El COVID-19, el Govern balear y la impostura del nuevo modelo turístico

28

05 2020

Durante más de dos meses Francina Armengol ha protagonizado de forma absoluta la vida política balear. El coronavirus ha sido su encumbramiento al éxito – tal y como la encuesta publicada en Última Hora, del Instituto Balear de Estudios Sociales, ponía de manifiesto – tanto por la responsabilidad demostrada en la gestión de la crisis sanitaria -en especial por el contraste con el festival de incompetencia que ha desplegado el Gobierno nacional de su colega de militancia Pedro Sánchez – como por el liderazgo político asumido. Sin embargo al ir retomando la normalidad espacios políticos le ha estallado el episodio de crítica furibunda de los ecologistas – por el decreto de (más) privilegios hoteleros – que ha requerido, a instancias de Més per Mallorca, una compensación en forma de restricciones a la construcción en suelo rústico en Mallorca -dado que la formación citada no tiene interés en Ibiza, allí todo seguirá igual, amén de en Menorca donde su respectivo Més ya impuso en su día la prohibición de construir en ese tipo de parcelas – que no acaba de convencer a los verdes aun cuando reconozcan que es un paso en la buena dirección, lo contrario de lo que creen -como es lógico – los promotores y constructores, ademásde la oposición política derechista. 

En el fondo del asunto brilla la ausencia del gran debate que en esta tierra nadie quiere hacer sobre el modelo productivo y en especial en relación al sistema turístico.¿Hay que seguir igual o rectificar y, si así fuera, cómo hacerlo, a costa de qué y hasta qué punto estamos dispuestos a llegar en cuanto a sacrificios en puestos de trabajo y en disminuir elincremento de riqueza estadística? 

No hay respuestas. Al Més mallorquín sólo le interesa poder decir a su parroquia que sigue siendo “ecologista”, aunque nadie lo reconozca como tal, y que si los -verdaderos- ecologistas le critican es porque son unos radicales que siempre protestan. Su homólogo menorquín hace oposición a Armengol por lo que ésta quiera hacer o no en su Menorca, pero de fronteras para afuera le importa una higa. A Podemos… bueno a Podemos es un misterio lo que le interesa en Baleares; al menos su referencia nacional se dedica a boicotear todo lo que puede al PSOE para seguir soñando con superarlo algún siglo, pero en la delegación balear se desconoce con qué estrategia sueñan, excepto la de seguir siendo muleta de los socialistas. Y en el caso del PSOE, este decreto de Més para Mallorca no le molesta del todo – aunque sí un poco, si bien al dejarlo todo cómo estaba en Ibiza ya se conforma – porque al fin y al cabo lo que le interesa es mostrarse sumiso ante los hoteleros, lo que hace a gusto y con notable eficiencia. En la oposición derechista nadie clama por ningún modelo productivo alternativo, por supuesto. Por tanto tenemos una ecuación muy rara. En la que que la suma de PSOE, Podemos y los Més multiplicada por las respectivas ideologías que les hacen prometer un “nuevo modelo” turístico y económico da como resultado dos decretos, uno de (más) beneficios hoteleros y el otro de compensación relativa a Més en Mallorca para que el suelo rústico se convierta en muchísimo más caro de lo que ya es y sólo quede definitivamente al alcance del poder adquisitivo de los muy ricos.

No puede extrañar por tanto que los ecologistas – a los de veras me refiero – estén que trinen contra el trío gobernante y que se sientan traicionados. No les falta razón. No obstante ellos también saben, o deberían, que en el fondo ninguno de los tres partidos cree en realidad en la imposición del famoso e ignoto nuevo modelo turístico. Hace muchos años, al menos 17 -desde 2003, cuando la izquierda se convirtió al hotelerismo al interiorizar que perdió el poder por culpa de la ecotasa – que se trata de una impostura. Ningún partido de este ámbito se cree lo de menos turistas que gasten más, lo de menos impacto negativo de la actividad…Todo eso no es más que pura verborrea política que sirve para estar en la oposición y que se olvida al gobernar. Pero seamos honestos. Todos sabemos que es así y nadie espera otra cosa. Incluso los ecolós. Así que tampoco les digamos de todo menos guapos por esta razón, a nuestros progres gubernamentales. Hace tiempo que todos somos conscientes de que no hay ninguna posibilidad de forjar un nuevo sistema turístico. Entre otras razones, porque no depende de aquí sino de allí, más de los alemanes y británicos que de los nativos hoteleros y desde luego absolutamente nada de los políticos regionales. Puede que a algunos les siente mal, pero en el fondo todos sabíamos que un día u otro quedaría claro que nadie cree de veras en un modelo alternativo. Lo que ha pasado ahora es que el COVID-19 loha dejado en evidencia rotunda, por si alguien todavía no lo sabía o hacía cómo si no lo supiera.

El coronavirus de diciembre 2019, la nueva normalidad y los augurios que se hacen sobre el mundo post todo eso.

16

05 2020

Un día se acabará. Aunque todavía falta mucho para eso. El coronavirus de diciembre de 2019, según lo bautizó la genial presidenta regional madrileña, uno de los políticos de más inteligencia y formación cultural de este país, como todos sabemos, seguirá entre nosotros durante bastante tiempo. Si es que se va alguna vez. Que los hay, entre los expertos, que auguran que se va a quedar por siempre jamás, aun cuando ya no nos mate tanto. Sea cuando se harte y se desvanezca o cuando se modere en su capacidad letal, un día volveremos a la normalidad y dejaremos atrás la anormalidad ésta que Pedro Sánchez -el otro que comparte el podio con Ayuso – ha definido, con su ñoñería vacía, como “nueva normalidad”. ¿Y qué pasará entonces?

Los augures son muchos. Uno de los más pintorescos es eso de que el capitalismo nunca volverá a ser igual o, incluso, que va a desaparecer. Lo dicen porque lo anhelan los comunistas -viejos y nuevos de todo pelaje, incluido Bergoglio, uno de los más peligrosos liberticidas que corren por ahí – que nos amenazan con ese ignoto futuro sustitutivo al que no identifican. ¿Qué será lo que ocupe el sitio del único sistema productivo que ha logrado – según datos de la ONU, para nada sospechosa de anti izquierdismo – reducir la pobreza extrema a su nivel más bajo en toda la historia de la Humanidad? ¿Acaso será el susodicho comunismo, ideología cuya concreción política ha conseguido asesinar a más gente en la Unión Soviética y China que las víctimas imputables a todos los genocidas nazi-fascistas juntos y que, entre otros grandes logros, ha dejado en la miseria más paupérrima a todos los países que lo han padecido, incluido el poderoso gigante oriental que basa su espectacular incremento del PIB en mantener en la pobreza más misérrimaa la mayoría de los esclavos de su Partido Comunista? ¿O tal vez lo hará el modelo económico de los países sarracenos, toda una expresión de modernidad teocrática productiva al modo medieval?…

Otro de los bellos deseos de futuro post COVID-19 nos lo cantan los que dan por cierto que en ese nuevo mundo habremos aprendido a convivir mejor con la naturaleza, tras ver como en estos meses se ha regenerado, amén de con nosotros mismos y con nuestros prójimos, que seremos más responsables en todo y que la vida será poco menos que una peli de Walt Disney. No vale la pena añadir comentarios. 

Y otras muchas profecías se están haciendo para esa era post “nueva normalidad”, pero en el ranking ocupa una de las primeras posiciones la de que por estos lares vamos a cambiar el modelo turístico. Bueno, la verdad es que desde que el Gobierno del PSOE, Podemos y Més per Mallorca alumbró el decreto de más privilegios hoteleros, que dejó patidifuso al personal progre de base y heló la sangre de los activistas del ecologismo, este augurio ha perdido mucha entidad y va desvaneciéndose a marchas forzadas. Pero no se puede negar que en las semanas previas fue uno de los que más triunfó, al menos en nuestro ámbito doméstico. Se suponía que alcanzaríamos el Saber Universal Turístico y viviríamos de la “sostenibilidad” del sector, fuera lo que fuera lo que tal cosa pretendiese ser. Sin embargo, gracias a la diligencia de nuestra izquierda en servir a sus amos y señores -para que Alberto Jarabo siga diciendo, como aseveró en 2015, que “se acabó que aquí manden los hoteleros”: je, je, je… -, a los que ha regalado ese magnífico decreto especial de privilegios, ha quedado claro de golpe político y porrazo ideológico que de eso nada de nada, que aquí mandan los de siempre y que su modelo turístico no se toca. Ya lo sabíamos al menos desde 2003, cuando toda la izquierda se convirtió al hotelerismo tras interiorizar que perdió el poder regional debido a la imposición de la ecotasa contra los hoteleros, pero es de agradecer que los del PSOE, Podemos y Més hayan al fin obligado a abrir los ojos a los afectados por la delirante ingenuidad de suponer que todavía existían esperanzas de tener un futuro sistema turístico y económico alternativo. 

En el número 1 de los vaticinios para el mundo post COVID-19 se encuentra la genérica pretensión que viviremos habiendo aprendido algo bueno de esta brutal crisis sanitaria que padecemos y de la económica que seguiremos sufriendo. No seamos cándidos. Si la historia enseña algo es que de una fase traumática no se aprende nada. Ni si es crisis económica -¿se acuerdan de la que empezó en 2008 y que nos decían que serviría para el cambio de modelo o que era una oportunidad y demás chorradas: acaso cambió algo para mejor? -, ni menos aún si se trata de una sanitaria tan bestial como la presente – recuérdese la gripe “española” de hace un siglo –: lo único para que sirven estas desgracias es para perjudicarnos. Aun cuando algunos, siempre los hay, se beneficien de ellas. Pero para el común ya sabemos lo que ocurre. 

En fin, el mundo post coronavirus de diciembre de 2019 ayusiano o, lo que es lo mismo,el ulterior a la nueva normalidad sanchista será diferente al del pasado, porque nunca nada vivo se mantiene inmutable, pero no cambiará a mejor, es lo único que podemos tener por seguro.

Bulos, mentiras, Gobierno, Guardia Civil, ultraderecha, ultraizquierda y nuestra democracia

26

04 2020

Todos los políticos mienten en alguna ocasión, los hay que lo hacen a menudo e incluso existe uno, Pedro Sánchez, que no dice verdad excepto cuando se equivoca. Pero eso no quiere decir que creen bulos. Según la RAE un bulo es “noticia falsa propalada con algún fin”. Mientras que la mentira es “expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se piensa o se siente” o, en segunda acepción, “cosa que no es verdad”. Existe, pues, un matiz importante entre los significados de ambas palabras. El bulo requiere de forma implícita de la voluntad de falsear algo para presentarlo como veraz con intención expresa de conseguir, más allá de la mera construcción de la mentira, un objetivo ulterior oculto. Los políticos democráticos mienten pero, en general, no fabrican bulos.

Por otro lado, de entre los bulos que hoy pululan por las redes sociales los hay sobre todo de dos clases. La inmensa mayoría responde a la voluntad de un idiota que se le ocurrió crearlo. A éstos no hay que hacerles caso por mucho que se viralicen. Son inocuos. Su recorrido es corto y sus efectos se limitan, como mucho, a los ingenuos que pudieran leerlo y creérselo. Sin más. Pero hay otros que son en verdad peligrosos. Y no sólo porque engañen a los que los leen y se los creen sino sobre todo lo son para el conjunto social o, mejor dicho y peor todavía, para el normal funcionamiento de las instituciones democráticas.

Estos últimos son los bulos que son “propalados con algún fin” que responde al interés oculto de una organización. Sea ésta política, institucional, económica, religiosa o de cualquier otra naturaleza. Hoy en día este tipo de bulos son parte de la permanente y soterrada guerra de propaganda que existe en las redes. Hace poco, el 19 de marzo, un portavoz del comisionado de Exteriores de la Unión Europea señalaba al Kremlin como responsable último de los bulos que en relación al coronavirus se estaban expandiendo por redes sociales con el objetivo de minar la credibilidad de todos los europeos en general respecto de la Unión así como de los nacionales de cada país en relación a sus gobiernos. No era ninguna equivocación ni exageración. La UE ha creado una comisión de seguimiento de bulos, de la que informa en una web, para desmentirlos. No sólo es Rusia la que está tras esa estrategia de erosión de las democracias occidentales. También existen webs de ultraderecha y de ultraizquierda que se dedican a los mismo, cada cual según sus intereses. 

Cuando se conoció que la Guardia Civil había sido encargada por el Gobierno de Pedro Sánchez de hacer el seguimiento de los creadores de bulos que mediante el ataque al Gobierno atenten contra el interés del Estado español en plena pandemia de coronavirus se armó la Marimorena. Y no es extraño. Porque Sánchez ha convertido en un prodigio de transparencia al “plasma” Mariano Rajoy y, además, tiene de vicepresidente a un comunista que, al igual que los fascistas, por definición ideológica no cree en la libertad de expresión, ni en ninguna otra de las que él llamaría, despectivamente, “liberales” y que son la esencia de toda democracia. De hecho es imposible ésta sin aquéllas. Sumado esto a la deplorable estrategia de comunicación del Ejecutivo, es comprensible, pues, que al conocerse la misión encargada al instituto armado se levantaran tantas y tantas críticas. 

Bien está que se critique por falta de transparencia al Gobierno del PSOE matrimoniado con la izquierda radical, uno de los más opacos que ha tenido España, pero no confundamos esto con la imprescindible necesidad de que el Estado se defienda -como lo hacen todos los demás democráticos– ante los propaladores organizados de bulos cuyo fin es atacar a nuestro Estado, o sea a nuestra democracia. Que los hay. Y muchos. 

Y contra este tipo de agresores a nuestro sistema tienen que actuar los servicios de inteligencia y policía. Claro que sí. Esto no se trata de libertad de expresión sino de imprescindible defensa de la democracia. Es verdad que es muy difícil perseguir legalmente a los creadores de estos bulos pero al menos sí se les puede contrarrestar identificándolos y dejándolos en evidencia pública. Como hace la UE con Rusia, por ejemplo. Pues de eso se trata. Que lo haga la Guardia Civil, la Policía, el CNI o todos a la vez da igual. Hay que hacerlo. Porque no es ninguna broma. Ellos van a por nuestro sistema democrático. 

El virus, las estupideces, la sociedad infantil a lo Disney y el coste humano y económico

17

04 2020

Habrá mayores estupideces, desde luego, pero no es de las que se quedan cortas la de utilizar el vocabulario militar para referirse a la campaña en marcha para intentar hacer frente a la epidemia de coronavirus. No, no es una guerra. No existe enemigo al que ver ni contra el que luchar. De un virus hay que curarse y vacunarse para que no volver a padecerlo, si es que se puede. Al enemigo se le mata o, al menos, se le rinde. No existe ninguna pandemia a la que se haya vencido ni rendido. Nunca. Lo único a lo que podemos aspirar es a controlarla, como mucho, a través de medicamentos y sobre todo con la vacuna que para este caso no estará lista antes de un año, como poco. 

El habitual final de las graves pandemias conocidas ha sido el silencio del virus. Sin que se haya acertado a explicar el por qué exacto. Como pasó con la más virulenta conocida: la de la gripe “española” de 1918, que se alargó más de un año y se manifestó en tres oleadas: de marzo a julio de 1918, de septiembre a diciembre del mismo año y de febrero a abril de 1919, siendo la segunda la más letal, matando en conjunto a unos 50 millones de personas en todo el mundo. Es pertinente el recordatorio por lo que ahora padecemos y al ver todos estos anuncios ridículos de vuelta a la “normalidad”: no ocurrirá tal cosa antes de que exista la vacuna. Mientras tanto ni habrá turismo de masas ni volveremos a nuestra cotidianidad. Así que calculen ustedes la intensidad de la caída económica que padeceremos – sobre todo en Baleares, debido al monocultivo turístico – y cuánto nos falta para volver “a lo de antes”. 

No son menos ridículas esas invocaciones al “juntos lo venceremos”, los cánticos en balcones de “Resistiré” y demás chorradas que tanto gustan y que son propias de una sociedad peligrosamente inclinada a un comportamiento infantil, en la que hay una considerable porción de sus ciudadanos que parecen creer que la vida es una mera transposición a la realidad particular de cada uno de una película de Walt Disney: que si se quiere se puede, que se tiene derecho a ser feliz, que si se persiste el éxito llega… o que si se lucha contra un virus se gana. Pues no. No es así. Nunca lo ha sido. Y no será diferente esta vez. 

No tenemos forma de adaptarnos a una enfermedad infecciosa tan nociva hasta disponer de medicación efectiva y vacuna. Pero como no queremos aceptar que es así, alentamos la toma de decisiones equivocadas que, en cualquier caso, no buscan la “victoria” ante el virus -imposible– sino preparar el sistema sanitario. Más allá de eso no hay nada más. Toda esta retórica belicista del Gobierno, medios de comunicación y feriantes del espectáculo televisivo es una estupidez como un piano. No vamos a ganar nada y mucho menos a un puñetero virus que nos está matando de forma masiva y seguirá matando hasta que exista una cura individual efectiva y una vacuna para prevenirlo. O, en su defecto, como pasó con la pandemia de gripe de 1918, hasta que infectó y mató tanto que funcionó el contagio de grupo: o sea, hubo tantos afectados que el “bicho” dejó de “comernos”. Es lo máximo que no es dado conseguir. Que ya sería la hostia, sin duda. Pero todo eso de los balcones, anuncios pagados de los gobiernos -regionales y nacional– para elevar la “moral de combate” y demás tonterías no va a servir de nada, excepto, quizás,alimentar el espectáculo televisivo.

Cuando se tengan todos los datos será el momento de analizar las cuestiones esenciales: si el coste económico – bestial – que vamos a padecerno hubiera sido mucho menor con otro tipo de medidas; si no hubiera sido mejor asumir un coste de vidas como inexorable y aceptar el virus como parte de la cotidianidad social mucho antes, aunque ese coste humano hubiera sido algo mayor del que tendremos que lamentar… Son cuestiones incómodas, cierto, pero es que la historia nos enseña que son éstas las que habrá que valorar y no las fantasías gubernamentales y mediáticas que tanto gustan ahora debido a la incapacidad mayoritaria de comportarnos como adultos y aceptar que no todo tiene solución en esta vida y, sobre todo, que ésta no tiene nada que ver con una peli de Disney. 

La responsabilidad del Gobierno del PSOE y Podemos en este desastre

26

03 2020

Pedro Sánchez y todos sus ministros, así como el resto de dirigentes del PSOE y Podemos, deben estar aterrorizados ante la perspectiva de que se consolide la idea – del todo cierta, por otro lado – que su imprevisión ha intensificado este desastre que estamos sufriendo y que nadie sabe cuándo va a acabar. Sólo sabemos que seguiremos encerrados en casa por bastante tiempo y que cuando empiece a amainar la destructiva tormenta sanitaria provocada por el coronavirus el panorama que quedará será una economía desolada. 

En especial así será en Baleares, donde el monocultivo turístico – como en Canarias – está bastante por encima del resto de regiones. Aquí el sector turístico aporta al PIB de forma directa el 35% y de manera indirecta a través del sector servicios que es su vasallo casi al completo el 45%, lo que hace que 8,5 euros de cada 10 que genera la actividad productiva balear se deba a la industria de los visitantes. 

Y resulta que el turismo ha quedado a cero y, como reconocía la vicepresidenta de la Federación Hotelera, María José Aguiló, dado que el verano está perdido o casi – decir lo contrario, como asegura Francina Armengol, no es más que “la expresión de un deseo”, en palabras de la citada representante empresarial – la situación que tenemos por delante es un páramo: “más de un año” para recuperarnos auguraba Antoni Riera, catedrático de Economía Aplicada de la UIB y director de la Fundación Impulsa. 

En otras regiones estarán mejor porque sus industrias y sector primario puedan reaccionar pronto – algo de lo que aquí no tenemos – y porque la mayor parte de su sector terciario está diversificado y no es de monocultivo turístico. Sin embargo el golpe será muy duro también. Y cualquier gobernante sabe que si la situación económica es mala y se le puede apuntar como responsable, su destino está casi cantado. Más todavía si, como es el caso, además hay que lamentar por la crisis sanitaria un desastre humano cuyas dimensiones son difícilmente soportables en el momento de escribir estas líneas y sin duda va a ser mucho peor en cuanto esta pesadilla acabe. La psicología de la persona la hace acostumbrarse a todo para superar cualquier adversidad y por eso miramos ahora el parte diario de muertos con la fatalidad estadística de quien vive como estando en una película de terror que no podemos dar crédito que sea cierta, pero el día que esto termine y miremos hacia atrás el dolor y la estupefacción mutarán en rabia. Y alguien tendrá que pagar. 

Ése es el gran miedo de Sánchez, Pablo Iglesias y compañía. Y es posible que en parte tengan razón cuando pretenden que ellos han hecho lo que les han dicho los “expertos”. Pero siendo cierto no pasa de ser un subterfugio cuya ridícula condicion miserable va quedando en evidencia así como van pasando los días y sumamos más y más muertos. 

Las comparaciones son tan odiosas como imprescindibles para dejar clara la diferente forma de prepararse para hacer frente a la amenaza. Puede ser cierto que en diciembre ningún gobierno ni experto occidental comprendiera el alcance mortífero del coronavirus, pero cuando en enero China experimentaba el ataque feroz ya resulta menos creíble que no se entendiera el potencial desastre. Y que en febrero nadie pudiera imaginarlo ya es mentira. Ni más ni menos: mentira. Porque hubo gobiernos europeos que no menospreciaron la amenaza, como sí hizo el español. El de Alemania, por ejemplo, cuando vio lo que empezaba a pasar en Italia dio orden de adquirir tanto material como se pudiera para dotar mejor todo el sistema sanitario y mejorar la capacidad de las UCI del país. O Noruega, que al tener el primer caso, su primera ministra empezó a ordenar preparar las medidas preventivas que impuso al cabo de una semana. O Dinamarca, que más o menos optó por lo mismo que su vecina del norte. Y todo esto se daba a finales de febrero y principios de marzo, cuando Madrid era una fiesta y se nos decía que no pasaba nada, que el “mejor sistema sanitario del mundo” no tenía de qué preocuparse, que el “bicho” no iba a ser tan nocivo aquí como se mostraba en China o empezaba a actuar a lo bestia en Italia… Y así un largo bla-bla-bla de nuestro Gobierno. 

Cuando esto pase, en fin, será el momento de exigir responsabilidades. Y habrá muchas que pedir, por mucho que los responsables ya estén en plena campaña mediática y propagandística de hacer ver que ellos no tienen ninguna, como que -talmente ha dicho Irene Montero – todo ha sido cosa “de los expertos y nosotros hicimos lo que ellos nos dijeron”. No se puede tener la cara más dura. 

La amenaza, el liderazgo y las reacciones de Sánchez y de Armengol

15

03 2020

En una situación como la presente, con tan grave epidemia campando por todo,no cabe otra que seguir las instrucciones que la autoridad decida. Hay que confiar en ella. Aunque a veces sea difícil. 

No hay duda de que el avance de la amenaza es el que marca los tiempos y naturaleza de la reacción de Sanidad. No obstante, la forma en que luego el poder institucional traslada a decisiones políticas los consejos de los especialistas no siempre se corresponde a como debería hacerse. Se nota si se contrasta la gestión de la crisis que hacen el Govern de Francina Armengol y el Gobierno de Pedro Sánchez. 

Mientras que el Ejecutivo balear decide en función de cómo evolucionan los acontecimientos pero siempre da respuestas concretas e inmediatas,no pasa igual con todas las determinaciones que ha tomado Sánchez y su equipo gubernamental. 

No puede entenderse de ningún modo que Madrid no fuera cerrada desde el mismo momento en que se tuvo plena conciencia de que la epidemia estaba descontrolada en la capital. El resultado de la falta de decisión fue que miles de madrileños aprovecharon para irse de vacaciones a la Comunidad Valenciana y a Murcia. Esto no se aguanta ni se puede aceptar. En tiempos de tan grave infección masiva un movimiento de población tan grande es talmente como la ha definido el socio valenciano del PSOE, Compromís: “una insensatez”. Ni más ni menos. 

Todavía es más gráfico que el Gobierno nacional decretara la prohibición de recibir vuelos desde Italia y sin embargo no hiciera lo propio con el tráfico marítimo que llegaba de aquel país. Con el resultado que arribaron a Palma más de 3.000 cruceristas italianos, paseándose por la Palma antigua como si nada. Esta locura era tan obscena que Francina Armengol tuvo que salir a afear en público la incomprensible actitud de Sánchez y sus miembros del Ejecutivo. ¿No había nadie en éste que entendiera la necesidad de parar también la vía marítima? ¿ Es que al no tener mar en la Meseta les importa una higa lo que ocurraen el litoral?… 

En el caso de la actuación del Govern de Francina Armengol puede que haya gente que considere que podría haberse hecho mejor algo. Siempre se puede así considerar. Cómo negarlo. Pero cuando ha sido necesario ha tomado las decisiones adecuadas con sentido y determinación. E incluso cuando ha dudado -como con el cierre de los centros educativos – ha rectificado de forma inmediata y ha hecho lo debido. Y no le ha temblado el pulso -como sí le ha ocurrido a Sánchez demasiado a menudo – cuando se ha tratado de cerrar lo que sólo un par de días antes resultaba inimaginable -discotecas, grandes bares, gimnasios, etc. -. 

El Gobierno nacional, por su lado, ha actuado a la contra. Ha decretado el estado de alarma cuando tenía la mitad de los gobiernos autonómicos yendo cada cual por su lado, decidiendo medidas de emergencia ante la pasmosa inoperancia de Madrid. 

En contexto complicados y graves como el actuales imprescindible el liderazgo político. Francina Armengol desmuestra que es una líder. No del todo pasa así con Sánchez.

El regionalismo y el nacionalismo centrista en Baleares y la crisis del PI

28

02 2020

El regionalismo político nunca ha cuajado del todo en la urnas en Baleares. Ni siquiera los que en ese ámbito ideológico se reconocen tienen muy claro en qué consiste. Para algunos es un estadio inicial que conduce de forma inexorable al nacionalismo. Otros consideran que es justo lo contrario, una especie de antídoto contra el nacionalismo. A menudo unos y otros han intentado cohabitar bajo unas mismas siglas, pero todas y cada una de estas aventuras ha acabado mal.

En los últimos cuarenta y tres años nada menos que once experimentos de esa naturaleza se han intentado. A saber: Unió Autonomista y Unió Democràtica de les Illes Balears en 1977, Unió Mallorquina desde 1982 -aunque a partir de 1993 podría considerarse otra formación-, en 1983 surgieron la Candidatura Independent de Menorca y Partit Demòcrata Liberal -que siendo de ámbito nacional sin embargo en Baleares formó grupo parlamentario regionalista con UM y los independientes menorquinistas -, Centro Democrático y Social en 1987 – cuando su líder isleño, Josep Melià i Pericàs, intentó convertirlo en un partido autónomo de su referencia nacional liderada por Adolfo Suárez -, Unió Balear en 1998, Unió Independent de Mallorca y Convergència Balear en 1991, Lliga Regionalista y Convergència per les Illes en 2011. Y, finalmente, el PI actual, que, como es de sobra conocido, está atravesando una grave crisis que es fácil que lo arrastre hacia la nada, si no reacciona. 

Son once intentos ya fracasados y uno, el PI, que ya se verá qué pasa con él. Dicen los entendidos en demoscopia, como por ejemplo el experto Gonzalo Adán -director del Instituto de Estudios Social que hace las encuestas de intención de voto para Última Hora y que en los últimos años ha retratado a la perfección las grandes corrientes de intención de voto en la región – que existe un nicho de potencial sufragio para este ámbito. Así que habrá que concluir que el problema es de definición del proyecto. De incapacidad de definirlo por parte de los dirigentes de cada operación, cabría precisar. 

Y la verdad es que esta conclusión, a la vista de la gran cantidad de operaciones orgánicas y electorales fracasadas, se abre camino como la única explicación plausible. En efecto, en ningún momento los que han dirigido alguno de esos partidos ha tenido claro nada, no ya qué quiere ofrecer a sus potenciales votantes sino ni siquiera cómo se define a sí mismo. 

Ahora es lo que está pasando -otra vez, por duodécima ocasión – en la actual formulación orgánica de ese ámbito ideológico, el PI. Los hay que son catalanistas, otros mallorquinistas, otros balearistas, unos se consideran regionalistas y por ende españoles y los de más allá nacionalistas y por nada se definirían como españoles… 

Como en otros partidos con identidad múltiple, mientras las cosas fueron bien – tras los buenos resultados electorales de 2015 que daban esperanza de futuro en ser decisivos a la hora de inclinar la balanza de un Govern de centro derecha o de centro izquierda – las muchas ramas se mantuvieron bien enganchadas al tronco, pero al venir el primer bofetón fuerte – las elecciones de mayo pasado, cuando esperaban ser decisivos y no lo fueron – cada parte estira para su lado y no hay acuerdo en nada, ni si el resultado merece un cambio o no, si cabe incidir más en el regionalismo o en el nacionalismo, si hay que buscar pactos institucionales o no, qué estrategia opositora autonómica hay que seguir… Y para acabar de redondear el desastre, su líder, Jaume Font, anuncia que dimite, la tensión interna crece, hay bajas de militantes y mucha desorientación tanto entre las bases como entre la dirigencia. 

Vistos los antecedentes, quizás lo que ocurre en el PI sea lo inexorable. Más o menos en todos los anteriores casos ha pasado igual. La maldición regionalista. 

El franquismo, el Gobierno, el neocomunismo, el neofascismo y la libertad de expresión

15

02 2020

El Gobierno del PSOE aliado con la ultraizquierda ha anunciado que pretende convertir en delito la apología del franquismo. Muchos juristas ven la posibilidad como un intolerable atentado contra la libertad de expresión. Y no pocos de ellos le dan un recorrido muy corto porque, aseguran, contraviene con claridad la Constitución. Ojalá todo quede en nada o, en el peor de los casos, el Tribunal Constitucional se la cargue porque en efecto es uno de los peores ataques a la democracia desde que ésta existe en nuestro país. 

Quizá sea una casualidad sin importancia, sin embargo casi al mismo tiempo que se conocía el interés del socialismo de Pedro Sánchez y de Podemos en legislar contra la libertad de expresión, la sección sindical de CC.OO en RTVE exigía a la dirección que vetase una entrevista con el líder de Vox, Santiago Abascal, argumentando que es un peligro para la democracia. La forma más efectiva de carcomer la democracia es la de esos estalinistas que pretendían dejar sin derecho de expresión a Abascal, que aún siendo, que lo es, un neofascista, le acoge el mismo derecho a expresarse con libertad que a cualquier otro ciudadanos. Un inciso importante: la dirección federal de CC.OO se desmarcó de la pretensión totalitaria de sus agentes de RTVE. Lo cual está muy bien, pero se notaron a faltar posiciones públicas inequívocas a favor de la libertad de expresión de Abascal de aquellos que tanto claman por ella cuando se la ataca desde la derecha, comenzando por los sindicatos y asociaciones de periodistas que han practicado en este caso la vergonzosa mudez interesada. 

La libertad de expresión no puede ser matizada por ideología alguna o interés político de circunstancias. No es para unos, no es para lo que a cada uno nos guste oír. Es para todos. Y cuando se la defiende con mejor encomio es cuando lo que oímos nos produce arcadas y sin embargo reconocemos el derecho a expresarlo. No hace falta recurrir al manido ejemplo de lo que dijo Churchill al respecto en recordada ocasión, basta ver lo que acontece en nuestro país para darse cuenta de la trascendencia que tiene la intención del Gobierno de atentar contra la opinión libre. En efecto, los demócratas hemos criticado – nunca de forma suficiente – la condena a Valtonyc y la existencia de delitos como el enaltecimientos del terrorismo, las injurias al Jefe del Estado o los castigos legales por atentar contra el sentimiento de creencias extraterrenales porque son rémoras de excepciones legales del todo incompatibles con la democracia y a pesar de ello las padecemos y nos avergüenzan continuamente en Europa. Mismamente: la sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos que en 2018 anuló la condena a dos activistas separatistas catalanes que habían sido castigados por quemar retratos del Jefe del Estado; los magistrados concluyeron que se trataba de un hecho acogido por la libertad de expresión. Si los demócratas y en especial los periodistas de esa orientación ideológica defendemos con ahínco el derecho a expresar cualquier opinión sin la amenaza de la persecución legal, tal derecho no puede verse limitado por una ideología cualquiera y es inaceptable que no exista la misma capacidad de expresar cualquier idea, incluidas la contrarias alas libertades. La fortaleza de la democracia se basa en que no se castigan opiniones. Con las limitaciones, claro está, que son de sentido común: insultos, amenazas, intromisiones en intimidad y contra el honor, etcétera. De ningún modo cabe entender como parte de esos casos la expresión de una opinión o idea, por mucho que sea defensora de los valores o hechos del franquismo. Sólo los antidemócratas comunistas pueden justificar una actuación liberticida así. 

Talmente esto último hacía Pablo Echenique, dirigente de la formación ultraizquierdista que lastra al PSOE a posiciones peligrosas, cuando defendía proscribir que la libertad de expresión ampare la defensa del franquismo. Aseguraba que ocurre algo igual en Alemania para con el nazismo. Es curiosa esta obsesión de los totalitarios hermanados -los que como Echenique son de ultraizquierda y los que como Abascal son de ultraderecha – en invocar el caso germánico. Dicen los neocomunistas que la apología del nazismo está allí prohibida. Y dicen los neofascistas que lo están los independentismos y comunismos. Unos y otros ocultan una parte de la realidad que es esencial. Bien saben todos ellos que una Constitución democrática se basa en el hecho seminal de ser refrendada por sus ciudadanos o, al menos, que los que la aprueban sean elegidos en libertad y sin cortapisas en su actuación, y que ésa es su fuerza principal que la separa radicalmente de cualquier norma fundamental no democrática. Pues bien, en Alemania no ocurre así. Ni siquiera se llama Constitución. Y no es por casualidad. La Ley Fundamental de la República Federal fue aprobada en 1949 por un cuerpo legislativo impuesto por las potencias ocupantes de una parte del país: Estados Unidos, Reino Unido y Francia. Y fueron los gobiernos de estos tres invasores los que tutelaron e hicieron aprobar la Ley Fundamental que nunca fue refrendada por el pueblo. Ni siquiera cuando se dio la unificación del país y se restó al nombre lo de “Federal” para convertirse en la Carta legal básica de toda Alemania. Cierto es que en otros países de democracia antigua tampoco hubo refrendo popular de su respectiva Constitución pero el legislativo que las aprobó era electo -según las normas coetáneas vigentes en cada caso, no por fuerza homologables a lo que hoy entendemos por tal – y no tutelado. Otrosí: medio país había caído bajo la salvaje bota de la dictadura comunista cuando se redactó la Ley Fundamental de la República Federal y a la sazón esta porción del territorio, por si faltaba algo, todavía estaba bajo el proceso legal de desnazificación que duró hasta 1951, amén de que se conocía la existencia de un grupo terrorista nazi –el Werwolf – que atentaba contra los ocupantes y que al diluirse pasó a ser parte del más preocupante ejército alemán en la sombra formado unos 2.000 efectivos de las fuerzas armadas nazis -no pocos de sus altos oficiales y generales lo fueron después del ejército regular alemán- cuyo objetivo era tomar el poder en caso de amenaza soviética. O sea: las prevenciones antidemocráticas previstas en la Ley Fundamental se pueden entender por el contexto que se daba entonces en Alemania, pero con el transcurrir de las décadas algunos de tales recelos legales en nada han quedado en la práctica -hasta 3 partidos comunistas ha habido en el país y en Baviera su Partido Nacionalista es independentista y nunca se ha prohibido a ninguno de ellos participar en las elecciones, al contrario de lo que sostiene la ultraderecha española– y la que queda de aquellas excepciones antidemocráticas, como es la limitación de la libertad de expresión para que no acoja la apología nazi, de ninguna manera pueden ser un ejemplo a seguir -como pretende nuestra ultraizquierda – para un demócrata hoy en día en España, más bien hay que huir de ellas como de la peste, porque tal son este tipo de limitaciones que lejos de proteger las libertades y la democracia lo que hacen es carcomerlas con más eficiencia que los propios totalitarios, sean neofascistas o neocomunistas.

La reforma del Código Penal, los presos y el futuro

24

01 2020

La posibilidad que el Gobierno de Pedro Sánchez busque, sea de forma directa –a través de un proyecto de ley– o indirecta -como proposición de ley presentada por el PSOE u otro grupo parlamentario, como el de Podemos-, una reforma del Código Penal ha suscitado una enorme polémica -y van… – por la intención, obvia, de reducir las penas a las que han sido condenados los dirigentes independentistas catalanes. Así, aplicando, como es de ley, la pena más favorable al reo, alcanzarían la plena libertad –contando que antes habrán tenido beneficios penitenciarios, como permisos u otros- mucho más pronto de lo que el horizonte de cada pena impuesta prevé ahora mismo. 

Es comprensible que el interés del Gobierno sea chocante para muchos españoles e incluso que otros consideren que es vergonzoso, pero no existe otro camino para intentar alcanzar una salida a lo que se vive en Cataluña. Cuando se trata de buscar obtener alternativa a un conflicto político, haya o no violencia de por medio, la negociación política es la única posibilidad, diga lo que diga la ley. Hay que tener un poco de perspectiva. La paz en el País Vasco sólo fue posible a cambio de la generosidad democrática de aceptar ir viendo a los terroristas por la calle. Sí, es duro para las víctimas y para cualquier demócrata. Pero es que no existe alternativa. Ocurrió igual en otros países. En Italia los líderes de las Brigadas Rojas cumplieron cárcel pero salieron más pronto de lo previsto por la generosidad democrática, lo mismo ocurrió en Alemania con terroristas de la Fracción del Ejército Rojo -si bien es cierto que sus tres principales líderes murieron en la cárcel en extrañas circunstancias– y por supuesto igual acontece en Gran Bretaña con los asesinos del IRA. Y remontémonos un poco antes: tras la Segunda Guerra Mundial la inmensa mayor parte de los homicidas nazis no fueron perseguidos y vivieron cómodamente en libertad hasta el fin de sus días en Alemania y Austria, igual que los fascistas en Italia y los criminales comunistas -tras la caída de las respectivas dictaduras- en Rusia, Lituania, Estonia, Serbia, Hungría, Polonia… No existe, no puede existir, futuro sin cerrar el pasado. Duro, sí, pero inevitable. 

Si en todos los países que padecieron estos movimientos políticos sanguinarios se ha ganado el futuro en paz y libertad a base de la extrema generosidad democrática, ¿cómo no iba España a perseguir el mismo objetivo en Cataluña a partir de igual generosidad si los separatistas no han usado la violencia? Por esto mismo con más razón, por supuesto. 

El “a por ellos” y los discursos ultra impostados tipo el de Borbón en octubre de 2017 pueden ser buenos para la digestión estomacal primaria, pero de ellos nunca en ningún país se ha obtenido nada en clave de futuro en libertad, democracia y en paz. 

En la España mesetaria existe una querencia evidente, que viene de antaño , a explicar la realidad que no se quiere asumir por la conjuración extranjera o quintacolumnista -y a menudo de ambas a la vez – que pretende sojuzgar la sagrada soberanía nacional que para muchos, y como dijo en celebrada ocasión la ultra nacionalista Esperanza Aguirre, “tiene 3.000 años de historia”. Todavía resuenan ecos de delirios imperiales. Una parte de los políticos que hacen carrera en la Villa y Corte nunca han asumido -todavía hoy- la que fue dramática pérdida del imperio y, mucho menos, de las últimas colonias en 1898: ahí está como prueba el éxito editorial de la fantasiosa novela de María Elvira Roca “Imperiofobia y leyenda negra”-

Déjense al margen las quimeras nacionalistas de un lado y otro – “Cataluña tiene mil años” es la tontería hermanada con la de Aguirre –, las ansias de sometimiento del nacionalismo catalán y céntrese el interés nacional en aceptar la realidad: que hay que resolver la cuestión del encaje del País Vasco y Cataluña en el conjunto del Estado. Son diferentes políticamente y como tales hay que tratarlos. Y lo son no por razón lingüística, no por razón cultural, no por razón histórica, no por otra razón que la democrática de comprobar que en ambas regiones se vota diferente al resto del país desde siempre: ¿acaso no basta? Es así de sencillo. Acéptese la evidencia y actúese en consecuencia. Es lo más sencillo, justo y, sobre todo, necesario. 

Si se así se asume, la reforma del Código Penal es el primer paso para la consecución de una posible salida del bucle catalán que permita que luego, con tranquilidad y con el tiempo que sea necesario, ir a la búsqueda de una estructura de Estado razonablemente buena o, al menos, aceptable para todos. 

Sánchez, su investidura, el pacto con ERC y PNV y la (posible) nueva España

11

01 2020

Los mismos que se reían de Pedro Sánchez porque “nunca” conseguiría pactar con ERC, pues era “imposible” tal acuerdo, ahora se suman a los que entonces clamaban contra la que veían segura ruptura de España, que son los que en tan pretéritos tiempos como 2004 ya se echaban a las calles contra igual apocalipsis nacional provocado, decían, por los impíos rojos y sus demoníacos socios de ERC y PSC. Hay cosas, como se ve, que se mantienen incólumes a través de las décadas en la tan peculiar política española. 

Sánchez es un personaje único. Al no estar lastrado -como servidor ha analizado muchas veces, aquí mismo también en más de una ocasión– por escrúpulos, principios ni ideología -ni, debe añadirse,vasallaje alguno a su partido, sea al resto de dirigentes o, mucho menos, a los afiliados – tiene plena libertad para hacer la política que más le convenga a él, sólo a él y a nadie más que a él. Que es lo que hace. Como me dijo una persona, compañera suya, que lo conoce muy bien, “Pedro sería capaz de acabar con el partido si así cree que conseguirá (convertir en realidad) su ambición personal”. Fue cuando después de la guerra interna desatada en el PSOE (septiembre y octubre de 2016) se habían convocado las mal llamadas “primarias” para elegir el secretario general (mayo 2017) del partido. No creo que haya cambiado de opinión, aunque ahora, a la fuerza ahorcan, intenta llevarse bien con él. Valga la referencia para abundar en la explicación: Sánchez es un tipo que piensa en él y todo lo demás para él es entre secundario y marginal. O inexistente. 

Su forma de ser se refleja en la insólita personalidad política disociada de la que hace gala. O sea: no es el mismo en función de las circunstancias. Lo dijo Carmen Calvo en celebrada y recordada ocasión: lo que había prometido cuando era secretario general no valía para nada cuando ya era presidente. Por la misma razón es perfectamente capaz de decirles a ERC, PNV, Bildu y demás que lo que acordó con ellos fue en su naturaleza de aspirante a la investidura y que, según la doctrina Calvo, no tiene por qué ser lo que haga o diga ahora al ser ya presidente efectivo y por tanto no hay razón para cumplirlo. No faltan -y aunque parezca mentira, no es broma– los socialistas que así explican los pactos con los “indepes”, aseguran que no los cumplirá. Es posible. Ya se verá. 

En cualquier caso, si se analiza la negociación e investidura por ellas mismas y al margen de las concreciones futuras que puedan lograrse en la famosa “mesa de negociación”– si es que alguna se alcanza– , el avance de las posiciones políticas separatistas es meridiano. No, España no va a romperse. Por ahora. Lo que entra dentro de lo posible es que Sánchez, al estar libre de las cargas de todo tipo – ideológicas, políticas, éticas, orgánicas… – con las que todos los demás presidentes del Gobierno han tenido que apechugar pueda culminar algún tipo de acuerdo con ERC y el PNV que, al ir desarrollándose en los próximos cuatro años, vaya cambiando la relación entre el Gobierno y los ejecutivos autonómicos de Cataluña y País Vasco. En el sentido que los respectivos autogobiernos se incrementen mucho -mediante transferencias de poder político, económico y sentimental (selecciones deportivas, por ejemplo)– a través no de la reforma de la Constitución -que requeriría del voto del PP, que no parece probable que lo ceda – pero sí de nuevas leyes y de la muda de otras existentes, amén de la práctica política desde el Ejecutivo -verbigracia: no recurriendo ciertas leyes vascas y catalanas al Constitucional, no poniendo trabas al incumplimiento de sentencias del Supremo y del Constitucional al respecto del idioma en ambas comunidades… -. Esto sí que es posible, incluso probable, que se consiga. Si es que el acuerdo base con ERC no salta por los aires fruto de la presión contraria combinada del puigdemontismo y de la derecha política, jurídica, empresarial e institucional, lo cual no puede descartarse de ningún modo, tal es la ofensiva que han desatado. 

Pase lo que pase en el futuro inmediato y a medio plazo es indudable que, como poco, desde la negociación post-electoral PSOE-ERC-PNV y con la investidura el separatismo ya ha alcanzado unos éxitos que nadie pensaba que iban a ser posibles. Son de orden propagandístico -y éste es política, sin duda-, si se quiere, pero existen. No sólo es -que también y no es poca cosa– que el PSOE y Sánchez hayan asumido el lenguaje soberanista. Es que hace siete u ocho años nadie en Europa sabía quiénes eran los “indepes” catalanes y hoy son estrellas mediáticas y políticas. Han alterado en este tiempo la jurisprudencia sobre la inmunidad de los europarlamentarios. Los altos estamentos judiciales de los principales países europeos se plantean qué podrían resolver en caso de llegarles algún conflicto relacionado con la cuestión. El conflicto catalán sonaba a la sazón a marcianada y hoy está en la agenda -de forma sorda, sin duda, pero en ella – de los gobiernos y de la propia Unión Europea. Todos estos estamentos europeos están estupefactos ante el hecho de que parte de los que hace dos años eran perseguidos por la justicia española -y hoy encarcelados- ahora han negociado la investidura del Gobierno del país del que quieren desgajar su territorio: si esto por sí solo no es ya una gran victoria…

Pero por encima de todas estas constataciones aún mucho más relevante es que la intentona secesionista de 2017 -por muy burda, impostada y fantasiosa que fuera – que mereció la persecución judicial, lejos de tener por respuesta del Gobierno del Estado la proscripción política de sus protagonistas éste va darles un premio en forma de más poder institucional autonómico. Algo que sorprende y a la vez fascina por ahí afuera porque desvanece el discurso que criminaliza el independentismo. 

No puede dudarse, en fin, que el separatismo ha conseguido una gran victoria. Cuyo alcance exacto no se puede conocer ahora mismo. Nadie sabe lo que ocurrirá en el futuro, pero no cabe duda de que en relación a la reivindicación catalana –y vasca– de independencia nada es igual a hace unos pocos, muy pocos años antes.