Archivo de septiembre, 2017

Madrid da la victoria al independentismo

23

09 2017

Cuando los independentistas catalanes aprobaron en el Parlamento del Principado la aberración antidemocrática de la convocatoria del referéndum perdieron toda razón que pudieran tener. Y la tenían, en origen. Porque las excusas de Mariano Rajoy para no permitirles la consulta fueron y son simple y llanamente mentira: la Constitución no prohíbe en ninguno de sus artículos un referéndum consultivo en una región para que sus habitantes opinen sobre lo que se quiera preguntarles. Podría haberse pedido a los catalanes sobre si quieren ser o no independientes. Pero Madrid sigue estando enfermo de los tiempos en que no se ponía el sol en su imperio. No quiso hacerlo. Rajoy no es David Cameron, ni el PP el Partido Conservador y Unionista (que este es su nombre oficial) británico ni el Reino Unido es el triste reino español. Si nuestra realidad fuera homologable a la democracia de allí, Rajoy hubiera asumido lo que explicó el primer ministro ante los Comunes: “puedo no aceptar el referéndum (escocés) porque es ilegal pero la democracia está por encima de las leyes”. A ver si en Madrid aprenden qué es democracia.

No obstante esta evidencia, que Madrid no tenga razón no se la da a Barcelona. Y en el momento en que en ésta se produjo la aberración de convocar el referéndum sin ninguna de las tres garantías esenciales previas que avalan una consulta democrática –censo público conocido con suficiente antelación para ser rectificado si fuera el caso, reconocimiento de la capacidad de convocar la consulta por parte de todas las fuerzas políticas del territorio y control judicial de todo el proceso- el gobierno de Rajoy obtuvo la victoria para sus tesis. Todo un regalo de los separatistas. Lo único que tenía que hacer era mostrarse frío y cerebral, dejar hacer el espectáculo a los secesionistas y actuar en consecuencia a partir del 2 de octubre, con la dureza legal que quisiera pero con tranquilidad.

Sin embargo lo ha hecho al revés. Nadie sabe exactamente qué fue ni cómo, aunque se puede sospechar, pero pocos días después de la aprobación del referéndum algo pasó en Madrid. El PSOE mudó de atacar al gobierno a apoyarlo y Rajoy dejó atrás sus respuestas proporcionales para desproporcionar la contestación del Estado. Y así vino el gran, enorme regalo a los soberanistas: políticos en sus despachos detenidos por la política que llevan a cabo –una imagen terrible en una democracia, que no se ha producido en ningún otro país europeo, ni en Estados Unidos, ni en Canadá…-, movilización de un ejército de policías para ocupar las calles de Cataluña, despojamiento a la Generalidad del control de su policía por decisión gubernativa, ataques cibernéticos, propagación de argumentarios al estilo de las consignas de las dictaduras contra los disidentes… Sí, los independentistas mienten, usan TV3 a su antojo… pero cuidado: en una disputa el que tiene mayor poder es siempre el que es más responsable –sea cuál sea el origen de la discusión-, el que debe evitar los males mayores y quien, de no hacerlo, es el culpable principal de las consecuencias: no debería olvidarse.

Se ha equivocado Madrid al imponer la mano dura, por mucho que esto haga aplaudir a todos los medios de la capital con la excepción de los dos digitales izquierdistas que existen y de la televisión del cutre espectáculo pseudo izquierdista, por supuesto. Se ha equivocado porque de esta manera Rajoy ha dado la comunión certificadora de la profunda división irremediable entre el independentismo –nacionalista y no nacionalista- y el constitucionalismo en Cataluña. Ha roto los puentes. Y lo que es peor para España. Es lo que esperaban, deseaban, anhelaban con desespero los separatistas que hiciera.

De esta manera la Cataluña secesionista ha ganado la batalla de la imagen internacional y aunque pierda la batalla del referéndum habrá generado una acumulación de fuerzas, vía la absurda y estúpida reacción del Estado central, que políticamente fortalecerá como nunca al independentismo que se verá dispuesto a plantear el segundo asalto en un futuro -ya lo preparan- no muy lejano con, entonces sí, alta probabilidades de éxito final.

El desaguisado antidemocrático en Cataluña

07

09 2017

Al final ha habido lo que los dirigentes de las dos partes querían que hubiese. Un enfrentamiento institucional insólito. Se hubiera podido evitar. Pero ya está hecho. Ha pasado y las cosas en las próximas semanas van a empeorar. Y a las dos partes les interesa.

En efecto, Mariano Rajoy y el PP hubieran podido negociar políticamente con los independentistas -¿acaso no lo hacen con los vascos?- a lo largo de los últimos cinco años para rebajar la tensión y buscar ámbitos de acuerdo para que en el futuro se pudiera llegar a un acuerdo sobre un referéndum que la Constitución no impide. Es mentira que lo haga. El gobierno puede convocar una consulta -esto sí, no vinculante- en Cataluña sobre si quieren ser independientes. Y para hacerlo podría haber negociado, pongamos por caso, que se hiciera a medio plazo y con todas las garantías. No hubiera pasado nada, más allá de los aullidos amenazadores de la ultraderecha. Pero el PP no quiso. Porque le interesa mantener viva la polémica. Por la misma razón que la creó con su destructivo recurso al Constitucional contra la reforma del Estatuto catalán: porque le da votos en el resto de España.

La otra parte no está libre de culpas. Es cierto que un demócrata no puede oponerse a la voluntad  expresada por la mayoría -debidamente creada, como es el caso catalán- de los representantes de los ciudadanos de una parte de un territorio, aunque sea la de desgajarse del país al que pertenece. El ejemplo de Escocia -legalmente parte del Reino Unido “para siempre”, según se lee en el Acta de Unión de 1707- es válido: se podría haber argüido esta ley para impedir el referéndum escocés y sin embargo el primer ministro británico, David Cameron, explicó ante los Comunes que ninguna ley puede estar por encima de la democracia. A ver si en Madrid aprenden. No obstante, esto no significa que Barcelona sea inmaculada. En el fondo Puigdemont y sus muchachos usan también el “proceso” tácticamente. Para crear la máxima tensión política posible a costa de la ley -y esto no es lo mismo que lo dicho antes, aunque algunos no tengan cerebro para entenderlo- con la intención de ir a las futuras, no muy lejanas, elecciones de la mejor forma posible para sus intereses.

El resultado del empecinamiento de las dos partes es el que tenemos. Un problema morrocotudo.

Y finalmente: estar al margen de las dos partes exaltadas no es equidistancia sino sentido común democrático y por ende aceptar que se puede hacer un referéndum de separación de España, diga lo que diga la Constitución -siguiendo el ejemplo de Londres que convocó el escocés-, pero no puede hacerse sin las garantías democráticas que la comunidad internacional -tal y como se reconoce incluso en el informe de la Comisión de Venecia, muy favorable a los nacionalistas- ha exigido siempre -el último caso, en Colombia para el de la paz con la guerrilla- como previas a cualquier evaluación del mínimo de participación válida, de cómo ha de ser la pregunta, etc.: uno, que quien convoca debe ser una autoridad a la que se le reconoce esta capacidad por parte de todas, o la inmensa mayoría de, las sensibilidades políticas diferentes que existen en el territorio; dos, que se hace con el censo conocido previamente con el tiempo suficiente para ser, si fuera el caso, depurado y rectificado por el cuerpo electoral; y tres, que la autoridad que supervisa todo el proceso debe ser judicial. Ninguna de las tres concurre en Barcelona.

Así que, en resumen, no todo se pierde por el mismo lado y cada parte tiene su alícuota porción de culpa en este desaguisado que han montado Madrid y Barcelona. Y ahora a ver cómo nos salimos de esto. No será fácil.