Archivo de enero, 2020

La reforma del Código Penal, los presos y el futuro

24

01 2020

La posibilidad que el Gobierno de Pedro Sánchez busque, sea de forma directa –a través de un proyecto de ley– o indirecta -como proposición de ley presentada por el PSOE u otro grupo parlamentario, como el de Podemos-, una reforma del Código Penal ha suscitado una enorme polémica -y van… – por la intención, obvia, de reducir las penas a las que han sido condenados los dirigentes independentistas catalanes. Así, aplicando, como es de ley, la pena más favorable al reo, alcanzarían la plena libertad –contando que antes habrán tenido beneficios penitenciarios, como permisos u otros- mucho más pronto de lo que el horizonte de cada pena impuesta prevé ahora mismo. 

Es comprensible que el interés del Gobierno sea chocante para muchos españoles e incluso que otros consideren que es vergonzoso, pero no existe otro camino para intentar alcanzar una salida a lo que se vive en Cataluña. Cuando se trata de buscar obtener alternativa a un conflicto político, haya o no violencia de por medio, la negociación política es la única posibilidad, diga lo que diga la ley. Hay que tener un poco de perspectiva. La paz en el País Vasco sólo fue posible a cambio de la generosidad democrática de aceptar ir viendo a los terroristas por la calle. Sí, es duro para las víctimas y para cualquier demócrata. Pero es que no existe alternativa. Ocurrió igual en otros países. En Italia los líderes de las Brigadas Rojas cumplieron cárcel pero salieron más pronto de lo previsto por la generosidad democrática, lo mismo ocurrió en Alemania con terroristas de la Fracción del Ejército Rojo -si bien es cierto que sus tres principales líderes murieron en la cárcel en extrañas circunstancias– y por supuesto igual acontece en Gran Bretaña con los asesinos del IRA. Y remontémonos un poco antes: tras la Segunda Guerra Mundial la inmensa mayor parte de los homicidas nazis no fueron perseguidos y vivieron cómodamente en libertad hasta el fin de sus días en Alemania y Austria, igual que los fascistas en Italia y los criminales comunistas -tras la caída de las respectivas dictaduras- en Rusia, Lituania, Estonia, Serbia, Hungría, Polonia… No existe, no puede existir, futuro sin cerrar el pasado. Duro, sí, pero inevitable. 

Si en todos los países que padecieron estos movimientos políticos sanguinarios se ha ganado el futuro en paz y libertad a base de la extrema generosidad democrática, ¿cómo no iba España a perseguir el mismo objetivo en Cataluña a partir de igual generosidad si los separatistas no han usado la violencia? Por esto mismo con más razón, por supuesto. 

El “a por ellos” y los discursos ultra impostados tipo el de Borbón en octubre de 2017 pueden ser buenos para la digestión estomacal primaria, pero de ellos nunca en ningún país se ha obtenido nada en clave de futuro en libertad, democracia y en paz. 

En la España mesetaria existe una querencia evidente, que viene de antaño , a explicar la realidad que no se quiere asumir por la conjuración extranjera o quintacolumnista -y a menudo de ambas a la vez – que pretende sojuzgar la sagrada soberanía nacional que para muchos, y como dijo en celebrada ocasión la ultra nacionalista Esperanza Aguirre, “tiene 3.000 años de historia”. Todavía resuenan ecos de delirios imperiales. Una parte de los políticos que hacen carrera en la Villa y Corte nunca han asumido -todavía hoy- la que fue dramática pérdida del imperio y, mucho menos, de las últimas colonias en 1898: ahí está como prueba el éxito editorial de la fantasiosa novela de María Elvira Roca “Imperiofobia y leyenda negra”-

Déjense al margen las quimeras nacionalistas de un lado y otro – “Cataluña tiene mil años” es la tontería hermanada con la de Aguirre –, las ansias de sometimiento del nacionalismo catalán y céntrese el interés nacional en aceptar la realidad: que hay que resolver la cuestión del encaje del País Vasco y Cataluña en el conjunto del Estado. Son diferentes políticamente y como tales hay que tratarlos. Y lo son no por razón lingüística, no por razón cultural, no por razón histórica, no por otra razón que la democrática de comprobar que en ambas regiones se vota diferente al resto del país desde siempre: ¿acaso no basta? Es así de sencillo. Acéptese la evidencia y actúese en consecuencia. Es lo más sencillo, justo y, sobre todo, necesario. 

Si se así se asume, la reforma del Código Penal es el primer paso para la consecución de una posible salida del bucle catalán que permita que luego, con tranquilidad y con el tiempo que sea necesario, ir a la búsqueda de una estructura de Estado razonablemente buena o, al menos, aceptable para todos. 

Sánchez, su investidura, el pacto con ERC y PNV y la (posible) nueva España

11

01 2020

Los mismos que se reían de Pedro Sánchez porque “nunca” conseguiría pactar con ERC, pues era “imposible” tal acuerdo, ahora se suman a los que entonces clamaban contra la que veían segura ruptura de España, que son los que en tan pretéritos tiempos como 2004 ya se echaban a las calles contra igual apocalipsis nacional provocado, decían, por los impíos rojos y sus demoníacos socios de ERC y PSC. Hay cosas, como se ve, que se mantienen incólumes a través de las décadas en la tan peculiar política española. 

Sánchez es un personaje único. Al no estar lastrado -como servidor ha analizado muchas veces, aquí mismo también en más de una ocasión– por escrúpulos, principios ni ideología -ni, debe añadirse,vasallaje alguno a su partido, sea al resto de dirigentes o, mucho menos, a los afiliados – tiene plena libertad para hacer la política que más le convenga a él, sólo a él y a nadie más que a él. Que es lo que hace. Como me dijo una persona, compañera suya, que lo conoce muy bien, “Pedro sería capaz de acabar con el partido si así cree que conseguirá (convertir en realidad) su ambición personal”. Fue cuando después de la guerra interna desatada en el PSOE (septiembre y octubre de 2016) se habían convocado las mal llamadas “primarias” para elegir el secretario general (mayo 2017) del partido. No creo que haya cambiado de opinión, aunque ahora, a la fuerza ahorcan, intenta llevarse bien con él. Valga la referencia para abundar en la explicación: Sánchez es un tipo que piensa en él y todo lo demás para él es entre secundario y marginal. O inexistente. 

Su forma de ser se refleja en la insólita personalidad política disociada de la que hace gala. O sea: no es el mismo en función de las circunstancias. Lo dijo Carmen Calvo en celebrada y recordada ocasión: lo que había prometido cuando era secretario general no valía para nada cuando ya era presidente. Por la misma razón es perfectamente capaz de decirles a ERC, PNV, Bildu y demás que lo que acordó con ellos fue en su naturaleza de aspirante a la investidura y que, según la doctrina Calvo, no tiene por qué ser lo que haga o diga ahora al ser ya presidente efectivo y por tanto no hay razón para cumplirlo. No faltan -y aunque parezca mentira, no es broma– los socialistas que así explican los pactos con los “indepes”, aseguran que no los cumplirá. Es posible. Ya se verá. 

En cualquier caso, si se analiza la negociación e investidura por ellas mismas y al margen de las concreciones futuras que puedan lograrse en la famosa “mesa de negociación”– si es que alguna se alcanza– , el avance de las posiciones políticas separatistas es meridiano. No, España no va a romperse. Por ahora. Lo que entra dentro de lo posible es que Sánchez, al estar libre de las cargas de todo tipo – ideológicas, políticas, éticas, orgánicas… – con las que todos los demás presidentes del Gobierno han tenido que apechugar pueda culminar algún tipo de acuerdo con ERC y el PNV que, al ir desarrollándose en los próximos cuatro años, vaya cambiando la relación entre el Gobierno y los ejecutivos autonómicos de Cataluña y País Vasco. En el sentido que los respectivos autogobiernos se incrementen mucho -mediante transferencias de poder político, económico y sentimental (selecciones deportivas, por ejemplo)– a través no de la reforma de la Constitución -que requeriría del voto del PP, que no parece probable que lo ceda – pero sí de nuevas leyes y de la muda de otras existentes, amén de la práctica política desde el Ejecutivo -verbigracia: no recurriendo ciertas leyes vascas y catalanas al Constitucional, no poniendo trabas al incumplimiento de sentencias del Supremo y del Constitucional al respecto del idioma en ambas comunidades… -. Esto sí que es posible, incluso probable, que se consiga. Si es que el acuerdo base con ERC no salta por los aires fruto de la presión contraria combinada del puigdemontismo y de la derecha política, jurídica, empresarial e institucional, lo cual no puede descartarse de ningún modo, tal es la ofensiva que han desatado. 

Pase lo que pase en el futuro inmediato y a medio plazo es indudable que, como poco, desde la negociación post-electoral PSOE-ERC-PNV y con la investidura el separatismo ya ha alcanzado unos éxitos que nadie pensaba que iban a ser posibles. Son de orden propagandístico -y éste es política, sin duda-, si se quiere, pero existen. No sólo es -que también y no es poca cosa– que el PSOE y Sánchez hayan asumido el lenguaje soberanista. Es que hace siete u ocho años nadie en Europa sabía quiénes eran los “indepes” catalanes y hoy son estrellas mediáticas y políticas. Han alterado en este tiempo la jurisprudencia sobre la inmunidad de los europarlamentarios. Los altos estamentos judiciales de los principales países europeos se plantean qué podrían resolver en caso de llegarles algún conflicto relacionado con la cuestión. El conflicto catalán sonaba a la sazón a marcianada y hoy está en la agenda -de forma sorda, sin duda, pero en ella – de los gobiernos y de la propia Unión Europea. Todos estos estamentos europeos están estupefactos ante el hecho de que parte de los que hace dos años eran perseguidos por la justicia española -y hoy encarcelados- ahora han negociado la investidura del Gobierno del país del que quieren desgajar su territorio: si esto por sí solo no es ya una gran victoria…

Pero por encima de todas estas constataciones aún mucho más relevante es que la intentona secesionista de 2017 -por muy burda, impostada y fantasiosa que fuera – que mereció la persecución judicial, lejos de tener por respuesta del Gobierno del Estado la proscripción política de sus protagonistas éste va darles un premio en forma de más poder institucional autonómico. Algo que sorprende y a la vez fascina por ahí afuera porque desvanece el discurso que criminaliza el independentismo. 

No puede dudarse, en fin, que el separatismo ha conseguido una gran victoria. Cuyo alcance exacto no se puede conocer ahora mismo. Nadie sabe lo que ocurrirá en el futuro, pero no cabe duda de que en relación a la reivindicación catalana –y vasca– de independencia nada es igual a hace unos pocos, muy pocos años antes.