Archivo de noviembre, 2020

Las razones de la aguda depresión política y electoral del PP y por qué tenemos Sánchez para rato

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11 2020

En política se suele funcionar por ciclos. Sobre todo electorales. Cuando un partido está inmerso en uno depresivo es casi imposible que pueda revertirlo. Lo único que cabe hacer es esperar. A que el adversario meta la pata hasta el fondo, cosa que no ocurre casi nunca, o que, como norma general, vayan mutando las circunstancias hasta que la fase adversa acabe. Grosso modo es así y aunque cueste de aceptar, así funciona la cosa. Los dirigentes de los grandes partidos lo saben.Por eso cuando las cosas les vienen mal dadas raro es el que apueste por algo más que aguantar. 

A mediados de los años noventa los altos cargos del PSOE balear y del nacional intentaban convencer a los periodistas con los que departían que la abstención que les había perjudicado tanto a partir de 1993 y que generó la victoria en Baleares por mayoría absoluta -la primera vez en solitario– del PP en 1995 y en en el cojunto nacional en 1996 la de José María Aznar por minoría -aunque alcanzó el Gobierno mediante pactos – podía revertirse a corto plazo y que, de hecho, sabían como conseguir que “vuelvan nuestros votos” porque, en el fondo, se habían “explicado mal” y que habían “aprendido la lección”. Estas excusas son clásicas en política. Las usan todos los partidos. Por supuesto los periodistas que tenían un poquito de experiencia se mondaban de la risa -no ante sus caras, claro – porque sabían que era una fantasía que ni ellos mismos se la creían. Nunca más se supo de aquellos votantes que huyeron del PSOE. Pasaron muchos años, 9, hasta que el ciclo depresivo socialista finalizó. 

Ahora el PP se encuentra en su particular período negativo. Haga lo que haga le saldrá mal y sus dirigentes saben que tienen entre escasas y nulas opciones de alcanzar el poder en las próximas elecciones generales. Por eso se agarraron con tanta fuerza a la disparatada posibilidad de que Pedro Sánchez pudiera caer por la pandemia. Nunca ha existido tal opción, por mucho que haya acreditado su absoluta incompetencia. De hecho, ahora, cuando va a aprobar los Presupuestos Generales del Estado, Pablo Casado y compañía han entendido que el socialista se mantendrá en La Moncloa toda la legislatura -ya ha invertido un año, casi, de ella – a no ser que avance las elecciones, lo cual lo hará en el momento en el que crea que más le beneficia, si bien es cierto que dado el fracaso de igual operación en noviembre de 2019 se lo va a pensar muy mucho antes de repetirla. Las anticipe o no, de lo que no hay duda es de que ha domado la legislatura y que la tiene a sus pies. Más aún, nada permite pensar -y éste es el quid del asunto de la fase depresiva del PP – que no vaya a renovar la mayoría que le da apoyo desde la moción de censura de hace ya casi dos años y medio. 

En efecto, para el PP todo son malas noticias. Igual que les pasaba a los socialistas de hace 25 años hay ahora dirigentes conservadores que hablan de la “recuperación” de los votos que tuvieron hasta 2011. No lo dicen en serio, porque no son tan tontos. Bien saben que no volverán en número significativo. Su temor es que como siempre le pasa al principal partido de la derecha, su fase depresiva sea bastante más larga de lo que lo son las socialistas. En cualquier caso saben que para volver a La Moncloa tienen que generar otros votos, nuevos, que les aúpen al poder en el futuro. Como hicieron en su día los socialistas. Pero eso, y también de ello son conscientes, no se hace en un año ni en una legislatura. Teniendo en cuenta que es el primer cuatrienio legislativo de Casado, el futuro inmediato apunta a una buena temporada en la oposición. 

Hoy por hoy el panorama que se abre ante el PP es el de una fragmentación como nunca del derechismo, contrastado por un creciente fortalecimiento de la posición socialista tanto por sus apoyos populares directos como por sus soportes parlamentarios, que los tiene cautivos, pues ninguno de ellos preferirá jamás -con la única potencial excepción del PNV que, por cierto, va viendo con pavor que pierde su preciada condición de as parlamentario para el PSOE, aunque esto no se completará por ahora – a Casado antes que a Sánchez. 

Los dirigentes del PP, en fin, saben que esta situación les deja sin opciones de ganar el poder tras las próximas elecciones generales, sean cuando sean, y esto es así no por lo que uno quiera creer,pensar u opinar sobre el Gobierno y/o la oposición sino por una cuestión de aritmética parlamentaria posible y, luego, por la aplicación de la geometría política. Una y otra favorecen al PSOE.Dicho de otra manera: el PP está inmerso en una fase depresiva muy aguda de la que saldrá en algún momento pero de la que por ahora no se ve el final. Por eso tanto la cúpula conservadora como todos los medios de comunicación derechistas de Madrid, la inmensa mayoría, han reorientado las invectivas hacia el Gobierno incidiendo en éstas a modo de ariete contra “el antiguo PSOE”, al que instan a rebelarse contra Sánchez so pena de lesa traición. Con el resultado, patético, de que no llega nia media docena de viejas glorias de los ochenta y principios de los noventa las que así se han manifestado. Como si Felipe González y Alfonso Guerra pintaran algo todavía en el PSOE. Este “antiguo” PSOE ya conspiró contra Sánchez y se lo cargó en 2016 para ser aplastado por la reacción contraria de las bases en 2107. Es éste el PSOE que cuenta hoy. No el otro, que ya dejó de existir hace tiempo. 

En resumen: el PP está en plena depresión y a menos que ocurra algo explosivo o que Sánchez se suicide -que no es descartable dado que le gusta apostar siempre al límite y es obvio que eso tiene altos riesgos – lo lógico en los próximos años es que el Gobierno mejore sus expectativas a partir de la vacuna y la normalización de la vida ciudadana a lo largo de 2021 y, sobre todo, en 2022, que la recuperación económica a base de enormes cantidades de dinero público permita un respiro general y que el PSOE sea el partido que más réditos obtenga, entre otras cosas por el nada desdeñable voto cautivo de cientos de miles de ciudadanos de muy poco poder adquisitivo con la vida subvencionada -al estilo socialista andaluz-, con el resultado global que, al tener como vasallos a todo el resto de la izquierda y el nacionalismo, sea imposible para la derecha desalojarlo del poder tras las próximas elecciones. Así que o cambian mucho las cosas a peor -que no parece posible, dado lo mal que ya estamos – o tenemos Sánchez para rato. Un rato de unos siete años, al menos. 

De Trump a Vox pasando por el neofascismo internacional y acabando, por supuesto, en Pedro Sánchez

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11 2020

Mucha gente en Europa celebra la derrota de Donald Trump creyendo que al dejar la Casa Blanca el movimiento que le puso ahí quedará desarticulado. No será así. Porque el todavía presidente estadounidense no ha creado ese movimiento. El “trumpismo” no ha existido ni existe. Los fans del idiota -en segunda acepción – de cabello naranja son del mismo tipo que los “supporters” de cualquier personaje generado en los platós de televisión. También Belén Esteban los tiene. Son fenómenos que duran más o menos, que tienen mayor o menor intensidad pero que se que agotan siempre en sí mismos. No tienen trascendencia. 

Trump puede degenerar mucho más todavía. Desde su humillante derrota en las urnas está caricaturizando la caricatura que ya era y es probable que su carrera política acabe con alguna grotesca puesta en escena que le retrate con más fidelidad, si cabe. Qué más da. Como si quiere volver a presentarse a la carrera presidencial, en 2024, como ya los hay que lo aseguran. O como si se hace, como parece haber dicho que quiere hacer, su propia televisión por internet para escucharse, verse y aplaudirse a rabiar. No cambiará nada por muchas patochadas que protagonice. Sus “supporters” le reirán las gracias, seguirán creyéndose -algunos – la imbecilidad de la conspiración demócrata para robarle la presidencia pero ya carecerá de importancia. Está amortizado para el movimiento que lo usó mientras le fue útil.

Eso es lo relevante: Trump nunca pasó de ser un alfil del creciente movimiento ultraderechista de Estados Unidos. Que es anterior a él -de hecho se empezó a forjar en serio cuando el hombre de cabello naranja decía simpatizar con el Partido Demócrata, al que ayudaba a financiar – y que le trascenderá. Ese neofascismo, travestido de defensor de las “libertades” frente a las “dictaduras progresistas”, no necesita ya de Trump. Ahora mutará -por ejemplo, ya lo ha hecho Fox, la televisión ultra que ha roto con el todavía presidente – en algo nuevo que será lo de siempre, buscando los caminos más eficientes para seguir horadando las libertades y los derechos humanos. 

Este fenómeno se extiende más allá de las fronteras estadounidenses y está progresando, mucho, en Europa. Es verdad que la versión de un país no es exacta a la de otro. El Frente Nacional francés incluso abomina del idiota de la Casa Blanca, pero eso no quita que se trate en esencia del mismo ultraderechismo de libro, por muy a la francesa que sea. Alternativa por Alemania es neonazismo en una versión que nada parece tener que ver con los de Marine Le Pen y no obstante son como dos gotas de agua. Y el Tea Party y las ligas supremacistas regionales -o estatales, allí – de los Estados Unidos no concuerdan con ninguno de los europeos citados, pero son iguales. Lo mismo ocurre con nuestros neofranquistas de Vox. Como tampoco ninguno de ellos se diferencia de sus victoriosos colegas de Hungría y Polonia, amén de los otros por el estilo que hay en numerosos países. Todos forman parte de ese movimiento neofascista que por muy disimulado que esté en cada caso bajo ropajes de pretensión ideológica diferente -que en verdad son apenas de matiz -, está hermanado en su odio a las libertades -a las que cita de forma bastarda como objeto de defensa y reivindicación- y por su objetivo de ir acabando con los derechos humanos -con especial predilección para con los de los inmigrados – y las democracias occidentales. 

Ese movimiento usa con fruición las redes sociales a través de las que propaga su bazofia. La cual converge con la basura que generan los centros a posta de Rusia y China. El objetivo común es aumentar aún más -de lo que sus gobernantes del estilo del ínclito Pedro Sánchez consiguen solitos – el descrédito de las democracias entre las respectivas ciudadanías. No, no es ninguna teoría de la conspiración. El mismo Parlamento Europeo así lo confirmó al respecto de Rusia el pasado marzo. Pero no hace falta que lo diga la Eurocámara. La semana pasada la agencia de noticias y televisión rusa oficial, Russia Today (RT), donde puede verse a diario y a las claras propaganda putinesca, bolivariana, castrista, justicialista y sobre todo, más tamizada, anti liberal, anti norteamericana y anti democrática, emitía un deleznable reportaje con el objetivo de denigrar a Joe Biden presentándolo poco menos que como un demente senil. 

Todos estos emisores son los que, en grado diferente y con disimulo variado según el caso, difunden las teorías conspiranoicas como, entre otras, el fantasioso “robo” electoral a Trump. Que se generó en el seno del movimiento QAnon -una de cuyas cabezas visibles ha conseguido escaño por el Partido Republicano en la Cámara de Representantes -, nucleado en una página web en la que se vierten todo tipo de disparates y que alimentan todas las redes sociales internacionales ultraderechistas, amén de las televisiones de ese ámbito ideológico. Verbigracia: en España la televisión de Vox, Toro TV.

A esta red de intereses internacionales de ultraderecha amén de anti occidentales se refiere el Gobierno español cuando dice que va a perseguir los bulos que atentan contra la democracia. Sin embargo, eso es tanto como pegarse un tiro en el pie. O mejor dicho, pegárselo a la democracia. Si se la quiere defender de veras no se hace a través de una iniciativa que la horada, como la de Sánchez. Quienes tienen que perseguir a los creadores de bulos y mentiras organizadas -separándolas de lo que es ejercicio de la libertad de expresión – son los fiscales y los jueces. Y los legisladores deben aprobar leyes modernas que canalice ese trabajo judicial. Pedro Sánchez no lo hace así. Si nos salva a centenares de miles del virus, según dice, gracias a su maravillosa gestión de la pandemia -reconocida por todo el mundo, tal y como queda claro cuando se consulta la prensa internacional, que alucina con su incompetencia – cómo no va a salvarnos del neofascismo internáutico. Lo hará a su manera, que, como en tantas otras cosas, supone una torpeza de tal magnitud que en realidad lo que está haciendo es lo contrario de lo que dice pretender. Así lo único que hace es alimentar el victimismo ultra. Y nada hay en política más efectivo que el victimismo para convertir una opción minoritaria en un brioso movimiento a la contra del poder establecido.