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Puigdemont, las elecciones europeas y su acta

13

05 2019

La candidatura de Carles Puigdemont al Parlamento europeo genera mucha controversia desde el mismo momento en que la anunció. No puede extrañar, por las especiales circunstancias del candidato.

De entrada la propia calificación que se le da ya es motivo de controversia. Está huido de la justicia. Que él diga que está localizable y por ende no huido es una tontería. Al situarse fuera del alcance de la ley española genera una posición que no es inédita, como suele afirmarse, aunque sí muy extraña, tratándose de un candidato electoral. Sin embargo, no hay sentencia firme que le restringa su derecho a ser elegido. Por tanto no existe duda alguna, como ha certificado el Tribunal Supremo y ratificado el Constitucional, que tiene plena la capacidad de presentarse a los comicios. Si el problema es que en España la legislación no prevé –como en efecto así es- un caso igual, pues es problema del legislativo, no de quien se presenta para ser elegido. Que se rectifique en el Congreso, si se considera conveniente, pero no se pueden aceptar normas excepcionales para una persona.

Hecha la precisión inicial, que ya desbarata muchas de las presunciones sobre el caso, pasemos a la polémica sobre si adquiriría, en caso de ser elegido, la condición plena de eurodiputado y cómo. Según general coincidencia, la condición se adquiere mediante el acta certificadora que expide la Junta Electoral Central, en Madrid. Es la única manera. Así que si el expresidente de la Generalidad catalana quiere ser eurodiputado, además de ser elegido no tiene otra opción que trasladarse a España a recoger el acta. Es pertinente la diferenciación entre ser sólo elegido y adquirir la condición porque bien podría ser que Puigdemont optase por la propaganda basada en el victimismo que tanto le gusta –la persecución antidemocrática de España y los etcéteras habituales- y no recogiera el acta, en cuyo caso no perdería –al contrario de lo que a menudo se asegura- el derecho a ser eurodiputado sino que éste quedaría suspendido hasta que hiciera efectiva tal condición a través del requisito citado, que estaría a su disposición durante todo el tiempo de la legislatura.

En caso de que optara por recoger el acta, ¿qué pasaría? Pues que en el mismo momento en que entrase en territorio español sería detenido. Como a cualquier otro prófugo se le mantendría en las dependencias policiales hasta que fuera presentado ante un juez. Y éste, al comprobar su condición de electo al Parlamento Europeo, no tendría más remedio legal que permitir que recogiera su acta de una forma u otra –incluso esposado, si así lo determinara- y, acto seguido, liberarle dado su aforamiento.

Y de esta manera se llega a la última cuestión del asunto: la inmunidad. Se asegura a menudo que el aforamiento no cubre actuaciones anteriores ni ajenas a la estricta condición de eurodiputado. Claro, como pasa con cualquier otro aforado. Esta cobertura legal especial no borra los potenciales delitos cometidos antes, en absoluto, sino que abre un paréntesis para que mientras sea aforado no pueda ser perseguido legalmente, excepto, claro está, que la Cámara dé el plácet. Así ha ocurrido con otros electos al Parlamento continental. Por ejemplo con nuestro José María Ruíz Mateos, cuya causa judicial abierta años antes se interrumpió al ser elegido europarlamentario y al finalizar su mandato se puso de nuevo en marcha.

En resumen. Si Puigdemont es elegido, tiene dos opciones. Recoger el acta o no. Si prefiere mantenerse alejado de la justicia española, haciendo propaganda victimista y acude, mientras tanto, al Tribunal de la Unión Europea, mantendrá la tensión de forma recurrente algunos años, y no se puede descartar cualquier fin del asunto, sea en el sentido de que se aceptase que no fuera eurodiputado pleno o, todo lo contrario, que el Parlamento se viera obligado a cambiar su normativa para que una cuestión formal como es dónde y cómo adquirir el acta no esté por encima de la substancial, la elección. Si por el contrario asumiese el trago de la detención, ésta se convertiría en portada mundial, a buen seguro, la imagen de España sería terrible, y, además, la justicia española no tendría más remedio que liberarlo en el momento en que recogiera el acta.

Sánchez, la derecha, las elecciones y la salida al conflicto catalán

17

04 2019

La derecha intenta con desespero centrar en la campaña electoral el miedo a la tradicional desmembración de España, el recurso más visceral que siempre ha usado para amedrentar al PSOE. Y le ha funcionado. Hasta ahora.

Hay que reconocer que Pedro Sánchez no se deja apocar como lo hicieron en su día Alfredo Pérez, José Luis Rodríguez, Joaquín Almunia, Felipe González… En efecto, todos los líderes socialistas anteriores al actual tenían asumido en lo más profundo que si dejaban entender a su electorado que una sola parte de la demonización antiespañola que le lanzaba la derecha era cierta podía considerarse derrotado de antemano. Por eso nunca el PSOE cuajó en la política que desplegó la ideología pretendidamente federalista e incluso confederalista que defendió en algunos momentos, por no hablar del reconocimiento del derecho de autodeterminación que asumía antes de 1977 para Cataluña y País Vasco.

Y ese mismo complejo está en el origen de la conspiración en contra de Pedro Sánchez que Susana Díaz lideró en el otoño de 2016. Al verse forzado a dimitir a la sazón, pareció que el PSOE recuperaría la forma tradicional de enfrentarse a su incongruencia seminal, la de defender en teoría una cosa pero hacer otra en la práctica.

Con el renacimiento de Sánchez, que ha supuesto la liquidación política de Díaz, González, Rubalcaba y etcétera, todo cambió. Este nuevo PSOE no es el viejo y no padece sus complejos. Le quedan, es verdad, resabios de su “prudencia” histórica, por ejemplo los relacionados con el ultraderechista catolicismo organizado, ante el que sigue acobardado, o al respecto de la decrépita monarquía basada en la corona inventada por el dictador Franco, a la que a pesar de declararse republicano todavía sostiene. Sin embargo por lo que atañe a la cuestión territorial, que es el debate político más importante, con diferencia, de España, su falta de obligación para con los líderes del pasado y las manos libres de las que goza, tras haber sofocado la conspiración interna, le otorgan la capacidad resolutiva del conflicto catalán como jamás se había dado –en potencia- en ningún anterior presidente del Gobierno.

Que está dispuesto a intentar la solución al conflicto catalán mediante la política se evidencia cuando en esta campaña le intentan afear que no diga que no pactará con los independentistas, o que no se comprometa a no indultar a los políticos separatistas juzgados… y él ni siquiera se digna a contestar. Son síntomas de su determinación. Y le da igual que la derecha insista en la cancioncilla tradicional. A él no le afecta. Veremos qué ocurre en las urnas, pero si Sánchez consigue ser investido, podemos estar por primera vez ante la posibilidad de un acuerdo de salida digna para ambas partes –no de solución, pues ésta no existe- que pueda servir para conllevarse durante unos pocos años más, no se sabe cuántos, quizás media docena o una decena, antes de que Cataluña pueda independizarse con garantías.

Es evidente que Sánchez y ERC ya han pactado algún mínimo de interés compartido. Lo dejó en evidencia Joan Tardà, cuando en declaraciones a La Vanguardia afirmó que “no habrá independencia por ahora, pero tampoco podemos seguir igual”. Ahí está la clave. Lo que se ha negociado y que se seguirá negociando si Sánchez gobierna tras las elecciones. Alguna fórmula que permita satisfacer un mayor, mucho mayor autogobierno catalán, con aspectos blindados –lengua catalana, financiación ad hoc, transferencias de competencias estratégicas como aeropuertos, entre otras…- y simbología tendente a la consideración nacional de Cataluña al margen de España. Este futuro acuerdo a medio plazo sólo está empañado en potencia no por la derecha –pues, como se ha dicho, sus hiperbólicas advertencias sobre la desaparición nacional no afectan para nada a Sánchez- sino por el ultranacionalismo, o sea por el movimiento de Carles Puigdemont. Si éste consigue ser de nuevo esencial el 28 de abril, es posible que juegue al bloqueo y toda la estrategia de Sánchez se derrumbe. No obstante, si no es decisivo o bien si –menos probable- pactara con los socialistas, entonces sí que estaríamos ante una situación política que podría conducir al pacto de salida para el conflicto catalán.

La fina linea azul entre el PP y Vox

09

04 2019

La diferencia entre que el PP, Ciudadanos y Vox sumen más fuerza en votos y escaños que el PSOE y sus potenciales aliados de izquierda y nacionalistas o que, por el contrario, no sólo no sumen sino que se anulen entre ellos, en especial entre el partido conservador y el neofascista, es muy delgada. La fina línea azul.

Con las elecciones andaluzas los más obtusos analistas lo tuvieron claro. Dos más dos es cuatro, ergo el Gobierno nacional será de derechas. Viva Vox que no es ultra, Santiago Abascal y cierra España a la izquierda. Dios es grande. Y a vivir que son dos días. Les costó tres meses que entrara en sus molleras que el objetivo de los ultras no es apuntalar a Pablo Casado y a sus muchachos sino acabar con ellos, superarlos. Es el único objetivo. Todo lo demás son excusas y propaganda para imantar votantes y dispararlos a modo de proyectiles hacia esa diana.

Por supuesto que los estrategas de Vox no esperan conseguir el objetivo el 28 de abril. Ese día pretenden alcanzar el primer paso de la estrategia. Se trata de conseguir restar suficiente fuerza al PP como para que el contraste con el PSOE –embalado al alza gracias a que los ultras carcomen a su adversario- le deje hundido y a Casado en una posición imposible, en la que tanto si dimitiera como si no la situación sería desastrosa. Para mejor exponer: algo así como lo que hubiera deseado Podemos respecto del PSOE y que sólo la incompetencia de Pablo Iglesias abortó entre las elecciones generales de 2015 y las de 2016, para suerte de Pedro Sánchez y sus conmilitones.

Es de suponer que los estrategas ultras aprendan de errores ajenos y sepan, tras las urnas de abril, manejarse con más inteligencia de la que demostraron tener los morados en aquellos meses. A buen seguro que esperan disponer de un panorama en el Congreso que les permita erigirse en el bastión más fuerte de la derecha contra la izquierda o, de otra manera dicho, aparecer ante el electorado derechista en su conjunto como la verdadera oposición a Sánchez, al tiempo que un PP fundido y un Casado amortizado no sabrían qué hacer, ni cómo, ni cuándo ni nada. Y con el horizonte de futuro de otras elecciones, fueran avanzadas o de convocatoria en tiempo regular, en las que entonces sí, dar el golpe de gracia al PP.

Da la sensación de que ahora, al fin, Casado y su equipo han entendido la situación. Que esa fina línea azul es tan delgada que apenas se ve pero que existe y que separa, a un lado, la ingenua convicción del PP de que tenía atados y sumisos a Vox y Ciudadanos al estilo andaluz, y, en la otra, el terrible panorama antes descrito. Es cierto, todavía, que nada está escrito y que aunque la mayoría de las encuestas dan más credibilidad al desastre del PP, con el resultado del Gobierno de Sánchez, que a la alternativa –Gobierno de Casado-, no hay que desdeñar ninguna opción. Todavía existe la posibilidad de que el PP, a pesar de quedar mermado, sume mayoría absoluta con Ciudadanos y Vox. Sin embargo es justo reconocer que así como se acerca la cita con las urnas, cada vez más militantes y cargos conservadores, al menos en Baleares, otorgan a esa contingencia características de milagro.

El ‘sorpasso’ de Vox al PP y el PSOE

23

03 2019

La dirección del PP se ha dado cuenta al fin que Vox no está para apuntalar a Pablo Casado sino para lancearlo y superar al partido. Su verborrea ideológica no tiene otro fin, igual que en su día la de Podemos ya pretendía hacer lo mismo con Pedro Sánchez y el PSOE.

Así es y fue, en efecto. Pablo Iglesias intentó asaltar el cielo y hoy está más cerca del infierno. Su extrema incapacidad estratégica le llevó a excesos tan evidentes tras las elecciones de 2015 que ya en 2016 sufrió una vía de agua en forma de votos – a través de la cual retornaron a lo que en tiempos los dirigentes socialistas llamaron la ‘casa común de la izquierda’ – que ahora resulta minúscula comparada con la actual, cuyo calibre, al decir de las encuestas, puede adelgazar el poder representativo morado a la mitad, lo que disminuiría todavía mucho más su capacidad de influencia sobre un hipotético nuevo gobierno liderado por Sánchez. Fuimos bastantes los que hace cuatro años analizamos que el PSOE podría acabar siendo muy parecido al PASOK, el socialismo griego al que Syriza primero superó y luego dejó en la insignificancia. Nos equivocamos. No ha pasado así. Sánchez, gracias a su arrojo irresponsable pero efectivo – aunque sea sobre todo por su interés personal – ha abortado la progresión neocomunista y situado a Podemos más cerca de la tradicional poca entidad comunista – primero del PCE y más tarde de Izquierda Unida – que de un partido con verdadera opción de poder. ¿O sea que pasará lo mismo con PP y Vox ahora?

No tiene por qué y sobre todo todavía no hemos llegado al punto de inflexión de la relación entre ambos partidos para saberlo . En el caso PSOE – Podemos el tal punto fue la moción de censura. A partir de ahí todo cambió a mucho peor para los morados y a mucho mejor para los socialistas. Tanto que puede decirse que el peligro del famoso “sorpasso” ya es un lejano recuerdo de lo que pudo ser y no fue. Para el caso de la competencia entre PP y la ultraderecha todavía no se sabe ni siquiera si los comicios del 28 de abril serán ese punto de inflexión. Podrían serlo. Si Pablo Casado sale de esas urnas catapultado a la investidura presidencial el futuro de Vox quedará sellado como muleta que podrá ser más o menos incómoda pero no llegará a desbordar esa modesta condición. Si por el contrario Casado se queda clavado en la oposición y el PSOE puede gobernar, las cosas cambiarán y las expectativas para el PP se oscurecerán muchísimo. Por un lado porque la formación neofascista le haría en ese caso todavía más daño por la derecha y por otro porque Ciudadanos podría morderle por el centro, aunque también es verdad que con lo limitado que es Albert Rivera nunca se sabe si sabrá aprovechar una oportunidad, como dejan en claro sus actuaciones desde mayo del año pasado, tiempo en el que su incapacidad ha abortado la progresión de su partido.

En cualquier caso la relación PP y Vox se establece hoy por hoy no como la propia de elementos complementarios sino como la de enemigos que luchan por la intersección de espacio y votos que existe entre ambos. Y como suele ocurrir en estos casos, el hecho de que la disputa favorezca, y mucho, al que se supone que es el adversario común no tiene la menor importancia porque no existe nada más perentorio en política que acabar – o al menos acotar lo más posible – al enemigo, que siempre es el prójimo y nunca el ajeno y simple adversario.

Periodistas, el juicio, nosotros y ellos

15

03 2019

Si uno lee la prensa barcelonesa y madrileña sobre el juicio que se desarrolla en el Tribunal Supremo a los dirigentes independentistas catalanes sólo puede concluir una cosa: que vive en mundos paralelos, cada una en el suyo, en los que la respectiva verdad no está contaminada, ni un ápice, por la realidad. Y ambas visiones se ofrecen a sus particulares lectores de forma rotunda y absoluta, sin matices de ningún tipo. Lo suyo es blanco o negro. El mundo dividido, en fin, entre los buenos – los nosotros – y los malos – el ellos -, lo que unos se llaman constitucionalistas y los otros soberanistas, los separatistas y los unionistas, patriotas contra patriotas – que nombre más terrible, qué triste tiene que ser padecer tal condición – de patrias que querrían ver enfrentadas.

Algunas veces se ha echado mano de la comparación histórica entre esta aberrante forma de hacer política que se ha generalizado en España y la misma que se daba en este país durante la Segunda República, que no era desigual a la que en las otras democracias se estaba llevando a cabo a la sazón y que lo que hacía en todas partes era carcomer el sistema gracias a la acción de comunistas, fascistas y ultranacionalistas que, al modo de termitas, llevaban a cabo la destrucción de los regímenes liberales. Gracias a tales totalitarismos, Europa vivió las dictaduras y las guerras por todos conocidas. 

No, no es la misma situación, afortunadamente, si bien no cabe ninguna duda de que la tensión provocada por el conflicto catalán está pervirtiendo no sólo la política democrática sino también la impartición del Derecho, retorciéndolo por interés político evidente, aunque no pueda decirse – es una exageración demagógica excesiva – que en nuestro país haya presos políticos. 

Si uno consulta prensa extranjera se da cuenta – aunque sea, como servidor, a través del ‘translate’ famoso, una maravilla alucinante de la tecnología – del contraste brutal que existe entre ella y la nuestra – sea ésta madrileña y/o barcelonesa -. Ahí afuera, donde no se padece en general interés parcial – alguno habrá, pero anecdótico -, se informa y se analiza con bastante mayor objetividad y deontología sobre el juicio y el conflicto político catalán. Y es curioso observar que los foráneos tienen claras dos cosas: que no habrá independencia ni tampoco solución judicial. Contrasta esa lucidez con la bruma nacional que retrata nuestra pasión ilógica, visceral y terrible, la de siempre. El tópico que vuelve y que no por serlo deja de ser cierto. 

Pedro Sánchez, el PP, Vox y las elecciones

26

02 2019

Sólo hay una razón para que un presidente avance elecciones. Que crea que así obtendrá mejores resultados que si espera a la finalización del período ordinario. Y Pedro Sánchez no es excepción. El actual jefe del Gobierno entendió que si agotaba la legislatura le iría peor. No tenía importancia, en realidad, que se hubiera quedado sin nuevos Presupuestos Generales del Estado. Podría haber funcionado perfectamente sin ellos durante todo el año y ya en el que viene embocar a urnas sin problema. Si ahora ha convocado es porque ve opciones ciertas de poder seguir en la presidencial. Tal cual.

Aunque desde la derecha se pretende que Sánchez está hundido, no es así. Ya veremos qué ocurre en las urnas, pero bien harían los derechistas en no dar por derrotado todavía al presidente, que este hombre, si algo ha demostrado –además de no tener principios- es que no es fácil de vencer.  

¿Por qué convoca ahora?

Por un lado porque empiezan a verse algunos nubarrones en el horizonte económico, y bien podría ser que a lo largo del año descargaran y la situación fuera peor de lo que es ahora. Por otro, porque no podía llegar al acuerdo de mínimos que persigue con el independentismo catalán –con el vasco ya lo tiene atado- hasta que no acabe el juicio contra los líderes separatistas, y haya sentencia, y él esté ya validado por las urnas, haya sido de nuevo investido presidente y tenga más aborregado a su partido, lo suficiente como para evitar tentaciones de rebelión, como con las que ha tenido que lidiar en el pasado. En tercer lugar y sobre todo, la cuestión fundamental que le ha llevado al avance electoral es que sus asesores demoscópicos  han visto ahora una oportunidad de hundimiento del PP debido a la irrupción de Vox que podría regalar al PSOE un montón de escaños.

En efecto, incluso Pablo Casado, que no ganará nunca el Nobel a pesar de coleccionar títulos académicos, se ha dado cuenta al fin, tras más de dos meses de creer que lo de Andalucía se repetiría de forma automática por todo, que Vox puede darle a Sánchez la investidura. Así es: en España las circunscripciones electorales son las provincias, según la Constitución, y 22 de ellas eligen entre 2 y 5 escaños -amén de las ciudades africanas que envían a Madrid un diputado cada una-, son las menos pobladas, en las que de siempre los diputados se los han llevado PP y PSOE –en proporción de 2 a 1- y las terceras candidaturas sólo han podido arañar un puñado a razón de uno por circunscripción, como máximo. En 2016 el PP sacó ahí 47 escaños, el PSOE 26, Podemos 12 y Ciudadanos 2. Pues bien, si, como dicen las encuestas, Vox firma en ellas alrededor de un 10%-12% de votos, la transferencia de apoyos del PP hacia la formación ultra más el impulso propio del PSOE hará que éste sea el partido más votado. Y el más votado, por el sistema d’Hondt de conversión de votos en escaños, recibe el gran premio en diputados. Por eso el PP –como bien reconocía Casado- derramaría al menos 20 escaños –en verdad sería más probable que fueran 25- que se irían todos al PSOE mientras que Vox no conseguiría ninguno, excepto que en alguna provincia superarse a Podemos y Ciudadanos. Dicho de otra manera: sólo en esas 24 provinciales Vox provocaría que el resultado global del PP bajase a 110-115, mientras que el del PSOE llegase a unos 105. Súmese a esto la previsión demoscópica en grandes ciudades –caída de Podemos, gran aumento del PSOE, descenso del PP, irrupción de Vox, incremento pero no tanto como hace unos meses se preveía de Ciudadanos- y se entenderá por qué convoca ahora Sánchez a elecciones.

Por supuesto que el riesgo existe, para el socialista. Nada está escrito. Pero ahora mismo tiene esa ‘ventana de oportunidad’, tal y como dicen en el PSOE, que no es seguro que se mantenga abierta mucho más tiempo. Por eso era ahora o ya esperar al final. Y decidió ahora. Como suele ser en él, sin miedo, asumiendo gran riesgo y dejando descolocados a sus adversarios.

Hasta la fecha tanto arrojo le ha salido siempre bien. Veremos esta vez.

El juicio y el futuro

15

02 2019

Iniciado el juicio contra los dirigentes independentistas, se recrudece la propaganda de todas las partes, de forma que resulta a veces difícil discernir entre tanta impostura. No obstante, el meollo de todo es el mismo que ha sido siempre. 

En España no hay presos políticos, al contrario de lo que dicta la propaganda secesionista. Si los hubiera los que pensaran como los acusados serían perseguidos. Y no lo son. Tan rotunda evidencia debería bastar para convencer a cualquiera de lo absurdo que es mantener la consigna. Sin embargo se sigue con ella, a despecho, incluso, de que Amnistía Internacional ya dejó claro que en nuestro país no constan presos de conciencia y por ende no hay nadie a quien se persiga por lo que piensa. Así es, se enjuicia, si acaso, por lo que se hace. 

Y lo que hicieron los líderes separatistas fue llevar a cabo acciones políticas en contra de las órdenes recibidas por parte del Tribunal Constitucional. Al contrario de lo que dijo en el juicio Oriol Junqueras, hacer política pacífica puede ser delito. Aquí y en cualquier otro país democrático. Por supuesto. Lo es si así está tipificada la actuación política. En Alemania, por ejemplo, hacer política nazi o simplemente ejercer la libertad de expresión para abrazar en público esta ideología está prohibido – al contrario que en España, mismamente –; en Estados Unidos, como en España, se puede ser independentista – sí, no se rían, los hay, en Texas – pero no se pueden llevar a cabo acciones políticas en contra de la unidad federal del país – el año pasado el FBI abortó una reunión secesionista en ese estado -; en Francia se puede defender cualquier teoría separatista, pero cuidado con llevarla a la práctica que las penas pueden llegar a ser durísimas… Y no parece que nadie vaya a dudar de que Alemania, Estados Unidos y Francia sean democracias. Así que Junqueras no tiene razón y cuando Quim Torra dice que “la democracia está por encima de las leyes” está diciendo una simpleza que le retrata y que, además, es mentira. 

Sin embargo no puede negarse que aquello que hicieron, y por lo que están enjuiciados, es política. Y cuando se conculca la ley por razón política no vale sólo aplicar la ley. Hay que tener en cuenta – siempre que se quiera solucionar la parte política del asunto, claro – esa motivación y abordarla de una manera u otra pero ahuyentando el ridículo y falso exorcismo de pretender que con ley se soluciona todo. Más que exorcizar es meter la cabeza bajo tierra, judicial. 

Por esto el conflicto político catalán, como bien dijo en el juicio Junqueras, no se solucionará con la sentencia, sea cuál sea. No existe solución posible sólo con la ley. Antes o después la derecha tendrá que convenir con el socialismo – y dejando al neofascismo al margen, pues éste nunca aceptará la democracia – que hay que ofrecer una salida política al conflicto, y el separatismo democrático tendrá que aceptar – dejando de lado al ultra – que una España en la que Cataluña tenga un cierto blindaje de su autogobierno – respondiendo a la evidencia democrática que, junto al País Vasco, es diferente porque sus ciudadanos votan siempre diferente al resto -, aunque sea fáctico, en diferentes aspectos – lengua, financiación, etc. -, es la única salida aceptable para todas las partes. 

No será fácil ni rápido, pero no existe alternativa. 

Iglesias, Errejón y Podemos

26

01 2019

Podemos pasa por su momento más delicado desde que nació hace cinco años. No es extraño que le ocurra así, puesto que a todos los demás partidos les ha pasado más o menos lo mismo. Es una especie de ley de la política que se cumple de manera inexorable. Toda formación experimenta una crisis tras su aterrizaje en la política práctica institucional, más pronto que tarde, cuya intensidad es proporcional a la magnitud de su poder y / o representación en escaños. Le ocurrió a Alianza Popular, a Unión del Centro Democrático, al PSOE, al PP, al PCE – éste es el número uno en el ranking de escisiones, y aunque mucha gente no lo sabe sigue existiendo – y a escala regional al PSM, y al resto por igual. 

Así que, por tanto, lo que acontece en el seno de Podemos no es inédito. Quizás el partido morado se diferencie de otros en la velocidad con la que quema etapas. Sin embargo nada de lo que le acongoja estos días puede considerarse original. Así que ciertos análisis que dan por seguro un futuro dramático debido a lo que está pasando la formación morada son tal vez exagerados. Podría ser, sin duda, que ocurriera un desastre, pero no tiene por qué ser así. Habrá que esperar a ver cómo se suceden los movimientos internos, si los díscolos están localizados sólo en Madrid o bien el terremoto se ramifica a otras comunidades autónomas, si Pablo Iglesias rectifica o sigue enrocado, si Íñigo Errejón busca puentes o mantiene la apuesta de volar toda la organización desde la región capitalina – lo que sería absurdo en otro partido pero no en Podemos pues su origen es madrileño y toda las estrategias regionales se han amoldado durante estos últimos cuatro años a los intereses de la organización nacional, al mejor estilo piramidal de los partidos comunistas, sin parangón en los demás, y de hecho esta característica ha creado problemas en Andalucía, de relación con la Marea gallega, con Compromís… -… En resumen, son muchas las incógnitas abiertas que habrá ir cerrando a medida que se vea cómo se mueven los protagonistas. 

Al margen de lo que haga cada uno en los próximos días y semanas, en el fondo lo que se dilucida es lo que quiere ser Podemos. Si desea ser un partido más de la izquierda del PSOE que busca alternativas plurales a la derecha o si bien desea, como siempre quiso para su Izquierda Unida- Partido Comunista el gran amigo de Iglesias, a quien admira y del que dijo que toma ejemplo, Julio Anguita, la aniquilación del PSOE para sustituirlo como alternativa orgánica única a la derecha. 

Errejón apuesta con claridad por la primera opción, por la colaboración con los de Pedro Sánchez. Iglesias ha sido el adalid de la segunda, aborrece el PSOE y quiere superarlo. Otros, sobre todo líderes regionales, como aquí entendió hace tiempo Alberto Jarabo, han comprendido que el deseo de alcanzar el “sorpasso” – en el que se entesta el líder nacional – es la mejor manera de dar el poder institucional a la derecha, y por tanto es mucho mejor ser pragmático y pactar con el PSOE en función de la representación de cada uno en cada lugar.  

En Baleares queda en evidencia la pretensión de que en el último congreso nacional la victoria de Iglesias suponía haber cerrado el debate interno. Aquí Jarabo es “pablista” pero no ha tenido inconveniente alguno en buscar un candidato número 1 a las elecciones autonómicas que es “errejonista”. Y apuestan al unísono por el pacto con el PSOE – y los Més- e incluso entrar en el Gobierno regional, incluso si tuviera que forjarse éste con un partido de centroderecha como es el PI, nada menos. 

Podemos en Baleares muestra el camino pragmático y más racional a toda la organización nacional. Lo otro llevaría a Podemos a una progresiva reducción de su fuerza institucional, disminuiría la capacidad de influencia sobre el PSOE y acabaría como una Izquierda Unida – Partido Comunista ampliada. 

Sin embargo, en política el camino más lógico no por fuerza es el que elige un partido político. 

Sánchez, los dineros, los indepes y España

12

01 2019

Pedro Sánchez ha advertido a PP y Ciudadanos que esperen sentados. Que no piensa convocar elecciones hasta que finalice la legislatura en su plazo ordinario. Dado que los últimos comicios fueron el 26 de junio de 2016 los próximos pueden ser, como máximo, el 26 de julio de 2020. 

Para conseguir su objetivo está negociando de manera desesperada con los independentistas catalanes. Con los vascos ya lo tiene cerrado. Igual que con Podemos. El canario progre está en el bote. Así que sólo le queda el flanco nacionalista catalán. El sector ERC parece entregado, la porción razonable de Convergencia está por la labor pero los irreductibles ultranacionalistas de Puigdemont y Torra es una incógnita hacia qué se inclinarán al final. Ahí está el objeto del deseo de Sánchez y hacia ellos se dirigen sus denodados esfuerzos. 

El presidente quiere atraérselos a base de promesas de dinero. La táctica de siempre del Madrid eterno. La consideración de los nacionalistas catalanes como unos comerciantes que buscan nada más que el máximo beneficio económico inmediato. Se equivoca de medio a medio. Puede que sí, que consiga un voto táctico – al fin y al cabo, ¿qué alternativa tienen los nacionalistas al actual Gobierno nacional, acaso uno de PSOE-Ciudadanos u otro de PP-Ciudadanos-Neofascistas? ¿Alguno sería mejor para ellos que el débil, desesperado y dispuesto a todo actual con tal de aguantar hasta 2020? Pero contando con que el siempre fascinante hombre sin principios ni ideologia consiguiera sacar adelante sus Presupuestos, el conflicto catalán seguiría igual de intenso. Eso es lo que en Madrid cuesta tanto de entender. Algunos creen que Sánchez lo sabe y le importa un comino, por supuesto, porque a él sólo le interesa él mismo. Sin duda él es lo primero y único, cierto, pero bien podría ser así y, además, estar imbuido de la típica forma de (no) entender Cataluña que en Madrid comparten tantos y tantos. Esa manera de (des) enfocar el conflicto catalán de la que de ninguna manera puede salir una solución. Es la creencia en que eso que ha venido en llamarse “el procés” es una invención de cuatro pirados, que si se les aparta a la fuerza – de ahí la aberrante utilización de la prisión preventiva de los independentistas presos – todo “el suflé” acabará en nada. Como si dos millones de votos separatistas ejercidos de forma reiterada pudieran ser manipulados con tanta facilidad como por la Villa y Corte se creen, como si en Cataluña aparte de TV3 no llegaran más televisiones, ni radios, ni diarios, ni existiera internet… 

La lógica indica que sólo existe un apaño para evitar males mayores. Que hasta que no sea factible una reforma de la Constitución se llegue a un acuerdo político para blindar la autonomía catalana – como lo está, de hecho, la vasca – en cuestiones esenciales – presupuesto, inversiones, lengua y cultura, etc. – que no puedan depender de quién gobierne en Madrid. O sea y en el fondo: aceptar que la unidad no significa homogeneidad y que la diversidad no debe depender de cómo Madrid quiera que sea sino que sólo deben decidir cómo es los que son y se comportan de forma política y electoral diferente al resto desde 1977, vascos y catalanes. 

O esto o seguir igual. 

Sánchez, Torra y la negociación

24

12 2018

Para analizar la vida política conviene siempre fijarse mucho más en lo que acontece que no en lo que dicen los líderes de los partidos que pasa. Por ejemplo, la situación en Cataluña al decir de Pablo Casado y de Albert Rivera es de insurrección revolucionaria, y te vas al Principado y no ves nada de eso por ningún sitio. Sí, es verdad que algunos días hay protestas y enfrentamientos con la policía, en Barcelona. Pero como si eso fuera novedad. La capital catalana tiene una larga tradición de este tipo de diversión de los jóvenes anarquistas y adheridos. Absténgase el lector del motivo que se dice que les empuja ahora y bucee en los medios de comunicación de los últimos veinte años y verá cómo se reproducen cíclicamente los incidentes, casi calcados. Nada nuevo, pues, excepto que las antiguas banderas negras – o negras y rojas – de los ácratas ahora se han sustituido por las burguesas enseñas a la cubana de la estrella solitaria en un triángulo que corona las cuatro barras rojas sobre fondo amarillo. 

Otrosí: Pedro Sánchez y Quim Torra se reúnen de tú a tú y se monta la de aquel es un cristo, como si de veras alguien pudiera creerse que de una hora y cinco minutos de encuentro – que fue lo que duró – puedan extraerse tantas conclusiones. No se fijen en el comunicado ni en las interpretaciones. Atiendan al hecho que llevan siete meses, siete, negociando. Unas veces se conocen las reuniones de consellers con ministros pero las más no trascienden. Qué van a hacer si no. Es su obligación. Explorar opciones de posibles pactos. Por supuesto. Cuando hay un conflicto se habla, se dialoga y se negocia con el adversario, y más, si cabe, con el enemigo. Siempre ha sido así. Por todo y también en España. Si los sucesivos gobiernos nacionales negociaron siempre, algunas veces a las claras y muchas más de manera velada a la opinión pública, con los asesinos de ETA y su brazo político al que José María Aznar llamó “movimiento de liberación vasco”, ¿en serio alguien puede ser tan corto de miras como para creerse que no se negociará con los independentistas catalanes? Claro que se negocia ahora, como antes lo hizo Mariano Rajoy, aunque en su caso de forma indirecta. De una u otra manera, está bien que así se haga. 

Apunte final: Sánchez es un tipo sin principios, ideología ni anclajes en ningún compromiso orgánico o institucional. Es un César que hace y deshace lo que le da la gana. Por esto mismo, al no tener que pedir permiso, es el único que podría encauzar una solución de compromiso con los separatistas catalanes o, al menos, con una sección de ellos. La suficiente como para buscar los puentes que permitan conllevarnos unos con otros de forma pacífica y educada.