Archivo de agosto, 2016

Burkini, feminismo y el baño

20

08 2016

A pesar del espectáculo político que vivimos en España, las competiciones deportivas internacionales de máximo nivel y los calores propios de la estación, una prenda de ropa ha adquirido honores de máxima atención mediática, al menos en la Europa mediterránea. El famoso burkini. Cuyo impacto trasciende el mero hecho de su utilidad.

En Francia lo prohíben, las feministas anti judías lo reivindican como símbolo de liberación –no se sabe de qué-, la ultra derecha abomina de lo que considera una muestra de colonización, su creadora se regodea en el éxito y el debate se extiende y gana en intensidad.

En los dos diarios digitales de la izquierda española es en donde mayor atención se ha regalado a la exitosa prenda de baño. Según la allí generalizada opinión del columnismo feminista, el bukini es un elemento de “rebeldía” ante el “machismo islamófobo”. Nada menos. Todo hay que decirlo: la inmensa mayoría de los comentarios que merecen estas opiniones en sus lectores son profundamente críticos y con un sentido común que huelga en los opinantes profesionales.

Que se pueda prohibir que una persona se bañe en la playa vestida cómo quiera resulta inquietante. Aunque sea en Francia. No es lo mismo, por mucho que algunos ultras lo pretendan, que evitar mediante reglamento o ley ir desvestido cómo se quiera. No, en absoluto: la desnudez en lugar público no acotado a tal efecto no es lógica ni está aceptada socialmente. Sin embargo la mínima cobertura de las partes femeninas, ya se sabe cuáles, hoy en día nadie la ve mal, tanto si es a pecho descubierto, como suele ocurrir en Baleares y en otras playas españolas, como si cubierto, tal y como va suele ocurrir en otros países mediterráneos europeos. Tampoco nadie critica que las haya que deseen taparse de cuello a nalgas con generosos trajes de baño. Ni levanta reticencias las -todavía pocas- personas que se bañan vestidas con camisas anchas para evitar una inconveniente exposición al sol de su muy blanca piel, y luego se ponen otras –secas- para tomar el fresco, si hace, bajo la sombrilla. Ni a nadie se le ocurre invectiva alguna si un hombre se limita a tapar lo mínimo con un tanga, o con un ceñido bañador de nadador, o mucho más y sin moldear nada con el de pierna media y ancha, o con el largo extra y amplísimo. Así debe ser: que todo el mundo tome sus baños de mar cómo quiera. Y si es en burkini qué mal podría hacer. Ninguno.

Ahora bien, que se pretenda decir que esta nueva prenda no implica ninguna carga ideológica es tan absurdo como pretender su erradicación legal. Y lo de suponerle la condición “rebelde” contra el “machismo”, sea “islamófobo” o no, no sólo es una ridiculez sino que retrata la obtusa mente del calificador.

Que cada cual disfrute del mar cómo quiera, dentro del orden establecido, pero que nadie nos quiera hacer comulgar con ruedas de molino ni con vestidos de baño para tapar totalmente, menos la cara y pies, a las mujeres –oh, qué curioso: no existe esta prenda para hombres, que aunque sean sarracenos pueden bañarse al modo occidental, qué rebeldía feminista más extraña, ¿no?-, ni perder de vista que la libertad se ejerce de muchas maneras pero que cuando alguien dice ser libre para vestirse –para baño o no- exactamente cómo dice que debe hacerlo su religión machista –sea cuál sea- está más que justificado dudar de su palabra.

Turismo, riqueza y futuro

07

08 2016

Vivimos del turismo de masas. No del selecto, refinado y escaso que descubrió las exóticas Baleares en el último tercio del siglo XIX o en el primero del XX. Sino del masivo y popular que a partir de los 50 empezó a gozar de las vacaciones pagadas, de los sucesores de aquellos primeros franceses que arribaron a Alcudia con el Club Mediterranée –mayorista galo de vacaciones creado en marzo de 1950- y que a velocidad de vértigo tuvo imitadores que de otros países nos trajeron turistas a millones.

Aquel fenómeno cambió nuestras vidas. A infinitamente mejor. Los anti turismo, los que pintan el centro de Palma con proclamas contra los visitantes, deberían saber que hasta 1953 partía de Palma un barco que hacía la ruta regular con Caracas, el último rastro de la emigración isleña hacia Latinoamérica. Y que aun en los sesenta todavía muchos baleáricos, al igual que los agricultores andaluces y extremeños, emigraron a Alemania, Suecia, Francia… -y algunos nunca volvieron- buscando lo que su tierra no podía darles. Así que estar en contra de una actividad económica que en escaso medio siglo ha cambiado tanto y para tan bien las Balearse es una insensatez.

Sin embargo no puede obviarse que nuestro modelo turístico está dando síntomas inquietantes. Veamos qué dice al respecto de cómo nos han ido los últimos 15 años la Fundación Impulsa, dirigida por el economista Antoni Riera: “En el año 2000, la renta per cápita de Baleares a precios constantes era de 28.163 euros mientras que la de un europeo era de 22.912. Y en estos años, Balears ha perdido un 18,3% de renta per cápita, para situarse en los 22.997 euros. Así, todavía queda por encima de la media española, de 22.333 euros, pero se ha quedado por debajo de la europea, que con un crecimiento del 13,4% (…) se ha quedado en 25.977 euros. Más concretamente, de 2000 a 2007 el PIB per cápita balear a precios constantes descendió un 6,4% mientras que en España aumentó un 14,2% y en Europa un 14,3% (a precios corrientes la renta per cápita balear aumentó durante este periodo). Este hecho explica que Baleares perdiera la posición privilegiada de la que gozaba cuando entró el nuevo milenio. Entonces las Islas superaban en más de un 20% el bienestar de un español medio. Pero este diferencial se ha dilapidado: si en el año 2000 Baleares superaba en 6.491 euros la renta per cápita media española, en 2014 solo la superaba en 664”.

Dicho de otra manera: Cada año batimos récords en cuanto al número de turistas que llegan pero la riqueza general, de todos, del conjunto social, disminuye; el trabajo es cada vez de menos calidad, por menos tiempo y en condiciones peores en su conjunto; los sueldos tienden a la baja y esta temporada alta para evitar subirlos incluso se han importado miles de trabajadores de la Península;  de la formación ya nadie se acuerda y, en resumen, la competitividad y rentabilización social del negocio turístico está disminuyendo.

Para más preocupación, el modelo de explotación requiere, por la creciente cantidad de turistas, de un gasto en recursos naturales que aumenta en progresión geométrica. Como el agua, tan en boga estos días. Sólo un dato: un residente consume de media por día unos 130 litros, mientras que un turista llega a los 440 (datos de un estudio de la UIB dirigido por el geógrafo Ivan Murray). A este ritmo de consumo del visitante, cuyo número crece cada año, las cuentas hídricas pronto no saldrán. Y como con esto, con tantas otras cosas: consumo eléctrico creciendo sin control, 90.000 coches de alquiler colapsando autovías y carreteras…

Quizá ha llegado el momento de pararse a pensar un poco en qué hacemos para seguir gozando de los beneficios turísticos. No sea que para que unos pocos se sigan aprovechando del negocio de todos –porque al fin y al cabo vendemos playas, territorio, paisaje, clima… que son de todos-, los muchos, que somos la inmensa mayoría, nos estemos perjudicando. A nosotros mismos y, sobre todo, al futuro de nuestros hijos.