La confederación ibérica después del 155

09

02 2018

Según el gobierno nacional, enseguida que haya un nuevo ejecutivo en Barcelona quedará sin efecto el artículo 155 y la Generalidad catalana volverá a estar en manos de los independentistas. Formalmente. Porque de hecho no ha dejado de estarlo ni un segundo desde que se activó supuestamente la famosa intervención. Cierto es que no está en manos de Fuigdemont y compañía, pero sí en las de sus segundos y terceros de a bordo que han seguido marcando el rumbo.

Es inevitable preguntarse si tanto escándalo habrá servido para algo. Todo el mundo conoce la respuesta. Entonces, ¿a qué vino? Ahí ya las variantes interpretativos se acumulan, pero va abriéndose camino cada vez con más intensidad la opción de pensar que a lo único que han podido llegar Rajoy, Borbón, Sánchez, Rivera, los generales y el Íbex ha sido a intentar convencer a la España profunda de que han hecho algo intenso e importante, aunque la pretensión quedará en evidencia cuando, dentro de unos meses, se pueda analizar fríamente todo lo acontecido.

Debe ser demoledor para los unionistas ver como meter en la cárcel a unos y que se fuguen los otros no habrá conducido a nada más que a su sustitución por otros tan o más independentistas de la vía unilateral que pondrán en práctica cuando crean oportuno, porque el Estado ha sido incapaz de volver atrás ni uno solo de los vectores de actuación separatista que condujeron al escarceo de octubre, claramente usado por el secesionismo a modo de test. Ahora ya saben qué hacer y qué no la próxima vez. El Estado, por su lado, está de los nervios sin saber qué hará ni cuándo el independentismo.

La conclusión lógica de todo este episodio la ha dado el PNV. Que ha recomendado a Madrid que si quiere mantener la formal unidad nacional reconozca, vía reforma de la Constitución, una especie de confederación ibérica, con tres naciones –España, Cataluña y País Vasco- en pie de igualdad. Dado que el Estado ha demostrado ser incapaz de rectificar la no existencia de España en Cataluña, igual que pasa en las Vascongadas, lo de la confederación se barrunta como la única salida airosa. Aunque sea el preludio de una futura separación entre las tres naciones, algo que al menos de esta forma se aplazará hasta un futuro en el que ya no quedará en activo ninguno de los políticos de ahora. Y a los que les toque –pensarán Rajoy y compañía-, que apechuguen.

Democracia en España, de mal en peor

26

01 2018

Lo que ha pasado durante la semana previa a la sesión de investidura convocada por la Mesa del Parlamento catalán para el martes día 30 de enero es muy grave.

Nos podemos quedar en el anecdotario, muy rico sin duda, provocado por un gobierno nacional de los nervios que ve “puigdemonts” por todas partes y que hace peinar a la Policía Nacional y a la Guardia Civil puertos deportivos, alcantarillas, aeródromos donde sólo de realizan vuelos de paracaidismo… provocando los chistes y mofas consiguientes, más que merecidas. Podemos, igualmente, reducir al esperpento valleinclanesco tanto a lo que hace el Ejecutivo de M. Rajoy como a las acciones no menos delirantes del independentismo, con un Puigdemont lanzado en pos del estrellato del absurdo. Sí, podemos quedarnos en todo esto, que no diré que no sea llamativo e incluso divertido. Y merece ser reído, qué duda cabe. Pero no dejemos en el olvido dos cosas acaecidas en estos días que ponen los pelos de punta.

La primera es la decisión del magistrado del Tribunal Supremo de no emitir la orden de detención europea contra el expresidente de la Generalidad catalana porque, dice el juez, precisamente esto mismo el huido querría que ocurriese para favorecer sus opciones de ser de nuevo investido en el cargo. Esto debería ser motivo de análisis del Consejo General del Poder Judicial. ¿Cómo un juez se permite hacer estas valoraciones políticas en un auto para justificar que no ordena detener a un fugado de la justicia?¿Desde cuándo la justicia obedece a estos intereses políticos y no a una aplicación del derecho políticamente neutra?… Esto es muy grave y no puede pasar al olvido. O no debería, para más bien decir, porque a fuerza de ser sincero todo indica que ahí mismo acabará. Y peor: siempre nos quedará –a los demócratas, me refiero- la inquietud de saber que ¡en el Tribunal Supremo! se decide detener a un fugado o no en función de valoraciones políticas. Lo cual no casa de ningún modo con el Estado de Derecho y la democracia.

Otrosí: la vicepresidenta del Gobierno compareció ante los medios de comunicación para anunciar que el Ejecutivo decidió hacer caso omiso de la recomendación del Consejo de Estado en el recurso ante el Tribunal Constitucional contra la convocatoria del pleno para investir a Puigdemont. Y que por tanto lo presentó. Erre que erre. En su intento de justificación, Soraya Sáenz se mostró balbuceante, insegura y con voz trémula aseveró que a Puigdemont no le concurren sus plenos derechos como ciudadano, sin especificar cuáles han sido suspendidos por la justicia, la única instancia que podría hacer algo así. La respuesta es obvia. Ninguno. Los tiene todos. Porque es inocente hasta que un juez dictamine lo contrario o, en su defecto, hasta que otro, el instructor de la causa, determine que se le imponen cauciones que le impidan ser investido. Pero nada de esto ha ocurrido. No pueden extrañar los balbuceos de una abogada del Estado al presentar esa ignominia que tiene por objetivo retorcer la ley para evitar que un adversario político se salga con la suya.

No sé cómo acabará lo de Cataluña, pero sin duda lo de la democracia en España va de mal en peor.

El PP y el PSIB desean al PI

12

01 2018

Quedan apenas catorce meses para nuestras elecciones regionales. ¿Quién nos gobernará? ¿Seguirá Francina Armengol o la sustituirá Biel Company?

El conservador, a despecho de quienes desearían quitárselo de encima, quiere ser el candidato y tiene todo a su favor para serlo. Otra cosa muy diferente es cómo le irá en las urnas. El mismo Company reconocía implícitamente ante los micrófonos de IB3-Ràdio –en el programa Al Día, el 12 de enero- que sabe que el PP no sólo no va a obtener la mayoría absoluta sino que va a quedarse bastante por debajo de ella. Y que por tanto –literal- aspira a pactar a la vez con Ciudadanos y el PI (Proposta per les Illes). Lo tiene muy claro. Es al menos la segunda vez que lo dice en público, pero en la primera, allá por la pasada primavera, no lo enfatizó tanto. Es puro acto de aceptación de la realidad. El PP, con el 28,5% de voto en 2015, en su media balear, no puede ni siquiera soñar con arañar aquellos porcentajes superiores al 45% que obtuvo de 1991 a 2011 que dejaban los comicios con únicamente el interrogante de si obtenía o no –en cuyo caso gobernaba UM con la izquierda- la mayoría absoluta. Todo lo demás era irrelevante. Ahora sin embargo Company es consciente de que si tiene la suerte de no bajar su porcentaje, un resultado por encima del 30% ya sería bueno y acercarse al 35% resultaría fetén. Y estas cifras seguirían dejándolo muy, pero que muy lejos de los 30 escaños de la mayoría absoluta. Por tanto sus márgenes de esperanza quedan reducidos de hecho a solamente que sus diputados más los que obtengan el PI y Ciudadanos sumen 30 y pueda pactar con ambos.

Hay gente que lo considera imposible porque son partidos antagónicos en cuestiones culturales y lingüísticas. No obstante a Company no parece importarle mucho: “en política nada es imposible”, dijo en la radio autonómica. Tiene razón. No obstante no será ésta la cuestión fundamental, si puede o no pactar con las dos formaciones a la vez. No. Lo será si la izquierda necesitará el PI para gobernar en caso de que no obtenga mayoría absoluta como tiene ahora. Ahí estará la clave esta vez.

Lo ha entendido a la perfección de Francina Armengol que se apresta a llevar entre algodones a Jaume Font y a los suyos en lo que resta de legislatura. Lo mismo que Company, por la cuenta que le trae. PP y PSOE van a disputarse el amor –político- del PI con intensa pasión.

En caso de que la izquierda necesite también el PI para gobernar, entonces el precio de los regionalistas, que podrán ellos solos inclinar la balanza a un lado u otro, aumentará hasta los límites que ya hemos visto en nuestra historia. Y ambos partidos mayoritarios se disputarán su favor ofreciéndole de todo y más.

Cataluña, ahora y luego: independiente

28

12 2017

Ya tenemos resultado de urnas catalanas con todas las garantías democráticas. Vencen los separatistas. Setenta diputados sobre ciento treinta y cinco. Mayoría absoluta. Sí, hay divergencias profundas entre Juntos por Cataluña, ERC y CUP pero no obsta para que sea lo que es: los constitucionalistas han perdido frente a los separatistas. Y ahora, ¿qué se puede hacer?

Después de la declaración de la república independiente de Cataluña, el pasado octubre, no queda duda alguna de que algo así no es viable. Y así seguirásiendo a corto plazo si pretenden volver a declararla de forma unilateral. Ningún país la ha reconocido y la actuación del Estado, mediante la aplicación del artículo 155 de la Constitución, interviniendo la Generalidad autonómica, no ha merecido la respuesta de un pueblo levantado por su libertad. Por tanto, luego de la constitución del Parlamento regional y de la toma de posesión del presidente catalán, y del nombramiento de su gobierno, no quedará otra que buscar vías para negociar entre Madrid y Barcelona. No sabemos todavía cómo ni entre quiénes, pero desde luego el qué está muy claro. Algún tipo de pacto, en primera instancia no es necesario que sea a través de la reforma de la Constitución, para que las competencias esenciales y más simbólicas de Cataluña estén en la práctica blindadas. Luego, a medio plazo, será inexorable la muda constitucional para hacer de España un país confederal al menos en algunos aspectos, para que el País Vasco y Cataluña sean naciones políticas -casi- al mismo nivel que España.

De esta manera se evitaría la secesión unilateral durante algunos años. Es verdad, sin embargo, que como se analizaba estos días en la BBC, el futuro a largo plazo, más allá de una década, pinta mal para el mantenimiento de España. Y lo mismo para otros países, no sólo de Europa. Cada vez se está extendiendo más el fenómeno de zonas ricas que quieren separase de las pobres de su propio país, para ser más pudientes. Según el servicio de análisis estratégico del ministerio de Defensa británica -citado por la radio y televisión pública referida- este proceso es imparable, y no sólo en Europa, y augura para mediados de siglo una verdadera epidemia global al respecto. A saber qué pasará dentro de tres décadas, pero a mucho menos tiempo vista es inevitable imaginar a Cataluña independiente de España. Porque tras los resultados electorales -nada que ver con la fantasmada del 1 de octubre- no puede negarse la legitimidad de la aspiración separatista, que se ha expresado mediante las leyes y las normas democráticas. Todo puede cambiar, pues es política de lo que hablamos, un ámbito cambiante como ninguno, pero la solidez separatista -al menos hoy por hoy- se demuestra tan contundente que de mantenerse así un par de elecciones más sería imposible contener -excepto que mediara la violencia, así sí- el deseo de separación.

El turismo, el consejero y la consejería

15

12 2017

La consejería de Turismo del gobierno balear es muy entretenida de ver. No hay consejero que sea capaz de completar una legislatura. Llevamos ya cuatro ejecutivos cambiando este responsable como si nada. Es curioso porque en teoría es el único departamento del gobierno regional que tiene todo lo necesario para ser el serio, el que de veras gestionase políticamente el ámbito económico y social más importante de estas islas, el turismo. Sin embargo los festivales de consejeros que nos deparan nos permite entender que en el fondo –o no tanto- la gestión política del turismo no es muy diferente a la de, pongamos por caso, la agricultura o los transportes. O sea que está a la misma altura. Por tanto, dentro de la norma habitual de esta autonomía que nunca debió existir: la nimiedad y el dejar hacer, en esencia, aunque se recubra de mucha ley que casi nunca de nada sirve.

En la gestión política del turismo se evidencia la incapacidad de los sucesivos gobiernos regionales. Ninguno de veras ha cambiado no ya el modelo –lo cual es imposible- sino que ni siquiera han sido capaces de mudar la forma de gestionar tan típicamente isleña, que se basa en el “ja ho veurem” combinado con el “ja està fet”. La esencia de nuestra idiosincrasia se confunde así con la única política turística que de veras ha funcionado, la de Gabriel Cañellas: dejar hacer (a los que mandan, los hoteleros) y dejar pasar (el tiempo), que es el principio sagrado del liberalismo a la balear bien entendido, que es de todo menos liberal.

Ciertamente: don Gabriel explicó en el Parlamento balear, en su investidura del año 1991, que la única política turística que valía la pena era la de atraer cuantos más turistas mejor y que todavía más bueno sería si en parte importante buscaran residencia aquí. ¿Alguien puede decir que no haya tenido éxito? ¿Alguien se atreve a decir que en estos últimos 26 años ha habido algún consejero, algún gobierno regional que no siga el mismo objetivo?…

Que nadie por tanto se rasgue las investiduras porque Biel Barceló ha sido defenestrado por los suyos de la consejería de Turismo. Qué más da quién haga cómo si la dirigiera. Todos sabemos quiénes de veras lo hacen. Antes, ahora y siempre.

Cataluña luego de urnas

24

11 2017

A medida que pasan las semanas se va viendo con más nitidez que el 155 no va a ser lo que muchos pretendían. No habrá, de ninguna manera, una intervención efectiva en ningún ámbito de la Generalidad catalana excepto en el gasto, controlado desde Madrid. Durante, esto sí, poco tiempo. Ni esto será a largo plazo porque, como ha dicho Mariano Rajoy, cuando el futuro nuevo gobierno catalán tome posesión, si se porta bien se deshará la intervención presupuestaria.

Es de suponer que a nadie le quede ya duda alguna de que incluso ganando los separatistas el ejecutivo entrante se portará tal y como es debido hacerlo. Como siempre habían hecho y que tan bien les había ido hasta hace cinco años, cuando Artur Mas quiso ser un gran estadista jugando de farol con Rajoy y Madrid y acabó por demostrar ser sólo un enorme desastre a quien se le fue de las manos el invento del “procés”. Ahora poco a poco volverá a la normalidad. Con el gobierno de Barcelona aceptando “por imperativo” legal la Constitución y porque a la fuerza ahorcan el ordenamiento jurídico. Y a seguir trabajando por la futura independencia. Incluso así sería con el PSC gozando –como tantos esperan que ocurra- de la presidencia, porque los secesionistas de ERC seguirían teniendo enorme poder institucional.

Al mismo tiempo que en Cataluña la situación política irá normalizándose en Madrid se intentará buscar una solución para “el conflicto catalán”. No existe tal. Pero dado que en la Meseta los del PP y PSOE se creen que sí -y Podemos se apunta a ella, aunque nadie sabe ya a estas alturas qué cree este extraño partido- más pronto que tarde irán poniéndose las bases para un compongo con los nacionalistas catalanes más o menos al estilo del que existe con los nacionalistas vascos del PNV, y que funciona la mar de bien, como se está viendo estos meses.

En fin, como decía el torero filósofo, “lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible”. E imposible es que a estas alturas en Madrid se atrevan a intervenir la autonomía catalana, y, además, es que si fuera posible sería tal bestialidad que nadie en verdad lo desea. Así que por tanto no existe otro camino que el visto. Que es ir retrasando lo inevitable a fuerza de consolidarlo.

Así son las cosas. Y con ellas se puede convivir. Qué remedio.

El triunfo indepe, Cataluña: salida y solución

10

11 2017

Decía a la BBC el ministro de Asuntos Exteriores, Alfonso Dastis, que en España se va a afrontar una reforma constitucional para “acomodar mejor los deseos de algunos catalanes”. De los separatistas. De quiénes si no. Queda claro, pues, quién ha ganado esta batalla. A algunos de ellos les ha costado un buen susto y es posible que incluso haya quien pague con cárcel en firme durante algún tiempo, no mucho en todo caso. No obstante, el saldo de este duro y agrio enfrentamiento entre Madrid y Barcelona –todavía inconcluso- será nítido a favor catalán. Es verdad que con tanto ruido y niebla política como todas las partes echan, a menudo cuesta entender y ver qué está ocurriendo en realidad, pero si se hace abstracción de la cacofonía y de la bruma se observa de forma cristalina el éxito independentista.

Por supuesto que el Gobierno negará lo que Dacis ha avanzado. Pero seamos sinceros con nosotros mismos. Ni siquiera el ministro de Exteriores es el primero en formular lo que todos sabemos que ocurrirá. Es que no existe otra posibilidad. Claro que muchos españoles quisieran ver que Junqueras, “Fuigdemont”, Forcadell y compañía pagar con prisión durante décadas. Pero no pasará. Si el Gobierno del PP no ha dejado de excarcelar etarras, en cumplimiento del pacto no declarado –y del que jamás se aceptará su existencia- de rendición de la banda violenta –más de 200 han salido de las cárceles desde 2012-, cómo iba a enchironar a los independentistas catalanes que serán lo que se quiera pero violentos no son.

El separatismo catalán obtendrá a medio plazo, pues, su gran aspiración táctica. Una reforma constitucional que le suponga de hecho el blindaje de algunas de sus competencias. Mismamente, la regulación del idioma propio, de tal forma que sean imposibles los recursos judiciales contra el sistema lingüístico vigente en Cataluña que tanto gustan a algunos. Esto se da por descontado. Otrosí: algún tipo de financiación particular que si bien no será formalmente como la vasca se le parecerá mucho. Tampoco cabe descartar el acceso a las instancias europeas mediante delegación de Madrid, al menos en ciertos casos. Amén de quizás, sólo quizás, la consagración del separatismo simbólico en alguna que otra selección deportiva catalana compitiendo internacionalmente en aquellos deportes minoritarios que tengan escaso eco en la sociedad española…

No será inmediato, ni siquiera rápido pero así se hará. Porque no hay otra salida posible. No será, empero, la solución. Porque ésta, ya lo sabemos de sobra, se llama divorcio. Y éste ocurrirá más adelante, cuando Cataluña ya haya gozado suficiente de su nuevo estatus y la siguiente generación política de líderes separatistas -ya en cargos de segundo y tercer nivel- se apresten a dar el definitivo intento secesionista. ¿Cuándo? Quién sabe, pero no faltan décadas sino años solamente para llegar a esta solución.

El independentismo vence

22

10 2017

El separatismo catalán se apresta a asumir la derrota en esta batalla. El referéndum fantasmagórico fue un ejercicio de propaganda del que nadie puede extraer resultados cuantitativos. Sin embargo sirvió a los efectos que los estrategas del “procés” habían diseñado: la elevación del conflicto catalán hasta las agendas de las cancillerías europeas. Esto sin duda se consiguió. Cierto es también que tanto la UE en todos sus niveles como los gobiernos de los países continentales han cerrado filas con nuestra Constitución y contra la secesión unilateral. Por tanto cualquier declaración de separación será inútil en la práctica y como mucho buscará el consumo simbólico interno para la parroquia. Un forma de poder decir algo así como ‘hemos hecho lo que dijimos que haríamos’ aunque sepan que no lo han hecho, porque mintieron al decir que todo sería tan fácil, que tendrían un estado independiente en la Unión y que sería el más feliz de los países. Sí, mintieron. Afortunadamente este proceso se ha basado en mentiras, propaganda y mucha manipulación mediática en lugar de tiros.

Retomando el hilo, sí, es cierto: el separatismo ha perdido la batalla. Qué duda puede caber. En realidad ninguno de los dirigentes del “procés” pensaba que las cosas serían muy diferentes a como están siendo. Puede que sí alguno de la CUP o el mismo Puigdemont –que lo ha hecho rematadamente mal, por cierto- dudaran de que el gobierno nacional utilizaría, si no había otro remedio, el famoso 155. O lo que fuera. Pero no tenían dudas en el Pdcat donde el presidente no cuenta con las bendiciones de muchos de sus dirigentes. En este partido siempre ha habido absoluta claridad mental al respecto del objetivo a perseguir. “Claro que no habrá referéndum propiamente dicho, claro que no habrá independencia y claro que tendremos consecuencias negativas, pero obtendremos a medio plazo un mejor Estatuto y nos hemos asegurado que la cuestión catalana siga viva por muchos años”, me explicaba –la cita no es literal pero ése es el fondo- antes del 1 de octubre un nacionalista bien conectado con las alturas de la ex Convergència. Ahí está la clave de todo.

Al contrario de lo que ocurre en Valencia y en Baleares, donde la sustitución cultural debido a los aludes de inmigración han castellanizado tanto la sociedad, en Cataluña la guerra -por seguir con símil bélico- la está ganando el catalanismo y sobre él el nacionalismo ha erigido su hegemonía política y electoral. El “procés” ha convertido todo el nacionalismo en separatismo. Ha perdido aparentemente esta batalla, sí. Pero la guerra le va la mar de bien. Barcelona ha conseguido que la cuestión catalana se haya internacionalizado, cuando pase la tormenta actual va a obtener más autogobierno para la Generalidad y por ende ha conseguido una ventaja estratégica respecto a Madrid, porque en la próxima arremetida para alcanzar la secesión tendrá más eco internacional, más fuerza parlamentaria, más experiencia sobre qué no hacer y qué sí y más poder institucional que Madrid le va a dar. Y en buena parte todo será gracias a la derrota de esta batalla.

España y Baleares sin Cataluña

07

10 2017

Se habla día sí y día también sobre qué pasaría con una Cataluña independiente. De si tendría recursos suficientes o no para funcionar como un Estado serio. Para unos esto es un imposible y el nuevo país acabaría siendo un desastre económico y un drama social. Para otros sería poco menos que el paraíso con dinero de sobras y felicidad general. Quién sabe. De lo que nadie parece preocuparse es qué pasaría con la España que quedaría. Y a efectos regionales nuestros, qué pasaría con Baleares.

De entrada cualquier país que sufriera la amputación de un 19% de su PIB, como sería el caso, recibiría un golpe brutal a su economía en general y a sus presupuestos sociales en particular. Para hacerse una idea: Venezuela, gracias a la gran gestión de ese estadista universal que es Maduro, liquidó un 18% de su PIB en 2016, con el resultado por todos conocido. Si bien es cierto que ese pobre país rico ya venía de caídas grandes en años anteriores debido a la ineficacia corrupta del neo comunismo en forma de populismo que lo destroza desde hace tiempo, el golpe de casi un quinto del año pasado significó un golpe terrible y hundió el sistema de asistencia pública a la población más necesitada. No sería lo mismo en España, por supuesto, porque la situación de partida no puede compararse, pero la pérdida de casi un 20% supondría que quedarían en riesgo de, como poco, disminución severa las pensiones, la sanidad universal y la educación tal y como las conocemos.

Pero, claro, no es creíble que se fuera Cataluña y el País Vasco no le siguiera a corto plazo: un 6% del PIB. O sea que ya nos pondríamos más o menos con una derrama del 25%. A lo que en caso de añadírsele el casi 2% de Navarra, nada menos que España perdería el 27% de las aportaciones a su PIB. Entraríamos entonces en un nivel de drama que debería catalogarse de simplemente como catastrófico.

En esas circunstancias, sobre las regiones económicamente más dinámicas caería la responsabilidad de intentar evitar la ruina. ¿Adivinan el resultado? En efecto: más impuestos para todos pero en especial para nosotros los baleáricos, no en vano somos la región en la que más actividad económica relativa –en relación a la población- existe, lo cual queda en evidencia por el crecimiento que vamos registrando en estos últimos año, en el aumento de población por la inmigración…

En resumen, al margen de lo que cada cual piense sobre si Cataluña tiene o no derecho a independizarse y de qué pasaría con ese nuevo potencial Estado, lo más relevante es el enorme golpe que recibiría la economía española. Por eso nunca España dejará partir a su 19% del PIB. Al menos, sin que medien muchos muertos.

Madrid da la victoria al independentismo

23

09 2017

Cuando los independentistas catalanes aprobaron en el Parlamento del Principado la aberración antidemocrática de la convocatoria del referéndum perdieron toda razón que pudieran tener. Y la tenían, en origen. Porque las excusas de Mariano Rajoy para no permitirles la consulta fueron y son simple y llanamente mentira: la Constitución no prohíbe en ninguno de sus artículos un referéndum consultivo en una región para que sus habitantes opinen sobre lo que se quiera preguntarles. Podría haberse pedido a los catalanes sobre si quieren ser o no independientes. Pero Madrid sigue estando enfermo de los tiempos en que no se ponía el sol en su imperio. No quiso hacerlo. Rajoy no es David Cameron, ni el PP el Partido Conservador y Unionista (que este es su nombre oficial) británico ni el Reino Unido es el triste reino español. Si nuestra realidad fuera homologable a la democracia de allí, Rajoy hubiera asumido lo que explicó el primer ministro ante los Comunes: “puedo no aceptar el referéndum (escocés) porque es ilegal pero la democracia está por encima de las leyes”. A ver si en Madrid aprenden qué es democracia.

No obstante esta evidencia, que Madrid no tenga razón no se la da a Barcelona. Y en el momento en que en ésta se produjo la aberración de convocar el referéndum sin ninguna de las tres garantías esenciales previas que avalan una consulta democrática –censo público conocido con suficiente antelación para ser rectificado si fuera el caso, reconocimiento de la capacidad de convocar la consulta por parte de todas las fuerzas políticas del territorio y control judicial de todo el proceso- el gobierno de Rajoy obtuvo la victoria para sus tesis. Todo un regalo de los separatistas. Lo único que tenía que hacer era mostrarse frío y cerebral, dejar hacer el espectáculo a los secesionistas y actuar en consecuencia a partir del 2 de octubre, con la dureza legal que quisiera pero con tranquilidad.

Sin embargo lo ha hecho al revés. Nadie sabe exactamente qué fue ni cómo, aunque se puede sospechar, pero pocos días después de la aprobación del referéndum algo pasó en Madrid. El PSOE mudó de atacar al gobierno a apoyarlo y Rajoy dejó atrás sus respuestas proporcionales para desproporcionar la contestación del Estado. Y así vino el gran, enorme regalo a los soberanistas: políticos en sus despachos detenidos por la política que llevan a cabo –una imagen terrible en una democracia, que no se ha producido en ningún otro país europeo, ni en Estados Unidos, ni en Canadá…-, movilización de un ejército de policías para ocupar las calles de Cataluña, despojamiento a la Generalidad del control de su policía por decisión gubernativa, ataques cibernéticos, propagación de argumentarios al estilo de las consignas de las dictaduras contra los disidentes… Sí, los independentistas mienten, usan TV3 a su antojo… pero cuidado: en una disputa el que tiene mayor poder es siempre el que es más responsable –sea cuál sea el origen de la discusión-, el que debe evitar los males mayores y quien, de no hacerlo, es el culpable principal de las consecuencias: no debería olvidarse.

Se ha equivocado Madrid al imponer la mano dura, por mucho que esto haga aplaudir a todos los medios de la capital con la excepción de los dos digitales izquierdistas que existen y de la televisión del cutre espectáculo pseudo izquierdista, por supuesto. Se ha equivocado porque de esta manera Rajoy ha dado la comunión certificadora de la profunda división irremediable entre el independentismo –nacionalista y no nacionalista- y el constitucionalismo en Cataluña. Ha roto los puentes. Y lo que es peor para España. Es lo que esperaban, deseaban, anhelaban con desespero los separatistas que hiciera.

De esta manera la Cataluña secesionista ha ganado la batalla de la imagen internacional y aunque pierda la batalla del referéndum habrá generado una acumulación de fuerzas, vía la absurda y estúpida reacción del Estado central, que políticamente fortalecerá como nunca al independentismo que se verá dispuesto a plantear el segundo asalto en un futuro -ya lo preparan- no muy lejano con, entonces sí, alta probabilidades de éxito final.