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La inexistencia de España en el País Vasco, su progresiva desaparición en Cataluña y la inexorable consecuencia de futuro

25

07 2020

Vuelve a recrudecerse el agriado debate sobre la identidad española, sobre todo en la corte madrileña. Ahora a cuenta de todo lo del padre del jefe del Estado. Aprovechando el gran favor que ha hecho el Borbón viejo a la causa republicana, ha revivido con fuerza el otro debate. Que si unos piden la reforma constitucional para asumir la plurinacionalidad, que si otros quieren la liquidación de las autonomías, que si los ‘indepes’ quieren el “derecho a decidir”, que si el permanente sí pero no de Pedro Sánchez – sobre esto y todo lo demás -…

Pocas cosas entretienen más -en política y, también a veces, en la barra de un bar – que el cruce de vehementes opiniones sobre la cuestión. Llevamos ya diecisiete años con la discusión. El 13 de noviembre de 2003 el entonces aspirante a la presidencia del Gobierno -que alcanzaría meses después, al ganar las elecciones de marzo del año siguiente -, José Luis Rodríguez, dijo, en un acto político de la campaña electoral catalana, que “apoyaré el proyecto de (reforma del) Estatuto que apruebe el Parlamento catalán”, lo que desató un aplauso unánime y fortísimo, entre vítores, del respetable, formado por unos 16.000 socialistas catalanes. 

A partir de ahí ya nada fue igual. La fuerza de lo que ahora se llama soberanismo se disparó al alza y la anulación de parte de ese nuevo Estatuto por parte del Tribunal Constitucional, en 2010, no hizo más que intensificar el debate. Hoy España en muchísimo más débil de lo que era entonces y el separatismovasco y catalán han ganado esa guerra política. Es verdad: ninguna de las dos regiones se ha independizado todavía, pero en ambas ya se ve la consecuencia de la victoria nacionalista.

Así es. En el País Vasco ya no existen apenas trazos españoles. Las primeras elecciones autonómicas vascas se celebraron el 8 de marzo de 1980. En estos cuarenta años transcurridos sólo en un 10% de ese tiempo no ha habido un gobierno nacionalista en la región. El cual, por cierto, no se atrevió a tocar ninguno de las esencias ideológicas y políticas del nacionalismo institucionalizado. En estas dos generaciones vitales y unas cuatro generaciones políticas transcurridas, España ha ido desvaneciéndose del País Vasco. No por perversión, no por voluntad de alterar, no por nada diferente a la lógica democrática. En 1980 votó nacionalismo el 64% de los vascos que participaron en los comicios, el pasado día 12 de julio lo hizo el 68%. Con esa realidad política que lo español fuera desvaneciéndose en el seno social era cuestión de tiempo. Como así ha sido. Hoy España ya no existe en la sociedad del País Vasco. 

En Cataluña el proceso ha sido diferente. Primero porque el nacionalismo catalán nunca ha tenido el concurso de la violencia política. Aunque quede bien decir que la violencia no sirve de nada, en realidad cualquier persona formada en el mínimo de historia política sabe que es un instrumento útil para la consecución de objetivos que de otro modo no tendrían ninguna posibilidad de conseguirse. Será rechazable desde la ética y sin duda es del todo inmoral, pero es eficaz y eficiente. Siempre y cuando, eso sí, tenga un suficiente apoyo social, como era el caso vasco. En Cataluña, sin embargo, el nacionalismo no quiso usar la violencia. Rehusó los intentos que se dieron -Terra Lliure, sobre todo – y optó por la vía de Jordi Pujol y su CiU: el pacto en Madrid aguantando al rey y al gobierno de turno cuando lo necesitaba a cambio de aumentar el autogobierno. Todo cambió hace diecisiete años. En aquel momento, unas nuevas generaciones vitales y políticas llegaban a las direcciones del nacionalismo político – CDC y ERC –, del PSC y del espacio a su izquierda -que mutaba de nombre continuamente y que recogía, en esencia, lo que hoy es Ada Colau y sus cosas -: por debajo de los líderes indiscutidos -Pujol, Maragall, Carod – Rovira… – sacaba cabeza una forma de hacer política desacomplejada. En el socialismo se hablaba con toda naturalidad de la España plurinacional. En el nacionalismo, de independencia. En la ultraizquierda, no se mostraban contrarios a lo que hoy es el llamado soberanismo. Esa nueva generación de dirigentes políticos ya no entendían España como ésta había sido. No porque fueran bichos raros sino porque la sociedad catalana, a lo largo de las cuatro décadas de autonomía, también -aunque menos que en el País Vasco – había ido desembarazándose de España. 

Así que cuando Rodríguez dijo aquello, en noviembre de 2003, la gran mayoría de los representantes políticos catalanes le aplaudió. De alguna forma acrisoló el “derecho a decidir”. Que al ser cercenado por el Tribunal Constitucional en 2010, esa sociedad que de veras creía en ese derecho adoptó el separatismo, sin esfuerzo alguno, de forma natural, porque, de hecho, ya era socialmente independentista en su mayoría aunque no políticamente. El nacionalismo mutó a la sazón a separatismo a las claras. Aún así, las décadas de pujolismo fueron y son un lastre para el avance político y electoral separatista: en las elecciones de 1980 el nacionalismo sumó el 42% de los votos y en la últimas el 47,5%, un registro que está muy debajo del vasco. Por eso todavía está inconcluso el proceso de desespañolización de Cataluña, pero está en marcha y dado que en Madrid no se enteran -o no quieren enterarse – ya se ha llegado a la superación del particular Rubicón independentista, en el sentido que ya no hay marcha atrás posible. Se puede retrasar el proceso pero es imposible revertirlo. De hecho todo apunta que avanza en progresión geométrica y en estos momentos ya hay encuestas que auguran la mayoría absoluta de votos independentistas en las próximas elecciones catalanas. 

Así las cosas, España ya es el País Vasco un mero cascarón sin nada español en su interior y sigue el mismo camino en Cataluña. Es mera cuestión de tiempo que la fuerza expansiva separatista rompa ambos cascarones. No se sabe cuándo pasará. Pero todo indica que en Madrid ya nadie duda de que así ocurrirá y de ahí que a lo único que aspira la cortes sea a retrasar lo inevitable lo más que pueda.

De Podemos a Izquierda Unida pasando por Unidas Podemos o del poderoso casi «sorpasso» a la posible irrelevancia

18

07 2020

Las elecciones regionales en el País Vasco y Galicia han resultado ser una hecatombe para Unidas Podemos. Por supuesto sus dirigentes han reaccionado demostrando la alta capacidad de auto mantenimiento que es característica en todas las jefaturas orgánicas siempre,con tan escasas como honrosas excepciones personales que huelgan en este caso. 

El ex de Podemos, Íñigo Errejón, ha aprovechado para expulsar todo el pus acumulado desde que Pablo Iglesias lo marginó para, acto seguido, segarle la hierba bajo los pies, de manera que cuando estuvo seguro de su extrema debilidad lo venció hasta la humillación en una especie de congreso. Ha dicho el ahora dirigente del movimiento unipersonal Más es Menos – que se inventó para seguir cobrando del erario público – que “Podemos ya no existe, lo que hay es Unidas Podemos que tiene el resultado de IU”, o sea Izquierda Unida. 

Es interesante la analogía que plantea Errejón. Aunque exagere, no cabe duda de que hay un poso de rotunda lógica en su diatriba. En efecto, cuando Podemos irrumpió en el escenario nacional, en las generales a Cortes de 2015 – dejando de lado, para el análisis, los anteriores comicios al Parlamento continental – , lo hizo con una fuerza descomunal – por el hecho de pasar de nada a 69 escaños y un 20% de votos, en su acumulado con los asociados regionales – que casi alcanzó el tan deseado “sorpasso” al PSOE, no tanto en escaños – pues los socialistas, gracias al sistema de circunscripción provincial que les favorece mucho, igual que al PP, se mantuvieron claramente por encima– como en sufragios, pues sólo quedó dos puntos porcentuales por debajo. La desilusión de aquella noche fue pareja a la alegría: ésta por los buenos resultados, aquélla por no haber vencido en votos al enemigo socialista. Se obligaban a entonar su cántico de “sí se puede” pero la verdad es que no habían podido superar al PSOE, tal era su gran y anhelado objetivo. 

La estrategia anterior era sencilla y conocida. Superar en votos al Partido Socialista e iniciar, como estaba pasando en Grecia, la aniquilación de su enemigo, igual que lo hacía Syriza con el PASOK en el país heleno. Sin embargo no pudo. Se quedó a muy poco de conseguirlo, es verdad, apenas a un millón de papeletas. Y si se le sumaba lo obtenido por Izquierda Unida, casi existía empate entre el conjunto ultra izquierdista, 5,2 millones de votos, en números redondos, y la socialdemocracia, 5,5. 

A partir de ahí la disyuntiva de Podemos era clara. O inclinarse todavía más a la izquierda mostrándose tal cual es, para imantar a IU y usarla de trampolín para un ulterior ataque al PSOE,o bien matizar al máximo su naturaleza ideológica a través de la práctica política moderada. Lo segundo era lo que reivindicaba Errejón. Lo primero, como se sabe, era la apuesta deIglesias y los demás actuales dirigentes. 

Para gran suerte del PSOE, se impuso Iglesias en la pugna doméstica morada. Si hubiera sido al revés, Podemos se habría convertido en vaso comunicante socialista. Un papel que no suele gustar a los dirigentes con ínfulas cesaristas como Iglesias, pero que los más inteligentes y pragmáticos, como es el caso de Errejón, suelen asumir como inevitable, convencidos, además, de que siempre es preferibles ser segundo del ganador que hipotético ganador del perdedor aun cuando uno mismo sea derrotado por el que dd veras gane -con perdón por el galimatías de ocasión -. Es el mismo fenómeno que más pronto que tarde afectará a Vox respecto al PP. En el caso de Podemos se impuso Iglesias, su radicalismo de fondo, verbo e imagen y fue desenmascarándose así ante los ciudadanos como un comunista típico, más todavía desde el momento en que compró a la decrépita Izquierda Unida, cuyo único militante y dirigente no tenía otro trabajo alternativo al alcance.

Desde la ruptura entre Iglesias y Errejón el sino electoral del partido morado no ha sido otro que la pérdida cada vez más intensa de apoyos populares. No puede extrañar. La sociología del país no da para partidos comunistas ni fascista -por fortuna para la democracia y las libertades; y por mucho que ahora pueda parecer contrario con Vox, pero también éste seguirá, ya se ha dicho, el mismo camino de Podemos -, al menos no en versiones electorales ganadoras. Sí que hay espacio para que, como bien decía Errejón, Unidas Podemos vaya degradándose hasta convertirse en algo semejante a Izquierda Unida, igual que en la derecha Vox mermará hasta ser una copia de Alianza Popular -haciendo abstracción, a efectos delpresenteanálisis, que ésta fue el origen del PP – para dejar más espacio centrista aPablo Casado. 

Lo que ha acontecido en las elecciones vascas y gallegas, en fin,no es otra cosa que la confirmación de la aceleración de este proceso de transmutación política y electoral del antiguo poderoso Podemos en la escasa Izquierda Unida pasando por el actual Unidas Podemos declinante.

Fray Junípero, los derribos de estatuas, el pasado colonial, la historia y los idiotas

23

06 2020

El movimiento contra los monumentos ensalzadores de la colonización y el ulterior aniquilamiento cultural y humano de los pueblos colonizados hace cuarenta años que está creciendo en el Norte de América -tanto en Estados Unidos como en Canadá y, más reciente, en México y otros países más al sur– y sus motivaciones de fondo sólo son discutidas por la ultraderecha en aquel país -que no es poca – que se siente directa descendiente de los europeos y que desdeña a los indios o, en lenguaje políticamente ridículo al uso, “a las naciones originarias”. 

Esta contracorriente ultraderechista usa la historia como elemento político que lanzar contra esa izquierda a la que aborrece y que identifica como la responsable de todos los males, tanto de las manifestaciones contra un asesinato racista como, para el caso, de los derribos de las susodichas estatuas. 

En España pasa más o menos lo mismo. Cuando el movimiento a favor de una razonable interpretación histórica de la colonización americana empezó a cuajar -pidiendo, entre otras muchas cosas, que la fiesta nacional no sea la del inicio de la colonización de aquel continente, una ofensa gratuita para millones de los descendientes de los colonizados – enseguida se activó su contrario, que ha dado grandes fabuladores, como la ínclita María Elvira Roca Barea con su fantasiosa obra Imperiofobia y la leyenda negra, destrozada por insignes historiadores pero que a despecho de cualquier evidencia se ha convertido en musa -y su obra en biblia – del más desgastado españolismo que glorifica todavía que lo de América no fue una colonización sino la obra de apóstoles y civilizadores. Son los mismos que hablan de la batalla de Covadonga -supuestamente ocurrida en 722 – como inicio del largo proceso de victoria ante los moros, cuando en verdad no fue – de haber sido algo – más que una de las miles de escaramuzas que se daban en la frontera y que por tanto no existió com tal “batalla” más que en la fantasía cristiana que se la inventó -fue creación política del rey Alfonso III en el año 900 – como gesta seminal de la mal llamada Reconquista, término acuñado en el siglo XIX de forma intencionadamente errónea, pues mal podían “recuperar” los reinos cristianos lo que no fue suyo antes.

Esta utilización perversa de la historia que hace la ultraderecha en el fondo es la misma que hace cierta ultraizquierda para justificar los ataques a estatuas de Fray Junípero -entre otros colonizadores – y la crítica de trazo grueso al conjunto de la colonización americana, asumiendo la leyenda negra como si fuera cierta, cuando en verdad fue inventada -a partir del siglo XVI – bien a posta como operación propagandística – en los Países Bajos, Inglaterra, Francia… – contra el imperio español. 

Habría que dejar a los historiadores debatir sobre esos aspectos tan sensibles de la historia que se usan como elementos políticos e ideológicos. Nunca pasará, por supuesto. Pero si al menos consiguiéramos que tantos y tantos idiotas de ultraderecha y ultraizquierda hicieran un cursillo de iniciación a la historia aprenderían que la primera lección es no juzgar con valores de hoy el pasado. Lo cual no significa que no se deba aprender ese pasado con los valores de hoy. Si se aprecia la diferencia se entiende cuán estúpidos son los derribos de estatuas y, sin embargo, se entiende por qué el Museo de Historia Natural de Nueva York ha mostrado el camino que debería seguirse por todo. No se trata de volver a escribir la historia, que es la que ha sido, pero sí de aprender que el blanco de hoy, como epítome europeo, no tiene culpa pero si puede pedir excusas – no perdón, que no es lo mismo – al comprender el dolor que causó la colonización americana -como las otras, sin duda, de las que no se habla apenas: la asiática, africana… – y, por ende, empezar a retirar – y colocar en museos a posta – los monumentos -como la estatua de Fray Junípero – que ensalzan el pasado colonizador, al margen de si una estatua equis es la de quien fue un asesino o una bellísima persona porque fuera una cosa u otra formaba parte por igual de la operación colonizadora. Tan simple como esto. Tan difícil como esto. 

Ultraderecha, ultraizquierda y qué pasaría si España no estuviera en la Unión Europea: el fin de la democracia

14

06 2020

Estamos en la Unión Europea (UE),un paraguas institucional que nos guarece de la lluvia ácida que en Madrid se fabrica y se arroja hacia todo el país. Si no fuera por la UE la situación política nacional, tan degradada, podría estar amenazando en serio con provocar enfrentamientos algo más que verbales. Nunca en cuarenta años de democracia se habían vivido episodios iguales a los actuales. La tercera y la cuarta fuerza del país están lanzadas en pos de la confrontación mutua, convencidas que así se ayudan la una a la otra a debilitar a su respectivo aliado y enemigo. Y la primera y la segunda tienen unos supuestos líderes tan inútiles que si se percatan de ello hacen como si no fuera así. Sólo Inés Arrimadas parece haber entendido – ¿demasiado tarde? – qué es hacer política, al no seguir la senda de Albert Rivera – con sus castillos en el aire-, al parecer dispuesta incluso a inmolar su carrera, si es que le quedaba alguna.

Tanto la ultraderecha como su hermana la ultraizquierda se han quitado las caretas y aunque siguen con las imposturas que son costumbre en ellas dejan ver sus reales objetivos, tanto el táctico como el estratégico. El primero es el comentado, el ataque desaforado de una contra otra con el convencimiento de que así debilitan al prójimo respectivo. Cuando Vox eleva el tono hasta el insulto y no critica el Gobierno de PSOE sino que lo acusa de estar atado a Podemos por delirantes motivaciones y de actuar con dolo en su incapacidad en la gestión de la crisis sanitaria – de su incompetencia no hay duda, aunque sí de la intención criminal, que huelga – en realidad lo que está haciendo es, a costa de llegar al absurdo en el ataque, intentar acotar la posición del PP, pretendiendo que se escore todavía más a la derecha para así poder morderle en el futuro con mejores resultados que hasta ahora, por aquello que ante la confusión de mensajes siempre le va mejor en votos al original, que este caso es, claro, el neofascismo, pues la derecha democrática nunca podría igualar, por mucho que se escorase, la pureza antidemocrática de Vox. Y en cuanto a los de Podemos, es lo mismo pero en el otro ámbito ideológico. Sus desaforados ataques a las dos derechas buscan, por un lado, igualarla toda en una y, por otro, satisfacer a su parroquia neocomunista. Pensando, al mismo tiempo, que así condenará al PSOE a quedar fijado en la izquierda del populismo de los imposibles, cosa que le perjudicaría y sería posible al fin superarle, que de hecho es la razón de ser morada – ¿se acuerdan del famoso “sorpasso” del que, al modo griego, tanto se habló en 2015?-, con el callado objetivo de dejar a los socialistas en la irrelevancia, no en vano son su enemigo, tal y com siempre ha sido para el comunismo histórico el socialismo democrático. 

El objetivo estratégico, pues, de los hermanos ultraderechista y ultraizquierdista es meridiano y compartido: debilitar a los dos partidos de gobierno, el PP y PSOE, con el ulterior deseo de futuro de cambiar de arriba abajo la democracia hasta dejarla reconvertida en un sistema que de ella tenga poco, muy poco. Al fin y al cabo, tal y como enseña la historia contemporánea, tanto el comunismo como el fascismo -y hoy sus ‘neo’ respectivos,que son en España Podemos y Vox – no han dudado nunca en colaborar entre sí, cuando les ha convenido, para cargarse las libertades que son su objetivo último a batir. Incluso enfrentándose a muerte, si ha sido necesario, para así fortalecerse mutuamente –como hicieron en la República de Weimar, en laTercera República francesa, en la monarquía parlamentaria británica coetánea a las dos anteriores, en nuestra Segunda República… – en su empeño de hundir las democracias. 

Menos mal que no estamos, como se decía al principio, fuera de la Unión Europea – no es casualidad al respecto, por cierto, que ambos movimientos extremos también estén hermanados por su euroescepticismo -, porque si no este país embocaría hacia una situación muy peliaguda y potencialmente letal. Desde luego no es por la altura de miras y capacidad de liderazgo político de Pedro Sánchez y Pablo Casado que nos vamos a salvar de condenarnos al terrible futuro que sería volver a nuestro dramático pasado.

El COVID-19, el Govern balear y la impostura del nuevo modelo turístico

28

05 2020

Durante más de dos meses Francina Armengol ha protagonizado de forma absoluta la vida política balear. El coronavirus ha sido su encumbramiento al éxito – tal y como la encuesta publicada en Última Hora, del Instituto Balear de Estudios Sociales, ponía de manifiesto – tanto por la responsabilidad demostrada en la gestión de la crisis sanitaria -en especial por el contraste con el festival de incompetencia que ha desplegado el Gobierno nacional de su colega de militancia Pedro Sánchez – como por el liderazgo político asumido. Sin embargo al ir retomando la normalidad espacios políticos le ha estallado el episodio de crítica furibunda de los ecologistas – por el decreto de (más) privilegios hoteleros – que ha requerido, a instancias de Més per Mallorca, una compensación en forma de restricciones a la construcción en suelo rústico en Mallorca -dado que la formación citada no tiene interés en Ibiza, allí todo seguirá igual, amén de en Menorca donde su respectivo Més ya impuso en su día la prohibición de construir en ese tipo de parcelas – que no acaba de convencer a los verdes aun cuando reconozcan que es un paso en la buena dirección, lo contrario de lo que creen -como es lógico – los promotores y constructores, ademásde la oposición política derechista. 

En el fondo del asunto brilla la ausencia del gran debate que en esta tierra nadie quiere hacer sobre el modelo productivo y en especial en relación al sistema turístico.¿Hay que seguir igual o rectificar y, si así fuera, cómo hacerlo, a costa de qué y hasta qué punto estamos dispuestos a llegar en cuanto a sacrificios en puestos de trabajo y en disminuir elincremento de riqueza estadística? 

No hay respuestas. Al Més mallorquín sólo le interesa poder decir a su parroquia que sigue siendo “ecologista”, aunque nadie lo reconozca como tal, y que si los -verdaderos- ecologistas le critican es porque son unos radicales que siempre protestan. Su homólogo menorquín hace oposición a Armengol por lo que ésta quiera hacer o no en su Menorca, pero de fronteras para afuera le importa una higa. A Podemos… bueno a Podemos es un misterio lo que le interesa en Baleares; al menos su referencia nacional se dedica a boicotear todo lo que puede al PSOE para seguir soñando con superarlo algún siglo, pero en la delegación balear se desconoce con qué estrategia sueñan, excepto la de seguir siendo muleta de los socialistas. Y en el caso del PSOE, este decreto de Més para Mallorca no le molesta del todo – aunque sí un poco, si bien al dejarlo todo cómo estaba en Ibiza ya se conforma – porque al fin y al cabo lo que le interesa es mostrarse sumiso ante los hoteleros, lo que hace a gusto y con notable eficiencia. En la oposición derechista nadie clama por ningún modelo productivo alternativo, por supuesto. Por tanto tenemos una ecuación muy rara. En la que que la suma de PSOE, Podemos y los Més multiplicada por las respectivas ideologías que les hacen prometer un “nuevo modelo” turístico y económico da como resultado dos decretos, uno de (más) beneficios hoteleros y el otro de compensación relativa a Més en Mallorca para que el suelo rústico se convierta en muchísimo más caro de lo que ya es y sólo quede definitivamente al alcance del poder adquisitivo de los muy ricos.

No puede extrañar por tanto que los ecologistas – a los de veras me refiero – estén que trinen contra el trío gobernante y que se sientan traicionados. No les falta razón. No obstante ellos también saben, o deberían, que en el fondo ninguno de los tres partidos cree en realidad en la imposición del famoso e ignoto nuevo modelo turístico. Hace muchos años, al menos 17 -desde 2003, cuando la izquierda se convirtió al hotelerismo al interiorizar que perdió el poder por culpa de la ecotasa – que se trata de una impostura. Ningún partido de este ámbito se cree lo de menos turistas que gasten más, lo de menos impacto negativo de la actividad…Todo eso no es más que pura verborrea política que sirve para estar en la oposición y que se olvida al gobernar. Pero seamos honestos. Todos sabemos que es así y nadie espera otra cosa. Incluso los ecolós. Así que tampoco les digamos de todo menos guapos por esta razón, a nuestros progres gubernamentales. Hace tiempo que todos somos conscientes de que no hay ninguna posibilidad de forjar un nuevo sistema turístico. Entre otras razones, porque no depende de aquí sino de allí, más de los alemanes y británicos que de los nativos hoteleros y desde luego absolutamente nada de los políticos regionales. Puede que a algunos les siente mal, pero en el fondo todos sabíamos que un día u otro quedaría claro que nadie cree de veras en un modelo alternativo. Lo que ha pasado ahora es que el COVID-19 loha dejado en evidencia rotunda, por si alguien todavía no lo sabía o hacía cómo si no lo supiera.

El coronavirus de diciembre 2019, la nueva normalidad y los augurios que se hacen sobre el mundo post todo eso.

16

05 2020

Un día se acabará. Aunque todavía falta mucho para eso. El coronavirus de diciembre de 2019, según lo bautizó la genial presidenta regional madrileña, uno de los políticos de más inteligencia y formación cultural de este país, como todos sabemos, seguirá entre nosotros durante bastante tiempo. Si es que se va alguna vez. Que los hay, entre los expertos, que auguran que se va a quedar por siempre jamás, aun cuando ya no nos mate tanto. Sea cuando se harte y se desvanezca o cuando se modere en su capacidad letal, un día volveremos a la normalidad y dejaremos atrás la anormalidad ésta que Pedro Sánchez -el otro que comparte el podio con Ayuso – ha definido, con su ñoñería vacía, como “nueva normalidad”. ¿Y qué pasará entonces?

Los augures son muchos. Uno de los más pintorescos es eso de que el capitalismo nunca volverá a ser igual o, incluso, que va a desaparecer. Lo dicen porque lo anhelan los comunistas -viejos y nuevos de todo pelaje, incluido Bergoglio, uno de los más peligrosos liberticidas que corren por ahí – que nos amenazan con ese ignoto futuro sustitutivo al que no identifican. ¿Qué será lo que ocupe el sitio del único sistema productivo que ha logrado – según datos de la ONU, para nada sospechosa de anti izquierdismo – reducir la pobreza extrema a su nivel más bajo en toda la historia de la Humanidad? ¿Acaso será el susodicho comunismo, ideología cuya concreción política ha conseguido asesinar a más gente en la Unión Soviética y China que las víctimas imputables a todos los genocidas nazi-fascistas juntos y que, entre otros grandes logros, ha dejado en la miseria más paupérrima a todos los países que lo han padecido, incluido el poderoso gigante oriental que basa su espectacular incremento del PIB en mantener en la pobreza más misérrimaa la mayoría de los esclavos de su Partido Comunista? ¿O tal vez lo hará el modelo económico de los países sarracenos, toda una expresión de modernidad teocrática productiva al modo medieval?…

Otro de los bellos deseos de futuro post COVID-19 nos lo cantan los que dan por cierto que en ese nuevo mundo habremos aprendido a convivir mejor con la naturaleza, tras ver como en estos meses se ha regenerado, amén de con nosotros mismos y con nuestros prójimos, que seremos más responsables en todo y que la vida será poco menos que una peli de Walt Disney. No vale la pena añadir comentarios. 

Y otras muchas profecías se están haciendo para esa era post “nueva normalidad”, pero en el ranking ocupa una de las primeras posiciones la de que por estos lares vamos a cambiar el modelo turístico. Bueno, la verdad es que desde que el Gobierno del PSOE, Podemos y Més per Mallorca alumbró el decreto de más privilegios hoteleros, que dejó patidifuso al personal progre de base y heló la sangre de los activistas del ecologismo, este augurio ha perdido mucha entidad y va desvaneciéndose a marchas forzadas. Pero no se puede negar que en las semanas previas fue uno de los que más triunfó, al menos en nuestro ámbito doméstico. Se suponía que alcanzaríamos el Saber Universal Turístico y viviríamos de la “sostenibilidad” del sector, fuera lo que fuera lo que tal cosa pretendiese ser. Sin embargo, gracias a la diligencia de nuestra izquierda en servir a sus amos y señores -para que Alberto Jarabo siga diciendo, como aseveró en 2015, que “se acabó que aquí manden los hoteleros”: je, je, je… -, a los que ha regalado ese magnífico decreto especial de privilegios, ha quedado claro de golpe político y porrazo ideológico que de eso nada de nada, que aquí mandan los de siempre y que su modelo turístico no se toca. Ya lo sabíamos al menos desde 2003, cuando toda la izquierda se convirtió al hotelerismo tras interiorizar que perdió el poder regional debido a la imposición de la ecotasa contra los hoteleros, pero es de agradecer que los del PSOE, Podemos y Més hayan al fin obligado a abrir los ojos a los afectados por la delirante ingenuidad de suponer que todavía existían esperanzas de tener un futuro sistema turístico y económico alternativo. 

En el número 1 de los vaticinios para el mundo post COVID-19 se encuentra la genérica pretensión que viviremos habiendo aprendido algo bueno de esta brutal crisis sanitaria que padecemos y de la económica que seguiremos sufriendo. No seamos cándidos. Si la historia enseña algo es que de una fase traumática no se aprende nada. Ni si es crisis económica -¿se acuerdan de la que empezó en 2008 y que nos decían que serviría para el cambio de modelo o que era una oportunidad y demás chorradas: acaso cambió algo para mejor? -, ni menos aún si se trata de una sanitaria tan bestial como la presente – recuérdese la gripe “española” de hace un siglo –: lo único para que sirven estas desgracias es para perjudicarnos. Aun cuando algunos, siempre los hay, se beneficien de ellas. Pero para el común ya sabemos lo que ocurre. 

En fin, el mundo post coronavirus de diciembre de 2019 ayusiano o, lo que es lo mismo,el ulterior a la nueva normalidad sanchista será diferente al del pasado, porque nunca nada vivo se mantiene inmutable, pero no cambiará a mejor, es lo único que podemos tener por seguro.

Bulos, mentiras, Gobierno, Guardia Civil, ultraderecha, ultraizquierda y nuestra democracia

26

04 2020

Todos los políticos mienten en alguna ocasión, los hay que lo hacen a menudo e incluso existe uno, Pedro Sánchez, que no dice verdad excepto cuando se equivoca. Pero eso no quiere decir que creen bulos. Según la RAE un bulo es “noticia falsa propalada con algún fin”. Mientras que la mentira es “expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se piensa o se siente” o, en segunda acepción, “cosa que no es verdad”. Existe, pues, un matiz importante entre los significados de ambas palabras. El bulo requiere de forma implícita de la voluntad de falsear algo para presentarlo como veraz con intención expresa de conseguir, más allá de la mera construcción de la mentira, un objetivo ulterior oculto. Los políticos democráticos mienten pero, en general, no fabrican bulos.

Por otro lado, de entre los bulos que hoy pululan por las redes sociales los hay sobre todo de dos clases. La inmensa mayoría responde a la voluntad de un idiota que se le ocurrió crearlo. A éstos no hay que hacerles caso por mucho que se viralicen. Son inocuos. Su recorrido es corto y sus efectos se limitan, como mucho, a los ingenuos que pudieran leerlo y creérselo. Sin más. Pero hay otros que son en verdad peligrosos. Y no sólo porque engañen a los que los leen y se los creen sino sobre todo lo son para el conjunto social o, mejor dicho y peor todavía, para el normal funcionamiento de las instituciones democráticas.

Estos últimos son los bulos que son “propalados con algún fin” que responde al interés oculto de una organización. Sea ésta política, institucional, económica, religiosa o de cualquier otra naturaleza. Hoy en día este tipo de bulos son parte de la permanente y soterrada guerra de propaganda que existe en las redes. Hace poco, el 19 de marzo, un portavoz del comisionado de Exteriores de la Unión Europea señalaba al Kremlin como responsable último de los bulos que en relación al coronavirus se estaban expandiendo por redes sociales con el objetivo de minar la credibilidad de todos los europeos en general respecto de la Unión así como de los nacionales de cada país en relación a sus gobiernos. No era ninguna equivocación ni exageración. La UE ha creado una comisión de seguimiento de bulos, de la que informa en una web, para desmentirlos. No sólo es Rusia la que está tras esa estrategia de erosión de las democracias occidentales. También existen webs de ultraderecha y de ultraizquierda que se dedican a los mismo, cada cual según sus intereses. 

Cuando se conoció que la Guardia Civil había sido encargada por el Gobierno de Pedro Sánchez de hacer el seguimiento de los creadores de bulos que mediante el ataque al Gobierno atenten contra el interés del Estado español en plena pandemia de coronavirus se armó la Marimorena. Y no es extraño. Porque Sánchez ha convertido en un prodigio de transparencia al “plasma” Mariano Rajoy y, además, tiene de vicepresidente a un comunista que, al igual que los fascistas, por definición ideológica no cree en la libertad de expresión, ni en ninguna otra de las que él llamaría, despectivamente, “liberales” y que son la esencia de toda democracia. De hecho es imposible ésta sin aquéllas. Sumado esto a la deplorable estrategia de comunicación del Ejecutivo, es comprensible, pues, que al conocerse la misión encargada al instituto armado se levantaran tantas y tantas críticas. 

Bien está que se critique por falta de transparencia al Gobierno del PSOE matrimoniado con la izquierda radical, uno de los más opacos que ha tenido España, pero no confundamos esto con la imprescindible necesidad de que el Estado se defienda -como lo hacen todos los demás democráticos– ante los propaladores organizados de bulos cuyo fin es atacar a nuestro Estado, o sea a nuestra democracia. Que los hay. Y muchos. 

Y contra este tipo de agresores a nuestro sistema tienen que actuar los servicios de inteligencia y policía. Claro que sí. Esto no se trata de libertad de expresión sino de imprescindible defensa de la democracia. Es verdad que es muy difícil perseguir legalmente a los creadores de estos bulos pero al menos sí se les puede contrarrestar identificándolos y dejándolos en evidencia pública. Como hace la UE con Rusia, por ejemplo. Pues de eso se trata. Que lo haga la Guardia Civil, la Policía, el CNI o todos a la vez da igual. Hay que hacerlo. Porque no es ninguna broma. Ellos van a por nuestro sistema democrático. 

El virus, las estupideces, la sociedad infantil a lo Disney y el coste humano y económico

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04 2020

Habrá mayores estupideces, desde luego, pero no es de las que se quedan cortas la de utilizar el vocabulario militar para referirse a la campaña en marcha para intentar hacer frente a la epidemia de coronavirus. No, no es una guerra. No existe enemigo al que ver ni contra el que luchar. De un virus hay que curarse y vacunarse para que no volver a padecerlo, si es que se puede. Al enemigo se le mata o, al menos, se le rinde. No existe ninguna pandemia a la que se haya vencido ni rendido. Nunca. Lo único a lo que podemos aspirar es a controlarla, como mucho, a través de medicamentos y sobre todo con la vacuna que para este caso no estará lista antes de un año, como poco. 

El habitual final de las graves pandemias conocidas ha sido el silencio del virus. Sin que se haya acertado a explicar el por qué exacto. Como pasó con la más virulenta conocida: la de la gripe “española” de 1918, que se alargó más de un año y se manifestó en tres oleadas: de marzo a julio de 1918, de septiembre a diciembre del mismo año y de febrero a abril de 1919, siendo la segunda la más letal, matando en conjunto a unos 50 millones de personas en todo el mundo. Es pertinente el recordatorio por lo que ahora padecemos y al ver todos estos anuncios ridículos de vuelta a la “normalidad”: no ocurrirá tal cosa antes de que exista la vacuna. Mientras tanto ni habrá turismo de masas ni volveremos a nuestra cotidianidad. Así que calculen ustedes la intensidad de la caída económica que padeceremos – sobre todo en Baleares, debido al monocultivo turístico – y cuánto nos falta para volver “a lo de antes”. 

No son menos ridículas esas invocaciones al “juntos lo venceremos”, los cánticos en balcones de “Resistiré” y demás chorradas que tanto gustan y que son propias de una sociedad peligrosamente inclinada a un comportamiento infantil, en la que hay una considerable porción de sus ciudadanos que parecen creer que la vida es una mera transposición a la realidad particular de cada uno de una película de Walt Disney: que si se quiere se puede, que se tiene derecho a ser feliz, que si se persiste el éxito llega… o que si se lucha contra un virus se gana. Pues no. No es así. Nunca lo ha sido. Y no será diferente esta vez. 

No tenemos forma de adaptarnos a una enfermedad infecciosa tan nociva hasta disponer de medicación efectiva y vacuna. Pero como no queremos aceptar que es así, alentamos la toma de decisiones equivocadas que, en cualquier caso, no buscan la “victoria” ante el virus -imposible– sino preparar el sistema sanitario. Más allá de eso no hay nada más. Toda esta retórica belicista del Gobierno, medios de comunicación y feriantes del espectáculo televisivo es una estupidez como un piano. No vamos a ganar nada y mucho menos a un puñetero virus que nos está matando de forma masiva y seguirá matando hasta que exista una cura individual efectiva y una vacuna para prevenirlo. O, en su defecto, como pasó con la pandemia de gripe de 1918, hasta que infectó y mató tanto que funcionó el contagio de grupo: o sea, hubo tantos afectados que el “bicho” dejó de “comernos”. Es lo máximo que no es dado conseguir. Que ya sería la hostia, sin duda. Pero todo eso de los balcones, anuncios pagados de los gobiernos -regionales y nacional– para elevar la “moral de combate” y demás tonterías no va a servir de nada, excepto, quizás,alimentar el espectáculo televisivo.

Cuando se tengan todos los datos será el momento de analizar las cuestiones esenciales: si el coste económico – bestial – que vamos a padecerno hubiera sido mucho menor con otro tipo de medidas; si no hubiera sido mejor asumir un coste de vidas como inexorable y aceptar el virus como parte de la cotidianidad social mucho antes, aunque ese coste humano hubiera sido algo mayor del que tendremos que lamentar… Son cuestiones incómodas, cierto, pero es que la historia nos enseña que son éstas las que habrá que valorar y no las fantasías gubernamentales y mediáticas que tanto gustan ahora debido a la incapacidad mayoritaria de comportarnos como adultos y aceptar que no todo tiene solución en esta vida y, sobre todo, que ésta no tiene nada que ver con una peli de Disney. 

La responsabilidad del Gobierno del PSOE y Podemos en este desastre

26

03 2020

Pedro Sánchez y todos sus ministros, así como el resto de dirigentes del PSOE y Podemos, deben estar aterrorizados ante la perspectiva de que se consolide la idea – del todo cierta, por otro lado – que su imprevisión ha intensificado este desastre que estamos sufriendo y que nadie sabe cuándo va a acabar. Sólo sabemos que seguiremos encerrados en casa por bastante tiempo y que cuando empiece a amainar la destructiva tormenta sanitaria provocada por el coronavirus el panorama que quedará será una economía desolada. 

En especial así será en Baleares, donde el monocultivo turístico – como en Canarias – está bastante por encima del resto de regiones. Aquí el sector turístico aporta al PIB de forma directa el 35% y de manera indirecta a través del sector servicios que es su vasallo casi al completo el 45%, lo que hace que 8,5 euros de cada 10 que genera la actividad productiva balear se deba a la industria de los visitantes. 

Y resulta que el turismo ha quedado a cero y, como reconocía la vicepresidenta de la Federación Hotelera, María José Aguiló, dado que el verano está perdido o casi – decir lo contrario, como asegura Francina Armengol, no es más que “la expresión de un deseo”, en palabras de la citada representante empresarial – la situación que tenemos por delante es un páramo: “más de un año” para recuperarnos auguraba Antoni Riera, catedrático de Economía Aplicada de la UIB y director de la Fundación Impulsa. 

En otras regiones estarán mejor porque sus industrias y sector primario puedan reaccionar pronto – algo de lo que aquí no tenemos – y porque la mayor parte de su sector terciario está diversificado y no es de monocultivo turístico. Sin embargo el golpe será muy duro también. Y cualquier gobernante sabe que si la situación económica es mala y se le puede apuntar como responsable, su destino está casi cantado. Más todavía si, como es el caso, además hay que lamentar por la crisis sanitaria un desastre humano cuyas dimensiones son difícilmente soportables en el momento de escribir estas líneas y sin duda va a ser mucho peor en cuanto esta pesadilla acabe. La psicología de la persona la hace acostumbrarse a todo para superar cualquier adversidad y por eso miramos ahora el parte diario de muertos con la fatalidad estadística de quien vive como estando en una película de terror que no podemos dar crédito que sea cierta, pero el día que esto termine y miremos hacia atrás el dolor y la estupefacción mutarán en rabia. Y alguien tendrá que pagar. 

Ése es el gran miedo de Sánchez, Pablo Iglesias y compañía. Y es posible que en parte tengan razón cuando pretenden que ellos han hecho lo que les han dicho los “expertos”. Pero siendo cierto no pasa de ser un subterfugio cuya ridícula condicion miserable va quedando en evidencia así como van pasando los días y sumamos más y más muertos. 

Las comparaciones son tan odiosas como imprescindibles para dejar clara la diferente forma de prepararse para hacer frente a la amenaza. Puede ser cierto que en diciembre ningún gobierno ni experto occidental comprendiera el alcance mortífero del coronavirus, pero cuando en enero China experimentaba el ataque feroz ya resulta menos creíble que no se entendiera el potencial desastre. Y que en febrero nadie pudiera imaginarlo ya es mentira. Ni más ni menos: mentira. Porque hubo gobiernos europeos que no menospreciaron la amenaza, como sí hizo el español. El de Alemania, por ejemplo, cuando vio lo que empezaba a pasar en Italia dio orden de adquirir tanto material como se pudiera para dotar mejor todo el sistema sanitario y mejorar la capacidad de las UCI del país. O Noruega, que al tener el primer caso, su primera ministra empezó a ordenar preparar las medidas preventivas que impuso al cabo de una semana. O Dinamarca, que más o menos optó por lo mismo que su vecina del norte. Y todo esto se daba a finales de febrero y principios de marzo, cuando Madrid era una fiesta y se nos decía que no pasaba nada, que el “mejor sistema sanitario del mundo” no tenía de qué preocuparse, que el “bicho” no iba a ser tan nocivo aquí como se mostraba en China o empezaba a actuar a lo bestia en Italia… Y así un largo bla-bla-bla de nuestro Gobierno. 

Cuando esto pase, en fin, será el momento de exigir responsabilidades. Y habrá muchas que pedir, por mucho que los responsables ya estén en plena campaña mediática y propagandística de hacer ver que ellos no tienen ninguna, como que -talmente ha dicho Irene Montero – todo ha sido cosa “de los expertos y nosotros hicimos lo que ellos nos dijeron”. No se puede tener la cara más dura. 

La amenaza, el liderazgo y las reacciones de Sánchez y de Armengol

15

03 2020

En una situación como la presente, con tan grave epidemia campando por todo,no cabe otra que seguir las instrucciones que la autoridad decida. Hay que confiar en ella. Aunque a veces sea difícil. 

No hay duda de que el avance de la amenaza es el que marca los tiempos y naturaleza de la reacción de Sanidad. No obstante, la forma en que luego el poder institucional traslada a decisiones políticas los consejos de los especialistas no siempre se corresponde a como debería hacerse. Se nota si se contrasta la gestión de la crisis que hacen el Govern de Francina Armengol y el Gobierno de Pedro Sánchez. 

Mientras que el Ejecutivo balear decide en función de cómo evolucionan los acontecimientos pero siempre da respuestas concretas e inmediatas,no pasa igual con todas las determinaciones que ha tomado Sánchez y su equipo gubernamental. 

No puede entenderse de ningún modo que Madrid no fuera cerrada desde el mismo momento en que se tuvo plena conciencia de que la epidemia estaba descontrolada en la capital. El resultado de la falta de decisión fue que miles de madrileños aprovecharon para irse de vacaciones a la Comunidad Valenciana y a Murcia. Esto no se aguanta ni se puede aceptar. En tiempos de tan grave infección masiva un movimiento de población tan grande es talmente como la ha definido el socio valenciano del PSOE, Compromís: “una insensatez”. Ni más ni menos. 

Todavía es más gráfico que el Gobierno nacional decretara la prohibición de recibir vuelos desde Italia y sin embargo no hiciera lo propio con el tráfico marítimo que llegaba de aquel país. Con el resultado que arribaron a Palma más de 3.000 cruceristas italianos, paseándose por la Palma antigua como si nada. Esta locura era tan obscena que Francina Armengol tuvo que salir a afear en público la incomprensible actitud de Sánchez y sus miembros del Ejecutivo. ¿No había nadie en éste que entendiera la necesidad de parar también la vía marítima? ¿ Es que al no tener mar en la Meseta les importa una higa lo que ocurraen el litoral?… 

En el caso de la actuación del Govern de Francina Armengol puede que haya gente que considere que podría haberse hecho mejor algo. Siempre se puede así considerar. Cómo negarlo. Pero cuando ha sido necesario ha tomado las decisiones adecuadas con sentido y determinación. E incluso cuando ha dudado -como con el cierre de los centros educativos – ha rectificado de forma inmediata y ha hecho lo debido. Y no le ha temblado el pulso -como sí le ha ocurrido a Sánchez demasiado a menudo – cuando se ha tratado de cerrar lo que sólo un par de días antes resultaba inimaginable -discotecas, grandes bares, gimnasios, etc. -. 

El Gobierno nacional, por su lado, ha actuado a la contra. Ha decretado el estado de alarma cuando tenía la mitad de los gobiernos autonómicos yendo cada cual por su lado, decidiendo medidas de emergencia ante la pasmosa inoperancia de Madrid. 

En contexto complicados y graves como el actuales imprescindible el liderazgo político. Francina Armengol desmuestra que es una líder. No del todo pasa así con Sánchez.