El turismo, los turismofóbicos, los turismofílicos y los aristócratas políticos

13

08 2019

Cuando llega el verano ya es tradición, desde hace un par o tres, que los jóvenes catalanistas de Arran ocupen las portadas de los diarios y aperturas de informativas de radio y televisión por sus acciones contra el turismo. Es la turismofobia, según acuñó un ministro turismofílico del PP para designar a los críticos con este negocio. Este año los radicales juveniles han ascendido en la escala cualitativa de sus acciones, haciéndolas imposibles de aceptar en un Estado de Derecho. En el que la propiedad privada no puede ser asaltada de esta forma, por muy crítico que se sea contra lo que se quiera. Ya se ocupará la policía y en su caso la justicia de esclarecer lo acontecido y dirimir responsabilidades, si las hubiere. Mucho más importante es la cuestión política que refleja el incidente turismofóbico. Y en la que cabe enmarcar también las numerosas manifestaciones – de empresarios y políticos- turismofílicas que atacan con saña a los turismofóbicos. 

Unos y otros, turismofóbicos y turismofílicos, consiguen desviar la atención pública, que de esta manera se focaliza sobre los aspectos marginales – que si Arran no sé qué, que si los cruceros no sé cuántos, que si… – de un problema muy serio, el turístico, que nuestros aristócratas políticos – PSOE, PP, Podemos, Ciudadanos, Més per Mallorca, PI, Vox, Més per Menorca y Gent per Formentera – no quieren afrontar. Harán lo que sea para evitarlo. De hecho ya lo hacen: niegan que exista. Y dado que en los últimos tiempos Arran y los representantes de la turismofilia – patronal de cruceros, hoteleros, patronales en general…- centran la atención y así les dan la excusa para seguir pasando un año, otro y otro y otro… sin ni siquiera reconocer lo obvio: que tenemos un grave problema turístico. 

Y sí, existe tal problema. El modelo actual de explotación turística balear no es que esté amortizado para el conjunto social, es que es nocivo. Ya no crea riqueza social por mucho trabajo -de dudosa calidad, por otro lado – estacional que genere. Es verdad que vivimos del turismo, cómo negarlo. El problema, grave, es que cada vez vivimos peor de él. Nos está empobreciendo. Nada mejor que la escala de PIB por cápita para entenderlo: hace 20 años disputábamos a Navarra y Madrid la condición de región con ese índice más alto. Hoy ocupamos el séptimo lugar. Otro dato que avala la afirmación: entre 2008 y 2018 el PIB balear se incrementó un 16%, lo que para los turismofílicos es la prueba que el turismo nos enriquece. Ya, pero ¿a quién? Porque resulta que el PIB por cabeza se quedó en un aumento del 4%. En términos absolutos no cabe duda de que algunos se han enriquecido muchísimos en los últimos diez u once años gracias al modelo actual de explotación turística. Pero en términos relativos el turismo actual nos está empobreciendo, entendida la primera persona del plural como la sociedad balear. 

Porque ese pírrico incremento del 4% ha supuesto para el total poblacional un incremento brutal del gasto público para hacer frente a la progresión demográfica fruto de la inmigración que viene a buscar trabajo atraída por esa supuesta gran riqueza que aquí eclosiona cada año gracias al turismo. En ese mismo período de tiempo el número de residentes en el archipiélago ha aumentado en un 20%. Mientras que la progresión del número de turistas entre 2009 y 2019 ha ido de los 11,5 millones a estar por encima de los 16, casi un 40% más. Uno y otro dato estadístico muestran una realidad salvaje. Es una barbaridad. No existe sociedad civilizada que no controle desde las instituciones públicas crecimientos como estos, porque el descontrol asegura la injusticia social. Aquí a nadie importa nada. 

En Baleares crece mucho el número de turistas, crece muchísimo la población y la riqueza relativa está cayendo. ¿Cómo se entiende? Fácil. La riqueza se concentra en unas pocas manos y los costes de generarla van a cargo del conjunto social. Privatizar los beneficios con ayudas públicas y socializar las pérdidas o, para el caso, los costes. Esta es la única política económica que de veras se practica en Baleares, tanto si gobierna la izquierda como la derecha. 

Y a todo esto, el modelo turístico no sólo nos empobrece de forma relativa sino que de manera absoluta nos obliga a vivir peor. O sea, perdemos calidad de vida a chorro. Tenemos sobre las carreteras unos 90.000 coches de alquiler, que es un sinsentido que junto al disparatado parque móvil residencial y comercial nos sitúa a la altura de Hong-Kong y otras zonas por el estilo en cuanto a vehículos por habitante. Todo un logro sin duda. Vivimos saturados por los vehículos: ¿esto es riqueza? No, es calidad de vida en descenso. Pero a todos los políticos -sin excepción alguna – les importa un bledo. Fíjense: en la capital española se discute por si el “Madrid Central” sí o no, pero la peatonización de buena parte del núcleo capitalino no se volverá atrás. ¿Alguien ha oído a algún dirigente socialista, podemita o mesista de Palma decir que quiere imponer en nuestra capital regional algo semejante a lo que acepta el PP para Madrid? No, claro, de ninguna manera. Aquí el que manda es el coche. ¿Esto es vivir mejor? Pues no. No existe ninguna voz -en el mundo – con un mínimo de credibilidad en el análisis urbano que así lo afirme. 

No es sólo esto, por supuesto. Hablemos del agua. Llevamos un déficit de lluvias enorme en los últimos meses. Pueden apostar a que dentro de nada nuestros maravillosos políticos nos dirán que la ahorremos. ¿Pero alguien obliga a los empresarios turísticos – hoteleros, pero no sólo, también los de todos los negocios que se llaman complementarios – a pagar muchísimo más por ella -un gravamen de castigo, sí, claro que sí- porque cada turista gasta -según un estudio hecho y publicado por la UIB- de media por persona y día la friolera de 500 litros mientras que un residente no pasa de 180? No, ni se imponen impuestos sociales a esa locura del gasto hídrico turístico sino que en la práctica se responsabiliza -a través de esas estúpidas campañas de ahorro individual – a los residentes. 

Y así podríamos seguir con otros ejemplos – contaminación, coste de mantenimiento de la red viaria, coste de desalinizadoras y potabilizadoras, erosión litoral, saturación humana… -, pero no es necesario, en realidad. Lo que emerge tras los datos fríos es que el turismo, que tradicionalment había sido en nuestra región un enorme negocio para unos pocos y un buen sistema económico para la inmensa mayoría, mudó, hace una docena de años, a lo que es hoy: un sistema de generación de fabulosas riquezas para unos pocos a cambio del empobrecimiento relativo de la mayoría de cada uno de nosotros y absoluto para el conjunto social. 

A la vista de estos datos se entiende muy bien que nuestra aristocracia política no quiera aceptar que tenemos un serio problema con el turismo. Si lo hiciera deberían plantearse qué hacer. Posibilidad que le aterroriza. Por eso seguiremos cómo estamos. Y mientras tanto nos seguirán entreteniendo, cada verano, con los turismofóbicos y los turismofílicos.

Sánchez, Iglesias, el socialismo, el comunismo y la investidura

26

07 2019

Con el estallido de la Primera Guerra Mundial se produjo el cisma en el movimiento socialista. Una parte, los partidos que actuaban en países democráticos, sobre todo, se mostraban partidarios de dar apoyo al esfuerzo bélico de la respectiva nación, mientras que los otros rechazaban el apoyo al gobierno de cualquier país en guerra. Las diferencias no eran nuevas, de hecho desde la creación de la Segunda Internacional, en 1889, las dos ramas del socialismo – reformista y moderada la una, radical y revolucionaria la otra- ya habían chocado. En síntesis se trataba de aceptar la democracia, de ahí lo de ‘socialdemocracia’, o de rechazarla por considerarla igual a cualquier otro régimen de los existentes en Europa, como los aristocráticos, tal y como defendían los comunistas. 

A partir de esa ruptura, el comunismo no cesó de degenerar hasta llegar al paroxismo perverso con Stalin en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y con Mao Tse Tung en la República Popular de China, los dos regímenes más abyectos de la historia de la humanidad, que vencen por méritos propios sangrientos y abominables al nazismo y el fascismo en cantidad de bestialidades, si bien en cualidad de ignominia humana y política son todos iguales, hermanos. El comunismo proyectó su degeneración hacia otros países, incluso hoy en día existen epígonos patéticos en Corea del Norte, Cuba, Venezuela… Y la misma China actual, culmen de lo peor del ser humano: un capitalismo sin control humanitario alguno multiplicado por la dictadura comunista, una brutal aberración como nunca conoció el mundo, se ha convertido en una potencial mundial y extiende su influencia por África y Latinoamérica.

En la Europa democrática de la década de 1970 se alumbró el eurocomunismo como opción política que pretendía acercarse al socialismo y que rechazaba el totalitarismo de la URSS y la China. En los años ochenta pareció que iba a imponerse al decrépito comunismo tradicional y con la implosión de la dictadura soviética todo indicaba que el comunismo ortodoxo moría. No fue así. Se rehizo bajo otras formulaciones y en muchos países democráticos fue pervirtiéndose de nuevo al abandonarse otra vez a la obsesión contra la democracia y por ende contra la socialdemocracia.

A partir de ahí, allí donde pudo el comunismo trató de destrozar a la socialdemocracia, a la que siempre ha despreciado, aceptando la democracia como mera táctica con la intención de liquidar el socialismo democrático y sobre sus ruinas asaltar el poder. Nunca lo ha logrado, afortunadamente. 

En España representó como nadie esa nuevo retorno al pasado Julio Anguita, secretario general del Partido Comunista y coordinador general de Izquierda Unida. El ídolo y referencia política de Pablo Iglesias, según él mismo ha dicho en numerosas ocasiones. 

Cuando los dirigentes de un partido político blanden a Anguita como referente, a la bandera roja con guadaña y martillo -sí, ya sé que no eso del todo, pero casi -, cantan con el puño en alto La Internacional, muestran carteles de Lenin y nunca han querido condenar el estalinismo o el maoismo, la probabilidad de que ese partido no sea comunista tiende a cero. Y el comunismo nunca jamás ha sido, ni es ni será democrático. Actuará bajo una democracia, dirá que la acepta pero en verdad siempre la combatirá. Y en ese combate el primer objetivo táctico es la destrucción del enemigo, o sea del más cercano: la socialdemocracia. 

Así las cosas, a nadie puede extrañar que a Podemos, como partido neocomunista que es -por mucho que, es verdad también, en él haya gentes que puedan ser demócratas, igual que en Vox los habrá, supongo, a pesar de que su cúpula es neofascista-, y a Pablo Iglesias, como líder del neocomunismo español que es, les cueste horrores pactar con el odiado PSOE, que para ellos no es más que esa socialdemocracia a la que hay que combatir, a la que hay que dar “sorpasso” para sobre sus ruinas “asaltar el cielo”. 

Puede ser, todavía, que el vértigo que sienten ambos partidos ante la posibilidad de elecciones anticipadas les lleve a un pacto de no agresión, como los ha habido muchos y variados entre enemigos irreconciliables a lo largo de la historia, mismamente entre el nazismo y el comunismo o, en la España de los novanta entre el comunista Anguita y el ex falangista José María Aznar. Sí, tal vez aún vayan a coaligarse para gobernar el PSOE y Podemos, pero como demuestran todos los ejemplos de acérrimos rivales que han pactado, el acuerdo duraría poco. 

Sánchez, Iglesias, Rivera y la investidura

05

07 2019

España es un sistema parlamentario y por tanto lo lógico sería que los gobiernos reflejaran la mayoría política que a cada legislatura existe en el Congreso. Y que para tener estabilidad gubernamental el grupo parlamentario mayoritario se apoyara sobre otro, o más, con el que compartiese el Ejecutivo. Así funcionan por normal general el resto de sistemas parlamentarios. Y es lo lógico porque el gobierno en este tipo de sistemas emana no de forma directa del voto de los ciudadanos sino del Parlamento, por ende el poder ejecutivo refleja la composición existente en la mayoría del poder legislativo. Pero en nuestro país nunca se ha puesto en práctica este sentido común político y los sucesivos presidentes del Gobierno -Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo Sotelo, Felipe González, José María Aznar, José Luis Rodríguez, Mariano Rajoy y, ahora, Pedro Sánchez – han huido de hacer coaliciones gubernamentales cuando no han tenido mayoría absoluta. No se sabe muy bien por qué. Parece como si lo entendieran como una especie de deshonor o humillación, o vayan ustedes a saber qué exactamente. Y así estamos, otra vez. Con un aspirante a ser investido que se niega en redondo a coaligarse con el más próximo ideológicamente, Podemos, aduciendo tonterías sin fin, sin razón alguna. 

Desde el PSOE se exige que invistan a su líder sin dar nada a cambio. Hay que ser jeta. Sería de risa si no fuera tan importante. Estamos sin Gobierno en plenas facultades y corremos el serio riesgo de seguir así al menos hasta septiembre, si es que, incluso, la sinrazón no nos lleva de nuevo a elecciones anticipadas en noviembre. Más o menos se repite la situación de 2015, tras aquellas elecciones que generaron el “no es no” de Sánchez que ahora exige que no le escupan talmente como él hizo entonces contra Rajoy. 

La situación absurda se supera cuando desde el mismo Gobierno y el PSOE, así como desde medios de comunicación cercanos, se llega a exigir al mismo tiempo a Albert Rivera – como alternativa al apoyo de Podemos, como si fueran intercambiables y por tanto semejantes ideológicamente- que pacte con ellos o les regale la investidura, a la vez que Sánchez no tiene problema en buscar alianzas fácticas con aquellos que Ciudadanos no sólo detesta, es que considera sus enemigos. La caradura de la cúpula socialista es pétrea. 

Lo normal, lo lógico, sería que el PSOE pactase un Gobierno de coalición con Podemos que obtuviera el apoyo de los nacionalistas. Entestarse en que los morados no tengan ministros huele que apesta a presiones extra parlamentarias que en una democracia no sólo hieden sino que son aberrantes. Y si Sánchez no quiere aliarse con ellos, pues que sea consecuente, se deje de pactos regionales con Podemos y ofrezca a Ciudadanos un pacto de centro-izquierda con todas las consecuencias: acuerdo programático, ministros… 

El problema es que Sánchez no quiere a Podemos ni tampoco a Ciudadanos. Sólo se quiere a él y por eso exige que le invistan por la cara. Por su cara. 

Puede que así ocurra. O no. En cualquiera caso, sería bueno para todos que a pesar del cesarismo que padece, incluso Sánchez gozara todavía del mínimo resquicio de cordura política que le permitiera entender que vivimos en una democracia parlamentaria y que aunque es – desgraciadamente- una monarquía, el coronado es otro.

La presión de Sánchez a Rivera, la investidura y el no naranja

25

06 2019

Desde muchos flancos se está presionando a Albert Rivera para que no cumpla la promesa de no pactar con el PSOE. Y que permita la investidura de Pedro Sánchez. Estamos ante un episodio llamativo. Porque no es nada habitual esta intensidad generalizada en el interés en que un partido incumpla la palabra dada. Lo cual es curioso de narices porque se pretende que Ciudadanos sea incoherente. Hasta ahora se suponía que lo bueno en política era lo contrario, ser coherente. No es verdad porque no siempre es lo mejor y a veces incluso es terrible: no en vano los grandes dictadores de la historia – Hitler, Stalin, Franco, Castro…- han sido personajes muy coherentes, tanto que han dado, literalmente, miedo. Esto no obstante, resulta en extremo llamativa la crítica que se le hace por este motivo a Ciudadanos. Pero esto no es lo más relevante.

Lo es mucho más, relevante, que estemos ante una operación de tal magnitud y tanta desfachatez que incluso implica al presidente de la República francesa. Increíble. Qué diría el mesié si ocurriera algo semejante al contrario, con un presidente de Gobierno español metiéndose en qué estrategia de pactos deberían seguir los partidos franceses para formar su ejecutivo. La grandeur se revolvería en su tumba llamando a los enfants de su patrí a coger las armas y pasar al sur de los Pirineos otra vez. En fin.

A ver: Rivera es un político desastroso que ya hace tiempo que ha superado con creces el límite de su capacidad. Lo ha demostrado muchas veces. Su ignorancia es ya legendaria – lástima que haya terminado con la cantinela, que duró muchos meses, de exigir la reforma de la ley Electoral para cambiar las circunscripciones de los comicios a Cortes, sin saber que la cosa está fijada en la Constitución – lo cual multiplicado por su infinita soberbia – jefe de la oposición, se ha investido la criaturita: de alucine – e inconsistencia – de pactar con el PSOE a hacerlo con la ultraderecha en tres años – da como resultado un nefasto personaje. No obstante esta vez tiene razón. No tiene motivo alguno para investir a Sánchez. Y bien lo sabe él porque es como el socialista. Tan ignorantes como soberbios son los dos. Vale, el naranja no copia tesis doctoral alguna e incluso le recrimina esto al otro cada vez que puede, pero es que lo hace justamente porque al ser los dos iguales sabe lo mucho que al socialista incomoda, enrabieta y revuelve las entrañas que lo haga. Y por este mismo motivo dado qué haría él si estuviera en el lugar del Sánchez – recibir los votos del PSOE y luego traicionarle – sabe qué es exactamente lo que llegado el caso resolvería hacer el aspirante a ser investido.

Además, es ridícula la pretensión de los críticos de Ciudadanos que son favorables a votar a Sánchez. Es de una ingenuidad impropia de políticos de primera línea. Porque no serviría de nada. Lo único que interesa al líder del PSOE es la investidura y una vez conseguida estará libre de ataduras, por mucho pacto que haya mediante. Lo único que podría condicionarle de forma seria sería contar con ministros díscolos y por eso no quiere, por cierto, a los de Podemos. Por esta misma razón si Ciudadanos le diera el voto a su investidura lo único que conseguiría -dado que no tendría ministros- sería que no se apoyara en nacionalistas y Podemos para ese paso en concreto pero nada le impediría hacerlo más adelante, esto o cualquier otra cosa que le conviniera luego.

Por tanto, por una vez, que Rivera quiera cumplir su palabra es del todo lógico. Aunque también es verdad que de poco le va a servir, porque su pretensión de disputar el liderazgo de la derecha al PP – que es la única razón que le guía, nada en absoluto le interesan otras cuestiones – es tan pueril como casi todos los excesos escenográficos que definen al vacuo personaje, cada día que pasa más émulo de Pedro Sánchez.

Borbón y la decrépita monarquía española sin parangón europeo

11

06 2019

La representante de Junts per Catalunya, Laura Borràs, fue a La Zarzuela a rendir visita protocolaria al Jefe del Estado a cuenta de la reglamentaria designación del aspirante a ser investido presidente del Gobierno. Que la reunión fuera debida al protocolo establecido no obsta para que también tuviera profundidad política. La separatista explicó luego del encuentro que comunicó al no electo que “en Cataluña no tenemos rey” y otras lindezas por el estilo que sirvieron de munición a la prensa cortesana para atacarla, como es casi por protocolo obligado. El encuentro, o quizás más preciso sería decir la topada -al menos verbal-, pues el Borbón entró al trapo, haciendo gala de su archiconocida inteligencia y perspicacia, propia del “más preparado” de los jefes de Estado patrios habidos – ahí es nada lo que han filtrado que le dijo a la ‘indepe’, como si de un magno estadista se tratase: “prefería al Puigdemont alcalde…”: para desternillarse- no fue una mera anécdota protocolaria.

Y no lo fue porque es cierto, como dijo Borràs, que la decrépita institución que representa Borbón está en la práctica desaparecida en Cataluña y va desvaneciéndose en el resto de España también, afortunadamente. El pasado abril se publicaba la encuesta del Centro de Estudios de Opinión (CEO) que aseguraba que el 75,9% de los entrevistados en el Principado preferirían la república a la monarquía como forma de Estado -casi siempre se le denomina “forma de Gobierno”, pero por obvias razones es más precisa la otra formulación- y sólo el 12,3% se manifestaba a favor de ese anacronismo institucional. Podría suponerse, acaso, que al ser el CEO un organismo de la pérfida Generalidad, el sondeo, como suele hacer el CIS en relación al Gobierno nacional, pretendía favorecer las tesis independentistas del Govern de Quim Torra. Y podría ser así, sin embargo existen otros datos que van en la misma dirección. Y no sólo en Cataluña. Por ejemplo, el servil CIS no pregunta desde 2015 en sus estudios demoscópicos por esa cuestión a los ciudadanos a los que interroga, no sea que le digan lo que el Estado considera inconveniente y ponga en situación incómoda al “más preparado”. Otrosí: un diario nacional digital publicó en enero pasado una encuesta que se resumía en que el 43% de los españoles apoya la monarquía por el 42% que la rechaza. Y una web de análisis políticos y demoscópicos, electomania.es, lanzó en julio del año pasado que el monarquismo en España lo padece todavía un 49,9% de los ciudadanos, mientras que de él se ha curado ya el 47,4%.

Cada cual puede tomarse estos datos cómo quiera, por supuesto, y hay que respetar el derecho de cada persona a opinar lo que le apetezca, sin duda, sin embargo a la vista de estos datos demoscópicos cabe preguntarse qué grado de salud democrática tiene un país que hurta tal debate político sustancial y quiere evitar cómo sea su contraste en las urnas a partir de la presunción – del todo errónea o perversa, según los datos dichos- de que no hay por qué pues en general está aceptada.

No existe parangón en la Europa coronada de trato semejante. Y es que por mucho que la propaganda hispano monarquista lo pretenda, la corona española no es comparable a las monarquías constitucionales europeas. Es diferente a ellas por origen, actitud e ideología. Y por eso mismo se la esconde bajo montañas de silencio, se le intenta evitar la crítica, se hurta el debate sobre ella, se fantasea con que es homologables a las demás europeas y se la pretende, en fin, sagrada.

En efecto, en cuanto al origen, todas las de los otros países de la Unión proceden de tiempos inmemoriales y en la contemporaneidad jamás se alinearon con los fascismos -y menos, claro, con sus primos hermanos, los comunismos-; de hecho las que lo hicieron – como la italiana- desaparecieron, mientras que la hispana fue creada por el fascista régimen de Franco y aceptada por Borbón – padre del actual – en 1969, tal y como Borbón abuelo – padre del padre- dejó claro con el rotundo rechazo público a la invención de esa corona por parte del dictador y a la aceptación que de ella hizo su hijo; y en nada desdice esta realidad histórica que el viejo Borbón acabara – a la fuerza ahorcan, como suele decirse- por renunciar a sus derechos a la corona – en 1977, tras 9 años de la invención de la franquista que se puso su hijo- que le confería la dinastía legítima. Se vio forzado a ello pues la de Franco y Borbón hijo era la vigente, la oficial, la legal, la políticamente tangible y la que al fin y al cabo ya se había impuesto. La misma que a pesar de que al año siguiente fuera pretendidamente blanqueada – a través de la supuesta fusión de ambas- por la Constitución, en realidad, por debajo del blanqueo, sigue supurándole su originaria negrura.

Tampoco la actitud del titular hispano – del actual y de su predecesor- se puede homologar a la de sus compañeros de profesión hereditaria de la Unión. En Gran Bretaña, Suecia, Dinamarca, Holanda, Bélgica y Noruega – dejaré de lado las peculiares empresas familiares que están coronadas: Mónaco, Luxemburgo y Liechtenstein- si quien personaliza la respectiva monarquía no informara – sólo por poner un único ejemplo- de dónde pasa las vacaciones y qué cuestan al contribuyente -no hablemos ya sobre cuánto dinero recibe y en qué exactamente lo gasta- durarían apenas días en el cargo. Aquí se pretende que la opacidad es lo normal. No lo es. Es lo contrario. La excepción en Europa. A no ser, claro está, que se compare la corona borbónica con las de las tres empresas coronadas. ¿O es que son éstas el verdadero espejo de la española?

Y, por si algo faltaba, está lo del alineamiento político e ideológico de Borbón hijo, insólito en Europa, quizás con la excepción puntual de aquel colega suyo belga que no quería firmar una ley que no le gustaba – la del aborto – y que por eso dimitió unas horitas, en 1990, para no rubricar la norma aprobada. Cruel para Borbón es el contraste con el caso británico. La reina de Albión es muy probable que no sea laborista, pero nunca ha ofendido a los millones de sus ciudadanos que confían en esa opción política optando por la contraria. Y se me dirá: pues igual que Borbón, que no opta por un partido u otro. No estoy tan seguro. Sigamos con la comparación británica. El Partido Nacional Escocés ha anunciado que intentará aprobar una ley en el Parlamento regional para otra vez convocar un referéndum de independencia. Ni un gesto ni una palabra de la coronada. Ya pasó igual en 2014. Y a la sazón, a pesar de que la ley que unifica el reino -el Acta de Unión de 1707: “por siempre” – prohibe la posibilidad de la separación y por tanto pudiera haber sido impedido el referéndum por el gobierno de Londres, el primer ministro de entonces, David Cameron, dijo ante la Cámara de los Comunes que “la ley me faculta (para prohibir el referéndum) pero la democracia” le aconsejaba “aceptarlo”. Una actitud que en Madrid, claro está, consideran una locura: la democracia y la libertad por encima de una ley: ¡intolerable!. Y la reina, por cierto, nunca dijo ni una palabra ni mostró si siquiera un mohín de disgusto, ni por ser ilegal la convocatoria primero ni por naturalizarla el gobierno, después, a pesar de ser la Jefa del Estado del Reino al que se le supone que desea mantener ‘Unido’. Porque la potencial independencia de Escocia no es asunto suyo. Tendrá su opinión personal, pero como institución no debe expresarla porque -como en el resto de monarquías de la Unión que no son empresas – nada, ni siquiera la posible separación de un trozo del territorio del país, es motivo de intervención política de la corona. En España el “más preparado” sí que ha intervenido, y de qué manera, alejándose de la debida neutralidad política.

La monarquía hispana, en fin, no es comparable a ninguna otra de las seis que funcionan como verdaderas coronas constitucionales. Al contrario de la que todavía padecemos las otras están inmaculadas en su relación con la democracia, son transparentes en su funcionamiento -sobre todo en lo relacionado con los dineros- y son neutras políticamente. Por eso mismo la decrepitud de la que nos aqueja va emergiendo cada vez a ojos de más y más ciudadanos, como nos muestra la demoscopia, a despecho de la voluntad de sacralizarla, que es, por cierto, la forma más efectiva de condenarla.

El 26 de mayo europeo, Sánchez, Puigdemont y la negociación

27

05 2019

Después del gran éxito cosechado en las elecciones generales, Pedro Sánchez necesitaba rematar la faena el 26 de mayo, en las locales, autonómicas y europeas, para consolidar su poder institucional y, también, para reforzar su propia posición política para afrontar la delicada negociación con los independentistas catalanes.

Sanchez ha dejado entrever una parte de su estrategia negociadora, a través de sus terminales mediáticas. Quería que el 26 de mayo supusiera una meridiana victoria de ERC en las europeas en Cataluña ante la lista de Carles Puigdemont, con el objetivo ulterior de que también le venciera en los comicios autonómicas catalanes, sea cuándo éstos sean. De esta forma Puigdemont quedaría aislado en Waterloo, Junts marchitándose y el camino de la negociación con ERC – España para mi, Cataluña para ti- quedaría expedito, una vez que los republicanos ya han dejado claro – “tenemos que hablar” – que desean sentarse a negociar – Joan Tardà: “no habrá independencia, por ahora, pero no podemos seguir igual” – un serio incremento del autogobierno catalán a cambio de aplazar la ruptura con el resto de España.

Hace tres meses, cuando se publicó la primera encuesta de intención de voto al Parlamento europeo, Puigdemont no tenía ninguna opción de conseguir escaño. Sin embargo, a medida que transcurrieron las semanas y en Madrid se iba desarrollando el juicio contra los independentistas, el apoyo popular en Cataluña a Puigdemont crecía. Era él y no ERC quien rentabilizaba el proceso judicial y el victimismo consecuente. Con todo y con esto el PSOE todavía tenía la esperanza de que al final Junqueras le venciera en las urnas europeas. Sí, así ha sido si se contabiliza el voto en el conjunto de España, pero a estos efectos lo que cuenta en exclusiva es el voto en Cataluña, por obvias razones. Y ahí quien ha ganado ha sido Puigdemont.

Ha sido un serio revés para la estrategia negociadora. El expresident catalán no ha sido neutralizado por las urnas sino todo lo contrario. Ahora se abren ante él varias opciones, todas muy favorecedoras de sus intereses. La primera sería recoger el acta en Madrid, ser detenido y montar el “pollo” internacional. Podría ser, pero no parece muy probable. Porque ahora tiene alternativas muy rentables que le ofrecen las mismas consecuencias positivas sin necesidad de arriesgarse a ser metido en la cárcel, aunque fuera por poco tiempo debido a la inmudidad. La segunda opción es la de no ir a España y plantear un conflicto jurídico, sobre cuándo se adquiere la condición de eurodiputado y por ende se goza de inmunidad, ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, que a saber qué podría decidir. Y tercera posibilidad, que podría poner en práctica al mismo tiempo que la segunda, hacerse nombrar ayudante personal de un eurodiputado suyo, con lo cual no sólo controlaría los muchos dineros que generarán sus dos escaños sino que, sobre todo, tendría acceso libre a todo el Parlamento Europeo y podría desde su seno montar mucho ruido en su intento – ya al alcance de la mano – de “internacionalizar el conflicto”, tal y como siempre dice.

Puigdemont ha conseguido un enorme éxito político, por mucho que en Madrid todavía no quieran verlo. Y lo que hace sonreír al expresidente catalán tiene por fuerza que hacer torcer el gesto a los dirigentes políticos españoles. Como mínimo el resultado del 26 de mayo ha lanzado sombras sobre la estrategia de negociación de Pedro Sánchez. Seguro que muchos se alegrarán. No obstante, que se estrechen las opciones de salida al conflicto – que no de solución, pues ésta no existe si no es la independencia – no es bueno para nadie.

Puigdemont, las elecciones europeas y su acta

13

05 2019

La candidatura de Carles Puigdemont al Parlamento europeo genera mucha controversia desde el mismo momento en que la anunció. No puede extrañar, por las especiales circunstancias del candidato.

De entrada la propia calificación que se le da ya es motivo de controversia. Está huido de la justicia. Que él diga que está localizable y por ende no huido es una tontería. Al situarse fuera del alcance de la ley española genera una posición que no es inédita, como suele afirmarse, aunque sí muy extraña, tratándose de un candidato electoral. Sin embargo, no hay sentencia firme que le restringa su derecho a ser elegido. Por tanto no existe duda alguna, como ha certificado el Tribunal Supremo y ratificado el Constitucional, que tiene plena la capacidad de presentarse a los comicios. Si el problema es que en España la legislación no prevé –como en efecto así es- un caso igual, pues es problema del legislativo, no de quien se presenta para ser elegido. Que se rectifique en el Congreso, si se considera conveniente, pero no se pueden aceptar normas excepcionales para una persona.

Hecha la precisión inicial, que ya desbarata muchas de las presunciones sobre el caso, pasemos a la polémica sobre si adquiriría, en caso de ser elegido, la condición plena de eurodiputado y cómo. Según general coincidencia, la condición se adquiere mediante el acta certificadora que expide la Junta Electoral Central, en Madrid. Es la única manera. Así que si el expresidente de la Generalidad catalana quiere ser eurodiputado, además de ser elegido no tiene otra opción que trasladarse a España a recoger el acta. Es pertinente la diferenciación entre ser sólo elegido y adquirir la condición porque bien podría ser que Puigdemont optase por la propaganda basada en el victimismo que tanto le gusta –la persecución antidemocrática de España y los etcéteras habituales- y no recogiera el acta, en cuyo caso no perdería –al contrario de lo que a menudo se asegura- el derecho a ser eurodiputado sino que éste quedaría suspendido hasta que hiciera efectiva tal condición a través del requisito citado, que estaría a su disposición durante todo el tiempo de la legislatura.

En caso de que optara por recoger el acta, ¿qué pasaría? Pues que en el mismo momento en que entrase en territorio español sería detenido. Como a cualquier otro prófugo se le mantendría en las dependencias policiales hasta que fuera presentado ante un juez. Y éste, al comprobar su condición de electo al Parlamento Europeo, no tendría más remedio legal que permitir que recogiera su acta de una forma u otra –incluso esposado, si así lo determinara- y, acto seguido, liberarle dado su aforamiento.

Y de esta manera se llega a la última cuestión del asunto: la inmunidad. Se asegura a menudo que el aforamiento no cubre actuaciones anteriores ni ajenas a la estricta condición de eurodiputado. Claro, como pasa con cualquier otro aforado. Esta cobertura legal especial no borra los potenciales delitos cometidos antes, en absoluto, sino que abre un paréntesis para que mientras sea aforado no pueda ser perseguido legalmente, excepto, claro está, que la Cámara dé el plácet. Así ha ocurrido con otros electos al Parlamento continental. Por ejemplo con nuestro José María Ruíz Mateos, cuya causa judicial abierta años antes se interrumpió al ser elegido europarlamentario y al finalizar su mandato se puso de nuevo en marcha.

En resumen. Si Puigdemont es elegido, tiene dos opciones. Recoger el acta o no. Si prefiere mantenerse alejado de la justicia española, haciendo propaganda victimista y acude, mientras tanto, al Tribunal de la Unión Europea, mantendrá la tensión de forma recurrente algunos años, y no se puede descartar cualquier fin del asunto, sea en el sentido de que se aceptase que no fuera eurodiputado pleno o, todo lo contrario, que el Parlamento se viera obligado a cambiar su normativa para que una cuestión formal como es dónde y cómo adquirir el acta no esté por encima de la substancial, la elección. Si por el contrario asumiese el trago de la detención, ésta se convertiría en portada mundial, a buen seguro, la imagen de España sería terrible, y, además, la justicia española no tendría más remedio que liberarlo en el momento en que recogiera el acta.

Sánchez, la derecha, las elecciones y la salida al conflicto catalán

17

04 2019

La derecha intenta con desespero centrar en la campaña electoral el miedo a la tradicional desmembración de España, el recurso más visceral que siempre ha usado para amedrentar al PSOE. Y le ha funcionado. Hasta ahora.

Hay que reconocer que Pedro Sánchez no se deja apocar como lo hicieron en su día Alfredo Pérez, José Luis Rodríguez, Joaquín Almunia, Felipe González… En efecto, todos los líderes socialistas anteriores al actual tenían asumido en lo más profundo que si dejaban entender a su electorado que una sola parte de la demonización antiespañola que le lanzaba la derecha era cierta podía considerarse derrotado de antemano. Por eso nunca el PSOE cuajó en la política que desplegó la ideología pretendidamente federalista e incluso confederalista que defendió en algunos momentos, por no hablar del reconocimiento del derecho de autodeterminación que asumía antes de 1977 para Cataluña y País Vasco.

Y ese mismo complejo está en el origen de la conspiración en contra de Pedro Sánchez que Susana Díaz lideró en el otoño de 2016. Al verse forzado a dimitir a la sazón, pareció que el PSOE recuperaría la forma tradicional de enfrentarse a su incongruencia seminal, la de defender en teoría una cosa pero hacer otra en la práctica.

Con el renacimiento de Sánchez, que ha supuesto la liquidación política de Díaz, González, Rubalcaba y etcétera, todo cambió. Este nuevo PSOE no es el viejo y no padece sus complejos. Le quedan, es verdad, resabios de su “prudencia” histórica, por ejemplo los relacionados con el ultraderechista catolicismo organizado, ante el que sigue acobardado, o al respecto de la decrépita monarquía basada en la corona inventada por el dictador Franco, a la que a pesar de declararse republicano todavía sostiene. Sin embargo por lo que atañe a la cuestión territorial, que es el debate político más importante, con diferencia, de España, su falta de obligación para con los líderes del pasado y las manos libres de las que goza, tras haber sofocado la conspiración interna, le otorgan la capacidad resolutiva del conflicto catalán como jamás se había dado –en potencia- en ningún anterior presidente del Gobierno.

Que está dispuesto a intentar la solución al conflicto catalán mediante la política se evidencia cuando en esta campaña le intentan afear que no diga que no pactará con los independentistas, o que no se comprometa a no indultar a los políticos separatistas juzgados… y él ni siquiera se digna a contestar. Son síntomas de su determinación. Y le da igual que la derecha insista en la cancioncilla tradicional. A él no le afecta. Veremos qué ocurre en las urnas, pero si Sánchez consigue ser investido, podemos estar por primera vez ante la posibilidad de un acuerdo de salida digna para ambas partes –no de solución, pues ésta no existe- que pueda servir para conllevarse durante unos pocos años más, no se sabe cuántos, quizás media docena o una decena, antes de que Cataluña pueda independizarse con garantías.

Es evidente que Sánchez y ERC ya han pactado algún mínimo de interés compartido. Lo dejó en evidencia Joan Tardà, cuando en declaraciones a La Vanguardia afirmó que “no habrá independencia por ahora, pero tampoco podemos seguir igual”. Ahí está la clave. Lo que se ha negociado y que se seguirá negociando si Sánchez gobierna tras las elecciones. Alguna fórmula que permita satisfacer un mayor, mucho mayor autogobierno catalán, con aspectos blindados –lengua catalana, financiación ad hoc, transferencias de competencias estratégicas como aeropuertos, entre otras…- y simbología tendente a la consideración nacional de Cataluña al margen de España. Este futuro acuerdo a medio plazo sólo está empañado en potencia no por la derecha –pues, como se ha dicho, sus hiperbólicas advertencias sobre la desaparición nacional no afectan para nada a Sánchez- sino por el ultranacionalismo, o sea por el movimiento de Carles Puigdemont. Si éste consigue ser de nuevo esencial el 28 de abril, es posible que juegue al bloqueo y toda la estrategia de Sánchez se derrumbe. No obstante, si no es decisivo o bien si –menos probable- pactara con los socialistas, entonces sí que estaríamos ante una situación política que podría conducir al pacto de salida para el conflicto catalán.

La fina linea azul entre el PP y Vox

09

04 2019

La diferencia entre que el PP, Ciudadanos y Vox sumen más fuerza en votos y escaños que el PSOE y sus potenciales aliados de izquierda y nacionalistas o que, por el contrario, no sólo no sumen sino que se anulen entre ellos, en especial entre el partido conservador y el neofascista, es muy delgada. La fina línea azul.

Con las elecciones andaluzas los más obtusos analistas lo tuvieron claro. Dos más dos es cuatro, ergo el Gobierno nacional será de derechas. Viva Vox que no es ultra, Santiago Abascal y cierra España a la izquierda. Dios es grande. Y a vivir que son dos días. Les costó tres meses que entrara en sus molleras que el objetivo de los ultras no es apuntalar a Pablo Casado y a sus muchachos sino acabar con ellos, superarlos. Es el único objetivo. Todo lo demás son excusas y propaganda para imantar votantes y dispararlos a modo de proyectiles hacia esa diana.

Por supuesto que los estrategas de Vox no esperan conseguir el objetivo el 28 de abril. Ese día pretenden alcanzar el primer paso de la estrategia. Se trata de conseguir restar suficiente fuerza al PP como para que el contraste con el PSOE –embalado al alza gracias a que los ultras carcomen a su adversario- le deje hundido y a Casado en una posición imposible, en la que tanto si dimitiera como si no la situación sería desastrosa. Para mejor exponer: algo así como lo que hubiera deseado Podemos respecto del PSOE y que sólo la incompetencia de Pablo Iglesias abortó entre las elecciones generales de 2015 y las de 2016, para suerte de Pedro Sánchez y sus conmilitones.

Es de suponer que los estrategas ultras aprendan de errores ajenos y sepan, tras las urnas de abril, manejarse con más inteligencia de la que demostraron tener los morados en aquellos meses. A buen seguro que esperan disponer de un panorama en el Congreso que les permita erigirse en el bastión más fuerte de la derecha contra la izquierda o, de otra manera dicho, aparecer ante el electorado derechista en su conjunto como la verdadera oposición a Sánchez, al tiempo que un PP fundido y un Casado amortizado no sabrían qué hacer, ni cómo, ni cuándo ni nada. Y con el horizonte de futuro de otras elecciones, fueran avanzadas o de convocatoria en tiempo regular, en las que entonces sí, dar el golpe de gracia al PP.

Da la sensación de que ahora, al fin, Casado y su equipo han entendido la situación. Que esa fina línea azul es tan delgada que apenas se ve pero que existe y que separa, a un lado, la ingenua convicción del PP de que tenía atados y sumisos a Vox y Ciudadanos al estilo andaluz, y, en la otra, el terrible panorama antes descrito. Es cierto, todavía, que nada está escrito y que aunque la mayoría de las encuestas dan más credibilidad al desastre del PP, con el resultado del Gobierno de Sánchez, que a la alternativa –Gobierno de Casado-, no hay que desdeñar ninguna opción. Todavía existe la posibilidad de que el PP, a pesar de quedar mermado, sume mayoría absoluta con Ciudadanos y Vox. Sin embargo es justo reconocer que así como se acerca la cita con las urnas, cada vez más militantes y cargos conservadores, al menos en Baleares, otorgan a esa contingencia características de milagro.

El ‘sorpasso’ de Vox al PP y el PSOE

23

03 2019

La dirección del PP se ha dado cuenta al fin que Vox no está para apuntalar a Pablo Casado sino para lancearlo y superar al partido. Su verborrea ideológica no tiene otro fin, igual que en su día la de Podemos ya pretendía hacer lo mismo con Pedro Sánchez y el PSOE.

Así es y fue, en efecto. Pablo Iglesias intentó asaltar el cielo y hoy está más cerca del infierno. Su extrema incapacidad estratégica le llevó a excesos tan evidentes tras las elecciones de 2015 que ya en 2016 sufrió una vía de agua en forma de votos – a través de la cual retornaron a lo que en tiempos los dirigentes socialistas llamaron la ‘casa común de la izquierda’ – que ahora resulta minúscula comparada con la actual, cuyo calibre, al decir de las encuestas, puede adelgazar el poder representativo morado a la mitad, lo que disminuiría todavía mucho más su capacidad de influencia sobre un hipotético nuevo gobierno liderado por Sánchez. Fuimos bastantes los que hace cuatro años analizamos que el PSOE podría acabar siendo muy parecido al PASOK, el socialismo griego al que Syriza primero superó y luego dejó en la insignificancia. Nos equivocamos. No ha pasado así. Sánchez, gracias a su arrojo irresponsable pero efectivo – aunque sea sobre todo por su interés personal – ha abortado la progresión neocomunista y situado a Podemos más cerca de la tradicional poca entidad comunista – primero del PCE y más tarde de Izquierda Unida – que de un partido con verdadera opción de poder. ¿O sea que pasará lo mismo con PP y Vox ahora?

No tiene por qué y sobre todo todavía no hemos llegado al punto de inflexión de la relación entre ambos partidos para saberlo . En el caso PSOE – Podemos el tal punto fue la moción de censura. A partir de ahí todo cambió a mucho peor para los morados y a mucho mejor para los socialistas. Tanto que puede decirse que el peligro del famoso “sorpasso” ya es un lejano recuerdo de lo que pudo ser y no fue. Para el caso de la competencia entre PP y la ultraderecha todavía no se sabe ni siquiera si los comicios del 28 de abril serán ese punto de inflexión. Podrían serlo. Si Pablo Casado sale de esas urnas catapultado a la investidura presidencial el futuro de Vox quedará sellado como muleta que podrá ser más o menos incómoda pero no llegará a desbordar esa modesta condición. Si por el contrario Casado se queda clavado en la oposición y el PSOE puede gobernar, las cosas cambiarán y las expectativas para el PP se oscurecerán muchísimo. Por un lado porque la formación neofascista le haría en ese caso todavía más daño por la derecha y por otro porque Ciudadanos podría morderle por el centro, aunque también es verdad que con lo limitado que es Albert Rivera nunca se sabe si sabrá aprovechar una oportunidad, como dejan en claro sus actuaciones desde mayo del año pasado, tiempo en el que su incapacidad ha abortado la progresión de su partido.

En cualquier caso la relación PP y Vox se establece hoy por hoy no como la propia de elementos complementarios sino como la de enemigos que luchan por la intersección de espacio y votos que existe entre ambos. Y como suele ocurrir en estos casos, el hecho de que la disputa favorezca, y mucho, al que se supone que es el adversario común no tiene la menor importancia porque no existe nada más perentorio en política que acabar – o al menos acotar lo más posible – al enemigo, que siempre es el prójimo y nunca el ajeno y simple adversario.