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Las identidades españolas

09

07 2013

El PSOE de Rubalcaba, con el entusiasta apoyo de nuestra Francina Armengol, aprobó la propuesta de reforma constitucional para hacer de España una federación. No es mala idea. Aunque mejor sería la confederación, que resultaría ser –a despecho de lo que dice la Constitución- una organización del Estado mucho más lógica con la naturaleza identitaria del país. Que es múltiple, como todos sabemos. Y que lo ha sido siempre, bajo una denominación oficial u otra. Así que esto del ser diferente al común no es nada inventado hace tres días, como algunos fantasean. Los “hechos diferenciales”, que significan ni más ni menos que identidades nacionales distintas a la española-castellana, existen y seguirán ahí pase lo que pase. Dado que van a estar, qué mejor que en una democracia estén cómodos, ¿no?
Por eso el federalismo del PSOE podría ser un buen primer paso en esa dirección. O podría haberlo sido. Porque ahora, en estos momentos, con lo que cae, con la apuesta secesionista catalana –y con la vasca a la expectativa- no sé si la propuesta socialista llega algunos años tarde.
Pero bueno, se le llame cómo se le llame –federación, confederación…- el resultado debería ser el mismo. Que las dos comunidades autónomas –País Vasco y Cataluña- con características nacionales diferentes a la identidad española del resto puedan tener sus propias instituciones blindadas en lo que les atañe exclusivamente ante cualquier injerencia exterior. Luego, por pragmatismo, podrían existir ámbitos compartidos, sobre todo de puertas afuera del país. Esto puede ser formalmente el federalismo asimétrico o la confederación, pero tiene que ser así. Y no vale de nada que me digan que sería tanto como acabar con la supuesta igualdad que ahora existiría, al decir de algunos. ¿Seguro? La España autonómica es asimétrica en las competencias. ¿O es que Baleares tienen concierto económico, policía…? No, ¿verdad? Pues eso: que la asimetría ya existe. Para nada se alteraría la realidad si la reconociéramos formalmente.
De esta manera España se dotaría de una estructura jurídica y política más acorde con lo que es de veras y no con lo que algunos pretenden que sea.

Cataluna, País Vasco y el resto

14

06 2013

El PSOE de Baleares y el de Valencia, así como el PSC, propugnan que todo el PSOE asuma el federalismo asimétrico como fórmula de estructuración del Estado. Tras la pertinente reforma constitucional, por supuesto. Dejemos ahora de lado la complejidad del cambio de la Constitución, que augura que no se hará de momento. Centremos la atención en la propuesta.
La cual ya ha sido contestada por el PSOE de Andalucía, cuyo vicesecretario general ha dicho que el federalismo asimétrico es talmente el confederalismo y que de esto, nada de nada. Tampoco el PP la acepta pues, conocido es, lo suyo es lo que ya decía Alianza Popular en 1977, “España, lo único importante”.
Se pueden oponer, pero el sentido común y la lógica política aconsejan la reforma constitucional que el PSC y los PSOE valenciano y balear desean. Porque de lo contrario será imposible tener una estructuración aceptada por todos. España no es un país políticamente homogéneo. Y esta condición significa que –como se decía en tiempos- existen regiones que debe ser tratadas de acuerdo a su “hecho diferencial”. Sí, ya sé que enseguida surgen las voces que contestan: ¿y en base a qué unas regiones sí y otras no si todos los españoles somos iguales? Pues no, oiga. No somos iguales. O mejor dicho: lo somos en cuanto que tenemos el derecho sustancial a luchar por la diferencia que creamos mejor para nosotros mismos. Que es lo que han hecho los ciudadanos del País Vasco y de Cataluña que han votado y votan mayoritariamente a los nacionalistas desde que tienen Parlamento propio. Y en el resto de España, no.
Esto significa que ellos quieren ser diferentes políticamente al resto. Un resto en el que los baleares por ejemplo, votamos en esencia igual que los extremeños, andaluces, aragoneses, valencianos, murcianos y etcétera. Sí, con el añadido minoritario de Més, cuya presencia –igual que en su momento fue la de UM- no desdice para nada la evidencia. No somos nacionalistas. Vascos y catalanes, sí lo son.
Cuando se entiende esto, tan sencillo, la conclusión se impone. País Vasco y Cataluña deben tener un trato constitucional acorde con esa realidad política. No por fetichismos históricos, no por cuestiones lingüísticas, no por nada más que la voluntad democrática expresada reiteradamente por sus ciudadanos. Así de simple.

Cataluña y su independencia

11

09 2012

En Barcelona ha salido a la calle mucha, muchísima gente para reclamar la independencia de España. Quieren que Cataluña se convierta en un nuevo estado de la Unión Europea. Dejemos ahora las discusiones bizantinas de cuántos eran realmente los manifestantes, de si todos se manifestaban exactamente por lo mismo, de si los catalanes estarían mejor o peor siendo Cataluña independiente, de si la Unión aceptaría la declaración de segregación unilateral o no, de si es aplicable al caso el derecho a la autodeterminación recogido por las declaraciones de la ONU o si esto es pura fantasía…
Dejemos todo esto aparte y centrémonos en cómo es posible que crezca tanto el independentismo en una región en la que o mucho cambia la coyuntura política o pronto va a provocarse una situación institucional muy peliaguda. Que tras la negativa de Mariano Rajoy a Artur Mas de “pacto fiscal”, el presidente catalán convoque elecciones bajo la bandera de o ese pacto o independencia.
Hace algo más de dos años era imposible que tal escenario pudiera producirse. Pero está a punto. ¿Por qué? Es cierto que Mas juega al despiste –no en vano es tan inútil como Bauzá aquí, Rajoy por todo y etcétera- y también es cierto que la crisis tan profunda hace agarrarse a cualquier clavo ardiendo, incluido el independentista, pero no se explica solamente por estas razones. Ha de haber algo más. Y ese más es que la corte de la villa madrileña no parece entender nada de las legítimas reivindicaciones nacionalistas periféricas. Lleva más de tres décadas sin entenderlas. Por mucho dinero que dé a los gobiernos nacionalistas, por muchas competencias que traspase nunca será suficiente. Solamente hay dos opciones. O cerrar el mapa autonómico o plantearse seriamente una reforma del Estado porque el actual no está funcionando.
Dado que a estas alturas la primera opción es imposible –hay una clase política autóctona formada por PP-PSOE en cada región autónoma no nacionalista que abortaría la intención- no existe otra que afrontar la reforma seria, a fondo, del Estado. Para hacer ahora lo que las circunstancias impidieron en 1978. Crear una estructura acorde con la diferencia –sociológica, histórica, lingüística y, sobre todo, política y electoral- de País Vasco y Cataluña. No para evitar que crezca el independentismo –como han pretendido todos los fallidos intentos de cohabitación con los nacionalistas- sino simplemente para convivir todos en la máxima armonía posible.
Y si llegara el momento que esto último no fuera posible, pues a separarse civilizadamente. Que otros lo han hecho y no ha pasado nada.