Archivo de abril, 2020

Bulos, mentiras, Gobierno, Guardia Civil, ultraderecha, ultraizquierda y nuestra democracia

26

04 2020

Todos los políticos mienten en alguna ocasión, los hay que lo hacen a menudo e incluso existe uno, Pedro Sánchez, que no dice verdad excepto cuando se equivoca. Pero eso no quiere decir que creen bulos. Según la RAE un bulo es “noticia falsa propalada con algún fin”. Mientras que la mentira es “expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se piensa o se siente” o, en segunda acepción, “cosa que no es verdad”. Existe, pues, un matiz importante entre los significados de ambas palabras. El bulo requiere de forma implícita de la voluntad de falsear algo para presentarlo como veraz con intención expresa de conseguir, más allá de la mera construcción de la mentira, un objetivo ulterior oculto. Los políticos democráticos mienten pero, en general, no fabrican bulos.

Por otro lado, de entre los bulos que hoy pululan por las redes sociales los hay sobre todo de dos clases. La inmensa mayoría responde a la voluntad de un idiota que se le ocurrió crearlo. A éstos no hay que hacerles caso por mucho que se viralicen. Son inocuos. Su recorrido es corto y sus efectos se limitan, como mucho, a los ingenuos que pudieran leerlo y creérselo. Sin más. Pero hay otros que son en verdad peligrosos. Y no sólo porque engañen a los que los leen y se los creen sino sobre todo lo son para el conjunto social o, mejor dicho y peor todavía, para el normal funcionamiento de las instituciones democráticas.

Estos últimos son los bulos que son “propalados con algún fin” que responde al interés oculto de una organización. Sea ésta política, institucional, económica, religiosa o de cualquier otra naturaleza. Hoy en día este tipo de bulos son parte de la permanente y soterrada guerra de propaganda que existe en las redes. Hace poco, el 19 de marzo, un portavoz del comisionado de Exteriores de la Unión Europea señalaba al Kremlin como responsable último de los bulos que en relación al coronavirus se estaban expandiendo por redes sociales con el objetivo de minar la credibilidad de todos los europeos en general respecto de la Unión así como de los nacionales de cada país en relación a sus gobiernos. No era ninguna equivocación ni exageración. La UE ha creado una comisión de seguimiento de bulos, de la que informa en una web, para desmentirlos. No sólo es Rusia la que está tras esa estrategia de erosión de las democracias occidentales. También existen webs de ultraderecha y de ultraizquierda que se dedican a los mismo, cada cual según sus intereses. 

Cuando se conoció que la Guardia Civil había sido encargada por el Gobierno de Pedro Sánchez de hacer el seguimiento de los creadores de bulos que mediante el ataque al Gobierno atenten contra el interés del Estado español en plena pandemia de coronavirus se armó la Marimorena. Y no es extraño. Porque Sánchez ha convertido en un prodigio de transparencia al “plasma” Mariano Rajoy y, además, tiene de vicepresidente a un comunista que, al igual que los fascistas, por definición ideológica no cree en la libertad de expresión, ni en ninguna otra de las que él llamaría, despectivamente, “liberales” y que son la esencia de toda democracia. De hecho es imposible ésta sin aquéllas. Sumado esto a la deplorable estrategia de comunicación del Ejecutivo, es comprensible, pues, que al conocerse la misión encargada al instituto armado se levantaran tantas y tantas críticas. 

Bien está que se critique por falta de transparencia al Gobierno del PSOE matrimoniado con la izquierda radical, uno de los más opacos que ha tenido España, pero no confundamos esto con la imprescindible necesidad de que el Estado se defienda -como lo hacen todos los demás democráticos– ante los propaladores organizados de bulos cuyo fin es atacar a nuestro Estado, o sea a nuestra democracia. Que los hay. Y muchos. 

Y contra este tipo de agresores a nuestro sistema tienen que actuar los servicios de inteligencia y policía. Claro que sí. Esto no se trata de libertad de expresión sino de imprescindible defensa de la democracia. Es verdad que es muy difícil perseguir legalmente a los creadores de estos bulos pero al menos sí se les puede contrarrestar identificándolos y dejándolos en evidencia pública. Como hace la UE con Rusia, por ejemplo. Pues de eso se trata. Que lo haga la Guardia Civil, la Policía, el CNI o todos a la vez da igual. Hay que hacerlo. Porque no es ninguna broma. Ellos van a por nuestro sistema democrático. 

El virus, las estupideces, la sociedad infantil a lo Disney y el coste humano y económico

17

04 2020

Habrá mayores estupideces, desde luego, pero no es de las que se quedan cortas la de utilizar el vocabulario militar para referirse a la campaña en marcha para intentar hacer frente a la epidemia de coronavirus. No, no es una guerra. No existe enemigo al que ver ni contra el que luchar. De un virus hay que curarse y vacunarse para que no volver a padecerlo, si es que se puede. Al enemigo se le mata o, al menos, se le rinde. No existe ninguna pandemia a la que se haya vencido ni rendido. Nunca. Lo único a lo que podemos aspirar es a controlarla, como mucho, a través de medicamentos y sobre todo con la vacuna que para este caso no estará lista antes de un año, como poco. 

El habitual final de las graves pandemias conocidas ha sido el silencio del virus. Sin que se haya acertado a explicar el por qué exacto. Como pasó con la más virulenta conocida: la de la gripe “española” de 1918, que se alargó más de un año y se manifestó en tres oleadas: de marzo a julio de 1918, de septiembre a diciembre del mismo año y de febrero a abril de 1919, siendo la segunda la más letal, matando en conjunto a unos 50 millones de personas en todo el mundo. Es pertinente el recordatorio por lo que ahora padecemos y al ver todos estos anuncios ridículos de vuelta a la “normalidad”: no ocurrirá tal cosa antes de que exista la vacuna. Mientras tanto ni habrá turismo de masas ni volveremos a nuestra cotidianidad. Así que calculen ustedes la intensidad de la caída económica que padeceremos – sobre todo en Baleares, debido al monocultivo turístico – y cuánto nos falta para volver “a lo de antes”. 

No son menos ridículas esas invocaciones al “juntos lo venceremos”, los cánticos en balcones de “Resistiré” y demás chorradas que tanto gustan y que son propias de una sociedad peligrosamente inclinada a un comportamiento infantil, en la que hay una considerable porción de sus ciudadanos que parecen creer que la vida es una mera transposición a la realidad particular de cada uno de una película de Walt Disney: que si se quiere se puede, que se tiene derecho a ser feliz, que si se persiste el éxito llega… o que si se lucha contra un virus se gana. Pues no. No es así. Nunca lo ha sido. Y no será diferente esta vez. 

No tenemos forma de adaptarnos a una enfermedad infecciosa tan nociva hasta disponer de medicación efectiva y vacuna. Pero como no queremos aceptar que es así, alentamos la toma de decisiones equivocadas que, en cualquier caso, no buscan la “victoria” ante el virus -imposible– sino preparar el sistema sanitario. Más allá de eso no hay nada más. Toda esta retórica belicista del Gobierno, medios de comunicación y feriantes del espectáculo televisivo es una estupidez como un piano. No vamos a ganar nada y mucho menos a un puñetero virus que nos está matando de forma masiva y seguirá matando hasta que exista una cura individual efectiva y una vacuna para prevenirlo. O, en su defecto, como pasó con la pandemia de gripe de 1918, hasta que infectó y mató tanto que funcionó el contagio de grupo: o sea, hubo tantos afectados que el “bicho” dejó de “comernos”. Es lo máximo que no es dado conseguir. Que ya sería la hostia, sin duda. Pero todo eso de los balcones, anuncios pagados de los gobiernos -regionales y nacional– para elevar la “moral de combate” y demás tonterías no va a servir de nada, excepto, quizás,alimentar el espectáculo televisivo.

Cuando se tengan todos los datos será el momento de analizar las cuestiones esenciales: si el coste económico – bestial – que vamos a padecerno hubiera sido mucho menor con otro tipo de medidas; si no hubiera sido mejor asumir un coste de vidas como inexorable y aceptar el virus como parte de la cotidianidad social mucho antes, aunque ese coste humano hubiera sido algo mayor del que tendremos que lamentar… Son cuestiones incómodas, cierto, pero es que la historia nos enseña que son éstas las que habrá que valorar y no las fantasías gubernamentales y mediáticas que tanto gustan ahora debido a la incapacidad mayoritaria de comportarnos como adultos y aceptar que no todo tiene solución en esta vida y, sobre todo, que ésta no tiene nada que ver con una peli de Disney.