten impedir ver el fondo, pero éste es cristalino. Es la primera vez desde la eclosión en 2012 del conflicto que un estamento de representación demorática supra estatal tiene la oportunidad de votar sobre el asunto catalán. Así lo han interpretado todas las cabeceras más relevantes de la prensa internacional. 

La inmunidad ha sido el mero detonante que ha permitido ver ese constraste político internacional sobre el tema. Hasta ahora todo eran, en relación a ello, interpretaciones sobre posturas particulares de un político u otro, sobre lo que decían los medios de comunicación, sobre qué podrían pensar los gobiernos que nunca se manifestaban en público… Ya no. Ahora existe una cuantificación política que se puede relacionar de forma directa con el conflicto catalán, con cómo se ve desde ahí afuera. No significa esto que los votantes en contra del levantamiento de la inmudidad estén por fuerza de acuerdo con el privilegio de secesión unilateral de Cataluña, que en absoluto es así. Pero sin duda sí que ven, al menos, la existencia de un conflicto político. 

El 42% de los representantes de los partidos con representación en el Europarlamento han votado contra la lectura del asunto que hace la oficialidad española en Madrid. Han rechazado que se trate sólo y en exclusiva de una cuestión judicial. Porque si así fuera hubieran actuado como lo hacen cuando aceptan levantamientos por estricta razón judicial: votando a favor con porcentajes muy superiores al de esta vez. 

No parece muy arriesgado concluir que la votación a favor del levantamiento de la inmunidad de Puigdemont ha «internacionalizado el conflicto», tal y como gustan de decir los independentistas catalanes, como nunca había pasado. Así lo ha visto, por ejemplo, el germánico Süddeutsche Zeitung, con más de 1 millon de ejemplares diarios, que es de orientación liberal, nada sospechoso de buscar la destrucción de España ni nada por el estilo, no en vano ha editorializado contra la independencia catalana; un diario que hace escasos ocho años casi que ni sabía donde estaba Cataluña, un buen indicio de cómo está evolucionando el asunto en los medios internacionales. 

Por primera vez queda en evidencia formal, en fin, que España tiene, en relación a Cataluña, un serio problema político que ya adquiere interés internacionaln y que así lo considera una parte importante de los representantes de la voluntad popular de la Unión Europea.

Las elecciones en Cataluña, el éxito de Pedro Sánchez, ERC y la salida del bucle catalán

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02 2021

Han pasado las elecciones catalanas y en Madrid la clase política sigue en su mayoría instalada en su tan apreciada táctica de no mirar para así no ver nada de lo que ocurre en Cataluña. No es una forma de conducirse nueva. Ya en 1895, tras la eclosión de la última revuelta independentista en Cuba, la actitud de la élite española en la villa cortesana fue calcada e incluso casi con las mismas palabras que ahora excusaba su ceguera política: que la “perla antillana” no era una colonia, que era “una provincia española” como cualquiera de las peninsulares, que “la razón y la ley están de nuestro lado” (1896, presidente del Consejo de Ministros, Antonio Cánovas del Castillo) y toda la retahíla, exacta, que podemos escuchar y leer ahora respecto al Principado catalán desde que en él explotó, ya hace 9 años, el movimiento separatista actual. 

Fuera de nuestras fronteras se ve con más claridad. Los grandes medios europeos -Euronews, Le Monde, Der Spiegel, Corriere della Sera, BBC, Frankfurter Allgemeine Zeitung, Público (de Portugal), The Times… -y norteamericanos -The New York Times, Washington Post, Los Angeles Times, CNN… – han destacado la victoria separatista en votos y escaños, dejando entrever que seguir negándose a ver esto es no querer encontrar solución -salida, en verdad – a la situación. Pero en Madrid las cabeceras de referencia nacional y los líderes políticos de partidos del mismo ámbito han interpretado los resultados -con la relativa excepción de la extrema izquierda mediática y política – al mejor estilo de “Santiago y cierra España”, tomándose como una afrenta la democrática expresión política de los catalanes o, incluso, como muestra de alguna patológica desviación: “sociedad enferma”, “no tienen remedio”, “Cataluña es España, no hay más”, “hay que ser más contundentes”, “hay que ilegalizarlos”, “no habrá referéndum, no importa el porcentaje de votos independentistas” (Carmen Calvo, vicepresidenta del Gobierno, en una sublime demostración del concepto mesetario de democracia, aunque en este caso la palabra dada vale tanto como si hubiera asegurado todo lo contrario)…

El paralelismo, en fin, entre lo que decía el todo Madrid político y mediático a fines del XIX en relación a Cuba (por cierto, al cabo de 3 años de tanta fiebre nacionalista imperial, España la perdió) y lo que dice ahora respecto a Cataluña hace dudar de aquello de que no es verdad que la historia se repita. Puede que no, pero a veces, como es el caso, dos situaciones diferentes y tan lejanas en el tiempo parecen calcos. 

Siendo cierto que la ofuscación de la élite en Madrid sigue la acendrada tradición imperiofílica y patológica que es marca de la casa desde hace siglos, existe un elemento nuevo: el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que al menos ha conseguido crearun camino para la negociación política con el independentismo. En efecto, tal y como se ha analizado por parte de servidor en numerosas ocasiones, Sánchez tiene a su favor que no se siente lastrado por ningún principio ético ni ideológico y como además es un tipo de carácter temerario puede, por tanto, buscar salidas al bucle catalán que ningún otro presidente ni siquiera se hubiera atrevido a imaginar. 

En el diseño del líder socialista para superar a Felipe González en años de estar instalado en La Moncloa -el primero estuvo 14 años, él va para los 3 – existe un elemento de apoyo externo al que sólo puede alentar, Vox, cuya misión ha de ser debilitar al PP vía la fragmentación del centroderecha. De momento le va muy bien, pues los ultras son hoy por hoy el mejor seguro de que él seguirá en la presidencia en los próximos años al imposibilitar que lo haga Pablo Casado y, es probable, su sucesor. Pero no le basta con esto. Para tener la esperanza racional de conseguir mantenerse en el poder unos 12 años más requiere del debilitamiento de su izquierda, que la está consiguiendo, -en eso Podemos se basta solo pero al darle ministerios vacíos Sánchez les está dejando en evidencia, lo que se traduce en una pérdida de intención de voto morada que es lo que quería el socialista – y, además, de la reedición adaptada de lo que fue el Pacto de San Sebastián de 1930 entre el PSOE y los nacionalistas, a la sazón para derribar a la monarquía e instaurar la república, hoy para acotar la inútil corona y avanzar en libertades republicanas aun sin cambiar el sistema. Para esto último, obvio es, necesitaba atraerse a los nacionalistas vascos -lo que se da por descontado, pues siempre están en venta – y a la vez conseguir canalizar la negociación política con los catalanes. 

Esto último era lo muy peliagudo, porque el liderazgo electoral y por ende político correspondía al movimiento de Carles Puigdemont que se basa en el cuanto peor, mejor. Con él no había posibilidad de nada y pronto Sánchez lo entendió. Ahí empezó a tejer su operación. Que en síntesis se trataba de, primero, converger con los intereses de ERC y, segundo, evitar que el puigdemontismo se hiciera otra vez con la presidencia de la Generalidad. Y justo esto es lo que consiguió en las elecciones catalanas. Por muy poco y sobre todo gracias al inútil de Artur Mas, que con sus celos consiguió situar al PSOE y a ERC por encima del puigdemontismo. 

A ver, Sánchez no ha logrado todavía nada concreto respecto a la salida del bucle catalán. Sin embargo ha alcanzado una posición que hasta ahora había sido imposible. Tener un presidente de la Generalidad de su aliado ERC y así poder comenzar a negociar a ver si se pueden tejer suficientes complicidades como para pactar, luego de los indultos, un referéndum. Muy difícil, cierto. Pero ahora el camino tiene la puerta abierta para recorrerlo. Que es mucho más de lo que existía. Y no cabe olvidar que un referéndum puede ser convocado por el Gobierno nacional sobre, pongamos por caso, un nuevo Estatuto catalán que no se diga de autonomía -aún siéndolo- sino de autogobierno, que no haga expresa referencia a la autodeterminación aunque los nacionalistas tal lo consideren de forma fáctica…Vías hay muchas. La cuestión fundamental es que existan canal de negociación y voluntad de acuerdo. El primero lo ha abierto Sánchez a través de las elecciones catalanas. Veremos qué pasa con la segunda.

Pablo Iglesias, el ruso y cómo se va viendo en Europa la escasa calidad democrática de España

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02 2021

España es un país peculiar. Tanto como que es el único que tiene un Gobierno con dos políticas exteriores, que además son contrapuestas. Originales que somos. Por un lado está el sector neocomunista con su agenda internacional extra oficial -y cuyo fondo exacto se desconoce pero que se relaciona con la dictadura comunista cubana y con los regímenes populistas de pseudo izquierda latinoamericana – , bajo la batuta del vicepresidente Pablo Iglesias.Por el otro está la diplomacia oficial, controlada por el PSOE. 

Esta extraña coexistencia se ha visto reflejada en la polémica causada por las declaraciones de Iglesias, rectificando a la ministra de Exteriores, Arancha González, cuando ésta recriminó la comparación hecha por su homólogo ruso, Serguéi Lavrov, entre la represión que impone el Kremlin a los activistas demócratas y los presos independentistas catalanes. La ministra negó la existencia de presos políticos, loando la democracia patria, a lo que Iglesias contestó que en España “no hay plena normalidad política y democrática”, tal y como a su entender prueba que los líderes de los dos principales partidos separatistas catalanes estén “en la cárcel y en el exilio”. Lo cual mereció, a su vez, la invectiva de la vicepresidenta primera, Carmen Calvo, que aseguró estar “absolutamente” en contra de lo dicho por su compañero de gobierno, amén de asegurar que España goza de la “normalidad propia de un Estado de Derecho”. Más tarde la portavoz del Gobierno, también sector PSOE, María José Montero, se sumó al espectáculo asegurando que “España es una democracia plena” en la que “hay plena normalidad democrática” y no redundó más porque se contuvo. Y acto seguido tanto Iglesias como sus clones internáuticos coligieron que tanta crítica socialista y de derechas “prueban que es verdad” lo dicho por el vicepresidente.

Bien, hasta aquí el edificante festival. Uno más, cabría añadir. Marca de la casa. Pero hay más. Mucho más. Aunque Iglesias sea un tipo clásico de los que les gusta más una buena pelea – ideológica y política – que una comida, esta vez al menos hay que reconocerle que con su opinión discrepante de la línea oficial de Exteriores se alinea con la creciente opinión europea que ve en nuestro país a un estado escasamente democrático o, al menos, con fallas muy hondas en su Estado de Derecho.

No es baladí que la justicia belga diera -el ya comentado por servidor – brutal varapalo nada menos que al Tribunal Supremo español, al no aceptar la extradición del ex conseller de la Generalitat Lluís Puig, uno de los huidos a aquel país, con el argumento que no era el ámbito competente para juzgar aquellos hechos. Lo que augura una autopista de vergüenzas para nuestro país en los próximos meses y años en los diferentes ámbitos judiciales europeos, en especial en el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH). Pero todavía es mucho peor que en los últimos meses las críticas a España por su escaso respeto a los derechos humanos -y ahora abstraigámonos de si es así o no –, que la justicia en Europa va dando por hecho, han empezado a trascender el espacio de los medios de comunicación y los tribunales para entrar en el político sin disimulos. Ya son: medio centenar de senadores franceses, un ministro belga, el ministro de Exteriores ruso, el primer ministro de Esvolenia, un grupo de parlamentarios estonios que han creado una comisión de estudio de la situación en Cataluña… Todos ellos, amén de diputados aislados de otros varios países, ya hablan sin tapujos de que la situación en España es de “escasa calidad” democrática, que hay“presos políticos”, que“no están asegurados los derechos fundamentales”… No, no son el primer ministro británico, ni la de Alemania, ni el presidente de los Estados Unidos o de Francia… Cierto. Pero el desprecio nacionalista español hacia la escasa relevancia de estas voces es engañosa. Algo se ha movido ahí afuera en contra de nuestro país. Algo que hace cuatro años era impensable, imposible. Es que ni siquiera en los más febriles delirios separatistas se llegaba a soñar con algo así. Ahora cada dos por tres se pueden leer – no en la democrática e independiente prensa de Madrid, por supuesto – declaraciones política de ese cariz. 

Habrá que ir aceptándolo. No es sólo Iglesias ni tampoco el pérfido ministro ruso. Quiérase asumir o no, si cada vez son más lo que nos ven así, el problema lo tenemos nosotros. Más claro resulta todavía si se mira, además de verlo, lo que dijo el TEDH sobre las que aquí se dieron por probadas injurias al monarca al quemar su fotografía dos independentistas catalanes, a los que se quiso encerrar por más de dos años: anulada la condena por atentar contra la libertad de expresión. El mismo camino siguen otros delitos imposibles en una democracia, como enaltecimiento del terrorismo y otros análogos que no pueden existir en una democracia plena. O lo de las amenazas en una canción -por bodrio que ésta sea – que sólo pueden creérselas personas que necesitan ayuda médica o bien sean jueces que se aferran a la literalidad de la ley por encima del mínimo sentido común.

Por muy cierto que sea que Iglesias no es precisamente un demócrata, no deja de tener razón cuando dice eso de que en España no hay “plenitud democrática”. Sí, es verdad que él lo asevera porque le interesa carcomer la democracia de nuestro país, como es de esperar que haga todo neocomunista que se precie, como lo mismo se le supone a sus hermanos neofascistas. No obstante, el hecho esencial es que en eso Iglesias tiene razón y que se hace flaco favor a la democracia impidiendo ver, a través de la fáctica censura de los medios arraigados en el sistema, esa carencia. Lo mejor sería suplirla de una vez. No esconderla. Que es lo que hacemos desde 1978. Va siendo hora de rectificar, si queremos recuperar el respeto y el prestigio ahí afuera.

De Pablo Iglesias al Tribunal Supremo pasando por Carles Puigdemont y la justicia belga

20

01 2021

La comparación de Pablo Iglesias de la huída de Carles Puigdemont con el exilio republicano tras la victoria franquista en la Guerra Civil ha levantado muchas críticas. Cada cual tendrá su opinión al respecto. Y todas valen por igual. Unas serán más ajustadas a la historia y otras no tanto, algunas en absoluto y no faltarán las que sean fantasía pura. En el fondo da igual. Es verdad que el líder neocomunista no estuvo muy fino, pero sí que es cierto que hay un elemento igualmente político en el fondo de los dos hechos, aun siendo tan diferentes. El exilio republicano se debió al evidente triunfo militar de la opción política fascista y la persecución legal de los líderes independentistas tiene un trasfondo extraño que si no es político no se entiende y que resulta inquietante.Y esto último es lo que la justicia belga ha dejado claro y que amenaza toda la persecución legal de los hechos ilegales perpetrados por los líderes separatistas catalanes. 

Conviene ser precisos. En España no hay presos políticos. No lo son los referidos líderes separatistas. En absoluto. Fueron imputados, investigados, juzgados y condenados por hechos delictivos. No por sus ideas. Como prueba -obvio debería ser, aunque no lo sea para tantos – que los que comparten éstas con ellos sigan al frente de sus responsabilidades institucionales y políticas sin atisbo de molestia legal. Como no puede ser de otra manera en una democracia. 

Ahora bien, lo que ha dejado cristalino la justicia belga -al rechazar, ya de forma definitiva, la extradición del ex consejero catalán, también huido, Lluís Puig – es que el procedimiento legal que se puso en marcha para juzgar aquellos hechos -que en síntesis mediática se suele llamar, de forma impropia, el “referéndum” del 1 de octubre de 2017 y la declaración de independencia posterior, entre otros – no fue correcto. Que no concernía hacerlo al Tribunal Supremo. Que debió ser otra instancia la que instruyera y juzgara aquellos acontecimientos, de acuerdo con el sistema de distribución de los casos que se sigue en España, que para la ocasión habría correspondido a un juzgado barcelonés y, para los imputados que gozaban de aforamiento por sus cargos políticos, al Tribunal Superior de Justicia de Cataluña. Y añade la instancia judicial belga -el Tribunal de Apelación -, para justificar su fallo, que el hecho de que no se hiciera como debió hacerse, en caso de que Puig fuera extraditado supondría que no se le aseguraría la presunción de inocencia que todo ciudadano de la Unión tiene. 

El fallo es brutal para la justicia española. Ergo los medios patrios han pasado de puntillas sobre él. Significa que deja en evidencia no que haya en España -como fantasean los independentistas – “presos políticos” pero sin duda sí que avergüenza a la justicia de este país porque, al menos en este caso -aunque, seamos sinceros, no es el único -, existen indicios de presiones políticas para sustraer el caso de su ámbito judicial correcto para llevarlo a otro. Y cabe añadir que el motivo de la sustracción de competencia se deduce de forma inexorable: favorecer la máxima acusación posible para imponer medidas cautelares y/o impulsar las más severas penas. 

El fallo del Tribunal de Apelación belga supone la casi certeza de que Puigdemont no será extraditado. Y a la vez permite creer que al final el Tribunal Europeo de Derechos Humanos va a infligir al Tribunal Supremo un varapalo histórico, en probable forma de anulación de condena. Grave sería poco. 

De lo del Capitolio de EE.UU y Trump hasta nuestros neofascistas y neocomunistas

10

01 2021

El asalto de grupos de ultraderechistas al Capitolio estadounidense ha sido comparado por la derecha y ultraderecha española con el asedio al Congreso de los Diputados de 2012, organizado por la ultraizquierda. Se trata de una comparación en la que, como tantas otras veces, se fuerza el paralelismo acentuando lo que parece semejante y escondiendo lo que separa ambos hechos. 

Para la ocasión se olvida que los sujetos instigadores de las dos acciones no tienen nada que ver. En Estados Unidos ha sido el presidente del país el que durante cuatro años, además de estar poniendo en duda el sistema democrático y despreciando el mínimo decoro institucional, el que ha azuzado sin descanso a las bestias antidemocráticas de ultraderecha para su solaz personal y al final las instó a la protesta contra el Congreso -la unión de la Cámara de Representantes y el Senado – en el momento en el que debía confirmar la victoria de Joe Biden. Fue un ataque directo a la soberanía popular. Sólo reculó cuando se dio cuenta que le huían sus propios colaboradores, temerosos de una acción judicial por sedición, y entonces él debió entender hasta qué punto se había pasado. En el caso español no fue el jefe del Estado ni del Gobierno el que instó a la actuación susodicha, sino un grupúsculo animado por un partido neocomunista que entonces decía ser antisistema. Si alguien no ve en el contraste la inmensa diferencia política es que sencillamente no quiere verla. 

Otra cosa es que sea verdad, que lo es, que tanto la ultraderecha como la ultraizquierda se hermanan en su desprecio ideológico a la democracia. Claro, es que son ideologías totalitarias, aunque hoy, a diferencia de lo que sus antecesores respectivos hacían a las claras hace ya casi un siglo, intentan disimular bajo ropajes de disfraz demócrata, amén de barnizarse con lo que se llama el populismo. 

Sin duda existe un sustrato ideológico idéntico entre aquel lema español de “lo llaman democracia pero no lo es” que animaba el asedio al Congreso y la justificación que daba a los periodistas uno de los asaltantes del Capitolio norteamericano: “es nuestro Congreso y tenemos derecho a estar aquí”. Para los totalitarios las cámaras de representación democrática no albergan la legitimidad ciudadana. Son suyas y son ellos los que imbuidos de la razón absoluta deciden lo que es legítimo -lo suyo respectivo, siempre – para todo el mundo. Sólo vale su verdad. Cierto, es así. Pero cuidado: lo de Madrid de hace nueve años fue una manifestación, no un asalto. De nuevo: si alguien no ve la diferencia, es que no quiere verla. 

Otrosí: la concentración española estuvo permitida por la autoridad gubernativa y se acotaron las zonas de manifestación para asegurar el debido respeto a la institución esencial de nuestra democracia. En Washington la policía se vio desbordada, la horda entró a la fuerza y ejerció violencia ilegal contra la institución que representa la libertad en Estados Unidos. Cierto es que en Madrid los habituales extremistas violentos provocaron disturbios pero fueron una ínfima minoría, no asaltaron la institución ni representaban a los organizadores ni, mucho menos, fue la tónica general de comportamiento de los manifestantes. En cambio el objetivo único del otro día en el Capitolio americano fue la violación institucional. Otra vez: si alguien no ve diferencias de comportamiento, es que no quiere verlas. 

Es verdad asimismo que los líderes ultra españoles, Santiago Abascal y Pablo Iglesias, se hermanan -como es lógico – en su populismo esencial al intentar confundir la parte con el todo para horadar la democracia. Así, el líder neocomunista critica los hechos de Estados Unidos y aprovecha para asegurar que es “el modus operandi de la ultraderecha” en todas partes, se sobreentiende que también en España. ¿Y qué es para él esa ultraderecha? Pues Vox, por supuesto, pero bien se asegura de repetir una vez y otra -como hacen los demás directivos de la corporación morada- que el PP también cojea del mismo extremo. Así, de un grosero brochazo, subsume la parte democrática de la derecha en un todo neofascista. Lo cual es puro comunismo de libro, con la intención de debilitar al máximo posible la democracia, confundiendo a los ciudadanos de buena fe que puedan creerle y unifiquen en su cerebro la ultraderecha con la derecha democrática. Exactamente igual hace Abascal cuando lamenta lo ocurrido en Estados Unidos pero, acto seguido, escribe que “quizá lo que les molesta a los comunistas y socialistas es que en otros países las izquierdas hayan perdido el monopolio de la violencia”y que son estas “izquierdas” las que llevan mucho tiempo «dinamitando instituciones, controlando medios y amparando la violencia en todo occidente». O sea: la izquierda es la culpable de la violencia ultraderechista que, si acaso, es reactiva.Y sin distingos entre la socialdemocracia  y el extremo izquierdista en el que anida una pequeña parte violenta. Cómo iba a distinguir si lo que quiere, como Iglesias, es difuminar la parte socialdemócrata en un todo ultraizquierdista violento para confundir a la gente y así atacar la esencia del sistema democrático que requiere de matices. Sin éstos no hay democracia. Bien lo saben Iglesias y Abascal. Por eso nunca los atienden e intentan hacer ver que no existen. 

Sí, es pertinente esa homologación de fondo ideológico liberticida entre ambos. Ahora bien, no puede olvidarse que la diferencia política entre los proyectos que lideran es enorme. El neocomunismo de Podemos no asusta a nadie. Porque no tiene – afortunadamente -ninguna posibilidad de alcanzar el poder para cambiar el sistema –es imposible por mucha fantasía propagandística que le pongan los ultras de derecha -, no tiene en éste cómplices para conseguir sus objetivos, no tiene apoyos sociales de relevancia ni mucho menos cuenta con poderosas falanges en el mundo empresarial, judicial, militar… No inspira temor a nadie -más allá de que no guste lo que dice y hace –, además, porque no hemos padecido una dictadura comunista, bien es verdad que no por falta de ganas del PCE de los años treinta del siglo XX. Mientras, por su lado, Vox es puro neofranquismo y todos tenemos plena conciencia -por experiencia directa, familiar o por proximidad histórica – de lo que fue para el país ese régimen totalitario que todavía tiene epígonos relevantes en importrantes ámbitos de la administración y en el mundo empresarial. Por eso, al contrario de los neocomunistas, los neofascistas sí que levantan temor. Esta diferencia entre ambos proyectos políticos es abismal y sólo puede no verla quien no la quiera ver. Otra vez. 

Sánchez, la ruptura del independentismo y el aplazamiento de la separación de Cataluña

25

12 2020

En los últimos ocho años, desde que se inició el actual proceso separatista catalán, España ha demostrado que no es capaz de abortar la potencial secesión. De ninguna forma. La élite política de la capital -y también por extensión la económica, mediática… – no comprende el fenómeno soberanista y no sabe cómo enfrentarse a él. No sale de “la ley es la ley”, como si hubiera habido algún proceso de segregación a partir de la ley del país roto. La ley nunca sirve para estos procesos. En ningún sitio ni en ningún momento de la historia. Pero en Madrid se mantienen impertérritos en su delirante ficción. Igual que en 1896 cuando el entonces presidente del Consejo de Ministros, Antonio Cánovas, escribía que la “provincia española” de Cuba “nunca” se segregará porque a España correspondía la “la ley y la razón” como, a su parecer, comprendían “las naciones civilizadas”. Así le fue. Talmente lo que dicen ahora los representantes del mismo Estado que no parecen haber aprendido nada de su propia historia. 

Esta incapacidad queda en evidencia viendo lo acontecido a lo largo de las últimas décadas. Nunca ese mismo Estado ha sabido contrarrestar el avance nacionalista. Su ceguera política ha sido absoluta. Por eso alimentó sin querer, pretendiendo hacer lo contrario, el movimiento rupturista. El cual fue desarrollándose durante decenios. Mucho más bajo la superficie que sobre ella. De manera que al mutar en separatismo a las claras, emergió de golpe todo su potencial que hasta la sazón era subterráneo. Y en Madrid se estremecieron ante la eclosión, sin entender nada, incluso fantaseando con la estupidez de que eran las élites catalanas nacionalistas las que se lo inventaban todo, talmente una impostura circunstancial – recuérdese el “suflé” de Mariano Rajoy – sin base social que buscase mejoras en esencia económicas para la Generalidad. Resulta difícil creer que en efecto fueran tan torpes. Pero sí, lo fueron. Me le confesó un ex muy alto cargo del PP balear. En cierta ocasión lo convocaron a una reunión con la mano derecha de la entonces todopoderosa vicepresidenta Soraya Sáenz. Estaba él y un puñado más de personas conservadoras que en el Madrid conservador eran tenidas por conocedoras del fenómeno nacionalista. El objetivo era analizar las posibles estrategias de respuesta al desafío soberanista. No me dio muchos detalles pero me resumió así la cosa: “no entienden nada y lo que es peor: creen entenderlo todo; no puede salir bien”. Era antes de 2017. Los hechos posteriores le dieron la razón. 

Las cosas no mejoraron luego. Al contrario. Salieron más que mal. Lo del fantasmagórico “referéndum” fue una brillante puesta en escena para probar la respuesta española. Los ‘indepes’ pueden ser lo que se quiera, pero tontos no son. Y sabían que aquello no era ninguna consulta ni valdría como tal. De lo que se trataba era de montar una enorme provocación para forzar la respuesta policial violenta para así ganar enteros ante el mundo. Lo consiguieron. Desde entonces despiertan simpatía en medios de comunicación, políticos, empresarios… No en gobiernos, claro: ninguno jamás alentará a las claras nada para romper un país aliado. Otra cosa es si se rompiera, que a la sazón no serían pocos los que reconocerían al nuevo estado, aunque en Madrid fantaseen con que eso no puede pasar porque existe una especie de designio divino que lo impediría. El mismo delirio, exacto, que el de Cánovas con Cuba .Pero dejemos ahora esto y volvamos a la cuestión. El 1 de octubre de 2017 los secesionistas probaron que ante un gobierno español de mayoría absoluta del PP podían romper la legalidad, que vencían a sus servicios de inteligencia -antológico ridículo, el del CNI y demás organizaciones de espionaje-al no saber detectar la especie de urnas – y, más importante, comprobaron que Madrid se acobardaba cuando a mediodía ordenaba el repliegue de la policía y Guardia Civil. 

Desde entonces el movimiento no hace más que ganar enteros ante el mundo. La vergonzosa actitud del Tribunal Supremo en la instrucción y juicio a los líderes secesionistas ha hecho más daño a España por ahí afuera que cualquier campaña de propaganda antiespañola de los ‘indepes’. Y no hablemos ya de la familia Borbón, padre e hijo, que hacen todo lo posible por ayudar a los separatistas. No sólo el sinvergüenza del viejo -catalogación confesada al dejar claro que no pagó lo debido a Hacienda – sino por la incapacidad del más joven: véase lo que dice el París Match a mediados de este diciembre 2020 del “preparao” que está resultando un desastre sin paliativos, que por supuesto los medios patrios hacen cómo si no lo vieran.

El poderío separatista y la debilidad española es tal que en estos momentos ya no existe ni la más remota posibilidad de que Madrid aborte con la ley ni, mucho menos, con violencia legal otro desafío ilegal que tenga, al contrario del anterior, de veras la intención de romper España. Si hubiera fuerza legal hasta donde fuera necesaria para doblegar la voluntad segregacionista, la intervención de la Unión Europea estaría garantizada. Ya no sería, como en 2017, un “asunto interno”. Mientras, la fantasía de la élite de la meseta central se cree alimentada por la cárcel y huida de los dirigentes separatistas, como si esto no fuera un resorte propagandístico fabuloso para los separatistas. 

Así las cosas, si todo les va de cara, ¿qué es lo que está parando a los secesionistas? Pues sólo hay un razón que actúa a modo de lastre que está evitando la la culminación de la independencia. Ellos mismos. Debido a Pedro Sánchez. Así es: el fascinante personaje que habita en La Moncloa, gracias a su falta de principios e ideología ha imantado a ERC hasta el punto de ponerla en situación de evidente ruptura con Junts per Catalunya. En efecto, la única razón que puede aplazar -nunca solucionar, pues no existe solución– la ruptura española es la divergencia estratégica entre los tres grupos ‘indepes’. Mientras que ERC siga con su colaboración con Sánchez, tanto Junts como la CUP no tendrán fuerza suficiente para nada. Para propaganda, a lo sumo.

Si luego de las futuras elecciones catalanas, que deberían celebrarse el 14 de febrero de 2021, ERC pacta con el PSOE y Podemos la formación del tan comentado potencial nuevo tripartito catalán, a través del PSC y los “colaus”, respectivamente, la independencia recibirá un golpe duro, vía su aplazamiento sin día. Cierto es que no quedaría desvanecida pues el gobierno catalán estaría presidido por una ERC que incrementaría como nunca la inversión del dinero público en el proceso de erradicación de todo lo español en Cataluña, con el objetivo último de ampliar la base social -tal y como dicen en público sus líderes – para que cuando se plantee la ruptura ésta sea avalada por una fuerte mayoría ciudadana que haga imposible evitarla, excepto por la fuerza que no se dará. No obstante, la segregación a corto plazo -2, 5 años… – se olvidaría y se fiaría más o menos a un decenio vista.

Ahora bien, entra dentro de lo posible también que ERC se acobarde -en este diciembre ya da síntomas de tal cosa, el último: que sus máximos dirigentes digan que el susodicho tripartito “es imposible” – y que al final, tras dos años de preparar el terreno para el pacto con el PSOE, de nuevo opte por el acuerdo con su odiado Carles Puigdemont y de una forma u otra comparta con él otra vez el gobierno catalán. Una cantidad de votos separatistas por encima del 50% de los válidos emitidos casi obligaría a esa opción. En ese caso el calendario se acortaría. Si presidiera el gobierno Junts la ruptura estaría cercana. Si fuera ERC, más lejana pero no tanto como si se coaligara con los “colaus” y los de Miquel Iceta.

Esperemos acontecimientos. De momento, diciembre de 2020, tras dos años de estrecha colaboración de Sánchez con ERC, se puede constatar que se ha llegado al punto en el que España está más cerca que nunca -que nunca en estos últimos ocho años, claro – no de una imposible solución del conflicto catalán pero sí de una salida que al menos permita adormecer durante unos pocos años el morrocotudo problema. Con la obvia idea del presidente que cuando rebrote la cosa, él ya no esté en La Moncloa y que su sucesor se las apañe cómo quiera, pueda o le dejen.

El futuro de la monarquía española y el PSOE, su principal apoyo

12

12 2020

El PSOE ha emprendido una operación de limpieza de la corona con la intención de apuntalarla para que dure algunos años más. Al contrario de lo que aseguran los medios y contertulios de derecha y ultraderecha, los socialistas no es que estén intentado derribarla sino que son su más fiable seguro. Como siempre han sido. 

El Partido Socialista ha actuado desde la transición como garante del reino. Sin él ya no existiría la corona. Con el apoyo exclusivo de la derecha no hubiera podido sobrevivir. Por eso fue una torpeza astronómica que Felipe de Borbón aceptara leer aquel discurso ultraderechista de caspa pseudo imperiofílica del 3 de octubre de 2017. En ninguna otra monarquía parlamentaria europea su titular ha demostrado tan poca capacidad. Bien saben todos que su cargo pende de un solo hilo político: mantener la neutralidad a toda costa, incluso ante quienes quieren acabar con la monarquía, el propio país o, simplemente, defienden valores que el monarca considera incompatibles con la corona. Verbigracia: la reina Isabel II del Reino Unido nunca ha dicho ni una palabra pública contra la secesión potencial de Escocia -siendo, por cierto, ilegal a tenor de la ley de Unión, sin embargo allí, como en todo el mundo libre, la ley no esta por encima de la democracia – , de la pérdida de sus colonias, de la presión política ilegal del Sinn Féin basada en la violencia en Irlanda del Norte… Otrosí: cuando en 1990 el poder legislativo belga aprobó la ley del aborto, el monarca, Balduino, un integrista católico, se vio incapaz de firmar aquella norma y para no incumplir su deber de absoluta neutralidad aun queriendo manifestar su pesar, dimitió durante 36 horas para no estampar su rúbrica en ella. Hay más ejemplos de como se comportan las monarquías parlamentarias de conducta democrática impecable. Lo que aleja de ellas a la española, que siendo una institución encajada en el Estado de Derecho no sólo no es una institución democrática -como tampoco lo son las demás, como es obvio – sino que, además y ahí su originalidad, se comporta de una forma muy lejana a los usos democráticos del resto de coronas. A más abundar: es la única cuyo origen está en una dictadura fascista, su blindaje legal anti libertad de expresión no tiene parangón y la opacidad de la que hace gala es inédita en el panorama monárquico europeo. 

Así las cosas hubiera sido imposible que esa corona aguantara en España los embates políticos sin el blindaje que le ha servido el PSOE. Los gobierno de la Unión del Centro Democrático (1976-1982) nunca tuvieron capacidad de hacer nada al respecto. Fue el socialista Felipe González (1982-1996) quien consolidó el blindaje real y desde entonces ningún Gobierno, de derecha o izquierda, lo ha puesto en duda. Si González no hubiera querido mantener la inviolabilidad indigna del monarca, éste no habría gozado de ella en su parte oscura, sólo hubiera sido factible, como la lógica y la ética de todo cargo público indican, por la parte notoria debida al cargo. Con la mayoría absoluta durante once años tiempo de sobra tuvo el socialista para deshacer cualquier interpretación legal y constitucional en clave de impunidad. No lo hizo. La razón se desconoce aunque se intuye que existió algún tipo de pacto para blindar la monarquía y ahorrarle así la decencia democrática que obliga al resto de jefes de Estado del mundo libre.

Con posterioridad el PSOE siempre ha sido vasallo de ese pacto que no se conoce pero que se nota. Vaya si se nota. Es verdad que con el rupturista Pedro Sánchez parecía que el Gobierno actual iba a atreverse a democratizar los usos y costumbres de la corona. Más todavía desde que pactó su investidura con el partido republicano Unidas Podemos. Y aún más lo pudo parecer al forjar su estabilidad parlamentaria sobre los independentistas vascos y catalanes que, por la razón antes expuesta, son desde 2017 furibundos anti monárquicos. 

Sin embargo Sánchez no ha prolongado su amago. Todo lo contrario. Que es lo mismo que confirmar, en fin, la tradición del PSOE de ser el garante de la continuidad de la monarquía. Nunca caerá ésta con ese apoyo. Si algún día lo pierde no durará nada porque con el soporte del PP -por incómodo que sea para este partido, que lo es mucho como se ve estos días – y el abrazo entusiasta de los de Vox, que tan bien casan con la actitud del monarca, no basta para seguir manteniendo una institución de comportamientos tan antidemocráticos como es la corona española. 

El PSOE se preocupa tanto por la salud de la monarquía que incluso está negociando -de presidente a rey, de La Moncloa a La Zarzuela – una futura ley que la regule -que ya era hora -, en la que tal vez haya reformas de funcionamiento. Más les vale si de veras quieren mantener ese anacronismo institucional cuyas características de uso por parte de sus titulares lo hace único en el mundo democrático.