La moción de censura de Vox, Pablo Casado y su centrismo entre el neofascismo y el sanchismo

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10 2020

La moción de censura que se suponía contra Pedro Sánchez fue diseñada por el partido ultraderechista Vox con la clara intención de segar la hierba bajo los pies de Pablo Casado. El objetivo relucía sin posibilidad de que nadie se engañara a ese respecto. Se trataba de una operación propagandística para otorgar a Santiago Abascal el aura de líder opositor ante el felón presidente Sánchez -y demás epítetos que por el estilo le dedican los de ese movimiento nacional–, dado que la “derechita cobarde” que a su juicio es el PP no cumplía con el cometido por miedo a molestar la “dictadura progre”. 

El guión resultaba nítido para cualquiera que estuviera lo mínimo avezado, por poco que fuera, en ese tipo de ritos políticos. Y cierto es que en los meses anteriores Casado parecía atado de pies y manos ante los ultras. Entre José María Aznar, Cayetana Álvarez y demás personajes por el estilo, no era capaz de marcar su territorio. En esas circunstancias la presentación de la moción de censura adoptaba la clara forma de un torpedo contra la línea de flotación del liderazgo de Casado. Cualquiera de las opciones de éste ante la moción que, previamente al debate, pudieran imaginar los de Vox -y todos los periodistas y analistas, sin excepción – pasaban porque Abascal obtuviera un importante rédito -aun cuando sólo fuera el de las portadas y oberturas de informativos de radio y televisión – mientras que Casado sólo podría aspirar a salir “vivo” en el mejor de los casos, contando con muchas probabilidades de que fuera al revés. 

Sin embargo, sin que nadie -y menos que nadie Abascal y el resto de la dirigencia neofascista – lo sospechara, Casado optó por un camino insólito: cortar abruptamente con los ultras y reivindicarse como líder del partido centrista que quiere situado con claridad entre el sanchismo y el neofascismo. Nadie había previsto esa jugada. Nadie imaginó que tuviera esas agallas. Hay que reconocérselo. El golpe ha sido audaz, hábil y a efectos de imagen y propaganda ha resultado un diez con matrícula de honor. Nunca en la historia democrática española un líder político había realizado una operación tan delicada con tanto desparpajo. Fue una apuesta de mucho riesgo y la ganó. 

Esto no quiere decir que el PP tenga solucionado nada para su inminente futuro. Los análisis que se han podido leer -en prensa impresa y digital – que dan por hecho que esa intervención parlamentaria es el trampolín que lanza a Casado hacia La Moncloa son un exceso impropio de la mayoría de tales firmas. Nadie gana unas elecciones por un discurso. Si acaso, luego de ganarlas, un discurso suyo previo puede ser señalado -casi siempre con mucha fantasía mediante– como elemento seminal de su éxito y pasar a convertirse en el mítico -y como tal, falso o, como poco, exagerado- paso que le llevó a la victoria. Esto pasa a veces. Pero no hay discurso maravilloso que valga si el que lo lee luego pierde en las urnas. Aun siendo así no cabe duda de que la intervención de Casado en el Parlamento hace añicos la foto famosa de Colón -la derecha junta y revuelta, desde el neofascimo al centro derecha pasando por el riverismo – y que por primera vez desde que asumió la presidencia del PP en 2018 marca con rotundidad su territorio, tanto el ideológico como el político. Que no puede ser otro que el del centroderecha meridiano. Lo cual no contradice que tras unas futuras elecciones generales pueda catapultarse sobre Vox para conseguir el poder, como ya ha hecho en tres regiones. Lo que era absurdo es lo que ha hecho Casado estos dos últimos años, desde que alcanzó la cúspide del PP, como ha sido intentar competir en radicalismo con la ultraderecha. 

Esto, en realidad, más que una torpeza era un suicidio político. Es imposible que un partido de centroderecha con aspiraciones de gobierno pueda rivalizar con otro ultraderechista que todo en él es demagogia,mentiras sin fin, burradas de todo tipo, teorías conspiranoicas, sordidez, caspa ideológica y disimulo para esconder su fascismo reivindicador del franquismo. Si seguía por ese camino estaba abocado al desastre. No quiere decir esto que con su ya famoso discurso Casado haya exorcizado la posibilidad de que Vox le coma espacio y votos. Sin embargo, a veces este tipo de reacción brusca, fuerte, inesperada, desestabilizadora de vicios adquiridos, valiente, desacomplejada y con convicción a despecho de las circunstancias  permite romper la inercia previa que conducía a la hecatombe. Así ha sido. Al menos Casado se ha abierto ante sí un camino que por lleno de peligros e incertidumbres que esté es el que él desea seguir porque cree que es el correcto y no el que otros le imponían antes con la certeza de que así se precipitaría al abismo.

Lo de Madrid y el monstruo Sánchez&Ayuso como forma de actuar de la nueva política que se nos va cayendo encima.

10

10 2020

El brutal enfrentamiento político entre el gobierno nacional y el regional de Madrid nos alumbra la esencia verdadera de la nueva política. Tanto Pedro Sánchez como Isabel Díaz Ayuso la personalizan en este caso, aunque, por supuesto, no son sus únicos representantes. De hecho la norma de actuación entre las más recientes hornadas de dirigentes de partidos es exactamente la misma. Pronto no habrá ninguno que siga otra forma de conducta.

Sánchez, junto a su aliado Pablo Iglesias, tiene fijado su objetivo sobre el gobierno de Madrid. Para ellos es una ofensa que la región y la capital no estén gobernadas por la izquierda. De la misma manera, Ayuso y Pablo Casado consideran a su poder mesetario como una especie de ariete contra la izquierda gubernamental. Esta consideración de lo madrileño como esencia de lo español ha renacido de entre la caspa pretérita. Vuelve a ser lo habitual. La mayor parte de clase política española tiene estos renovados tics mesetarios centralistas que entroncan de forma directa con la más rancia tradición. Para ella Madrid y su comunidad forman el territorio político más importante del país. Cuarenta años de autonomías no ha cambiado esta psico patología centralista. Que es jaleada por todos los medios de comunicación mesetarios de derechas. Se pudo ver durante la eclosión de la pandemia, en marzo. A la sazón debió cerrarse la capital y su región para contener el virus. No se hizo porque la clase política madrileña no puede concebir que el “corazón” de España sea confinado y el resto no. Ningún medio ni partido político nacional se atrevió siquiera a sugerirlo, ni de izquierdas ni de derechas. 

Con la segunda oleada de la pandemia en agosto y, sobre todo, a partir de septiembre, de nuevo la comunidad madrileña quedó afectada por una intensa nueva fase de contagios y muertes. A partir de ahí los medios derechistas empezaron a advertir del “ataque” que recibía Madrid de medios y políticos periféricos. Se ofendían. A la vez, empezó la guerra política de datos falsos o, más, forzados por interés de parte: desde el gobierno nacional se señalaba la gestión de la inútil Díaz Ayuso y el de ésta apuntaba al otro incompetente.  

El espectáculo no ha hecho más que intensificarse durante las siguientes semanas. Medias verdades y mentiras han usado ambas partes intentando justificar sus propias opiniones y/o medidas al mismo tiempo que las usaban contra la otra. Eso sí, las dos invocaban los sempiternos “expertos”, cada uno los suyos, que a su juicio les daban la razón. Estos expertos en ciencia que sirven a los políticos son igual que los abogados respecto a sus clientes. Los informes de unos y otros nunca contradicen la voluntad de quienes se los encargan. 

A lo largo de este tiempo Sánchez y Ayuso han ido desdibujando sus respectivos perfiles políticos para ya confundirse en una sola monstruosidad compartida. Ya son lo mismo. Sin atisbo de vergüenza ni de decencia. Hasta ahora habíamos podido conocer a políticos cínicos, incluso a alguno que lo eran mucho, pero nunca habíamos podido observar nada igual a esto. Sánchez y Ayuso no viven más que para sí, no atienden más que a sí mismos y todo lo demás les importa un bledo, aunque se trate, como se trata, de la salud pública. Su indignidad es de tal calibre que mienten sobre montañas de contaminados por el virus y montones de muertos. Para este monstruo bicéfalo esto carece de importancia. Su objetivo es la aniquilación política de su media parte contraria y no atiende a nada más. La gestión ha sido sustituida por la propaganda. Las ideas por las consignas. La ciencia por la militancia. El bien común por el particular. 

Todavía, es verdad, existen ejemplos de la vieja política. Como vemos en Baleares, donde el presidente derechista del Consejo Insular de Ibiza, Vicent Marí, ha tenido y tiene una actitud ejemplar en esta pandemia, colaborando en todo momento con el gobierno izquierdista de Francina Armengol, a la vez que éste ha demostrado que su gestión -en cuanto al virus- carece de sesgo ideológico. Dicho de otra manera: Marí, del PP, y Armengol, del PSOE, ponen por delante de sus intereses de partido el interés general, el bien común, la colaboración mutua en beneficio de los ciudadanos. 

No nos engañemos. Lo de Armengol&Marí es una actitud propia de la vieja política que va periclitando por todo. El futuro nos lo alumbra el monstruo Sánchez&Ayuso. Es lo que viene. Es lo que hay.

Cuatro consideraciones sobre Pedro Sánchez, Felipe de Borbón, los indepes y todo lo demás (y lo de menos)

25

09 2020

El gobierno de Pedro Sánchez ha prohibido al rey que vaya a un acto del Consejo General del Poder Judicial en Barcelona.Y se ha montado la marimorena. Se comprende, porque es la primera vez que trasciende un veto tan bestial al Jefe del Estado por parte del presidente del Gobierno. La historia tiene -al menos – cuatro consideraciones posibles, todas ellas relevantes para el interés político general. 

La primera es que el episodio deja en evidencia la condición de la jefatura del Estado. O sea, que el rey no tiene margen de actuación propia. El Gobierno le controla de forma absoluta tanto su agenda oficial como los discursos que hace. Y está bien que sea así y no sólo porque lo diga la Constitución sino porque a Borbón no lo ha elegido nadie mientras que todo Gobierno es electo por los representantes de los ciudadanos. Está fuera de duda dónde estaría la legitimidad democrática en caso de que hubiese un choque entre las dos instituciones. Además, también está muy bien que los ciudadanos sean conscientes de esa gradación. Durante décadas se ha procurado, con interés cortesano tan ridículo como anacrónico, que no se evidenciara pero ya es hora de que sea de público conocimiento, tal y como ha quedado claro ante todo el mundo por lo de Barcelona. 

La segunda consideración es la de la desfachatez de Pedro Sánchez. Su gozosa falta de lastre ideológico y político multiplicado por la ausencia de escrúpulos y principios le permiten conducirse de una forma nunca vista en un presidente. Se permite incluso humillar, como ha sido el caso, al rey. Servidor ya ha analizado muchas veces su desprendimiento absoluto de todas esas cortapisas que han condicionado bastante a sus antecesores en el cargo. Sin embargo él, al estar libre como ningún otro presidente, hace lo que quiere y gracias a la incapacidad de la oposición no encuentra acotaciones a su voluntad. Lo que le da una proyección política insólita en la España democrática. Se deja notar también en lo del inicio de la tramitación de los indultos a los independentistas, la reforma legal para liberar a los que no se indulte y el estudio de cómo conseguir que Carles Puigdemont pueda volver a España. El arrojo de Sánchez es tanto que no conoce límites. 

En tercer lugar, lo de Barcelona y Borbón no hace más que confirmar por enésima vez que a Sánchez lo único que le preocupa es mantenerse en la presidencia cómo sea, con quién sea y a costa de quién o qué sea. Es fascinante observar como este hombre miente a todo el mundo – sobre todo a los ciudadanos -, no sabe lo que es aguantar una opinión dos días seguidos, tiene disociación de identidades políticas – por fuerza su psique debe tener algo especial, si no sería imposible – que le permiten asegurar una cosa y su contraria argumentando que es pura coherencia, traicionar a derecha e izquierda, ser un incompetente – más que José Luis Rodríguez y Adolfo Suárez, que ya es decir – y sin embargo salirse con la suya, al menos hasta ahora. 

Y la cuarta consideración, inevitable, es la constatación de la impresionante victoria política del independentismo. La humillación que ha infringido Sánchez a Borbón ha sido un regalo a sus socios secesionistas. Aunque mucha gente no quiera darse cuenta, el independentismo está ganando mucho terreno en estos últimos tres años -desde la farsa del supuesto “referéndum” y todas las demás escenografías de la “república” catalana – gracias al Gobierno central, primero por la incomprensión de Mariano Rajoy de lo que estaba aconteciendo en Cataluña y ahora por la colaboración de Sánchez. No obstante, la posición del presidente socialista no deja de ser pragmática. Sabe que lo del separatismo no tiene solución, que la imagen internacional de España está cayendo bajo tierra en todo este asunto y que la justicia europea desarmará la venganza política que -retorciendo al Estado de Derecho – se ha llevado a cabo contra los líderes “indepes” que delinquieron. Sánchez es consciente de que sólo se puede embocar el problema catalán de dos maneras: por la fuerza o por la política. Él ha optado por la segunda porque -seamos sinceros – la primera no parece que sea posible. Y en su día presentará como una victoria que el separatismo se rompa en al menos dos partes gracias a él -lo cual será indudable – y que por tanto la independencia de Cataluña se aplace – si el independentismo se mantuviera unido sería imposible evitarla excepto, ya se ha dicho, mediante la fuerza – hasta un día futuro en el que él ya no será presidente y, por tanto, le importa una higa lo que entonces pueda ocurrir.

Por qué PSOE y Podemos, a pesar de que los socialistas dejen a los neocomunistas hacer cómo si gobernasen con ellos, son enemigos irreconciliables

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09 2020

En marzo de 1919 el auto titulado socialismo revolucionario creó su propia organización internacional, bajo la égida del mayor partido comunista, el inspirador, el conductor, el referente, el director: el ruso. Que esclavizó bajó el nombre de Unión Soviética a los pueblos que sojuzgó a sangre y fuego y que pretendía hacer igual con el resto de países.

Es curioso observar que todavía hoy haya necomunistas que bajo la etiqueta de historiadores, periodistas y otras ocupaciones con aspiraciones de influencers nieguen o, como poco, silencien esa evidencia. Pues que se lo cuenten mismamente a los ucranianos, que sufrieron en los años treinta un genocidio -así definido por la ONU, por cierto – a manos del salvaje Iosif Stalin, que ordenó asesinar por hambre a esas pobres gentes porque no querían ser camaradas comunistas suyos, con el resultado mínimo de siete millones – así como lo leen – de cadáveres, superando en el ranking de asesinatos genocidas a su colega alemán Adolf Hitler. Pues bien, a este angelito se le homenajeó en Madrid y Valencia este mismo mes de agosto sin que pasara nada, sin que apenas nadie se enterase. España, en fin: qué se le va a hacer, es así.

Ese comunismo ruso fue el que provocó en 1919 la ruptura con el socialismo democrático -o sea, la socialdemocracia – y creó la III Internacional o Komintern para, en la práctica, dirigir con mano de hierro todo el comunismo internacional. Así lo hizo en las décadas siguientes. Su objetivo, a través de las múltiples delegaciones nacionales, era acabar con las democracias -talmente sus colegas nazi y fascista – para instaurar en cada país dictaduras al estilo soviético ruso. Por eso una de sus tácticas más preciadas fue el ataque sistemático al socialismo democrático. Desde a la sazón la aniquilación de éste era parte de su visión estratégica. Consideraba que la socialdemocracia anclaba buena parte de la clase obrera en la creencia que la democracia podía cobijar sus derechos, por tanto era de interés esencial romper ese vínculo. Sólo así, luego, el conjunto izquierdista bajo la batuta comunista soviética podría instaurar, país a país, el paraíso proletario en la tierra. Cuidado: no es análisis ni suposición, estos delirios ideológicos quedaban plasmados en los programas políticos de los feroces genocidas que dirigían la URSS.

Para conseguir su objetivo, en el decenio de 1930, aprovechando el malestar social debido a las consecuencias económicas de la grave crisis iniciada en la bolsa de Nueva York en octubre de 1929, el comunismo se hermanó de facto con el nazifascismo para liquidar todas las democracias que pudo. Unos y otros se batían en las calles, sin duda, pero es que así, juntos, revueltos y enfrentados carcomian la fe en la democracia de amplias capas sociales. Ocurría en la Francia de la Tercera República, en la República de Weimar alemana, en la monarquía parlamentaria británica… Y la España de la Segunda República no fue excepción. Al final, como es conocido, el comunismo y el totalitarismo de ultraderecha consiguieron su objetivo liberticida compartido en Alemania y en España, si bien el hermano que se impuso fue al fin en ambos casos el ultraderechista. 

Volviendo al principio de la tercera década del siglo XX, en el caso de España los primeros satélites soviéticos fueron el Partido Comunista Obrero Español (PCOE) y el Partido Comunista Español (PCE), ambos creados en 1920, hace un siglo, por gentes que habían abandonado el PSOE. No debe confundirse este PCOE con el que se recreó en 1973 ni este PCE inicial -que contaba con Dolores Ibáburri entre su dirigencia- con el que se fundó en 1921 y que fue resultado de la fusión de los dos susodichos: el Partido Comunista de España que es el actual que se inventó la marca Izquierda Unida y que luego entró en Podemos, tras que este partido fuera creado por ex militantes del PCE, como Pablo Iglesias. 

Por supuesto Podemos no es exacto al PCE ni mucho menos al comunismo de hace un siglo. Sin embargo esta formación neocomunista sigue teniendo la pulsión anti socialdemócrata de sus ancestros. Se vio nada más nacer, cuando aspiró a derrotar ante todo al PSOE -el famoso “sorpasso”, ¿se acuerdan? – para, acto seguido, al frente de la -según terminología propia de esa vetusta ideología-vanguardia obrera asaltar el poder -en la Rusia revolucionaria fue el asalto al Palacio de Invierno, en la España de 2016 era “asaltar los cielos” – y proclamar el advenimiento de la felicidad comunista. 

Luego ha ido pasando todo lo que conocemos. En esencia: que Podemos eclosionó con espectacularidad gracias a la depresión económica, al tirón mediático de Iglesias y a la crisis interna del PSOE. pero al ser una plataforma de aluvión formada por múltiples izquierdas anti de todo no pudo o no supo -y tampoco le dejaron, sin duda – hacer una síntesis creíble de este maremágnum, con la consecuencia de una erosión electoral posterior casi tan explosiva como lo fue su eclosión, hasta llegar a la conclusión de que no le quedaba otra que buscar el poder, por poco que fuera, para intentar consolidar la estructura de partido. En eso está. 

En algún momento, sin embargo, emergerá de nuevo su esencia anti socialdemócrata y por un motivo u otro romperá -o, más probable, forzará la ruptura haciéndose la víctima– con el PSOE. No puede ser de otro modo porque es su enemigo. De la misma forma que pasa a la inversa. A medida que la intención de voto que enseñan los sondeos vayan mostrando con más rotundidad que el PSOE acota en progresión geométrica a Podemos más se acercará el momento en el que los de Iglesias recuperen a las claras -de facto nunca la han perdido – la razón fundamental de su ser: la lucha a muerte con los socialistas. La excusa será de política socioeconómica y acusarán a los de Pedro Sánchez de no ser fiables, de sumisos al capitalismo y todos los tópicos del libro del buen comunista. 

Muchas cosas cambian a lo largo de un siglo de historia. Pero algunas se mantienen incólumes. La lucha entre el comunismo y el socialismo democrático es una de ellas.

Breve borrador de la Introducción al Sanchismo o cómo para nuestro fascinante presidente la propaganda está por encima del virus, de la realidad y de todo.

25

08 2020

La gestión de estos últimos meses de Pedro Sánchez muestra con meridiana contundencia qué es lo que de veras importa al presidente. La propaganda con la intención de aguantar en la presidencia. Todo lo demás es entre secundario y marginal. Se sabía, pero ahora se evidencia como nunca. Y le está saliendo bien, lo cual resulta fascinante desde el punto de vista del análisis político. 

A finales del mes de mayo el Gobierno nacional empezó una campaña publicitaria en los medios bajo el eslogan “Salimos más fuertes”. De la pandemia, se refería. No estábamos saliendo de ningún sitio ni de nada y mucho menos de la situación sanitaria nefasta. Y sólo estábamos asomándonos al desastre económico. Pero como si algo de esta realidad importara a Sánchez y a su panda de incompetentes. Ellos viven por y para la publicidad. Improvisaron durante el mes de marzo, abril y mayo -luego de haber negado la importancia de la epidemia por razón de interés propagandístico político – y no iban a cambiar su preciada forma de actuar en la fase que llamaron “desescalada” hacia la “nueva normalidad”, durante la que:Sánchez nos inundaba con su verbo ante los micrófonos, a menudo sin tener nada que decir. 

El mes de junio fue un dislate continuo de propaganda política a cuenta de la pandemia a mayor gloria del presidente – “hemos salvado miles de vidas”, hasta 450.000 llegó a inventarse el tipo, sin despeinarse – pero de actuaciones preventivas, ni una. Y así el virus empezó a reanimarse por todo el país. Hasta el punto que nada más iniciado julio empezaron a preocupar en serio algunos brotes, en especial en Cataluña. Nada que molestara a la publicidad sanchista, no obstante: “tranquilidad y calma”, recetó el presidente el 5 de julio, para así “ganar la calle, comercios y empresas”. Y vaya si cientos de miles le hicieron caso. Verano, veranito, a ganar la calle, las playas, los bares y los restaurantes. 

Ahora que estamos en plena segunda ola también resuena -¿alguien se acuerda? – lo de la ley que el Gobierno anunció en mayo para cuando se acabara el estado de alarma. Se justificó, con buen criterio, que era necesaria una normal legal que diera cobertura a las medidas que tuvieran que tomarse para evitar la generalización de rebrotes. O sea, justo lo que está pasando. Claro que una ley así implicaba entrar en conflicto con las autonomías, por ende con los nacionalistas que apoyan al PSOE. Ergo si Sánchez la quería aprobar tendría que hacerlo con el PP y Ciudadanos. Ni hablar. Ordenó silencio sobre la susodicha norma y cayó en el olvido. 

La consecuencia de transmitir la idea que habíamos salido del desastre sanitario, que había que ganar la calle sin la ley prometida e imprescindible para prevenir rebrotes, sin medidas profilácticas – dejando éstas a las que intentaban las autonomías que sin tener la capacidad ejecutiva ni legal, ni por asomo, del Gobierno, han resultado, como era normal esperar, poco efectivas – ha sido la lógica, la única posible. Lo extraño hubiera sido que no pasara lo que está pasando. 

Eso es justo lo que decía la tercera semana de agosto la plataforma mediática norteamericana Bloomberg -canal de televisión e internet especializado en información y análisis económico y político -, que no podía creerse la actitud desplegada por Sánchez durante los dos últimos meses. Aseguraba que no se podía entender que no se hubieran tomado medidas preventivas y que se hubiera permitido la multiplicación de rebrotes por doquier sin que el Gobierno hiciera nada más que endosar la responsabilidad a los ejecutivos regionales. Sánchez estaba de vacaciones y al ser tildado de incompetente por el medio yanqui entendió que debía interrumpirlas y hacer cómo si hiciera algo en Madrid. De nuevo, pura propaganda. 

La misma incapacidad disimulada bajo toneladas de publicidad de parte ha demostrado el Gobierno en relación a la crisis económica. En uve íbamos a salir de ella. Disparados como cohetes. Dijo él e hizo decir a sus ministros un montón de veces. Sí, como cohetes en un desastre de proporciones desconocidas vamos entrando y nadie es capaz de saber cuánto tiempo en él estaremos. El colmo de la actitud del Ejecutivo de la incompetencia fue cuando la ministra del paro aseguró que no era verdad que hubiera gente que todavía no hubiera cobrado su ERTE. Bien, pues servidor puede dar fe de que al cuarto mes de haber entrado en posición ERTE hay gente que no ha cobrado ni un céntimo. a ver si la ministra comunista ha estado tanto tiempo sin ingresar nada en su vida. No es sólo propaganda, lo del sanchismo: es pura mentira. Como si a él le fuera a importar, que vive en, por, para y de ella. Y hasta ahora le ha ido muy bien. 

Es tan sensacional lo de este hombre que incluso se permite usar la pandemia para engañar a algunos de sus socios de investidura. Nunca se había visto nada igual. Véase, si no, con los independentistas catalanes. Les prometió la famosa “mesa de diálogo” de forma inmediata -¡para julio! -,  se los rifa como quiere, los engaña una vez y otra, ellos se discuten y pelean entre sí y a punto de empezar septiembre los socialistas dicen que tal mesa serían “juegos florales” y que la culpa de no haberla creado es… ¡de los secesionistas!. 

Y para rematar esta – incompleta, pues se irá enriqueciendo los próximos meses y años – introducción al sanchismo, acabando agosto de nuevo endosa la responsabilidad de luchar contra el descontrol del virus a las autonomías. Que si quieren, él ya les hará un estado de alarma en la región respectiva y que se apañen. Esta actitud ante la situación más grave de salud pública que este país ha padecido desde hace cien años denota la impresionante capacidad de Pedro Sánchez de ser un absoluto incompetente y sin embargo no verse erosionado -al menos hasta ahora – por ello, ni un ápice, gracias al uso masivo directo e indirecto -a través de los medios afines – de la publicidad en la que miente con pasmosa naturalidad. 

Es un político brillante, en el sentido que brilla en su cinismo, falta de escrúpulos, principios e ideología muy por encima de cualquier otro. En el futuro habrá tesis doctorales sobre el sanchismo. En su compleja sencillez resulta imposible de explicar siendo del todo evidente. Fascinante, en fin. 

El viejo Borbón de parranda por el mundo y el hijo queriendo salvar su trabajo

15

08 2020

Que Juan Carlos de Borbón se vaya de viaje largo y diga que, mientras tanto, está a disposición de la fiscalía no vale nada, pues todos los ciudadanos lo estamos y dado que él dimitió del cargo que le daba la impunidad -según la interpretación cortesana de la Constitución: un disparate que atenta contra cualquier principio básico de la decencia pública, pero comúnmente aceptado por la aristocracia política– lo está como el resto de ciudadanos, esté en el país o -como casi siempre ha hecho a lo largo de su vida – gozando de los placeres mundanos en lejanas tierras. 

En efecto, resulta curioso que alguien pueda sorprenderse de que el Borbón viejo pase las próximas semanas o meses por ahí afuera de juerga. Porque es lo mismo que ha hecho desde que Franco lo hizo rey y hasta su dimisión -lo que los ñoños cortesanos llaman “abdicar la corona” – en 2014. Participaba en algún paripé familiar y/o oficial en Madrid, se hacía la correspondiente foto y partía a algún lugar a retozar con la amante de turno, pareja de hecho a veces y siempre a gozar de la vida fuera matando elefantes, esquiando, etc. A nadie importó durante décadas este comportamiento. Lo mismo que hacía su consorte griega, que lleva 50 años de residencia oficial teórica en Madrid y que aún así no sabe hablar bien el castellano. Lógico porque ha vivido mucho más tiempo en Londres con sus amantes y/o también parejas de hecho: al respecto hay que constatar el machismo ibérico todavía reinante en los medios de comunicación españoles que ya aceptan que él tuvo compañeras sexuales y/o sentimentales y en cambio no se atreven siquiera a insinuar la posibilidad de que ella hiciera lo propio, como si la pobre mujer debiera llevar desde 1976 -año de la separación de hecho del matrimonio – sin sexo. Monja royal, o sea. 

Así que, en resumen, Borbón viejo no hace ahora nada diferente a lo que ha hecho durante los últimos 45 años. Y si lo hace es porque puede, porque no existe ninguna cautela judicial que se lo impida. Por la obvia razón que ni la justicia española ni la suiza lo ha imputado, de momento. Es mentira que, como dicen los republicanos de salón, haya huido del país y se haya fugado de la justicia española. Si ésta o la suiza lo reclamase y no se presentase luego sí que sería un prófugo. Mientras, no. Que esté en Mallorca, Madrid, Ginebra, Abu Dabi, Dominicana, Suiza, Rusia, Turquía o se mueva sin cesar a bordo de algún barco de ultra lujo da exactamente lo mismo. 

Tampoco se entiende que alguien pueda suponer que porque Juan Carlos esté de parranda por el mundo la institución que ahora ocupa el hijo tenga mejor posición política. Los escándalos no se deben sólo a que el viejo haya hecho esto o lo otro y pueda ser ilegal sino, sobre todo, a que ha actuado con comporamiento vergonzoso en un Jefe del EStado y cobijado bajo una inmunidad que él ha convertido en impunidad con la aquiescencia de los gobiernos de turno y partidos mayoritarios,en una interpretación aberrante del precepto constitucional de inviolabilidad del monarca. 

La institución es, en fin, la misma con Felipe que con su padre. Sus carencias democráticas transcienden a su titular. Esto es lo relevante. El resto no da para más que, si acaso, el debate en algún plató deTele 5. 

La inexistencia de España en el País Vasco, su progresiva desaparición en Cataluña y la inexorable consecuencia de futuro

25

07 2020

Vuelve a recrudecerse el agriado debate sobre la identidad española, sobre todo en la corte madrileña. Ahora a cuenta de todo lo del padre del jefe del Estado. Aprovechando el gran favor que ha hecho el Borbón viejo a la causa republicana, ha revivido con fuerza el otro debate. Que si unos piden la reforma constitucional para asumir la plurinacionalidad, que si otros quieren la liquidación de las autonomías, que si los ‘indepes’ quieren el “derecho a decidir”, que si el permanente sí pero no de Pedro Sánchez – sobre esto y todo lo demás -…

Pocas cosas entretienen más -en política y, también a veces, en la barra de un bar – que el cruce de vehementes opiniones sobre la cuestión. Llevamos ya diecisiete años con la discusión. El 13 de noviembre de 2003 el entonces aspirante a la presidencia del Gobierno -que alcanzaría meses después, al ganar las elecciones de marzo del año siguiente -, José Luis Rodríguez, dijo, en un acto político de la campaña electoral catalana, que “apoyaré el proyecto de (reforma del) Estatuto que apruebe el Parlamento catalán”, lo que desató un aplauso unánime y fortísimo, entre vítores, del respetable, formado por unos 16.000 socialistas catalanes. 

A partir de ahí ya nada fue igual. La fuerza de lo que ahora se llama soberanismo se disparó al alza y la anulación de parte de ese nuevo Estatuto por parte del Tribunal Constitucional, en 2010, no hizo más que intensificar el debate. Hoy España en muchísimo más débil de lo que era entonces y el separatismovasco y catalán han ganado esa guerra política. Es verdad: ninguna de las dos regiones se ha independizado todavía, pero en ambas ya se ve la consecuencia de la victoria nacionalista.

Así es. En el País Vasco ya no existen apenas trazos españoles. Las primeras elecciones autonómicas vascas se celebraron el 8 de marzo de 1980. En estos cuarenta años transcurridos sólo en un 10% de ese tiempo no ha habido un gobierno nacionalista en la región. El cual, por cierto, no se atrevió a tocar ninguno de las esencias ideológicas y políticas del nacionalismo institucionalizado. En estas dos generaciones vitales y unas cuatro generaciones políticas transcurridas, España ha ido desvaneciéndose del País Vasco. No por perversión, no por voluntad de alterar, no por nada diferente a la lógica democrática. En 1980 votó nacionalismo el 64% de los vascos que participaron en los comicios, el pasado día 12 de julio lo hizo el 68%. Con esa realidad política que lo español fuera desvaneciéndose en el seno social era cuestión de tiempo. Como así ha sido. Hoy España ya no existe en la sociedad del País Vasco. 

En Cataluña el proceso ha sido diferente. Primero porque el nacionalismo catalán nunca ha tenido el concurso de la violencia política. Aunque quede bien decir que la violencia no sirve de nada, en realidad cualquier persona formada en el mínimo de historia política sabe que es un instrumento útil para la consecución de objetivos que de otro modo no tendrían ninguna posibilidad de conseguirse. Será rechazable desde la ética y sin duda es del todo inmoral, pero es eficaz y eficiente. Siempre y cuando, eso sí, tenga un suficiente apoyo social, como era el caso vasco. En Cataluña, sin embargo, el nacionalismo no quiso usar la violencia. Rehusó los intentos que se dieron -Terra Lliure, sobre todo – y optó por la vía de Jordi Pujol y su CiU: el pacto en Madrid aguantando al rey y al gobierno de turno cuando lo necesitaba a cambio de aumentar el autogobierno. Todo cambió hace diecisiete años. En aquel momento, unas nuevas generaciones vitales y políticas llegaban a las direcciones del nacionalismo político – CDC y ERC –, del PSC y del espacio a su izquierda -que mutaba de nombre continuamente y que recogía, en esencia, lo que hoy es Ada Colau y sus cosas -: por debajo de los líderes indiscutidos -Pujol, Maragall, Carod – Rovira… – sacaba cabeza una forma de hacer política desacomplejada. En el socialismo se hablaba con toda naturalidad de la España plurinacional. En el nacionalismo, de independencia. En la ultraizquierda, no se mostraban contrarios a lo que hoy es el llamado soberanismo. Esa nueva generación de dirigentes políticos ya no entendían España como ésta había sido. No porque fueran bichos raros sino porque la sociedad catalana, a lo largo de las cuatro décadas de autonomía, también -aunque menos que en el País Vasco – había ido desembarazándose de España. 

Así que cuando Rodríguez dijo aquello, en noviembre de 2003, la gran mayoría de los representantes políticos catalanes le aplaudió. De alguna forma acrisoló el “derecho a decidir”. Que al ser cercenado por el Tribunal Constitucional en 2010, esa sociedad que de veras creía en ese derecho adoptó el separatismo, sin esfuerzo alguno, de forma natural, porque, de hecho, ya era socialmente independentista en su mayoría aunque no políticamente. El nacionalismo mutó a la sazón a separatismo a las claras. Aún así, las décadas de pujolismo fueron y son un lastre para el avance político y electoral separatista: en las elecciones de 1980 el nacionalismo sumó el 42% de los votos y en la últimas el 47,5%, un registro que está muy debajo del vasco. Por eso todavía está inconcluso el proceso de desespañolización de Cataluña, pero está en marcha y dado que en Madrid no se enteran -o no quieren enterarse – ya se ha llegado a la superación del particular Rubicón independentista, en el sentido que ya no hay marcha atrás posible. Se puede retrasar el proceso pero es imposible revertirlo. De hecho todo apunta que avanza en progresión geométrica y en estos momentos ya hay encuestas que auguran la mayoría absoluta de votos independentistas en las próximas elecciones catalanas. 

Así las cosas, España ya es el País Vasco un mero cascarón sin nada español en su interior y sigue el mismo camino en Cataluña. Es mera cuestión de tiempo que la fuerza expansiva separatista rompa ambos cascarones. No se sabe cuándo pasará. Pero todo indica que en Madrid ya nadie duda de que así ocurrirá y de ahí que a lo único que aspira la cortes sea a retrasar lo inevitable lo más que pueda.

De Podemos a Izquierda Unida pasando por Unidas Podemos o del poderoso casi «sorpasso» a la posible irrelevancia

18

07 2020

Las elecciones regionales en el País Vasco y Galicia han resultado ser una hecatombe para Unidas Podemos. Por supuesto sus dirigentes han reaccionado demostrando la alta capacidad de auto mantenimiento que es característica en todas las jefaturas orgánicas siempre,con tan escasas como honrosas excepciones personales que huelgan en este caso. 

El ex de Podemos, Íñigo Errejón, ha aprovechado para expulsar todo el pus acumulado desde que Pablo Iglesias lo marginó para, acto seguido, segarle la hierba bajo los pies, de manera que cuando estuvo seguro de su extrema debilidad lo venció hasta la humillación en una especie de congreso. Ha dicho el ahora dirigente del movimiento unipersonal Más es Menos – que se inventó para seguir cobrando del erario público – que “Podemos ya no existe, lo que hay es Unidas Podemos que tiene el resultado de IU”, o sea Izquierda Unida. 

Es interesante la analogía que plantea Errejón. Aunque exagere, no cabe duda de que hay un poso de rotunda lógica en su diatriba. En efecto, cuando Podemos irrumpió en el escenario nacional, en las generales a Cortes de 2015 – dejando de lado, para el análisis, los anteriores comicios al Parlamento continental – , lo hizo con una fuerza descomunal – por el hecho de pasar de nada a 69 escaños y un 20% de votos, en su acumulado con los asociados regionales – que casi alcanzó el tan deseado “sorpasso” al PSOE, no tanto en escaños – pues los socialistas, gracias al sistema de circunscripción provincial que les favorece mucho, igual que al PP, se mantuvieron claramente por encima– como en sufragios, pues sólo quedó dos puntos porcentuales por debajo. La desilusión de aquella noche fue pareja a la alegría: ésta por los buenos resultados, aquélla por no haber vencido en votos al enemigo socialista. Se obligaban a entonar su cántico de “sí se puede” pero la verdad es que no habían podido superar al PSOE, tal era su gran y anhelado objetivo. 

La estrategia anterior era sencilla y conocida. Superar en votos al Partido Socialista e iniciar, como estaba pasando en Grecia, la aniquilación de su enemigo, igual que lo hacía Syriza con el PASOK en el país heleno. Sin embargo no pudo. Se quedó a muy poco de conseguirlo, es verdad, apenas a un millón de papeletas. Y si se le sumaba lo obtenido por Izquierda Unida, casi existía empate entre el conjunto ultra izquierdista, 5,2 millones de votos, en números redondos, y la socialdemocracia, 5,5. 

A partir de ahí la disyuntiva de Podemos era clara. O inclinarse todavía más a la izquierda mostrándose tal cual es, para imantar a IU y usarla de trampolín para un ulterior ataque al PSOE,o bien matizar al máximo su naturaleza ideológica a través de la práctica política moderada. Lo segundo era lo que reivindicaba Errejón. Lo primero, como se sabe, era la apuesta deIglesias y los demás actuales dirigentes. 

Para gran suerte del PSOE, se impuso Iglesias en la pugna doméstica morada. Si hubiera sido al revés, Podemos se habría convertido en vaso comunicante socialista. Un papel que no suele gustar a los dirigentes con ínfulas cesaristas como Iglesias, pero que los más inteligentes y pragmáticos, como es el caso de Errejón, suelen asumir como inevitable, convencidos, además, de que siempre es preferibles ser segundo del ganador que hipotético ganador del perdedor aun cuando uno mismo sea derrotado por el que dd veras gane -con perdón por el galimatías de ocasión -. Es el mismo fenómeno que más pronto que tarde afectará a Vox respecto al PP. En el caso de Podemos se impuso Iglesias, su radicalismo de fondo, verbo e imagen y fue desenmascarándose así ante los ciudadanos como un comunista típico, más todavía desde el momento en que compró a la decrépita Izquierda Unida, cuyo único militante y dirigente no tenía otro trabajo alternativo al alcance.

Desde la ruptura entre Iglesias y Errejón el sino electoral del partido morado no ha sido otro que la pérdida cada vez más intensa de apoyos populares. No puede extrañar. La sociología del país no da para partidos comunistas ni fascista -por fortuna para la democracia y las libertades; y por mucho que ahora pueda parecer contrario con Vox, pero también éste seguirá, ya se ha dicho, el mismo camino de Podemos -, al menos no en versiones electorales ganadoras. Sí que hay espacio para que, como bien decía Errejón, Unidas Podemos vaya degradándose hasta convertirse en algo semejante a Izquierda Unida, igual que en la derecha Vox mermará hasta ser una copia de Alianza Popular -haciendo abstracción, a efectos delpresenteanálisis, que ésta fue el origen del PP – para dejar más espacio centrista aPablo Casado. 

Lo que ha acontecido en las elecciones vascas y gallegas, en fin,no es otra cosa que la confirmación de la aceleración de este proceso de transmutación política y electoral del antiguo poderoso Podemos en la escasa Izquierda Unida pasando por el actual Unidas Podemos declinante.

Fray Junípero, los derribos de estatuas, el pasado colonial, la historia y los idiotas

23

06 2020

El movimiento contra los monumentos ensalzadores de la colonización y el ulterior aniquilamiento cultural y humano de los pueblos colonizados hace cuarenta años que está creciendo en el Norte de América -tanto en Estados Unidos como en Canadá y, más reciente, en México y otros países más al sur– y sus motivaciones de fondo sólo son discutidas por la ultraderecha en aquel país -que no es poca – que se siente directa descendiente de los europeos y que desdeña a los indios o, en lenguaje políticamente ridículo al uso, “a las naciones originarias”. 

Esta contracorriente ultraderechista usa la historia como elemento político que lanzar contra esa izquierda a la que aborrece y que identifica como la responsable de todos los males, tanto de las manifestaciones contra un asesinato racista como, para el caso, de los derribos de las susodichas estatuas. 

En España pasa más o menos lo mismo. Cuando el movimiento a favor de una razonable interpretación histórica de la colonización americana empezó a cuajar -pidiendo, entre otras muchas cosas, que la fiesta nacional no sea la del inicio de la colonización de aquel continente, una ofensa gratuita para millones de los descendientes de los colonizados – enseguida se activó su contrario, que ha dado grandes fabuladores, como la ínclita María Elvira Roca Barea con su fantasiosa obra Imperiofobia y la leyenda negra, destrozada por insignes historiadores pero que a despecho de cualquier evidencia se ha convertido en musa -y su obra en biblia – del más desgastado españolismo que glorifica todavía que lo de América no fue una colonización sino la obra de apóstoles y civilizadores. Son los mismos que hablan de la batalla de Covadonga -supuestamente ocurrida en 722 – como inicio del largo proceso de victoria ante los moros, cuando en verdad no fue – de haber sido algo – más que una de las miles de escaramuzas que se daban en la frontera y que por tanto no existió com tal “batalla” más que en la fantasía cristiana que se la inventó -fue creación política del rey Alfonso III en el año 900 – como gesta seminal de la mal llamada Reconquista, término acuñado en el siglo XIX de forma intencionadamente errónea, pues mal podían “recuperar” los reinos cristianos lo que no fue suyo antes.

Esta utilización perversa de la historia que hace la ultraderecha en el fondo es la misma que hace cierta ultraizquierda para justificar los ataques a estatuas de Fray Junípero -entre otros colonizadores – y la crítica de trazo grueso al conjunto de la colonización americana, asumiendo la leyenda negra como si fuera cierta, cuando en verdad fue inventada -a partir del siglo XVI – bien a posta como operación propagandística – en los Países Bajos, Inglaterra, Francia… – contra el imperio español. 

Habría que dejar a los historiadores debatir sobre esos aspectos tan sensibles de la historia que se usan como elementos políticos e ideológicos. Nunca pasará, por supuesto. Pero si al menos consiguiéramos que tantos y tantos idiotas de ultraderecha y ultraizquierda hicieran un cursillo de iniciación a la historia aprenderían que la primera lección es no juzgar con valores de hoy el pasado. Lo cual no significa que no se deba aprender ese pasado con los valores de hoy. Si se aprecia la diferencia se entiende cuán estúpidos son los derribos de estatuas y, sin embargo, se entiende por qué el Museo de Historia Natural de Nueva York ha mostrado el camino que debería seguirse por todo. No se trata de volver a escribir la historia, que es la que ha sido, pero sí de aprender que el blanco de hoy, como epítome europeo, no tiene culpa pero si puede pedir excusas – no perdón, que no es lo mismo – al comprender el dolor que causó la colonización americana -como las otras, sin duda, de las que no se habla apenas: la asiática, africana… – y, por ende, empezar a retirar – y colocar en museos a posta – los monumentos -como la estatua de Fray Junípero – que ensalzan el pasado colonizador, al margen de si una estatua equis es la de quien fue un asesino o una bellísima persona porque fuera una cosa u otra formaba parte por igual de la operación colonizadora. Tan simple como esto. Tan difícil como esto. 

Ultraderecha, ultraizquierda y qué pasaría si España no estuviera en la Unión Europea: el fin de la democracia

14

06 2020

Estamos en la Unión Europea (UE),un paraguas institucional que nos guarece de la lluvia ácida que en Madrid se fabrica y se arroja hacia todo el país. Si no fuera por la UE la situación política nacional, tan degradada, podría estar amenazando en serio con provocar enfrentamientos algo más que verbales. Nunca en cuarenta años de democracia se habían vivido episodios iguales a los actuales. La tercera y la cuarta fuerza del país están lanzadas en pos de la confrontación mutua, convencidas que así se ayudan la una a la otra a debilitar a su respectivo aliado y enemigo. Y la primera y la segunda tienen unos supuestos líderes tan inútiles que si se percatan de ello hacen como si no fuera así. Sólo Inés Arrimadas parece haber entendido – ¿demasiado tarde? – qué es hacer política, al no seguir la senda de Albert Rivera – con sus castillos en el aire-, al parecer dispuesta incluso a inmolar su carrera, si es que le quedaba alguna.

Tanto la ultraderecha como su hermana la ultraizquierda se han quitado las caretas y aunque siguen con las imposturas que son costumbre en ellas dejan ver sus reales objetivos, tanto el táctico como el estratégico. El primero es el comentado, el ataque desaforado de una contra otra con el convencimiento de que así debilitan al prójimo respectivo. Cuando Vox eleva el tono hasta el insulto y no critica el Gobierno de PSOE sino que lo acusa de estar atado a Podemos por delirantes motivaciones y de actuar con dolo en su incapacidad en la gestión de la crisis sanitaria – de su incompetencia no hay duda, aunque sí de la intención criminal, que huelga – en realidad lo que está haciendo es, a costa de llegar al absurdo en el ataque, intentar acotar la posición del PP, pretendiendo que se escore todavía más a la derecha para así poder morderle en el futuro con mejores resultados que hasta ahora, por aquello que ante la confusión de mensajes siempre le va mejor en votos al original, que este caso es, claro, el neofascismo, pues la derecha democrática nunca podría igualar, por mucho que se escorase, la pureza antidemocrática de Vox. Y en cuanto a los de Podemos, es lo mismo pero en el otro ámbito ideológico. Sus desaforados ataques a las dos derechas buscan, por un lado, igualarla toda en una y, por otro, satisfacer a su parroquia neocomunista. Pensando, al mismo tiempo, que así condenará al PSOE a quedar fijado en la izquierda del populismo de los imposibles, cosa que le perjudicaría y sería posible al fin superarle, que de hecho es la razón de ser morada – ¿se acuerdan del famoso “sorpasso” del que, al modo griego, tanto se habló en 2015?-, con el callado objetivo de dejar a los socialistas en la irrelevancia, no en vano son su enemigo, tal y com siempre ha sido para el comunismo histórico el socialismo democrático. 

El objetivo estratégico, pues, de los hermanos ultraderechista y ultraizquierdista es meridiano y compartido: debilitar a los dos partidos de gobierno, el PP y PSOE, con el ulterior deseo de futuro de cambiar de arriba abajo la democracia hasta dejarla reconvertida en un sistema que de ella tenga poco, muy poco. Al fin y al cabo, tal y como enseña la historia contemporánea, tanto el comunismo como el fascismo -y hoy sus ‘neo’ respectivos,que son en España Podemos y Vox – no han dudado nunca en colaborar entre sí, cuando les ha convenido, para cargarse las libertades que son su objetivo último a batir. Incluso enfrentándose a muerte, si ha sido necesario, para así fortalecerse mutuamente –como hicieron en la República de Weimar, en laTercera República francesa, en la monarquía parlamentaria británica coetánea a las dos anteriores, en nuestra Segunda República… – en su empeño de hundir las democracias. 

Menos mal que no estamos, como se decía al principio, fuera de la Unión Europea – no es casualidad al respecto, por cierto, que ambos movimientos extremos también estén hermanados por su euroescepticismo -, porque si no este país embocaría hacia una situación muy peliaguda y potencialmente letal. Desde luego no es por la altura de miras y capacidad de liderazgo político de Pedro Sánchez y Pablo Casado que nos vamos a salvar de condenarnos al terrible futuro que sería volver a nuestro dramático pasado.